Cuneta León. Calle Cardenal Landázuri, barrio del Crucero. Jueves, 1910.
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León. Calle Cardenal Landázuri, barrio del Crucero. Jueves, 1910.

Begoña Cembranos llevaba tres días sin abrir la persiana del salón.

La sala era pequeña, con una mesa de comedor que casi nadie usaba ya, un sofá de pana verde con dos cojines, una librería con fotos de Naia desde los seis años hasta los dieciocho.

La de los dieciocho era de la última Navidad, en casa de la abuela en La Bañeza, con un jersey rojo.

A las siete y diez le llamó Cardeñosa.

— Begoña.

— Subinspector.

— Llamo para avisarla. Esta tarde hemos detenido a una persona en relación con el caso de Naia. Mañana se le va a presentar al juzgado de instrucción. La inspectora Aristegui me ha pedido que la avise antes de que aparezca en cualquier medio.

Begoña asintió en silencio. Después se acordó de que el silencio no se oye al teléfono.

— Sí.

— ¿Quiere que pase a verla a su casa o prefiere que hablemos por teléfono?

— Pase si puede.

— En cuarenta minutos estoy.

A las ocho menos veinte sonó el portero. Cardeñosa subió. Begoña le abrió. Cardeñosa traía una bolsa de panadería con un panecillo dulce y dos cafés en vaso de papel.

— Pase.

— Permiso.

Se sentaron en la mesa pequeña de la cocina, no en el salón. Begoña no quería el salón.

— ¿Quién?

Cardeñosa la miró sin parpadear.

— Bruno Quevedo Reguera. El padre de Aitor.

Begoña asintió.

— Lo sabía.

— Lo sabía.

— Desde el domingo, cuando leí la libreta de mi hija. Lo sabía.

— Pero no quería saberlo del todo.

— No quería.

Bebieron el café. Cardeñosa partió el panecillo dulce en dos. Le dio la mitad. Begoña la cogió, la dejó en el plato.

— ¿Confesó?

— Esta tarde, sí. Una hora de declaración voluntaria con su abogado al lado. Lo reconoció todo.

— Lo reconoció todo.

— Lo reconoció.

— ¿Qué pasa mañana?

— Mañana lo trasladamos a las nueve a la sede del juzgado de instrucción número dos. La juez Cifuentes va a decidir si se queda en prisión provisional. Las pruebas que tenemos son consistentes. Va a decretar prisión provisional sin fianza, casi seguro. Es la opinión de la inspectora.

— Vale.

— Begoña.

— Diga.

— Le va a llamar prensa esta noche o mañana. Le aconsejamos que no abra el portero a nadie que no sea conocido. Si quiere, una agente puede estar con usted unos días en la puerta del bloque.

— No hace falta.

— Si cambia de opinión, llame.

— Llamo.

Cardeñosa la miró.

— Begoña.

— Diga.

— Si quiere ir mañana al juzgado, puede. Es un acto público. Si quiere ir a comisaría a hablar con la inspectora antes, también.

— No quiero ir al juzgado.

— Vale.

— No quiero ver la cara de ese hombre.

— Lo entiendo.

— ¿Está su mujer enterada?

— Su hijo se lo contó esta mañana. Su mujer, sí.

— ¿Su mujer está bien?

— Su mujer está mal, Begoña. Pero no es asunto suyo cuidarla.

— No, no lo es.

— Su hijo tampoco lo es.

— No.

Begoña se quedó mirando el café.

— Subinspector.

— Dígame.

— Si yo hubiera contado esto en agosto.

— Begoña.

— Si yo hubiera obligado a Naia a contarlo. Si hubiera ido a ver a la madre de Aitor y le hubiera dicho "tu marido le hizo esto a mi hija", aunque mi hija no quisiera. Si lo hubiera denunciado yo.

— Begoña.

— Si.

— Begoña, mírelo así si puede. Bruno Quevedo no mató a su hija porque su hija no le contara a usted con nombre lo del verano pasado.

La mató porque él decidió matarla. Si ese hombre hubiera tenido vergüenza, habría arreglado lo del verano él, llamándola, pidiéndole disculpas, asumiendo. No lo hizo. Eso es de él.

— Eso es de él.

— Eso es de él.

Begoña asintió. Cogió el panecillo. Le dio un mordisco. Se le partió en la boca.

— Subinspector.

— Diga.

— ¿Mi hija sufrió mucho?

Cardeñosa no contestó de inmediato.

— La doctora forense, Begoña, es una mujer seria.

Dice que su hija perdió la consciencia en el primer minuto.

La fractura de cabeza fue al caer hacia atrás.

No hubo paliza. Hubo un empujón y una caída.

Su hija, físicamente, no sufrió mucho rato.

Sí estuvo el equivalente a unos minutos consciente, sí. Después, no.

— Vale.

Begoña apretó los labios. Lloró sin ruido. Cardeñosa le pasó la servilleta del panecillo. Begoña se la pasó por la cara.

— ¿Qué hago, subinspector?

— ¿Qué hace de qué?

— Ahora.

Cardeñosa se quedó. La miró.

