Cuneta León. IML, avenida San Mamés. Miércoles, 1830.
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León. IML, avenida San Mamés. Miércoles, 1830.

Eider entró en el IML por la puerta de personal. La doctora Bedoya estaba en su despacho con la bicicleta apoyada en la pared y un cuenco de ensalada de garbanzos en la mesa. Vegana de las que comían a deshoras y sin lamentarse.

— Te vas a indigestar, Aurora.

— Entra.

— Diez minutos.

— Diez.

Eider se sentó en la silla del visitante. Bedoya empujó el cuenco a un lado y se limpió los dedos en una servilleta.

— ¿Qué tal?

— Mañana detenemos.

Bedoya asintió sin sorpresa.

— ¿La autopsia te ha valido?

— Me ha valido. Tres cosas, Aurora, y ya te dejo.

Una. ¿La hora del traslado del cuerpo a la cuneta, la puedes afinar con esto?

— Le pasó un papel con el repostaje a las tres y dos minutos en la Repsol del kilómetro tres y medio —.

Distancia desde el polígono industrial de Onzonilla a la gasolinera, en línea recta, son siete kilómetros, ocho por carretera.

A esa hora, con lluvia y poco tráfico, el trayecto serían once o doce minutos.

Bedoya cogió el papel. Sacó del cajón el informe propio y lo abrió por la página de las livideces.

— Si la trasladaron a las dos cincuenta, las livideces secundarias no estarían tan fijadas como están.

Si la trasladaron a las tres y media o tres y cuarenta, encajan mejor con lo que tengo.

Las primarias en el costado derecho del tórax y la cara externa del muslo derecho indican que estuvo sobre la espalda derecha en superficie no perfectamente plana cuarenta y cinco minutos a una hora.

Las secundarias, en la parte posterior del cuerpo en la posición final de la cuneta, son más leves de lo que serían si la hubieran movido de inmediato.

Yo te firmo traslado a partir de las tres y veinte, mejor entre las tres y veinte y las tres y cincuenta.

— ¿Tres y veinte?

— Tres y veinte mínimo. La muerte sobre las dos cincuenta y la posición primaria al menos media hora antes del traslado.

Del repostaje de las tres y dos a las tres y veinte hay dieciocho minutos, que cuadran con lo que tarde un coche de la Repsol al polígono.

Dejas el coche en el aparcamiento, sacas el cuerpo del asiento del copiloto, lo arrastras. Y de ahí vuelve.

— Cuadra.

— Cuadra.

— Dos. La ruta de arrastre. ¿Sesenta a ochenta metros, lo confirmaste con la ITPO?

— Quirós y los suyos midieron el sábado.

Sesenta y ocho metros desde el extremo norte del aparcamiento de la nave seis del polígono hasta el punto exacto de la cuneta donde la dejó.

Bordillo biselado en el aparcamiento de la nave.

Compatible con el bordillo del impacto. Restos de gravilla en los talones de la víctima compatibles con la gravilla del aparcamiento, no con la tierra de la cuneta.

— Vale.

— Tres.

— Tres, ¿el reloj? Naia llevaba un reloj digital pequeño, marca china. Lo encontraron parado.

— Parado a las tres y dieciocho.

— ¿Por qué a las tres y dieciocho?

— Caída secundaria. La hebilla del reloj se rompió en algún momento del arrastre y el reloj se cayó cerca de la cuneta.

La carcasa golpeó. Eso lo conjeturo yo. La parada en sí es por un golpe a la electrónica.

Tres dieciocho como dato puede coincidir con el momento del depósito en la cuneta o con un pequeño rato antes.

— Tres dieciocho. Repostaje tres y dos. Me cuadra todo.

— Te cuadra.

Eider asintió. Cerró el cuaderno.

— ¿Aurora, una cuarta?

— Pides muchas tres.

— Lo sé.

— Pide.

— Las marcas de las muñecas. Las simétricas del arrastre. ¿Llevaba algo en las manos cuando la encontramos? Anillo, pulsera.

— Una pulsera de cordón rojo en la izquierda. La inventarié. Está en bolsa. No tiene relevancia, pulsera barata.

— ¿Y un anillo?

— Sin anillos.

— ¿Las uñas?

— Limpias. Sin defensa, sin material biológico ajeno.

— Vale.

— Dos preguntas más, Aurora, y ya. — Eider la miró fijo —. La cazadora vaquera. ¿Tú me confirmas que no se le cayó forcejeando?

— Te lo confirmo. Y te doy una cosa que no he puesto en el informe porque no es prueba.

Cuando la levantamos, el jersey gris claro tenía, en el cuello, dentro, una pelusa azul oscura tipo lana.

No era de su jersey. Tampoco era fibra de coche.

La he mandado a textil. Mi conjetura, pendiente de informe: pelusa de un jersey azul oscuro en contacto cercano con el cuello de la víctima.

Como si alguien la abrazara o la sujetara desde atrás brevemente. No es pruebanada. Es una pelusa.

Eider apuntó. La cara no se le movió.

