León. Avenida Mariano Andrés. Miércoles, 2240.
Aitor Quevedo subió las escaleras del piso compartido sin encender la luz del rellano. Le abrió Diego, su compañero de habitación, en chándal y con el bol de macarrones en la mano.
— ¿Vienes de comisaría otra vez?
— Vengo de comisaría.
— ¿Estás bien?
— No.
— ¿Comes?
— No.
Diego no insistió. Volvió al sofá. Aitor entró en la habitación y cerró la puerta. Tiró la chaqueta encima de la cama. Se quedó de pie en mitad del cuarto sin saber qué hacer con las manos.
La habitación medía nueve metros, tenía una ventana a la avenida, una mesa de estudio con un libro de fisiología abierto, una estantería con un bafle viejo y dos novelas, y la cazadora vaquera nueva del Decathlon que se había comprado el martes para no llevar la otra que ya no tenía.
La otra cazadora vaquera. La que se quedó Naia.
Se sentó en la cama. Miró el móvil. Cuarenta y dos mensajes sin leer en el grupo del equipo. Diecisiete del grupo de la familia. Tres llamadas perdidas de su madre. Una llamada perdida de su padre, a las nueve y media. Esa la marcó. Saltó el contestador. Colgó.
No quería hablar con su padre. No sabía qué quería con su padre.
Abrió el grupo de la familia. Su madre escribía en mayúsculas. "AITOR LLAMA". "AITOR DÓNDE ESTÁS". "AITOR POR FAVOR". A las diez y diez, dos mensajes de voz de medio minuto cada uno. No los abrió.
Le llegó un wasap nuevo de Lara, la mejor amiga de Naia.
"Aitor, ¿estás?"
Aitor escribió "Sí". Tres puntos al otro lado.
"¿Sabes algo?"
Aitor se quedó mirando la pantalla.
"Mañana sabremos".
"¿Mañana qué?"
"Mañana no puedo decir más, Lara".
"Vale".
"Lara".
"Dime".
"Te llamo el sábado. Cuando esto pase. Cuando podamos sentarnos."
"Vale".
Aitor cerró Lara. Abrió Naia. La conversación se cerraba el viernes pasado a la una y treinta y siete con un mensaje suyo que decía "vale, te la llevo el lunes".
Antes, el de Naia: "que sí, pesado, el lunes te la llevo".
Antes, el suyo: "es que esa la quiero porque era de mi padre antes que mía, no me toques los huevos".
Antes, el de Naia, a las once de la noche del jueves: "tía qué frío, voy a ponérmela el viernes y ya el lunes te la doy".
Aitor leyó las tres líneas. Las leyó otra vez.
"Era de mi padre antes que mía".
Cerró Whatsapp. Tiró el móvil en la cama. Se quedó tirado encima a la inversa. Miró el techo. La luz del techo era una pantalla redonda con telarañas en los bordes que tenía que limpiar desde febrero.
A las once menos cuarto le llamó su madre. No descolgó. Le mandó un mensaje. "Ahora no, mamá. Mañana hablamos".
Su madre llamó otra vez. No descolgó. Su madre escribió. "AITOR. POR FAVOR. ¿LE PASA ALGO A TU PADRE?"
Aitor se incorporó.
Se quedó mirando la pantalla.
Dos minutos.
Escribió: "Mamá, mañana hablamos. No te preocupes hoy. Te quiero".
Su madre: "Aitor".
Aitor: "Mamá te quiero. Ahora cierro el móvil. Te llamo mañana en cuanto pueda."
Su madre: "AITOR".
Aitor cerró el móvil de verdad esta vez. Lo dejó en la mesilla, boca abajo.
Se levantó. Salió a la cocina. Diego seguía con los macarrones. Le miró sin preguntar.
— ¿Hay café?
— Hay café.
Diego se levantó, le hizo un café en la cafetera de émbolo. Aitor lo bebió de pie. La cafetera olía a la tostada que Diego había hecho a las ocho.
— Aitor. ¿Quieres hablar?
— No.
— Vale.
— Diego.
— Dime.
— Mañana voy a casa de mis padres por la mañana. Si me llaman al móvil entre las nueve y las diez, no contesto. Si me llaman más tarde, contesto.
— Vale.
— ¿Tú estás en casa mañana por la mañana?
— Tengo prácticas en el clínico hasta las dos.
— ¿Quieres dejarme las llaves del coche?
— Las llaves están en el cuenco de la entrada.
— Gracias.
— Aitor.
— Dime.
— Cuídate.
— Vale.
Volvió a la habitación. Se desnudó. Se metió en la cama con la camiseta y el calzoncillo. Apagó la luz. La avenida Mariano Andrés a las once y media tenía un autobús cada cinco minutos pasando por debajo. La cama temblaba un poco con cada autobús.
