León. Comisaría Provincial. Miércoles, 1150. #2
— ¿Hace cuánto?
— Dos minutos, dos. Las dos y veinticinco eran. Ahora las dos y veintisiete.
— ¿Quiere usted dar nombre y dirección?
— Prefiero no. Lo siento. Tengo miedo. Avise a alguien. Por si acaso.
— Vamos a mandar a una patrulla, señora. ¿Algún dato más?
— Nada más. Adiós, perdone.
La señora colgó.
Después la operadora pasaba la incidencia con un código bajo de prioridad ("posible disputa polígono industrial Onzonilla, sin datos, no agresión confirmada") al equipo de noche. La patrulla pasaba por el polígono a las tres y diez, daba una vuelta, no veía nada llamativo y se marchaba.
Eider se quitó los auriculares.
— Cuarenta y dos minutos — dijo —. Cuarenta y dos minutos hasta que la patrulla pasó.
— Cuarenta y dos — repitió Cardeñosa.
— ¿Y nadie levantó la incidencia después?
— La operadora la cerró a las cinco y media — dijo Quintanilla —. "Sin novedad detectada. Vivienda no localizada".
Eider asintió despacio.
— Saray. Esa señora. ¿La identificas hoy?
— Tengo el número de origen. Una fija. Calle Camino Viejo, 18, Onzonilla. Titular: Maruja Castro Rodríguez, ochenta y un años.
— Ochenta y un años.
— Ochenta y un años.
— Folgueras, después del coche y del domicilio, mañana a primera hora vas a ver a Maruja Castro a Onzonilla. Le llevas un café. Le explicas que no tiene que decir nada que no quiera, pero queremos su declaración. Importante.
— Voy mañana.
— Sin presión.
— Sin presión.
A las dos cincuenta, Folgueras se metió en el Renault Clio camuflado y bajó a avenida San Mamés a vigilar el coche de Bruno Quevedo. Dijo por radio a las tres y dos minutos:
— El coche en su sitio. La oficina abierta. El sujeto dentro.
— Entendido.
A las tres y diez, Eider, Cardeñosa, Quintanilla y Carolina Quirós con dos técnicos más bajaron del despacho con tres coches. Uno camuflado, dos rotulados. Llevaban la autorización judicial de la juez Cifuentes con el código de las dos en punto.
Aparcaron a setenta metros de la oficina, en doble fila. Carolina Quirós y su técnico se acercaron al Ford Focus aparcado en plaza azul. Eider y Cardeñosa subieron a la oficina.
Bruno Quevedo Reguera era un hombre de cincuenta años escasos, pelo gris corto, gafas de cerca, traje sin corbata, jersey azul oscuro debajo de la chaqueta.
Estaba en su despacho, segunda mesa de la oficina.
La secretaria, Conchita, en la primera. Eider entró con Cardeñosa detrás. Conchita levantó la cabeza.
— Buenos días. Inspectora Aristegui, subinspector Cardeñosa, Policía Nacional. Buscamos a Bruno Quevedo Reguera.
Bruno se levantó de la silla. La cara se le quedó de un color menos. Se recompuso.
— Soy yo. Buenos días.
— ¿Podemos hablar?
— Pasen.
Eider entró sin cerrar la puerta. Cardeñosa se quedó con el quicio.
— Señor Quevedo. Tenemos autorización de la juez de instrucción del juzgado número 2 para registrar su vehículo Ford Focus matrícula 7842JFK, en este momento aparcado en la calle. La autorización la tiene mi compañero. Si lo desea, mi compañero le da copia.
Bruno tragó.
— ¿Mi coche?
— Su coche.
— ¿Por qué?
— Eso, señor Quevedo, se lo voy a explicar despacio en sede policial cuando termine el registro.
De momento, lo único que le pido es la llave y que se quede usted aquí, en su oficina, hasta nueva indicación.
Y no haga llamadas que comprometan la diligencia.
Si quiere llamar a un abogado, puede hacerlo.
Bruno se sentó otra vez. Miró la mesa.
— ¿Voy a estar detenido?
— No, no en este momento. Se le notifica que está investigado en una diligencia abierta. Lo que decida el juzgado mañana, lo decide el juzgado. Hoy le pido que coopere.
Bruno asintió. Sacó del bolsillo del pantalón un llavero con una sola llave de coche. Se la dio.
— Gracias.
— ¿Puedo... puedo llamar a mi mujer?