— Ahora cena algo.

— No tengo hambre.

— Cene un poco. Ya veremos mañana lo que se hace mañana. Pasado mañana lo que se hace pasado mañana. Esto no tiene una receta. Pero hoy, cene.

— ¿Sus hijos cenan, subinspector?

— Mis hijos cenan macarrones.

— ¿Cuántos tiene?

— Dos. Cinco años y dos. Lucas y Marina.

— Marina.

— Marina.

— Es bonito.

— Le pongo el nombre porque mi mujer quería el de su madre.

— Eso es de bien casado.

— Eso es por no discutir.

Begoña sonrió un cuarto.

— ¿Su mujer trabaja?

— En el hospital. Enfermera.

— Naia iba a ser enfermera.

— Lo sé.

— Llevaba en la cartera la lista de los hospitales en los que quería hacer prácticas el año que viene. Yo la encontré ayer. La dejé en la mesilla. No supe qué hacer con ella.

— ¿La quiere guardar?

— La voy a guardar.

— Hace bien.

Cardeñosa se quedó otro rato. A las nueve menos diez se levantó.

— Mañana le llamo después del juzgado.

— Vale.

— Si necesita cualquier cosa, llámeme directamente. Tiene el teléfono.

— Lo tengo.

— Buenas noches, Begoña.

— Buenas noches, subinspector.

Cardeñosa salió.

Begoña cerró la puerta. Se quedó un minuto en la entrada con la mano en el pestillo. Después fue al salón. Levantó la persiana medio metro. Encendió la lámpara de pie. Se sentó en el sofá con una manta.

A las nueve y diez le entró un wasap de su hermana Pilar, desde Santander. "He visto noticias raras. ¿Estás bien?". Begoña: "Estoy. Mañana te llamo". Pilar: "Voy mañana en coche. Llego sobre las dos. Te quedas conmigo el fin de semana". Begoña: "Vale".

A las nueve y media le entró un wasap de Lara, la mejor amiga de Naia. "Begoña, ¿cómo estás?". Begoña: "Cariño. Estoy. ¿Tú?". Lara: "Yo no sé". Begoña: "Yo tampoco. Vente cuando quieras". Lara: "El sábado paso". Begoña: "Vale".

A las nueve cuarenta y cinco sonó el fijo. Era Marcos. El padre de Naia. Llamando desde Valladolid.

— Begoña.

— Marcos.

— He visto la noticia.

— ¿Cuál?

— La del Diario de León. Detenido un varón en torno a los cincuenta años, entorno cercano. ¿Es lo que pienso?

— Es lo que piensas.

Marcos se quedó callado. Diez segundos. Veinte.

— Begoña.

— Marcos.

— Voy a León mañana. ¿Quieres que vaya?

— No, Marcos.

— Begoña.

— Marcos, mi hermana viene mañana. No vengas. Ya pasarás.

— Vale.

— Marcos.

— Dime.

— ¿Cómo está Adrián?

Adrián era el hijo de la nueva mujer de Marcos, ocho años. Marcos se quedó.

— Está bien. Me preguntó esta mañana por su hermana mayor. Le dije que su hermana mayor estaba en el cielo, que es lo que decimos los que no creemos, porque a ver qué le decimos.

— Vale.

— Begoña.

— Marcos.

— Lo siento.

— Vale.

— Lo siento de verdad.

— Vale, Marcos.

Marcos colgó.

Begoña dejó el teléfono. Se quedó sentada en el sofá. Cogió la manta hasta el pecho. Miró la librería. La foto de los dieciocho con el jersey rojo de la Navidad pasada.

Pensó en Bruno Quevedo en una celda. No le quiso pensar en nada concreto. No quiso imaginar la cara, ni el frío, ni el miedo.

Pensó en Maite Aller.

Pensó en Aitor.

Pensó en julio de 2024, en una barbacoa de Onzonilla a la que ella misma le había dicho a Naia "vete, hija, está bien que vayas a conocer a la familia del chico, son gente normal". Pensó en aquellas palabras.

Lloró un rato más.

Después se levantó. Fue a la cocina. Calentó una sopa de sobre. La tomó de pie en la encimera. Se metió en la cama a las once.

Soñó con la cocina de la barbacoa, la misma cocina del miércoles, una cocina que ella nunca había pisado pero que su hija le había descrito una vez por encima: cocina americana, isleta en el centro, fregadero blanco, una nevera grande de dos puertas.

En el sueño Naia tenía dieciocho años y le decía "mami, no pasa nada, no te preocupes".

En el sueño Bruno Quevedo no aparecía. Aparecía solo Naia frente al fregadero blanco, secando un vaso, mirando hacia la ventana.

Se despertó a las tres y media. Se quedó dos horas en la cama mirando el techo.

A las cinco y cuarto se levantó. Hizo café. Se sentó en la mesa de la cocina con la libreta vieja del trabajo. Empezó a escribir una carta a su hija. Sin saber para qué.

"Naia. Hoy es jueves dieciséis de octubre, y yo tengo que decirte que mañana se le presenta al juzgado al hombre que te lo hizo.

