Cuneta León. Comisaría Provincial. Jueves, 0935.
58%

León. Comisaría Provincial. Jueves, 0935.

El coche rotulado entró en el patio interior de Villa Benavente con tres minutos de margen sobre la previsión.

Cardeñosa bajó primero, abrió la puerta de atrás.

Bruno Quevedo salió con la cabeza baja y los ojos detrás de las gafas de cerca.

El agente uniformado le sujetó el codo con el protocolo de siempre.

Eider entró por la puerta del personal a paso normal y subió a la segunda planta sin esperar al detenido.

A los calabozos lo bajaron a las nueve y cuarenta y dos. A los cuarenta y cinco entró Mario Llamosa por la puerta principal, gabardina, maletín, paraguas plegado.

— Inspectora.

— Llamosa.

— Mi cliente, ¿imagino que en celdas?

— En celdas. Le he comentado al funcionario que pase usted en cuanto guste.

— ¿Voy a hacer algo o voy a esperar?

— Va a esperar veinte minutos. Si su cliente quiere declarar después, declara. Si no, no.

— Vale.

Eider subió. Cardeñosa la seguía. Folgueras estaba en su mesa con un café. Quintanilla con dos.

— ¿Qué tenemos pendiente para hoy?

— Maruja Castro — dijo Folgueras —. Está citada a las once. Iban a traerla los del 062 desde Onzonilla en su coche.

— ¿Llamosa firma?

— Firma.

— Quintanilla.

— Dime.

— Cuestionario barbacoa. ¿Quiénes asistieron a la barbacoa familiar de los Quevedo en Onzonilla en julio de 2024?

— Pregunto a Aitor.

— Pregunta a Aitor por wasap, sin presionar. Y al primo del que habló ayer. Si te da más nombres, los citas a todos como testigos. Si no, lo damos por suficiente con Aitor.

— Voy.

— Cardeñosa.

— Dime.

— Tú con la doctora Bedoya. A las once tenía que llegar el resultado de textil. Llámala antes y lo confirmas. Si la pelusa azul oscura del cuello del jersey es compatible con el jersey nuevo de Bruno Quevedo, la incorporamos al atestado.

— Llamo.

— Yo voy a esperar a que Llamosa hable con su cliente. Si Bruno quiere declarar, le tomamos declaración. Si no, lo dejamos en celdas todo el día. Mañana lo presentamos a la juez Cifuentes con o sin declaración.

— Vale.

Eider entró en su despacho. Cerró la puerta.

Se sentó en la mesa. Se quedó dos minutos sin abrir el ordenador.

Después lo abrió. Dieciocho correos. Uno del comisario Alesanco, otro de Albadalejo, dos de prensa, uno de Hugo Setién con asunto "Solo si quieres" y cuerpo "te dejo aquí lista de comida en la nevera por si vienes esta noche".

Lo cerró. Le contestó "ok" a Hugo y nada a los demás.

Sonó el teléfono fijo a las diez y cinco. Llamosa.

— Inspectora.

— Llamosa.

— Mi cliente quiere descansar esta mañana antes de cualquier diligencia. Tiene la presión muy alta y no se encuentra bien.

— Le voy a pedir al médico de guardia que lo vea. Si confirma que no se encuentra bien, lo trasladamos al área médica un par de horas. Si dice que está clínicamente bien, vuelve a celdas.

— Bien.

— Llamosa, una cosa. ¿Cuándo va a poder su cliente hacer alguna manifestación?

— Mi cliente, inspectora, le pide hasta mediodía. Después decidimos. Pero le adelanto, off the record, que mi cliente está dispuesto a prestar declaración voluntaria esta tarde.

— Esta tarde lo tomamos.

— Esta tarde.

Llamosa colgó.

Eider cogió el cuaderno. Apuntó: "Bruno Quevedo, declaración voluntaria prevista esta tarde. Mañana presentación juzgado de instrucción. Llamosa filtra".

Salió del despacho. Le dijo a Cardeñosa lo del médico de guardia.

Cardeñosa lo organizó. A las once menos cinco le subieron a Bruno al área médica.

La auxiliar le tomó la tensión. Doce-siete, alta pero no urgente.

Le dieron una pastilla y le dejaron sentado treinta minutos con un agente delante. A las once y media volvió a celda.

A las once en punto entró Maruja Castro Rodríguez, ochenta y un años, viuda, vecina de Onzonilla, calle Camino Viejo número 18. Folgueras la subió en ascensor. Le ofreció un café de la cafetería buena, que ella aceptó. Pelo blanco corto, abrigo marrón, bastón.

Eider se sentó con ella en una salita pequeña y discreta, no en sala de interrogatorios. La tarea era de informe testifical, no de presión.

— Maruja.

— Inspectora. Disculpe el lío.

— No hay lío, Maruja. Cuente con tranquilidad.

Folgueras grabó. Maruja contó.

— Yo el viernes por la noche estaba en mi casa. Vivo sola desde que se fue mi marido al cementerio en 2018. La casa es vieja. Las ventanas dan al polígono. La calle Camino Viejo, la última. La nave seis es la del fondo. Las naves nuevas, las que pusieron en 2010.

— Sí.

— Pues yo me había metido en la cama a las once y cuarto.

Estaba leyendo un libro de mi hija, una novela rosa con caballos.

A la una me dormí. A las dos y cuarto me desperté porque la persiana se había soltado un poco con el viento.

Me levanté. Fui a colocarla. La levanté del todo, miré por la ventana, no se veía nada con la lluvia. La bajé al medio y me volví a la cama.

— ¿Y después?

— Después me dormí otra vez un ratito. Y a las dos y veinticinco me desperté con un grito.