— A su mujer no. A su abogado, si lo desea, sí.
Bruno apretó los dientes.
— Voy a llamar a Llamosa.
— Llámelo.
Eider salió. Cardeñosa se quedó en la puerta.
Bajó las escaleras. La calle olía a frío. Carolina Quirós estaba con los guantes puestos abriendo el maletero del Ford Focus.
— ¿Cómo va?
— Empezamos por dentro, después maletero, después luminol en faldón inferior y reposacabezas. Dos horas.
— Yo me quedo arriba con él.
— Te llamo en cuanto tenga.
Eider subió otra vez. Bruno estaba al teléfono con Llamosa. Al colgar, la miró.
— Mi abogado viene en quince minutos.
— Bien. Esperamos.
Eider se sentó en la silla de los clientes. Cardeñosa también. Conchita no sabía qué hacer con la mirada. Bruno tenía las manos quietas encima de la mesa, demasiado quietas, como las tenía Tito Casado el día anterior.
A las tres y treinta y cinco entró Mario Llamosa, cincuenta y pico, gabardina, maletín de cuero. Saludó a Eider con un asentimiento. Pidió hablar dos minutos a solas con su cliente. Eider y Cardeñosa salieron al rellano.
A las cuatro menos cuarto Llamosa abrió la puerta.
— Mi cliente está dispuesto a esperar el resultado del registro del coche. No va a hacer ninguna manifestación. Si después del registro deciden ustedes detenerlo formalmente o citarlo, se hará lo que corresponda.
— Bien.
A las cinco menos diez, Carolina Quirós le hizo señas a Eider desde el portal.
Eider bajó.
— ¿Qué tienes?
— Tengo. Reposacabezas del copiloto, un pelo rubio largo, teñido.
Lo he embolsado. Cinturón del copiloto, una fibra de jersey gris claro.
La he embolsado. Faldón inferior trasero, lado del copiloto, mancha pequeña que da positivo a luminol.
Es sangre. Compatible con sangre, compatible con muestra mínima.
Voy a confirmar ADN en laboratorio, te tarda treinta y seis horas.
— ¿Visible o invisible?
— Invisible al ojo. Hay quien lo limpia, pero no llega a todo. Esa zona del faldón tiene un canto donde se acumula. No la limpió bien.
— Vale.
— ¿Algo más en el coche?
— Olor a producto de limpieza interior reciente. Asientos pasados con un quitamanchas en seco. Alfombrillas aspiradas. Demasiado limpio para un coche con seis años.
— ¿Cuándo lo limpió?
— Por el olor, dos o tres días. Por las marcas en el aspirado, también. No puedo darte más concreción sin laboratorio.
— Vale.
— ¿Detención?
— Llámame por escrito en cuanto tengas el dato del positivo a luminol. Confirmación a la juez. Detención mañana a primera hora.
— A las nueve estará.
— A las nueve.
Eider subió. Llamó a Cifuentes. Le contó. La juez tomó nota. Le dio la orden por escrito a las cinco y veinte: detención del investigado a las nueve de la mañana del jueves 16 de octubre, conducción a comisaría, primera comparecencia en el juzgado de guardia el viernes 17 si procede.
Eider entró otra vez en la oficina. Bruno seguía sentado. Llamosa al lado.
— Señor Quevedo. Mi compañera de la Científica ha terminado el registro.
Mañana a primera hora le vamos a citar formal, con conducción a comisaría, para tomarle declaración.
Su abogado tendrá toda la información antes.
Le pido que esta noche no salga de su domicilio y que su coche permanezca aparcado en la calle, vigilado. ¿De acuerdo?
Bruno asintió. La mirada le iba a la mesa.
— ¿Mi mujer va a saber esto?
— Su mujer va a saber lo mínimo necesario, hoy. Mañana ya no es asunto mío.
— Mi hijo.
— Su hijo lo va a saber.
Bruno apretó los labios. No dijo nada.
Eider salió con Cardeñosa.
A las seis menos veinte, en el coche de vuelta, Cardeñosa le dijo:
— Mañana es mañana.
— Mañana es mañana.
— ¿Te llamo a Hugo?
— No le llames. Le llamo yo.
— Vale.
— Cardeñosa.
— Dime.
— ¿Tú dormiste anoche?
— Tres horas.
— Yo dos.
— Pues mañana toca despierta.
— Mañana toca despierta.
Llovía igual.