Tu inspectora se llama Eider Aristegui y se acuerda de tu nombre.

Tu subinspector se llama Rubén Cardeñosa y se acuerda del de tu compañera Marina.

La doctora se llama Aurora Bedoya y dijo que no sufriste mucho.

Te lo digo porque cuando yo era pequeña tu abuela siempre decía que las hijas se enteran de todo, aunque estén lejos.

Yo no creo en eso, pero si te enteras de algo, entérate de que yo lo escribí esta mañana y no lo escribí para nadie más.

Si lo lee tu padre, vale. Si lo lee tu abuelo, vale.

Pero lo escribí yo a las cinco y cuarto de la mañana del jueves, sola en la cocina.

Ya tenías diecinueve años. Eras enfermera de primero.

Eras buena en los zapatos. Te quería todo el mundo en clase, aunque tú dijeras que no.

Te voy a echar de menos siempre. Te voy a dejar la libreta roja conmigo, las páginas que tú no escribiste yo te las voy a llenar despacio, no para suplantarte, para acompañarte. Mami."

Cerró la libreta. La metió en el cajón de la mesa pequeña.

Se quedó sentada. La calle Cardenal Landázuri amanecía despacio detrás de la persiana. Llovía igual.

A las siete encendió la radio. Las noticias. Onda Cero o no sabía qué. La voz dijo algo del tiempo. Después dijo:

— Continúa la investigación del homicidio de la joven leonesa de diecinueve años hallada el pasado sábado en una cuneta del polígono de Onzonilla.

Esta tarde fuentes próximas a la investigación han confirmado la detención de un varón en torno a los cincuenta años, perteneciente al entorno cercano de la víctima, sin antecedentes.

La presentación al juzgado de instrucción está prevista para esta mañana de viernes. Pasamos a deportes.

Begoña apagó la radio.

A las siete y media le entró un wasap de la inspectora Aristegui.

"Begoña. Buenos días. Le aviso. Hoy a las nueve y media presentamos al detenido al juzgado de instrucción. Sobre las once y media salimos con la decisión. Yo le llamo a las doce."

Begoña: "Gracias, inspectora."

Aristegui: "Si quiere algo antes, llame. Si no, le llamo a las doce."

Begoña: "A las doce."

Begoña dejó el móvil. Se quedó mirando la pantalla apagada un minuto. Se levantó. Se metió en la ducha. Salió. Se vistió. Se peinó.

A las nueve menos cuarto le llamó su jefa del Ayuntamiento.

— Begoña.

— Carmen.

— Hoy quédate en casa.

— Iba a ir el lunes.

— Quédate hasta el lunes que viene si necesitas. No hay prisa.

— Voy el lunes.

— Vale. Si necesitas algo antes, llama.

— Llamo.

Begoña colgó.

A las nueve y diez, miró por la ventana. La acera de la calle Cardenal Landázuri tenía un señor con un perro pequeño, una chica con un carrito de bebé, dos chicas de Bachiller con mochilas. Vida normal.

A las nueve y veinte se sentó en el sofá del salón con la manta. Se quedó mirando el reloj. Era una cosa que no sabía hacer, mirar el reloj sin mover la mano hacia ningún sitio. La aprendió esa mañana.

A las once cuarenta y cinco le entró el wasap de Cardeñosa.

"Begoña. La juez Cifuentes ha decretado prisión provisional sin fianza. La inspectora la llama en cinco minutos."

Begoña asintió a la pantalla.

A las once cincuenta sonó el móvil. Era Aristegui.

Begoña descolgó.

— Inspectora.

— Begoña. Está hecho.

— Está hecho.

— ¿Cómo está?

— Estoy.

— ¿Su hermana ha llegado?

— Llega a las dos.

— ¿Necesita algo de aquí a las dos?

— Nada, inspectora.

— Vale. Le llamo el sábado.

— Vale.

— Begoña.

— Diga.

— Sé que esto no la repara.

Begoña se quedó dos segundos.

— Esto no me repara, no.

— Pero está hecho.

— Está hecho.

— Buenas noches, Begoña.

— Inspectora, son las doce de la mañana.

Eider se rio bajo. Una risa tan corta que casi no se oyó.

— Tiene usted razón. Buenos días, Begoña.

— Buenos días, inspectora.

Begoña colgó. Se quedó con el móvil en el regazo. Se levantó. Subió la persiana del salón hasta arriba. Entró luz gris en la habitación. Llovía igual. La calle Cardenal Landázuri estaba como estaba.

Begoña se sentó en el sofá. Encendió la tele sin volumen. Cogió la manta. Esperó.

A las dos y diez subió Pilar. La llave la tenía Pilar desde 2014. Entró sin llamar.

— Begoña.

— Pilar.

Pilar la abrazó. Begoña no lloró. Ya había llorado bastante esa mañana.

Pilar, sin soltarla, le dijo al oído:

— Vamos a comer. No te pongas a hablar.

— Vamos a comer.

Comieron una crema de calabacín que Pilar trajo en un tupper desde Santander. Begoña se la comió entera por primera vez en cinco días.