A la una y media de la madrugada se le encendió el móvil con vibración. Llamada de su padre. No descolgó.
A la una y cuarenta, otra. No descolgó.
A las dos menos veinte, un wasap de su padre.
"Aitor, hijo, necesito hablar contigo. Sé que es tarde. Cuando te despiertes."
Aitor se quedó mirando el wasap.
A las dos y cinco, otro.
"Aitor, perdóname si he sido un padre malo en algún momento. Te quiero".
Aitor leyó.
Cerró los ojos. Dejó el móvil debajo de la almohada.
A las dos y veinte se levantó. Fue al baño. Bebió agua del grifo con las dos manos. Se miró en el espejo. Tenía veintidós años. Tenía la cara hinchada. Tenía los ojos rojos.
Volvió a la cama. Dio vueltas hasta las cuatro.
Se quedó dormido entre las cuatro y cuarto y las seis y media.
Soñó con la barbacoa de Onzonilla, con la cocina, con su madre llamándolo desde el salón mientras Naia y su padre estaban junto a la nevera.
En el sueño Naia tenía dieciocho años y la cara de los dieciocho.
En el sueño su padre tenía la cara de hoy.
Se despertó a las seis y media con ese sueño metido en la cabeza. No volvió a dormir.
A las siete y diez se levantó. Se duchó. Se vistió con el pantalón de chándal del entreno y un jersey gris. Se hizo café otra vez. Diego dormía. La luz del salón estaba apagada.
A las siete cuarenta y dos cogió las llaves del coche de Diego. Salió. Bajó las escaleras. La avenida Mariano Andrés en octubre a las ocho menos cuarto era casi de noche. Llovía igual.
Se metió en el Seat Ibiza azul de Diego. Lo arrancó. Salió hacia avenida Padre Isla.
Iba a estar en la puerta de casa de sus padres antes de que pasara nada.
A las ocho menos diez aparcó en doble fila enfrente del portal. Se quedó dentro del coche con el motor parado. Encendió la calefacción.
Encendió un cigarro de un paquete que llevaba sin abrir desde marzo. Le supo a marzo.
A las ocho y diez vio aparcar el Renault Clio camuflado de Folgueras tres coches más allá. Folgueras le hizo un gesto pequeño con dos dedos desde la ventanilla. Aitor se lo devolvió. Se entendieron sin mirarse a los ojos.
A las ocho y veinticinco la puerta del portal se abrió.
Bajó su madre, Maite, abrigada con el abrigo gris de oficina.
Le acompañaba al portal su padre con un jersey azul oscuro debajo de una americana, sin abrigo, las manos en los bolsillos.
Le dio un beso corto en la mejilla. Maite cogió el coche de su padre, el Ford Focus, del aparcamiento de la línea, y arrancó hacia la clínica.
Bruno Quevedo se quedó en la puerta del portal. Se encendió un cigarro. Se quedó mirando la calle.
Aitor lo miró desde el Seat Ibiza azul de Diego. Su padre estaba a treinta metros. No le veía. La distancia, las gafas de cerca que su padre llevaba para todo, la lluvia.
A las ocho y treinta y cinco su padre tiró la colilla, miró el reloj, entró en el portal. La puerta automática se cerró detrás.
Aitor se quedó en el coche.
A las nueve menos cinco vio aparecer el Mégane gris plomo de la inspectora Aristegui por la avenida Padre Isla, despacio.
Detrás un coche rotulado de la Policía Nacional, después un coche de la Científica con dos furgonetas blancas.
Aparcaron a treinta metros del portal. Cuatro hombres y una mujer bajaron.
La inspectora le dijo algo a Cardeñosa. Cardeñosa le contestó. Folgueras se bajó del Clio.
Aitor se quedó dentro del coche.
La inspectora cruzó la calle. Llamó al portero automático. Aitor vio que la puerta automática se abrió a los tres segundos. La inspectora subió primero, después Cardeñosa, después dos agentes uniformados, después la de la Científica.
Aitor se quedó dentro del coche.
A las nueve y once minutos la puerta del portal se abrió. Salió primero Cardeñosa. Después su padre, esposado por delante, con el jersey azul oscuro debajo de la americana, sin abrigo. Después uno de los agentes uniformados, después la inspectora.
Su padre tenía la cara de los cincuenta cuando lo despiertan. Los pelos de la sien grises de no haberse peinado. Los ojos detrás de las gafas de cerca pequeños y como apagados.
