León. Comisaría Provincial. Viernes, 1230.
La salida del juzgado había sido como Eider quería que fuera, lenta y limpia.
La juez Cifuentes había escuchado, había leído, había firmado.
Bruno Quevedo entró en sala con Llamosa al lado, con el jersey azul oscuro debajo de la americana sin lavar y los ojos detrás de las gafas.
Repitió la declaración del jueves por la tarde, palabra por palabra, ante la juez.
Llamosa pidió libertad provisional con medidas cautelares.
La fiscal Antón, prisión provisional sin fianza.
La juez decidió en cuatro minutos. Cifuentes era de eso, de leer y decidir.
A las doce menos cuarto Bruno estaba ya camino del centro penitenciario de Mansilla de las Mulas en el furgón de Instituciones Penitenciarias. La puerta del juzgado se cerró detrás. Eider y Cardeñosa salieron al patio a tomar aire.
Begoña Otero del Diario de León estaba en la esquina con el fotógrafo y dos cámaras de televisión, una de la regional y otra del informativo nacional que se había acercado por la mañana. Eider habló dos minutos delante de los micrófonos, las manos en los bolsillos del abrigo, la voz baja y calmada.
— La investigación del fallecimiento de la joven Naia Cembranos, hallada el pasado sábado en el polígono de Onzonilla, ha permitido la detención e ingreso en prisión provisional sin fianza de un varón en torno a los cincuenta años, perteneciente al entorno cercano.
La instrucción continúa en sede del juzgado de instrucción número dos de León.
Por respeto a la familia y a la presunción de inocencia del investigado, la Policía Nacional no va a facilitar más datos hasta nueva indicación.
Pedimos a los medios que respeten el silencio de la familia. Gracias.
No aceptó preguntas. Cardeñosa le abrió paso al Mégane.
A las doce y diez, Otero se acercó al coche con la libreta cerrada.
— Aristegui.
— Otero.
— Bien hecho.
— Gracias.
— Mañana saco el nombre.
— Sácalo. Ya está en autos.
— ¿Familia bien?
— Lo que cabe. Hermana de la madre desde Santander cuidándola.
— Bien.
— Otero.
— Dime.
— La madre del detenido tiene clínica dental en Padre Isla. No la persigas.
— No la persigo.
— Gracias.
A las doce y media volvieron a Villa Benavente. Eider subió a la segunda planta. La sala del Grupo tenía la pizarra como la habían dejado el día anterior. Quintanilla y Folgueras esperaban con dos cafés cada uno.
— Hecho — dijo Cardeñosa —. Prisión provisional sin fianza. Llamosa va a recurrir, lo dijo en sala. Le va a tirar Cifuentes.
— Bien.
— ¿Qué hacemos con el atestado?
— Lo cerramos. Folgueras y tú me lo cierran esta tarde. Quintanilla, los listados de antenas y los frames de cámara los archivas en el expediente. Mañana sábado todos descansamos.
— ¿Todos? — preguntó Folgueras.
— Todos. Yo subo a Pamplona.
— ¿Hugo?
— Hugo se queda en León. Tiene a sus hijos el fin de semana.
— Vale.
A la una y media, Eider entró en su despacho.
Cerró. Sacó el cuaderno del cajón. Empezó a escribir el resumen del caso para el fiscal.
Quería hacerlo ese día caliente, no el lunes con la cabeza fría.
Las cosas frías se escriben con menos peso, decía siempre Cardeñosa, y a la fiscalía hay que enviarle el peso.
A las dos y veinte le entró un wasap de Aitor Quevedo.
"Inspectora. Mi madre y yo le agradecemos lo del comunicado. Por mi padre nada. Por Naia, sí. Saludos."
Eider contestó: "Gracias por el aviso de ayer, Aitor. Cuídese mucho. Cuide a su madre. Si necesita algo, llame."
Aitor: "Vale."
A las tres bajó al bar de la esquina. Comió un menú con Cardeñosa. Lentejas otra vez. Pollo. Café.
— Tres días seguidos lentejas — dijo Cardeñosa —. Mañana cocino yo.
— Mañana no comemos.
— Cierto.
— Cardeñosa.
— Dime.
— ¿Qué te queda por hacer hoy?
— Cerrar el atestado, dejarlo listo para el lunes. Llamar a Marta. Comprar pan. Recoger a Lucas del cole. Llevarle al pediatra a las cinco.
