Cuneta Pamplona. Estación de tren. Sábado de noviembre, 1118.
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Pamplona. Estación de tren. Sábado de noviembre, 1118.

Tres semanas después, Eider Aristegui bajó del tren en la estación de Pamplona con la bolsa de cuero al hombro y la novela de Tana French ya terminada en el bolso.

Había acabado el libro a la altura de Lerma, en un trayecto que duraba lo justo.

Lo había cerrado y lo había dejado encima de la mesita con una sensación rara, esa que dejan las novelas buenas de cierre limpio: alivio, un poco de pena, ganas de empezar otra que no esté.

En el andén, Hugo esperaba con un anorak azul oscuro y unas zapatillas blancas. Había bajado el viernes por trabajo, un asunto de un cliente al que defendía por una causa civil en Tudela. Había dormido en el hotel de la avenida Bayona. Había quedado con Eider en la estación a las once y cuarto.

— Setién.

— Aristegui.

— ¿Has desayunado?

— He desayunado en el bar del hotel. Pero un café te acepto.

Salieron juntos al vestíbulo. La estación olía a desinfectante y a café.

Eligieron una mesa al lado de la ventana grande del bar, una desde la que se veía la avenida San Jorge y las primeras casas del barrio de la Rochapea.

Hugo pidió dos cafés solos y una palmera de chocolate para compartir.

La palmera la pidió por intuición, porque era el dulce que Eider más o menos toleraba a las once de la mañana.

— ¿Tu madre?

— Hoy a la una. Le he avisado de que íbamos a comer juntas.

— ¿Os llevo?

— No, mejor en taxi. Si vas tú, ella te va a preguntar quién eres y le va a costar. Y si se le olvida luego que has estado, va a quedarse rara.

— Vale.

— Mañana, si quieres, comemos los tres. Pero aviso.

— Vale.

Eider bebió un sorbo. Hugo abrió el sobre con la palmera.

— Cuéntame — dijo Hugo.

— ¿De qué?

— De ti. De Carmen, de Ane. Yo del caso ya te oí ayer.

Eider apoyó la espalda en la silla.

— Carmen, regular. La auxiliar buena, la que te conté, María del Pilar, me llamó el martes.

Carmen lleva dos semanas confundiendo más cosas.

Le ha dicho a una compañera que su hija vive en Madrid, no en León.

Eso no se lo había oído nunca. La residencia me ha pedido cita para hablar el lunes.

Es probable que tengamos que pasarla a la planta de abajo, donde el control es mayor.

— ¿Eso te duele?

— Sí.

— ¿Qué vas a hacer?

— Voy a aceptar lo que digan. La residencia es buena. Las auxiliares la conocen. No la voy a sacar de allí.

— ¿Y tu hermana?

— Mi hermana lleva año y medio sin venir.

— Eider.

— Ya lo sé. Lo sé.

— ¿Y Ane?

— Ane bien. Mañana la voy a ver. Ha pedido salir a comer las tres con la abuela. Me gustó que lo pidiera ella. Antes no.

— Bien.

— Hugo.

— ¿Sí?

— Voy a vender el piso de Oñati en primavera.

Hugo dejó el café en el plato.

— ¿Has decidido?

— He decidido.

— ¿Por qué?

— Porque llevo cinco años sin pisarlo. Porque mi madre no se va a acordar. Porque el dinero, si lo invierto bien, me da para arreglar la residencia de Carmen tres años más sin pellizcar nada de mi sueldo. Y porque si lo dejo cerrado dos años más, la casa se me cae sola.

— ¿Vas?

— Voy en marzo. Una semana. A vaciar.

— ¿Te acompaño?

— No.

— Vale.

— Pero si vienes tres días me ayudas con la furgoneta.

— Vale.

Eider sonrió. Hugo sonrió con la mitad de la boca.

— Otra cosa — dijo Eider —. La anestesista.

— ¿La anestesista?

— La anestesista del Hospital de León. La del marido.

— ¿Lo encontrasteis?

— El miércoles. El marido tenía dos identidades. Una con la mujer y otra con una pareja en Bilbao. Cogió el coche y se fue a Bilbao. La pareja de Bilbao lo entregó porque el lunes ya estaba harta de él.

— ¿No es delito?

— No. Es deshonestidad doméstica. Lo que es delito es el dinero que se ha llevado de una cuenta común sin avisar. Pero eso lo ve un juzgado de familia.

— ¿Caso cerrado?

— Caso cerrado para nosotros. La anestesista decidirá lo suyo.

— Y mientras tanto.

— Y mientras tanto, llevamos otros tres abiertos. Una agresión grave en el Bernesga del fin de semana de Todos los Santos. Una desaparición de un señor mayor del barrio de la Sal. Y una herencia con muerte sospechosa que es una herencia de las gordas.

Hugo se rió.