La inspectora cruzó la mirada con Aitor a través del Seat Ibiza azul de Diego. No le señaló. No le dijo nada. Le hizo un gesto pequeñísimo con la barbilla, como diciendo "te voy a llamar".
Cardeñosa abrió la puerta de atrás del coche rotulado. Su padre se sentó. La cabeza le iba al respaldo. Le abrocharon el cinturón. La inspectora se sentó delante. El coche arrancó. El de la Científica se quedó. Folgueras se metió otra vez en el Clio.
Aitor se quedó dentro del coche.
A las nueve y veinte el móvil le sonó. Era su madre. Esta vez descolgó.
— Aitor.
— Mamá.
— AITOR. Acaba de llamarme la vecina del segundo. Que ha visto a tu padre saliendo esposado. ¿AITOR?
— Mamá, voy a casa.
— AITOR, ¿QUÉ PASA?
— Mamá, voy a casa. Voy ahora. No salgas de la clínica hasta que yo llegue. Me voy ya. Te lo cuento allí. Mamá. Te quiero.
— AITOR.
— Mamá. Te quiero. En diez minutos estoy.
Aitor colgó. Arrancó. Salió del Seat Ibiza azul de Diego. Bajó la avenida Padre Isla hacia la clínica de su madre. Llovía.
Se paró en un semáforo en rojo. Apoyó la cabeza en el volante un segundo. Después la levantó.
En la radio, una emisora local hablaba del tiempo.
"Llovizna persistente toda la jornada. Temperatura máxima esperada en León capital, doce grados.
Lluvia hasta el viernes". Cambió de emisora.
La siguiente daba un anuncio de la correduría de seguros de su padre que el equipo comercial seguía rotando porque nadie lo había parado todavía.
"En Quevedo Seguros llevamos veinte años a su lado. Llámenos al…". Aitor apagó la radio.
Llegó a la clínica a las nueve treinta y dos. Su madre estaba en la puerta con la bata puesta y el pintalabios todavía a medio dar. Le miró desde la acera. Cruzó la cara entre el miedo y la rabia.
Aitor bajó del coche. Se acercó. Le abrazó.
— Mamá. Vamos arriba.
— AITOR.
— Vamos arriba. Te lo cuento arriba.
Subieron. Su madre cerró la consulta con llave por dentro. Echó las persianas. Se sentó en el sillón del paciente. Aitor se sentó en el del dentista. Se puso enfrente.
— Mamá. Hay una cosa que hizo papá el verano pasado. Y hay otra cosa que tiene que ver con Naia.
Maite Aller Carrasco se quedó mirándolo a los ojos con la cara entera apretada. La barbilla le tembló pero no lloró.
— Cuéntame.
— Te lo cuento, mamá. Te lo cuento todo.
Lloró ella primero. Después lloró él. Después se quedaron callados.
A las diez menos cuarto, Aitor abrió el móvil. Llamó a Mario Llamosa, el abogado que le había dicho su padre que llamara si pasaba algo.
— Mario. Soy Aitor Quevedo. El hijo.
— Aitor, sí. Tu padre me ha llamado a las nueve y un cuarto. Voy a comisaría ahora.
— Mario. Una cosa.
— Dime.
— ¿Tú vas a defenderlo?
— Voy a representarlo. Lo que decida después tu padre, lo decide él.
— Mario.
— Dime.
— Dile que no me llame.
Llamosa tardó dos segundos.
— Le digo, Aitor.
— Y dile a la inspectora una cosa de mi parte. Que mi madre y yo estamos disponibles para lo que necesite, en cualquier momento, a cualquier hora.
— Se lo digo.
— Gracias, Mario.
— De nada.
Colgó. Miró a su madre. Su madre asintió.
— ¿Se queda ya en la cárcel?
— No lo sé, mamá.
— ¿Qué hizo?
— No te lo puedo decir, mamá. Yo no lo sé del todo.
— Aitor.
— Mamá.
— Si lo que pasó con Naia fue cosa de tu padre, yo no quiero saber más por ahora. ¿Lo entiendes?
— Lo entiendo, mamá.
— ¿Crees que fue cosa de él?
Aitor se quedó.
— Mamá. Creo que sí.
Maite asintió. Se quedó dos minutos sentada en el sillón sin mover la cara. Después se levantó. Cogió el bolso. Se quitó la bata.
— Vamos a casa, hijo.
— Vamos a casa.
Salieron. La consulta cerrada. La calle Padre Isla con su gente normal de las diez de la mañana de un jueves de octubre, paraguas, cafés, perros pequeños. Ninguno de los que pasaban sabía nada. Aitor lo notó. Su madre también.
Subieron al Seat Ibiza azul de Diego. Aitor condujo despacio. La radio apagada. La lluvia fina.