Cuneta León. Calle Ordoño II, piso de Hugo Setién. Martes, 2230.
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León. Calle Ordoño II, piso de Hugo Setién. Martes, 2230.

El piso de Hugo Setién no se parecía al despacho de Hugo Setién.

El despacho era una cuarta planta sobria, con biblioteca de derecho penal, parquet pulido y un secretario que trabajaba media jornada.

El piso, dos calles más allá, era una segunda con suelo gastado, una alfombra que él había heredado de su madre, una cocina pequeña con campana ruidosa y un balcón corrido al patio interior.

Hugo decía siempre que se había mudado al piso después del divorcio para no escuchar coches; en realidad lo había hecho porque el alquiler le permitía pagar dos colegios privados.

Cenaron una tortilla de patata que él había hecho con calma a las nueve y diez, escuchándola decir por el manos libres que llegaba en quince minutos.

Eider se metió la primera porción medio fría con la espalda apoyada en la encimera, todavía con la chaqueta puesta.

Hugo no se molestó en decirle que se sentara.

— Está buena — dijo ella.

— Está fría.

— Está buena igual.

— Quítate la chaqueta.

Eider se la quitó. La dejó en la silla. Se sentó en la mesa. Hugo le sirvió una copa de vino que ella no iba a beberse.

— Me la has servido por costumbre.

— Me la voy a beber yo.

— Eso espero.

Hugo Setién tenía cuarenta y siete años, las sienes blancas, una nariz que se le había roto a los diecisiete jugando al rugby y le había quedado un poco torcida, ojos pequeños y atentos, manos buenas para cortar pan. Se puso enfrente de ella.

— ¿Has tenido día?

— He tenido día.

— ¿Vas a poder dormir?

— Voy a poder dormir mal.

— Eso es dormir.

— Eso es dormir, sí.

Hugo cogió la tortilla con dos dedos y la repartió. Comieron en silencio. Eider miró el balcón. Llovía igual que llevaba lloviendo desde el sábado.

— ¿Quieres que hablemos del caso? — preguntó él.

— No.

— Vale.

— Hablemos del tuyo. ¿Qué llevas?

— Una agresión con resultado de muerte de hace seis meses, juicio para enero. Dos divorcios. Un menor que ha mojado a otro en el patio del colegio y los padres del primero quieren denunciar al segundo, y yo a los padres del primero les he dicho que no.

— Bien hecho.

— Bien hecho.

Eider se acabó la tortilla. Empujó el plato. Hugo le sirvió un vaso de agua. Lo bebió.

— Hugo.

— Dime.

— Pregunta tonta.

— Pregunta.

— En tu colegio de abogados, ¿conoces a un Mario Llamosa?

Hugo levantó la vista.

— Llamosa, sí. Penalista, más mayor que yo, lleva turno de oficio mucho. ¿Por?

— Por nada concreto.

— ¿Os ha aparecido?

— No.

— Aristegui.

— Llamosa lleva turnos de detenido, ¿no?

— Sí. Le llaman bastante. Trabaja bien para lo que pagan, qué decir.

— Eso me sirve.

— ¿Eso te sirve para qué?

— Para hacerme la idea de quién va a entrar mañana en una sala de interrogatorios si yo cito a alguien.

Hugo dejó el vaso.

— Eider.

— ¿Qué?

— ¿Estás bien?

— Sí.

— ¿De verdad?

— De verdad.

— ¿La chica era de diecinueve, no?

— De diecinueve.

— Estás mal.

— Estoy normal.

— Estás mal y comes tortilla en mi cocina con la chaqueta puesta.

— Me la he quitado.

— A los siete minutos.

Eider sonrió hacia un lado. Era una sonrisa cansada y honesta, no afectiva. Hugo la conocía.

— Ven al sofá — dijo él.

— Voy al sofá.

Se llevaron la copa de él al salón. Eider se sentó con las piernas cruzadas. Hugo a su lado, sin apretarse. Tenían esa costumbre desde hacía dos años: quedaban como dos amigos que dormían juntos a veces.

— ¿Te pongo algo?

— Lo que sea, que no requiera atención.

Hugo puso una serie nórdica que llevaba viendo solo. Eider la siguió cinco minutos. Luego se quedó mirando el techo. Luego cerró los ojos.

— ¿Te quedas?

— Me quedo.

— ¿Toda la noche?

— A las siete me voy.

— Vale.

Le entró un mensaje en el móvil a las once y diez. Lo abrió con un ojo.

Era de Begoña Cembranos. Decía: "Inspectora, tengo algo que entregarle. ¿Mañana a las nueve? Disculpe la hora."

Eider se incorporó. Le respondió: "Mañana a las nueve está bien, Begoña. La espero en mi despacho. Con tranquilidad. No se traiga nada que no haya querido traer ya."

Begoña: "Ya he querido. Disculpe. Mañana llevo lo que tengo".

Eider apagó el móvil. Hugo la miró desde el otro lado del sofá.

— ¿Casa o trabajo?

— Trabajo.

— ¿Mañana a primera?

— A primera.

— ¿Ahora?

— Ahora ya no se hace nada.

— Vale.

