Cuneta León. Comisaría Provincial. Miércoles, 1150.
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León. Comisaría Provincial. Miércoles, 1150.

Tito Casado llegó a las once cincuenta. Diez minutos antes de su hora. Se quedó esperando en el banco de la planta baja con la chaqueta plegada en el regazo y una bolsa de plástico azul a los pies. Cuando el agente de puerta le avisó de que pasara, se levantó como un colegial.

Cardeñosa se había ido al juzgado. Eider lo recibió con Folgueras.

— Pase, señor Casado. Por aquí.

— Le he leído ya el por qué está aquí. Es voluntaria. Si quiere asistencia letrada, paramos y la pide.

— No, gracias.

— Vamos a grabar.

Folgueras encendió la grabadora.

— Señor Casado, le hago las mismas preguntas que ayer en su casa, esta vez con grabación y para quedar reflejadas en atestado. Diga su nombre completo y profesión.

— Tito Casado Bermejo, jubilado anticipado por baja médica, exentrenador de natación.

— Domicilio.

— Calle del Vallín, 12, La Virgen del Camino, León.

— ¿La noche del viernes 10 al sábado 11 de octubre, dónde estuvo?

Tito miró al techo. Después la mesa. Después a Eider.

— Inspectora.

— Diga.

— He pasado mala noche.

— Lo siento. Hábleme del viernes.

— He pasado mala noche pensando que me iba a presentar aquí mintiendo otra vez. Y a pensarlo le doy vueltas. Si quiere parar la grabación un momento, le agradezco.

Eider miró a Folgueras.

— Para.

Folgueras paró.

Tito apretó las dos manos juntas sobre la mesa.

— Yo el viernes pasado no estaba en mi casa.

— Vale.

— Estaba en Astorga.

— ¿En Astorga?

— En el Hotel Astur Plaza. Habitación reservada a mi nombre. Entrada a las nueve y media de la noche, salida a las once de la mañana del sábado. Yo estaba allí.

— ¿Solo?

Tito tragó.

— Con una compañera.

— ¿Quiere darme el nombre?

— Le agradezco que no se lo diga a mi mujer.

— No se lo voy a decir a su mujer, señor Casado. Lo que vaya en el atestado va al juzgado y lo que vaya al juzgado lo lee quien tiene que leerlo. Su mujer no lo lee de oficio.

— Marina Suárez Aller.

Eider apuntó.

— ¿Familiar de Aitor Quevedo?

— ¿De quién?

— Aitor Quevedo Aller. Veintidós años. Jugador del filial del Atlético Astorga. Su madre es Maite Aller Carrasco, dentista en Padre Isla. Su padre es Bruno Quevedo Reguera, comercial de seguros.

Tito frunció.

— No. Marina es de Astorga. Tiene cuarenta y ocho años. Lleva una papelería en la calle Pío Gullón. La conozco desde hace seis años. Aller es apellido común en Astorga. Pero no la conozco a ella ni a su familia, conozco a Marina.

— ¿Marina sabe que está usted aquí?

— Sí. Le he llamado esta mañana para avisarle. Está localizable. No quería reconocerlo, pero se lo va a confirmar a ustedes.

— ¿Le importa darme el teléfono?

Tito le dio el teléfono. Eider se lo apuntó. Folgueras también.

— Señor Casado. ¿Por qué no me lo dijo ayer?

— Por miedo a que mi mujer se entere. Lo único que tengo es a mi mujer. Mis hijos están fuera. Mi vida es ella, aunque yo no me haya portado bien con eso. Si Asun se entera, se va. Y a mi edad ya no me reconstruyo.

— Yo no soy quién para juzgarle eso, señor Casado, pero le voy a decir una cosa: ayer mintió, y al mentir ayer me complicó la investigación de un homicidio de una chica de diecinueve años a la que usted entrenó cuatro años. ¿Lo entiende?

Tito asintió. Le caía un sudor en la sien.

— Lo entiendo.