— Aristegui.

— ¿Sí?

— ¿Sabes que llevas dos años contándome lo mismo?

— ¿Qué te cuento?

— Tres casos, tu madre, Ane, el piso de Oñati, fumar menos.

— Y tú me escuchas.

— Y yo te escucho.

— Eso es lo que me sirve.

— A mí me sirve.

Estuvieron callados un minuto. La cafetería estaba a media tarde de mañana. Una pareja con una niña pequeña en sillita esperaba en la cola del mostrador. Un hombre solo leía el Diario de Navarra en una mesa al fondo. Por el ventanal pasaban autobuses urbanos y bicicletas.

A las doce menos diez, Eider miró por el ventanal, en una mirada distraída de las que se dan cuando uno bebe café y deja la cabeza vagar por la calle.

Vio pasar por la avenida San Jorge un Ford Focus gris.

Llevaba diez días sin pensar en aquel coche.

Llevaba ocho días sin abrir el atestado del caso Cembranos.

La fotografía de la matrícula 7842JFK seguía archivada en la sala de reuniones de Villa Benavente, en una carpeta cerrada con número de expediente.

El Ford Focus gris pasó a velocidad normal. Iba un hombre de unos sesenta al volante. Una mujer en el asiento del copiloto. Un niño pequeño en la sillita de atrás.

Eider lo miró pasar tres segundos. Después apartó los ojos.

Hugo se dio cuenta del gesto.

— ¿Algo?

— Nada.

— ¿De verdad nada?

— De verdad nada. Un coche.

— Un coche.

— Sí.

Hugo le tocó la mano por encima de la mesa con la punta de los dedos. Eider le devolvió el toque sin mirarlo.

A las doce y cuarto, Hugo pidió la cuenta. Pagó él. Salieron a la calle. La mañana estaba fría con el sol bajo de noviembre que no acababa de calentar. El aire olía a pamplona de fin de otoño, a humo lejano de cocina y a hojas de plátano caídas en la acera.

— ¿Te bajo a la residencia? — preguntó Hugo.

— Cojo taxi.

— ¿Mañana, qué plan?

— Mañana al mediodía me llevo a Carmen y a Ane a comer fuera. A las cinco estoy libre. ¿Cenamos?

— Cenamos.

— ¿Hotel o el piso de Iñigo?

— En el hotel. El piso de Iñigo, no.

— Vale.

Hugo le besó la sien. Le pidió un taxi en la parada que había a veinte metros de la puerta de la estación. Eider subió. La miró por la ventanilla. Le hizo un gesto pequeño con la mano. Hugo se quedó hasta que el taxi arrancó.

En el taxi, mientras subía hacia Iturrama, Eider apoyó la cabeza en el cristal lateral. La ciudad pasaba con esa lentitud de los sábados de noviembre. Una pareja con dos perros. Un grupo de chavales con palas de pádel. Una señora mayor con una bolsa de la compra de tela.

Pensó en Begoña Cembranos. Hacía tres semanas que no la había llamado.

Quintanilla la llamaba cada dos viernes para mantener el contacto.

La última conversación que Eider había tenido con Quintanilla sobre Begoña era que Begoña se había apuntado a un grupo de duelo en el centro de salud del Crucero y que le estaba sirviendo.

Quintanilla le había mandado a Begoña un mensaje que Begoña había contestado con tres palabras.

Eider, en su turno, había decidido no llamar.

Había decidido que llamar a una madre de una víctima a las dos semanas era invadir.

Había decidido que en algún momento, cuando Begoña la llamara a ella, contestaría. Y mientras tanto, no.

Pensó en Aitor Quevedo. El sábado pasado, Folgueras le había dicho que había leído en la sección deportiva del Diario de León que Aitor había metido un gol con el filial del Atlético Astorga en el partido de la jornada anterior.

Folgueras se lo había dicho en la cafetería del puente con un café entre los dedos, casi sin levantar la vista.

Eider había asentido. No había celebrado nada. Pero algo le había hecho la noticia.

Pensó en Bruno Quevedo. Bruno Quevedo seguía en Mansilla, en preventiva.

La fiscal Antón llevaba el caso. Llamosa había presentado dos recursos más, los dos rechazados.

La calificación definitiva pediría doce años con la atenuante de confesión jugando a favor.

Llamosa intentaría la libertad provisional cuando llevara la mitad cumplida.

Eider declararía en el juicio. La declaración duraría una hora.

Después, durante meses, no volvería a tocar el caso.

En algún momento del cumplimiento, dentro de bastantes años, Bruno Quevedo saldría.

Saldría a una vida que ya no tendría a Maite Aller, ni a Aitor Quevedo cerca, ni a la oficina de seguros de la avenida San Mamés, ni a la parcela de Onzonilla.

