León. Comisaría Provincial. Miércoles, 0905.
Begoña Cembranos llevaba un abrigo gris demasiado pesado para octubre y una bufanda azul oscura mal anudada. Cardeñosa la dejó pasar al despacho con una mano en el respaldo de la silla, como hacía con las viudas y con las madres. Eider se levantó.
— Buenos días, Begoña.
— Buenos días, inspectora.
— Siéntese, por favor.
Begoña se sentó. Apretaba el bolso contra el regazo, un bolso negro de los pequeños, de tirador rígido. Tenía los nudillos blancos.
— ¿Quiere agua?
— No.
— ¿Café?
— No. Gracias.
Cardeñosa cerró la puerta sin ruido y se sentó al lado.
Eider miró a Begoña sin prisa. La luz de la ventana estaba mala, la lluvia oscurecía el patio. Encendió el flexo y le dio la vuelta para que no le diera de cara.
— Begoña, lo primero. Esta conversación es voluntaria. No es declaración formal. Si en algún momento me dice que prefiere parar, paramos. ¿De acuerdo?
— De acuerdo.
— Me dijo anoche que tenía algo para entregarme.
Begoña asintió. Tardó dos segundos en abrir el bolso. Sacó un cuaderno pequeño de tapa dura roja, de los Moleskine, gastado por las esquinas. Lo dejó encima de la mesa con las dos manos, despacio, como si lo dejara en la repisa de una iglesia.
— Es de Naia.
— Sí.
— Lo encontré el domingo por la mañana. En su mesilla. Lo cogí de su habitación.
Eider no estiró la mano todavía.
— ¿Lo ha leído?
— En parte.
— ¿Lo ha enseñado a alguien?
— A nadie.
— ¿Lo ha tocado más de una persona desde el viernes?
— Solo yo. Marcos no ha entrado en la habitación.
— Bien. Cardeñosa, los guantes.
Cardeñosa abrió el primer cajón. Sacó dos pares de guantes de látex y una bolsa de plástico de pruebas. Eider se puso un par, abrió la libreta despacio.
— Begoña, me dice qué páginas son las que ha leído.
— Las del verano. Marqué una con un papel.
Eider buscó. Había un trozo blanco de papel doblado entre dos páginas. Lo retiró. Leyó la entrada que Begoña había marcado.
8 agosto. B. me dijo aquello en la cocina. Llevo dos semanas pensándolo. No le voy a decir nada a A. todavía. Pero algún día sí.
Eider la leyó dos veces. Levantó la vista.
— Begoña, antes de seguir. ¿Quiere ir paso a paso, conmigo, sobre lo que le voy a preguntar?
— Sí.
— ¿Puedo grabar a partir de ahora? Es procedimental.
— Sí.
Cardeñosa puso la grabadora encima de la mesa. La encendió. Dijo el día, la hora, los presentes, el motivo.
Eider apoyó las manos en la mesa, planas.
— Begoña. Esta entrada del 8 de agosto. ¿Cuándo la leyó por primera vez?
— El domingo por la mañana, doce de octubre. Sobre las once.
— ¿Antes del viernes 10 sabía usted que su hija había escrito algo así?
— No exactamente. Sabía que escribía un diario desde el COU. No lo había abierto nunca.
— ¿En agosto pasado, su hija le contó algo verbalmente?
Begoña tragó saliva. Asintió. La voz le salió más baja.
— Naia me lo contó la tercera o cuarta semana de agosto.
Una noche, después de cenar. Estábamos en la cocina recogiendo.
Me dijo que en una barbacoa de los padres de Aitor en julio, en Onzonilla, un familiar mayor de Aitor se le había acercado mucho cuando estaban solos en la cocina, le había dicho cosas que ella consideró fuera de lugar y le había puesto la mano en la cintura.
Naia se zafó, se fue al salón, no le contó nada a Aitor.
Volvieron a León a media tarde. Eso me lo dijo así, sin nombres concretos.
Yo le pregunté si había sido el padre. Ella dijo que prefería no decírmelo.
Le pregunté si quería denunciarlo. Me dijo que no.
Le pregunté si quería que yo hablara con la madre del chico. Me dijo que no.
— ¿Y usted qué hizo?
— Le dije que pensara si quería ir a un psicólogo. Le dije que no le contara nada a Aitor de momento. Le dije que si se repetía me lo dijera. Y dejé estar.
— ¿Le pareció a usted entonces, en agosto, que podía haber riesgo?
Begoña tardó.
— No. Pensé que era un señor mayor pesado en una cocina. Pensé que mi hija había hecho lo que se hace, irse de la cocina. Pensé que con no volver a esa parcela no iba a pasar nada. Pensé que si insistía yo, ella se cerraba. Mi hija era cabezota y discreta. Me parecía importante respetarla.
— ¿Habló usted con alguien de esto en agosto, septiembre?
— Con nadie. Con su padre tampoco. A su padre mejor no se le cuentan estas cosas.
— ¿Y desde la ruptura de Naia y Aitor en septiembre?