— ¿Cuándo me das el textil?

— Mañana a mediodía.

— A mediodía.

— ¿Y la quinta?

— La cara de empujar. La bofetada o el empujón con el pecho. ¿Hombre o mujer?

— Hombre. Por la altura del impacto del pómulo y la fuerza estimada. Pero no te lo firmo en sala. Te lo digo aquí.

— Vale.

Eider se levantó.

— Gracias, Aurora.

— De nada. Mañana qué.

— Detención. Mañana a las nueve. Si quieres pasar por comisaría a la una, te invito a un café.

— Si se cierra, paso. Si no, paso igual.

— Si te paso lo del textil mañana antes de las once, mejor.

— Antes de las once.

Eider salió del IML a las siete menos diez. Llovía igual. Le entró un mensaje de Folgueras: "El coche en avenida Padre Isla, en su garaje. Sujeto en casa. Luces encendidas en la cuarta planta. Yo aquí toda la noche".

Eider le contestó: "Cada tres horas relevo. A las tres te releva Cardeñosa. Yo te relevo a las seis. No le pierdas".

A las siete y cuarto entró en la sala del Grupo. Quintanilla seguía con el portátil. Tenía dos cafés viejos en la mesa.

— Saray, vete a casa.

— Tengo el listado de antenas.

— ¿Y?

— El móvil del sospechoso, viernes 9 a viernes 10, tres movimientos relevantes.

A las once y media de la noche del viernes, antena de avenida Asturias compatible con la farmacia donde compró.

A medianoche, antena de la zona del Húmedo, tirando hacia la calle Plegaria, donde está el Camarote.

A la una y media, antena de Plaza Mayor.

Después, móvil apagado entre la una y treinta y siete y las cuatro y dos.

A las cuatro y dos minutos, antena de avenida Padre Isla, encendido otra vez.

Eider se sentó.

— ¿Estuvo en el Camarote?

— Hasta más o menos la una y media. Después salió hacia Plaza Mayor. Después apagó el móvil.

— La camarera del Camarote dijo que un señor mayor de traje sin corbata, gafas de cerca, entró sobre la una y media, se quedó quince minutos y se fue.

— A la una y media a la una cuarenta y cinco, sí, móvil en zona Plegaria-Plaza Mayor.

— Es él.

— Es él.

Eider se quedó callada.

— ¿Quintanilla?

— Dime.

— Llama otra vez al Camarote. Pide al dueño cámaras de la entrada, de la barra, de la salida. La hora exacta de entrada y salida del señor con jersey azul oscuro debajo del traje.

— ¿Jersey azul oscuro?

— Bedoya tiene una pelusa azul oscura en el cuello del jersey de Naia. La está mandando a textil. La camarera del Camarote dijo "señor con traje sin corbata". El de hoy, con traje y jersey azul oscuro. Si la cámara del Camarote pilla un jersey azul oscuro debajo del traje, lo cuadramos.

— Llamo ahora.

— Llama. Y vete a casa después.

A las siete y media salió Cardeñosa de la sala con dos paquetes pequeños en la mano.

— ¿Qué llevas?

— Aitor Quevedo está abajo en la planta baja. Quiere hablar conmigo. Dice que ha pensado dos cosas.

— ¿Quiere ver a su madre?

— Quiere decírmelas a mí. No lo cita él, se ha presentado.

— Bájalo aquí. Conmigo.

Aitor entró cinco minutos después. Tenía la cara más pálida que esa mañana. Llevaba un chubasquero y un gorro mojado.

— Aitor.

— Inspectora.

— Siéntate.

Se sentó.

— Cuenta.

Aitor se quitó el gorro. Lo apretó.

— He estado pensando en lo de la barbacoa de julio del año pasado.

— Cuenta.

— Aquella tarde, cuando volvimos mi primo y yo del polígono a casa, yo me acuerdo perfectamente de que Naia estaba con mi madre en el sofá viendo la tele.

Eso es verdad. Lo que no había contado, porque entonces no me pareció nada, es que Naia estaba muy callada.

No habló casi en el coche cuando la traje a León.

La pregunté si estaba bien y me dijo que sí, que cansada del calor.

Yo me lo creí. Pero ahora pienso que no era cansada del calor.

— Vale.

— Y otra cosa. — Aitor tragó —. Cuando rompimos en septiembre, ella me dijo "no es por nada, estoy hecha un lío con la carrera, no quiero arrastrar a nadie".

Yo me enfadé un poco, le dije que para qué empezamos entonces.

Ella me dijo "Aitor, no es contigo". Esa frase, "no es contigo", la repitió dos veces.

Yo entonces lo entendí como "no eres tú, soy yo".

Ahora pienso que la frase decía otra cosa.

Decía "no es contigo, pero está cerca de ti".

— ¿Le contaste esto a alguien después?

— No. A nadie.

— ¿A tu padre?

— A mi padre menos.

Eider asintió. Cardeñosa apuntó. La grabadora encendida, declaración voluntaria.