— ¿Pediatra por qué?
— Mocos.
— Mocos en octubre. Hijo guardería.
— Hijo guardería.
— Yo subo a Pamplona mañana a primera hora. Mañana a las ocho cojo el coche. A las once y media estoy con mi madre. A las dos como con Ane.
— ¿Ane?
— Ane sí, esta vez. Le he dicho a Iñigo que iba.
— Bien.
— Cardeñosa.
— Dime.
— Si me llamas mañana, te cojo. Pero no me llames si no es importante.
— No te llamo.
— Vale.
A las cinco menos cuarto, Eider había escrito veintidós páginas de resumen para fiscalía. La cabeza le iba bien.
A las cinco le entró una llamada de Hugo Setién.
— Eider.
— Hugo.
— ¿Sales pronto?
— Salgo a las seis.
— ¿Cenas hoy en casa?
— Cenamos en mi piso. Yo voy a Pamplona mañana a primera. Cocino yo.
— ¿Cocinas tú?
— Pasta hago.
— Pasta vale.
— A las nueve.
— A las nueve.
— Hugo.
— Dime.
— Gracias por lo de ayer.
— ¿Por qué de ayer?
— Por dejar la nevera con comida y no preguntar.
— De nada.
— Hasta las nueve.
— Hasta las nueve.
A las seis menos cinco, Eider salió de comisaría. Bajó al patio. Se metió en el Mégane. Le entró un wasap de Bedoya.
"Aristegui. Textil firmado. Pelusa azul oscura compatible con la fibra del jersey embolsado por Quirós, tinte y composición idénticos. Lo paso al expediente. Buen fin de semana, Aristegui. Y come."
Eider sonrió con la mitad de la boca. Le contestó: "Tú también, Aurora. Ondo".
A las seis y diez salió a la avenida Asturias. La lluvia fina seguía. La radio dio el parte de tráfico. Atasco en avenida San Mamés por obras. Cogió por Padre Isla.
Pasó por delante del portal número 36, escalera B. Las luces de la cuarta planta estaban encendidas. La cortina del salón medio echada. Maite Aller estaría dentro con Aitor o con su hermana.
No paró. Pasó.
A las seis y media entró en su piso de la calle Renueva. Tres habitaciones, un salón, una cocina pequeña con una mesa baja, un baño. Lo mantenía limpio porque los limpiaba una señora una vez a la semana, no por mérito propio.
Se duchó. Se cambió. Se puso ropa de andar por casa. Salió a comprar la pasta a las siete y media. Volvió. Empezó a cocinar a las ocho.
A las ocho y media le entró una llamada de Ane.
— Hija.
— Mami.
— ¿Qué tal?
— Bien. ¿Tú?
— Bien.
— Mami.
— Dime.
— ¿Has detenido al malo?
Eider se quedó dos segundos.
— Hija, ¿quién te ha dicho lo del malo?
— Lo he visto en la tele. Aitona ha visto las noticias en la residencia, me lo ha mandado por mensaje.
— Tu abuela te ha mandado un mensaje.
— Sí. Me ha dicho que mi mami había detenido al malo. Estaba contenta.
— Vale.
— Mami.
— Dime.
— ¿Mañana vienes?
— Mañana voy. A las dos como con la abuela. A la tarde como contigo. Pizza.
— Pizza no, mami. Mejor poke.
— Poke.
— Sí.
— Vale, hija.
— Mami.
— Dime.
— Te quiero.
Eider tragó.
— Te quiero, hija. Mucho. Mañana te veo.
— Mañana me ves.
— Hasta mañana.
— Hasta mañana.
Ane colgó.
Eider apoyó las manos en la encimera dos minutos. Cerró los ojos. Volvió a la pasta.
A las nueve menos diez sonó el portero. Hugo. Subió.
Cenaron pasta con tomate y atún en lata, una ensalada, dos copas de vino una sola en su caso, un trozo de queso de oveja para terminar.
Hugo no preguntó por el caso. Eider se lo agradeció en silencio.
— ¿Subes al tren mañana o coches?
— Coche. Salgo a las ocho. Llego a las once.
— ¿Vuelves el domingo?
— Vuelvo el domingo en el último, que llega a las nueve.
— Te recojo en León.
— Vale.
— Eider.
— Dime.
— Estoy contento de que esté hecho.
— Yo también.