— Vale. Folgueras, retoma grabación.

Folgueras dio al play.

— Señor Casado, repita lo que ha contado, en grabación, con calma.

Tito lo repitió. Astorga. Hotel Astur Plaza.

Marina Suárez Aller. Entrada a las nueve y media.

Salida a las once. La cena en un restaurante de la calle García Prieto antes.

Ese restaurante tenía cámara en la puerta.

La cena la pagaron a las once y siete con la tarjeta de Marina.

La habitación la pagó él en efectivo a la salida.

Eider escuchó. Apuntó.

— Pasamos a otra cosa, señor Casado. La denuncia archivada de marzo de 2021 que afecta a otra menor del club, ¿quiere usted hacer alguna manifestación al respecto?

— Mantengo lo que dije entonces. Lo que se afirmaba no era cierto. La denuncia se archivó por falta de pruebas. Esa chica tenía dieciséis años entonces, hoy tiene veinte. Yo no la he vuelto a ver.

— ¿Naia Cembranos? ¿Algo que añadir respecto a ella desde su última declaración de ayer?

— Nada. La entrené cuatro años, era una chica buena, técnica de pies muy limpia. Se la cambié al estilo libre con doce años cuando llegó. Era seria. Su madre venía a recogerla casi todos los días. La perdí de vista al cumplir dieciséis cuando dejó el club.

— ¿Sabe usted si Naia, en aquellos años, tuvo alguna situación incómoda con algún padre del club, algún entrenador asistente, algún directivo?

Tito se quedó.

— ¿Por qué me lo pregunta?

— Porque le pregunto.

— No tengo conocimiento de nada concreto.

— Vale.

— Inspectora. — Tito se inclinó un poco —.

Le voy a decir una cosa, fuera de la denuncia, fuera de mí.

Aquellos años en el club había padres pesados.

No de la chica esa, no de Naia. De otras.

Padres que le hablaban a otras nadadoras de catorce años de cuerpo, de vestido, en plan ligón mal hecho.

Yo se lo dije a la directiva una vez. Me dijeron que no me metiera.

Eso, como información de fondo, lo digo.

No tengo nombres porque no quiero acusar al tuntún.

— Vale. Eso queda en grabación, no es prueba, pero queda como contexto.

— Bien.

Eider miró a Folgueras.

— ¿Alguna pregunta más?

— Una — dijo Folgueras —. Señor Casado, por curiosidad de archivo. ¿Conoció usted en aquellos años a Bruno Quevedo Reguera, padre de un nadador del club, comercial de seguros, oficina en San Mamés?

Tito lo miró.

— ¿Era el padre de algún nadador?

— No nadaba el chico. — Folgueras esperó —. Pregunta por contexto. ¿Le suena el nombre?

— No me suena. Pero hace años de eso. Si entró al club por una nadadora, no era de las que entrené yo. Si era de patrocinadores, no he tratado nunca con patrocinadores. Si era padre de un compañero, tampoco. No me suena.

— Vale.

Eider asintió.

— Cerramos, señor Casado. Le vamos a tomar nota de todo, le va a firmar la declaración por escrito en una hora. ¿Espera fuera?

— Espero fuera.

Folgueras paró la grabación. Acompañó a Tito a la sala de espera.

Eider se quedó un momento sola en la sala de interrogatorios. Apoyó las manos en el canto de la mesa. Miró el techo.

Tito Casado descartado. Definitivamente.

Cuando volvió Folgueras, le dijo:

— Llama a Marina Suárez Aller, confirma. Pide al hotel y al restaurante las cámaras de la noche del viernes. Si todo cuadra, le tachas en la pizarra.

— Le tacho.

— Y ahora vamos al expediente Damián.

— ¿Damián también descartado?

— Damián descartado, sí, pero quiero atestado limpio. Cámara del Camarote de barra a barra, declaración del dueño, declaración de las dos camareras que estuvieron en la barra con él. Que no quede una sola hora floja entre la una y las cinco.