Pensó en la nave veintidós. La inmobiliaria de Onzonilla la había vendido a un nuevo dueño. Iba a ser una empresa de servicios técnicos para climatización industrial. Las obras empezaban en enero. El patio trasero, según Folgueras, lo iban a empedrar.

Pensó en Maite Aller. La clínica dental de Padre Isla había cambiado de nombre. La nueva dueña, Olalla Marcos, la había rebautizado con su propio apellido. El cartel azul había desaparecido de la fachada de avenida Padre Isla a primeros de noviembre.

Pensó en Carmen, su madre.

Pensó en Ane, su hija.

Pensó en Hugo.

Pensó en Cardeñosa, en Quintanilla, en Folgueras.

Pensó en Bedoya, que en doce días se jubilaba y a la que le iba a llevar una tarta de chocolate del horno de la calle Alcázar.

La doctora Olalla Trincado, treinta y tres, salmantina, ya había empezado a llevar las autopsias menores.

La semana pasada le había hecho una a un anciano fallecido por causas naturales que la familia había querido aclarar.

Olalla Trincado había firmado el informe en cuatro horas.

Eider la había saludado en el pasillo del IML el martes.

Le había caído bien. Olalla Trincado tenía la mitad del calado de Bedoya. Iría aprendiendo.

Pensó en la silla del pasillo de Villa Benavente.

La mujer del abrigo verde botella seguía bajando los viernes.

El chico de Mansilla seguía en preventiva.

La causa avanzaba lenta. Algún día le iba a salir el juicio.

Algún día la mujer del abrigo verde botella iba a dejar de bajar a Villa Benavente y empezar a bajar a la Audiencia Provincial.

El taxi paró en la puerta de la residencia de Iturrama. Eider pagó. Bajó. La recepcionista la saludó.

Carmen estaba en el salón común con una manta sobre las rodillas, mirando un programa de cocina con el sonido bajo. Llevaba una bata azul claro y el pelo recogido con un pasador. Tardó tres segundos en reconocerla. Después se le iluminó la cara.

— Eider.

— Hola, ama.

— ¿Has venido?

— He venido.

Eider se sentó al lado. Le cogió la mano. Carmen, ese día, no estaba ni del todo. Confundió a Ane con su sobrina dos veces. Confundió el nombre del padre fallecido con el del marido de su hermana. Eider la corrigió la primera vez. La segunda no.

A la una bajaron al comedor. Comieron juntas. Carmen comió poco. A las dos y media, Eider la acompañó a su habitación. La sentó en el sillón junto a la ventana. La tapó con la manta de cuadros.

— Ama.

— ¿Sí, hija?

— Mañana traigo a Ane.

— ¿Mañana?

— Mañana, ama. Domingo.

— Vale.

— ¿Has visto la lluvia esta mañana, ama?

— Eider.

— ¿Sí?

— ¿Estás bien?

Eider la miró.

— Estoy bien, ama.

— ¿Y el trabajo?

— El trabajo, lo de siempre.

— ¿Tienes muchos casos?

— Tres ahora.

— Cuídate.

— Sí.

Carmen cerró los ojos. Eider se quedó un minuto a su lado, con la mano sobre la mano de Carmen. Después se levantó. Salió.

Bajó al jardín. Encendió un Marlboro. Lo fumó despacio en el banco de hierro forjado del seto. La tarde empezaba a oscurecer aunque eran las cuatro. Noviembre.

Sacó el móvil. Tenía un wasap de Cardeñosa. "Jefa, el del barrio de la Sal aparece. Vivo. En casa de la cuñada. Mañana a primera."

Eider sonrió. Le contestó con dos palabras. "Buenas noticias."

Cardeñosa contestó con un emoticono pequeño.

Apagó el cigarro. Se quedó cinco minutos más en el banco.

Pensó otra vez en la frase que llevaba dándole vueltas tres semanas, desde la tarde del IML con Bedoya, desde la salida de casa de Begoña Cembranos con un cigarro en el portal, desde el banco del cementerio en el que Begoña le había dicho a Aitor "hazte ese favor".

Pensó en la silla del pasillo, en la mujer del abrigo verde botella, en las sillas idénticas del pasillo de la primera planta y de la segunda planta de Villa Benavente, atornilladas en línea de seis, plásticas, naranjas.

Pensó en el bordillo del aparcamiento del polígono industrial de Onzonilla.

Pensó en la libreta Moleskine roja que había vuelto al cajón de la mesilla de Naia Cembranos.

Pensó en su hija Ane, en Pamplona, esperándola al día siguiente.

Pensó en la palmera enana del patio interior de la comisaría.

Lo que el procedimiento no repara, pensó Aristegui, se queda donde se queda; pero, mientras tanto, mañana habrá otro caso y otra madre esperando en la silla del pasillo de Villa Benavente, y por algún sitio hay que seguir entrando.