— Desde la ruptura no hablamos del tema otra vez. Naia volvió de un fin de semana en Pamplona con una amiga, Lara, y me dijo que Aitor y ella se habían dejado. Me dijo que estaba bien. Yo no le pregunté por la familia de Aitor. Asumí que con dejar la relación se cortaba todo.
— ¿Y ahora? ¿Por qué me trae usted esto hoy y no el sábado?
Begoña miró la mesa. Le tembló la mandíbula. Le tembló pero no lloró.
— Porque el sábado pensé que mi hija había desaparecido.
Y se me cruzaron mil cosas. Pensé en ese chico, Aitor.
Pensé en alguien del bar. Pensé en un cabrón en la carretera.
Y la libreta no me la había leído todavía.
La leí el domingo y vi esa entrada, y pensé "esto era de junio, esto fue antes de la barbacoa".
Después contar las semanas, y pensé "no, esto es de agosto, después de la barbacoa".
Me asusté. Me callé. Llevaba el lunes y el martes pensando en si traerlo, y en si era trampa traerlo.
En si la libreta era prueba o era una página de mi hija.
En si yo, contándolo, le iba a hacer mal a Aitor, que no me ha hecho nada.
— Y ha decidido traerlo.
— He decidido traerlo. — La voz se le rompió un cuarto, no más —. Lo he decidido porque era mi hija y porque ya no la puedo proteger más, así que voy a entregar lo que tengo.
Eider la miró un momento sin hablar.
— Gracias, Begoña.
Cardeñosa apuntó.
— Una pregunta más, Begoña, y luego pasamos a otra cosa. — Eider mantuvo la voz tranquila —. Esa noche de agosto que su hija le contó esto, ¿le dijo "el padre" o le dijo "alguien"?
— Me dijo "alguien mayor de la familia". Yo le dije "¿el padre?". Ella se quedó callada y dijo "ahora no quiero hablar de eso, mamá". Y yo lo dejé.
— ¿Mencionó alguna inicial? ¿Un nombre por encima?
— No.
— ¿Vio usted el viernes pasado por la noche, sábado de madrugada, alguna cosa distinta del comportamiento de su hija? ¿Algo que le hiciera pensar que se vio con esa persona, con un mayor de la familia?
Begoña negó con la cabeza, después rectificó.
— Nada. Estaba normal. Salió a las once y veinticinco, cogió el bolso, le dije que se llevara paraguas, dijo que no. Cazadora vaquera puesta. La de Aitor.
— La cazadora de Aitor.
— La de Aitor. La llevaba desde septiembre. No se la había devuelto. Hacía frío.
— ¿Sabe si Aitor se la había pedido?
— Aquella tarde, cuando volvió Naia de la facultad, le mandó un mensaje el chico para que se la devolviera. Yo lo oí porque me lo enseñó la pantalla. Naia le dijo que se la llevaba al lunes a la facultad. El chico le dijo "vale".
— ¿Naia tenía intención de cruzarse con Aitor el viernes?
— No.
— ¿Y con su padre?
— ¿Con el padre del chico?
— Sí.
— No, que yo sepa.
Eider asintió. Se inclinó hacia atrás.
— Cardeñosa, paramos la grabación. Vamos a procesar la libreta como prueba. Le firmo el recibo a la señora.
Cardeñosa apagó la grabadora.
Eider miró a Begoña.
— Begoña. Lo que me ha contado tiene importancia.
Pero quiero que sepa una cosa: usted no es responsable de lo que le pasó a Naia.
Si su hija eligió no contar un nombre, eligió no contarlo.
Si usted respetó esa decisión, hizo lo que su hija le pedía.
Que ahora pesa, lo entiendo. Pero el pesar es de quien lo hizo, no es suyo. ¿Me oye?
Begoña asintió. Esta vez se le saltaron dos lágrimas, le bajaron por la cara hasta la mandíbula y se las quitó con el pulgar.
— ¿Quiere usted estar en casa hoy o quiere que mandemos un coche con usted a algún sitio?
— En casa. Mi hermana viene esta tarde.
— ¿Está sola hasta entonces?
— Estoy sola hasta las tres.
— Cardeñosa, llama al servicio de psicólogos del IML, que pasen a verla a la una si pueden, en su casa.
— Voy.
Cardeñosa salió a hacer la llamada.
Begoña se quedó con Eider. Eider rellenó el recibo de la libreta. Se lo dio para firmar. Begoña firmó con la mano un poco temblorosa.
— Le devolveremos la libreta cuando podamos. Probablemente la próxima semana. Una página será fotocopiada y quedará custodiada como prueba. El resto vuelve íntegro.
— Vale.
Begoña se levantó. Le costó. Eider le acompañó hasta la puerta del despacho.
— Una cosa más, inspectora.
— Dígame.
— ¿Era el padre de Aitor?
Eider la miró. No le mintió pero tampoco le confirmó.
— Estamos comprobándolo. Si es, va a saberlo usted antes de leerlo en el periódico. Se lo prometo.
Begoña asintió. Le tendió la mano. Eider se la apretó.
Salió.
Eider cerró la puerta. Volvió a la mesa. Miró la libreta encima del cartapacio.
A los dos minutos entró Cardeñosa.