— Aitor. Una pregunta. ¿Tú has visto a tu padre en algún momento de las últimas semanas comportarse de forma rara, distinto, nervioso?

Aitor se quedó. Pensó.

— Mi padre llevaba un tiempo raro, sí. Desde el verano. Le cambió. Pasó del modo charlatán a no hablar en la mesa. Mi madre le decía "qué te pasa". Él decía "trabajo". Yo no presté atención. Ahora pienso que sí.

— ¿Cuándo empezó eso?

— En agosto, septiembre. No te puedo poner fecha.

— Después de la barbacoa.

— Después de la barbacoa.

Eider asintió.

— Aitor. ¿Tú me has venido a contar esto porque sospechas algo?

Aitor levantó la cara. Le costó.

— Sospecho que mi padre se metió con Naia en la cocina aquel día. Lo sospecho desde hace dos horas, desde que pensé en lo del coche y en el "qué pena la chica".

— ¿Lo del coche?

— El Ford Focus. Mi padre nunca presta el coche fácilmente. Pero aquel día me lo prestó a mí para llevar a Naia a León rápido. Aquel día parecía querer que nos fuéramos cuanto antes. Yo no caí entonces.

— Ya.

Aitor empezó a llorar despacio. Sin ruido. Le caían las lágrimas dos a dos. No se las limpió.

— Inspectora, si mi padre le ha hecho algo a Naia, dígamelo a la cara. No me deje enterarme por la prensa.

Eider lo miró. Cardeñosa apartó la vista un segundo. Eider no apartó.

— Aitor. No te puedo decir hoy lo que va a pasar mañana. Te puedo decir una cosa. Si tu padre tiene algo que ver con esto, vas a saberlo antes que la prensa. Te lo digo yo o te lo dice mi compañero, pero te lo decimos.

Aitor asintió.

— Vale.

— Aitor. Una más. ¿Tu madre lo sabe?

— Mi madre no.

— ¿Ella ha notado algo de tu padre?

— Mi madre cree que mi padre tiene una amante.

— ¿Eso te lo ha dicho?

— Me lo dijo en septiembre. Yo le dije que no, que tonterías. Me lo dijo en serio.

— ¿Por qué creía ella eso?

— Por las dos veces que mi padre llegó tarde de "cena con cliente" y olía a perfume que no era de mi madre, pero tampoco a perfume bueno. Y porque mi padre se compró un jersey azul oscuro nuevo, "para las cenas", en agosto.

Eider se quedó tres segundos sin pestañear.

— Aitor.

— Dime.

— Repíteme eso del jersey azul oscuro.

— Jersey azul oscuro nuevo. De cuello redondo. Lo compró en la tienda de la calle Ancha en agosto. Mi madre se lo afeó porque mi padre nunca había comprado jersey solo, los compraban juntos.

— ¿Lo lleva habitualmente?

— Cuando va de cena con cliente, sí. Debajo del traje.

Eider miró a Cardeñosa. Cardeñosa miró a Eider.

— Vale, Aitor. Gracias. Te vamos a pedir que lo dejes por escrito.

— Lo dejo.

A las ocho y media, Aitor firmó la declaración voluntaria. Cardeñosa la archivó.

A las nueve, Quintanilla pasó por el despacho.

— Camarote. Cámara de barra. El sujeto entró a la una y treinta y dos, se quedó al fondo de la barra catorce minutos. Lleva traje gris, jersey azul oscuro debajo. La cámara lo capta lateralmente. Le mando frame.

— Mándamelo.

— Te lo mando. Y otra cosa. La cámara de la salida lo pilla saliendo a la una y cuarenta y seis. Después no entra al Camarote más esa noche. Va a Plaza Mayor.

— Cuadra. ¿Y a Naia?

— Naia estaba en la zona del fondo del Camarote con sus amigas. La barra del fondo, no la barra del centro donde está él. La cámara las separa por seis metros y cuarenta. No hay constancia de que se hablaran.

— ¿La vio?

— La pudo ver. Yo le vería desde donde estaba. Pero no consta interacción en la cámara.

— Vale.

Eider apuntó: "01:32-01:46 Camarote, observación, no contacto. Salida hacia Plaza Mayor".

A las nueve y media le mandó un wasap a Hugo Setién: "Hoy duermo en mi piso. Mañana detenemos. Mañana hablamos".

Hugo: "Ánimo. Llamo si necesitas".

Eider apagó el móvil. Subió a su despacho. Cerró el atestado del día con Cardeñosa al lado. A las once cerraron las luces.

A las once y diez bajaron al patio interior por la escalera de incendios.

— Cardeñosa.

— Dime.

— ¿Cuántas detenciones llevamos juntos?

— Veintidós, que recuerde.

— ¿Qué tienen en común?

— Que todas las hacemos a primera hora.

— Por qué.

— Porque están en pijama.

— Porque están en pijama.

— Y no se han colocado la cara todavía.

Eider sonrió de medio lado.

— A las nueve mañana.

— A las nueve mañana.

Subieron al coche. Se fueron cada uno a su piso. La lluvia fina seguía.