Un grito corto, de chica, no muy fuerte, pero rompía el aire.

Como cuando una se quema y no le sale más.

Y un golpe seco que sonó muy fuerte. Y dos minutos después un coche acelerando por la carretera del polígono.

— ¿El grito y el golpe eran seguidos?

— Casi pegados. El grito un poquito antes. Después el golpe.

— ¿Cuánto antes?

— Un segundo, dos. Como si se cayeran después de gritar.

— Vale.

— Yo me asomé un momento a la ventana, no me asomé del todo, abrí la persiana solo dos dedos. Vi una luz de coche en el aparcamiento de la nave seis. Como faro encendido. Pero estaba el coche parado. Lo vi como un cuarto de hora más, parado, con la luz. No me atreví a salir.

— Un cuarto de hora.

— Un cuarto de hora más o menos. Yo no miraba el reloj a cada minuto. Miré a las dos y veintisiete cuando llamé al 091. Miré a las dos y treinta y cinco cuando me senté en la cama. Volví a mirar a las dos y cuarenta y cinco. Esa última vez, el coche seguía con luces encendidas, parado.

— ¿No vio salir nadie?

— No vi salir a nadie. Yo no abrí la persiana del todo. Tenía miedo. Se estaba quieto.

— ¿A qué hora dejó de estar parado el coche?

— Yo me dormí otra vez sobre las tres menos diez. Antes seguía. A las tres y media me despertó otro coche acelerando, y miré, ya no había luces.

— A las tres y media había desaparecido.

— Sí.

— ¿Vio el coche, Maruja? ¿Color, tamaño?

— Color, no. Negro o gris oscuro, era. Tamaño, normal. No furgoneta. No camión. Coche de calle.

— ¿Vio si había una persona o más de una?

— Vi una sombra dentro a la una vez que abrí la persiana. Detrás del volante. Una sombra, una persona. No vi mujer ni hombre, no vi cara.

— Vale, Maruja. ¿Por qué llamó usted al 091?

Maruja se quedó.

— Porque oír un grito de chica a las dos y veinticinco en un polígono no es bueno.

Yo tengo una nieta de veinte años. Llamé.

La operadora me preguntó dirección. No quise dar.

Me daba miedo dar la dirección por si quien estaba en el coche venía a por mí.

Soy una vieja sola, inspectora. Le quiero pedir disculpas a la familia de la chica por no haberme atrevido más.

— Maruja, no se disculpe. Usted llamó. Es lo que se hace. Que la operadora no le diera más prioridad no es responsabilidad suya.

— Ya. Pero mi nieta me lo dijo el sábado al ver la noticia. "Abuela, podías haber dado la dirección". Y me dejó tonta.

— Su nieta tiene veinte años. Usted ochenta y uno. Cada una hace lo que puede.

— Ya.

— ¿Algo más, Maruja?

— Una cosa más, inspectora. Por la mañana, el sábado, sobre las nueve, fui a la iglesia.

Pasé por la calle del polígono porque cogí el atajo.

En el aparcamiento de la nave seis no había nadie, y vi una mancha pequeña en el suelo, oscura.

Pensé que era aceite de coche. No me agaché. Hoy lo pienso mejor.

— ¿Se acuerda en qué punto del aparcamiento?

— En la esquina norte. La que da a la cuneta. Junto al bordillo del fondo.

— Vale.

Folgueras apuntó.

— Maruja.

— Dígame.

— ¿Quiere que la lleve un coche a casa?

— Sí, por favor.

— Folgueras la lleva. Si necesita usted cualquier cosa, llame a este número directamente. — Le pasó la tarjeta —. Y si recuerda usted alguna otra cosa, por pequeña que sea.

— Por pequeña que sea.

Folgueras se llevó a Maruja en el Renault Clio camuflado a Onzonilla a las once treinta y cinco.

Eider subió al despacho. Apuntó en el cuaderno: "Maruja Castro confirma grito mujer 02:25, golpe seco, coche detenido en aparcamiento nave 6 con luces 25-30 minutos, sale entre 02:50 y 03:30.

Arrastre y traslado en ese intervalo. Encaja con repostaje 03:02 y depósito en cuneta entre 03:20 y 03:40. Encaja con todo".

Cardeñosa entró sin llamar.

— Bedoya.

— Cuenta.

— Pelusa azul oscura del cuello del jersey de la víctima.

Análisis textil. Fibra de lana mezcla con cuatro por ciento de poliamida.

Tinte azul oscuro. Compatible con composición y tinte de jersey de Quevedo Seguros, comprado en agosto en una tienda de la calle Ancha.

Bedoya quiere muestra del jersey azul oscuro original para comparar microscópicamente y firmar.

Si te lo pillamos hoy, tienes dictamen el viernes por la mañana antes de la presentación al juzgado.

— Quirós.

— Quirós ha entrado en la casa esta mañana con la autorización judicial extendida y ha sacado el jersey. Lo ha embolsado. Está en el laboratorio.

— Perfecto.

— ¿Quieres que mantengamos esto en autos hasta el viernes?

— Lo metemos en autos hoy a las cinco. Cifuentes lo lee mañana antes de la presentación.

— Vale.

— Cardeñosa.

— Dime.

— ¿Sabes qué me dijo Maruja?

— Cuenta.

— Lo del coche detenido en el aparcamiento veinticinco minutos. Eso son los veinticinco minutos en que la lividez primaria se asentó. Eso son los veinticinco minutos en que él estuvo dentro del coche con el cuerpo en el copiloto, decidiendo qué hacer. Después se lo llevó a la cuneta.

— Veinticinco minutos.

— Veinticinco minutos en que pudo llamar a una ambulancia y no llamó.

— Veinticinco minutos.