— Psicólogos en casa a la una. Confirmado.
— Bien.
Cardeñosa se sentó. Miró la libreta.
— ¿Se la pasamos a Quintanilla y a Folgueras?
— Se la pasamos. Antes la fotocopio.
Eider sacó la libreta de la bolsa con guantes, fotocopió la entrada del 8 de agosto y otras cuatro entradas anteriores y posteriores que ojeó por encima.
Una entrada del 22 de junio mencionaba la barbacoa con la frase "el sábado vamos a Onzonilla con los Quevedo.
No me apetece, pero a A. le hace ilusión, así que vamos".
Una entrada del 14 de julio decía "barbacoa rara.
La cocina, B., dejarme aquí. Ya". Una del 30 de septiembre decía "lo dejé con A.
No por su padre. Por mí. Pero sin su padre habría aguantado más".
Una del 6 de octubre decía "mañana cumplo 19.
Domingo cena con mamá y cumple. Sin Aitor por primera vez en un año".
Eider las marcó todas. Cardeñosa las apuntó.
— Vale — dijo Eider —. Ya tenemos el motivo. Tenemos el coche. Tenemos las cámaras. Tenemos el repostaje a las tres y dos minutos. Tenemos el encuadre de la barbacoa. Lo único que nos falta es el lugar exacto del polígono donde la mató y, si lo pudieramos, el coche por dentro. Y la cazadora.
— La cazadora va a ser difícil. Se la habrá llevado.
— Se la habrá llevado.
— ¿Vamos a por el juez?
— Vamos a por el juez.
A las once entró Folgueras. Tenía dos fotos en el móvil.
— El Focus está aparcado delante de la oficina de avenida San Mamés desde las nueve y cuarto.
Lo he visto entrar por la cámara del banco del enfrente, le he pedido al de seguridad un favor, me ha enseñado el frame.
Bruno Quevedo bajó de él, abrió la puerta de la oficina, subió a la primera planta.
La luz se encendió a las nueve y diecisiete. Sigue ahí.
— ¿Hay aparcamiento privado?
— No. Aparca en línea, en plaza azul.
— Bien.
— ¿Voy a buscar al juez?
— Ya. Le he avisado. Cardeñosa, tú con él.
La autorización para registro del Focus y entrada al domicilio de avenida Padre Isla.
Argumento: cámaras DGT, gasolinera Repsol, declaración de la madre de la víctima sobre la entrada de diario, declaración del hijo sobre uso del coche y horario de regreso. Todo limpio.
— Cifuentes me la firma. Si hay suerte, en una hora.
— Suerte tendremos.
— ¿Detención?
Eider lo pensó. Miró por la ventana. Lluvia fina seguía.
— Detención, no. No todavía. Primero el coche. Quirós con su equipo. Si en el coche aparece lo que tiene que aparecer, detención mañana a primera hora. Si no aparece, lo citamos formal mañana también.
— Vale.
— Folgueras, vigilancia hasta nueva orden. Que no se mueva el coche sin que lo sigamos. Si va a comer, va con coche, sigues.
— Voy.
— Quintanilla.
Quintanilla entró desde la otra sala con el portátil bajo el brazo.
— Movimientos de cuenta del último año. Tengo lo gordo.
Julio del año pasado, gastos de la barbacoa de Onzonilla en supermercados de la zona, cargados a la tarjeta personal.
Septiembre y octubre de este año, nada llamativo.
La noche del jueves 9, una cena en un restaurante del centro pagada con la tarjeta de empresa, ochenta y dos euros.
Fecha del viernes, una compra en una farmacia de guardia de avenida Asturias a las once y media de la noche.
Doce euros. Eso no encaja con cena con cliente.
— ¿Qué compró?
— No te lo dice el extracto. Habría que pedirlo a la farmacia.
— Folgueras al volver pasa por la farmacia y lo pregunta con discreción. Diga lo que diga, sirve. — Eider miró a Cardeñosa —. ¿Llegamos a las dos al juzgado?
— Llegamos.
— Vamos.
Cardeñosa cogió el abrigo. Salió. Eider se quedó un minuto con Quintanilla.
— Saray.
— Dime.
— Cuando cierres lo de las cuentas, repasa los teléfonos. Le pides a Cifuentes el listado de llamadas y posiciones de antena de Bruno Quevedo del jueves al sábado. Que no se nos escape ningún hueco.
— Lo pido.
— Una cosa más. — Eider bajó la voz —. La llamada del 091 de las dos y veintisiete del sábado, la de la vecina de Onzonilla. Quiero el audio íntegro. Lo escucho yo.
— A la tarde lo tienes.
— Vale.
Quintanilla volvió a su sala.
Eider cerró el despacho. Bajó por la escalera de incendios. Se sentó. Encendió un Marlboro.
Pensó en Naia con dieciocho años en una cocina con un señor que le decía "cosas". Pensó en una madre que se calló por respeto. Pensó en una libreta roja en un cajón. Pensó en una farmacia de guardia a las once y media de la noche del viernes. Pensó en los guantes de látex.
A las once y treinta y tres apagó el cigarro.