— ¿Estás bien?
— Estoy bien.
— ¿De verdad?
— De verdad. Pero estoy cansada. Mucho.
— Vamos a la cama.
— Vamos a la cama.
Se metieron a las once. Hugo se durmió a las once y veinte. Eider a las once y treinta.
A las dos de la madrugada se despertó. Salió al balcón con la chaqueta de Hugo encima de la camiseta. Encendió un Marlboro. Llovía igual.
Pensó en Naia con dieciocho años en una cocina con un señor mayor pesado.
Pensó en Begoña Cembranos con una libreta vieja del trabajo a las cinco y cuarto de la mañana.
Pensó en Aitor Quevedo de pie en mitad de la consulta de su madre.
Pensó en Maruja Castro con ochenta y un años llamando al 091 y no atreviéndose a dar la dirección.
Pensó en Tito Casado en un hotel de Astorga.
Pensó en Bruno Quevedo en una celda de Mansilla.
Pensó en su madre en la residencia de Iturrama, pidiéndole a la cuidadora que le pasara con su hija.
Pensó en su hija pidiendo poke.
Pensó en que le quedaba por delante el atestado para fiscalía, el juicio dentro de seis o siete meses, otra hora más con Begoña en algún momento.
La declaración de Pablo Quevedo Sigüenza el lunes.
La de Maite Aller el lunes también. El cierre administrativo el martes.
Y un caso nuevo encima de la mesa al regresar el lunes que, de momento, le había dejado Albadalejo en un sobre con el rótulo "ingeniero de telecomunicaciones, desaparecido desde el viernes 10 de octubre, denuncia esposa lunes 13".
Otro caso. Otra familia.
Apagó el cigarro. Se quedó dos minutos más en el balcón mirando el patio interior.
A las dos y veinticinco entró otra vez. Hugo dormía bocarriba con la boca un poco abierta. Eider se metió en la cama. Le cogió la mano debajo de la sábana.
A las dos y media se durmió.
A las siete sonó el despertador. Eider se levantó sin despertarlo. Se vistió. Se hizo café. Cogió el bolso de fin de semana que tenía preparado desde el jueves. Antes de salir, le dejó un papel a Hugo en la encimera de la cocina.
"Hugo. Vino mañana en la nevera. La llave de mi piso te la dejo en el clavo de detrás de la puerta por si necesitas. Vuelvo el domingo a las nueve, te llamo desde el coche. Eider."
Salió. La calle Renueva a las siete y media de un sábado de octubre estaba vacía y mojada. Se metió en el Mégane. Encendió la calefacción al uno. Salió por la avenida de Asturias, cogió la N-120 hacia Sahagún.
A los seis kilómetros entró en la radio el parte de noticias. La voz dijo algo del tiempo. Después dijo, sin nombre:
— Continúa la investigación del caso de la joven leonesa hallada el pasado sábado en una cuneta del polígono de Onzonilla.
El detenido el jueves, un varón de cincuenta años perteneciente al entorno familiar de la víctima, ingresó ayer en prisión provisional sin fianza por presunto homicidio doloso.
El caso, instruido por el juzgado de instrucción número dos de León, sigue su curso.
Eider apagó la radio.
A los doce kilómetros llovía menos. A los veinte, dejó de llover. Cuando entró en Tierra de Campos, salió un sol tímido detrás de una nube de octubre. Eider pensó en su madre y en su hija, y pensó en que el coche había llegado al cuarto cuarto del depósito.
Repostó en una estación de servicio cualquiera, sin marca preferente, y siguió.
A las once y diez apareció Pamplona detrás de una curva. La radio la encendió otra vez para escuchar el parte de la SER local. Hablaron del Osasuna y de un atasco en la avenida Pío XII. Eider sonrió un cuarto. Las ciudades pequeñas eran iguales en cualquier parte. La suya, también.
Aparcó delante de la residencia de Iturrama a las once y treinta y dos.
Llamó al telefonillo. María, la cuidadora, abrió.
— Carmen está vestida y peinada. Te está esperando desde las diez.
— Voy.
Subió en el ascensor. Carmen Etxeberria, setenta y un años, navarra de nacimiento, suegra de un fiscal de Pamplona y madre de una inspectora de la Policía Nacional, esperaba en una butaca del salón con un libro cerrado encima del regazo. El libro no lo estaba leyendo. El libro lo tenía como ancla.