— Lo cierro hoy.

— Bien.

Salieron de la sala.

A la una y cuarto, Cardeñosa volvió del juzgado con la juez Ramona Cifuentes Pelayo firmando una autorización a las dos en punto para entrada y registro del Ford Focus matrícula 7842JFK propiedad de Bruno Quevedo Reguera y entrada y registro del domicilio en avenida Padre Isla número 36, escalera B, planta cuarta, letra C.

— Cifuentes me la firma a las dos — dijo Cardeñosa —. Quiere que ejecutemos primero coche, después domicilio, según resultado del coche. Quiere que la avisemos antes del registro del domicilio para tenerla disponible al teléfono.

— Bien. Carolina Quirós lista para las dos y media en San Mamés.

— Quirós lista.

— Folgueras vigila el coche desde las dos.

— Folgueras va.

— Quintanilla con audio del 091.

— Tendremos.

Eider miró el reloj. Había picado un trozo de bocadillo a media mañana. La cabeza le iba al límite del cansancio sano.

— ¿Comemos? — dijo Cardeñosa.

— Comemos en quince minutos. Voy a hacer una llamada antes.

— Vale.

Subió al despacho. Cerró la puerta. Sacó el móvil. Marcó a Pamplona.

— Residencia Iturrama, dígame.

— Buenos días, soy Eider Aristegui, hija de Carmen Etxeberria.

— Hola, Eider, soy María. Cuesta cogerte.

— Lo sé, María, perdona. ¿Cómo está?

— Hoy regular. Esta mañana se ha levantado preguntando por tu padre. Le he dicho que estaba en el taller. Se ha quedado tranquila.

— Gracias.

— ¿Te paso?

— Pásame.

A los cuarenta segundos:

— ¿Eider?

— Ama. Soy yo.

— ¿Vienes hoy?

— Hoy no, ama. El sábado.

— Ah. Vale. ¿Y aita?

— Aita no puede venir, ama. Está fuera.

— ¿Otra vez?

— Otra vez.

— Pues vale.

— Ama, una pregunta tonta. ¿Has comido?

— Sí. Sopa, y un filete. Y un yogur.

— Bien.

— Eider.

— Dime.

— ¿Estás bien?

— Estoy bien, ama. Tengo trabajo. Hoy hay lío.

— Pues llama luego.

— Llamo luego.

— Adiós.

— Ondo, ama.

Le colgó.

Eider apoyó la frente en el cristal del despacho un segundo. Después cogió el abrigo. Bajó.

A las dos y diez comió un menú del bar de la esquina con Cardeñosa y Folgueras.

Lentejas, escalope, café. Cardeñosa habló de su hijo pequeño, que le había mordido a la cuidadora del cole y le habían llamado para una reunión.

Folgueras dijo que él, de pequeño, también mordía. Eider escuchó. No dijo apenas nada.

A las dos y treinta y cinco, Quintanilla la llamó.

— Tengo el audio.

— Bajamos.

Subieron a la sala del Grupo. Quintanilla tenía dos auriculares y un cable doble. Eider se enchufó. Folgueras y Cardeñosa también.

El audio empezaba con la operadora del 091.

— Centralita, dígame.

Voz de mujer mayor, jadeando ligero, asustada pero contenida. Acento leonés.

— Hola, buenas, perdone, llamo de Onzonilla. He oído un grito y un coche en el polígono.

— ¿Un grito? ¿De mujer, de hombre?

— De mujer, creo. Un grito corto. Y luego un golpe. Y un coche.

— ¿Dónde, exactamente, señora?

— Calle Camino Viejo, en Onzonilla pueblo. Yo vivo en el chalet del fondo. Mi ventana da al polígono industrial, a la parte de las naves. Habrá ido el grito desde las naves nuevas, las del fondo, donde la chatarrera. He oído el grito y el coche acelerando un par de minutos después.

— ¿Coche cómo, señora?

— No vi. Yo no me he asomado. Tengo miedo. He oído.