— Ama.
— Eider.
Carmen levantó los brazos. Eider se inclinó. Carmen le abrazó.
— ¿Has detenido al malo?
— Lo he detenido, ama.
— Pues vamos a comer.
— Vamos a comer, ama.
Bajaron al comedor. Hablaron de cosas pequeñas. Carmen olvidó dos veces el nombre de la cuidadora. Eider la corrigió la primera. La segunda, la dejó.
Comieron un puré, un filete de merluza, un yogur natural sin azúcar. Eider se bebió un café de máquina sin azúcar también.
A las tres y cuarto, Carmen le dijo:
— Eider.
— Dime, ama.
— ¿Te ha llamado tu padre?
Eider se quedó dos segundos.
— Hoy no, ama.
— Pues llámalo tú.
— Le llamo, ama.
— Y si no te coge, le dejas mensaje.
— Le dejo.
— Eider.
— Dime.
— ¿Estás bien?
— Estoy bien, ama.
— ¿Y la cría?
— Ane bien. La veo a las cinco.
— Dale un beso de mi parte.
— Se lo doy.
A las tres y media, Carmen se quedó dormida en la butaca. Eider le tapó las piernas con la manta. Bajó al jardín. Encendió un cigarro. Llamó a Hugo Setién para decirle que había llegado bien. Hugo había llevado a sus hijos al cine.
A las cuatro y media volvió arriba. Carmen seguía dormida. Eider le dejó un beso en la frente. Le dijo a María que volvía el domingo a las once.
María: "Vete tranquila".
Eider salió. Se metió en el Mégane. Cogió la avenida hacia Mendebaldea. A las cinco menos cinco aparcó delante del portal de su exmarido. Su hija bajó a las cinco en punto, mochila al hombro, camiseta de algún grupo de música que Eider no conocía.
— Mami.
— Hija.
Ane se metió en el coche. Le abrazó tres segundos.
— ¿Adónde vamos?
— Donde quieras.
— Poke.
— Poke.
Eider arrancó. Le entró un mensaje de Cardeñosa al móvil que tenía conectado al manos libres. Lo leyó solo el comienzo: "Atestado cerrado. Quirós firma textil. Lunes". Lo cerró sin contestar. Tendría que esperar.
Le dijo a su hija:
— ¿Qué tal el cole?
— Mami, hoy no quiero hablar del cole.
— Vale.
— ¿Y de los malos?
— Hoy tampoco.
— ¿De qué hablamos?
Ane se quedó mirando por la ventanilla un momento.
— De nada.
— Vale, hija.
Subió la calefacción al dos. Pamplona a las cinco de un sábado de octubre brillaba un poco bajo un sol que aún no se había caído. La radio en la SER hablaba de un partido. Eider la dejó puesta sin escuchar.
Su hija, a su lado, sin hablar, miraba por la ventana.
Eider, sin decirlo, pensó: lo que el procedimiento no repara, se queda donde se queda.
Aparcó en la plaza de los Fueros. Bajaron al poke. Comieron sin prisa. Volvieron al coche a las siete. La llevó al portal a las siete y cuarto. Le dio un beso largo en la mejilla.
— Mañana la abuela.
— Mañana la abuela las dos juntas.
— Vale.
— Te quiero, hija.
— Y yo, mami.
Ane subió las escaleras del portal. Eider la vio entrar. La luz del rellano se encendió.
Eider arrancó. Se fue al hostal de la calle Vitoria que reservaba siempre desde 2018. Aparcó. Subió a la habitación. Se duchó. A las nueve y media bajó a cenar una ensalada en el bar de la esquina.
Volvió al hostal a las once. Se metió en la cama. Antes de dormir le mandó un wasap a Hugo.
"Domingo a las nueve te llamo. Carmen bien. Ane bien. Yo también".
Hugo: "Ondo".
Eider apagó el móvil. Se durmió a los diez minutos.
En la habitación 304 del hostal de la calle Vitoria, en Pamplona, una inspectora de la Policía Nacional con cuarenta y cuatro años cumplidos y siete años de León en el cuerpo dormía sin soñar.
El lunes le esperaba un atestado para fiscalía, un caso nuevo de un ingeniero de telecomunicaciones desaparecido y una pizarra que Cardeñosa había vaciado a las cinco y media del viernes con el rotulador de borrar.
La lluvia fina, de momento, se había quedado en León.