A las once y media se metieron en la cama. Hugo le pasó un brazo por encima sin apretar. Eider durmió hora y media. A la una se despertó. Se quedó mirando el techo un rato. A la una y media salió al balcón a fumar. Volvió. Durmió otras dos horas.

A las cinco y cuarto le sonó el despertador del móvil que había puesto mentalmente sin saber. Se levantó sin hacer ruido. Se vistió en el baño. Hugo se removió.

— ¿Te vas?

— Me voy.

— ¿Café?

— En el coche.

— Eider.

— Dime.

— Si lo coges, me lo cuentas cuando puedas.

— Te lo cuento.

— Vete.

Eider salió. Bajó en ascensor. La calle Ordoño II a las cinco y media de la mañana estaba vacía. Aparcado en doble fila pasó un camión de la basura. Una pareja de barrenderos hablaba bajo. La lluvia fina seguía cayendo.

Llegó a Villa Benavente a las seis menos diez. Subió a la segunda planta. La sala del Grupo estaba vacía. Encendió el flexo de su mesa. Sacó el cuaderno. Empezó a escribir.

A las siete entró Cardeñosa con dos cafés.

— ¿No llegabas tarde?

— He llegado pronto. Me he despertado.

— Yo también.

— ¿Marta?

— Bien.

— ¿Niños?

— Bien.

— Bien.

Cardeñosa puso el café en la mesa.

— ¿Qué tienes?

— Tengo una cita a las nueve con la madre. Tengo a Aitor citado a las ocho. Tengo a las once vuelta a Tito Casado a tomar declaración formal. Y a Quintanilla la quiero aquí a las ocho.

— Llega a las ocho.

— Llega cuando llegue.

— Llega a las ocho, jefa.

— Vale.

A las ocho menos diez entró Quintanilla con un café también. Folgueras llegó a las ocho y dos.

— Quintanilla, antes de Aitor, dame lo que tengas del coche.

— Rotonda Onzonilla DGT, viernes 02:38, dirección polígono.

Tengo el frame. Cuatro pasadas de la rotonda Ordoño-Independencia entre las 02:16 y las 02:24, eso ya estaba.

Salida a la N-630 sentido sur, cámara de la Junta, 02:32, mismo coche, matrícula siete-ocho-cuatro-dos-jota-efe-ka, confirmada al cien por cien.

Ese coche estuvo en el polígono a las dos y cuarenta minutos.

— ¿Y de vuelta?

— Cámara DGT de la rotonda de Onzonilla sentido León, 03:35. Mismo coche.

— O sea, una hora menos diez en el polígono.

— O sea, una hora menos diez en el polígono. Y un repostaje en medio.

— ¿Repostaje?

— Gasolinera Repsol del kilómetro tres y medio de la N-630, sentido sur. Cámara de matrícula. Tres y dos minutos. Ford Focus gris siete-ocho-cuatro-dos-jota-efe-ka. Doce euros pagados con tarjeta. La tarjeta es de un BBVA. Titular Bruno Quevedo Reguera.

Eider asintió despacio. Cardeñosa se quedó muy quieto.

— Folgueras.

— Dime.

— A las ocho y media te pasas por avenida San Mamés y miras la oficina, miras el coche, sin acercarte. Quiero saber si el coche está aparcado en su sitio.

— Voy.

— Si está, le haces foto. Si no está, te quedas hasta que aparezca y la foto la haces igual. No me hables con él ni con nadie.

— Hecho.

Folgueras cogió las llaves del Renault Clio camuflado y salió.

Eider miró a Quintanilla.

— Saray, una cosa más. Sin meter ruido. Movimientos bancarios de la tarjeta del BBVA del titular en el último año, si los tienes ya. Si no, los pides hoy con autorización del juez. Cuídame especialmente julio del año pasado y septiembre y octubre de este año.

— Lo pido formal a las nueve y a las diez los tengo.

— A las diez los tengo.

A las ocho y cuarto entró Aitor Quevedo Aller en el despacho con la cazadora encima del jersey, las orejas rojas de frío y la cara cansada. No había dormido bien.

— Buenos días, Aitor. Siéntate.

— Inspectora.

Eider lo miró sin acelerar.

— Aitor, esto es informal. No estás detenido, no estás citado como sospechoso. Quería hablar contigo de tu familia.

— ¿De mi familia?

— De tu familia.

— Vale.

— ¿Cuántos sois?

— Mi padre, mi madre y yo. Hermanos no tengo.

— ¿A qué se dedica tu padre?

— Es comercial de seguros. Tiene una oficina en avenida San Mamés.

— ¿Hace cuánto?

— Veinte años. Antes era empleado en otra correduría. Se hizo independiente cuando yo tenía diez.

— ¿Tu madre?

— Es dentista. Tiene una clínica en avenida Padre Isla.

— ¿Cómo está tu padre con todo esto?

Aitor pestañeó. No esperaba la pregunta.

— ¿Con lo de Naia?

— Con lo de Naia.

— Bien. Conmigo bien. Está pendiente. Me llamó ayer para llevarme aquí y comer juntos.

— ¿Comisteis?

— En una cafetería de San Mamés. La de la esquina.

— ¿Cómo lo viste?

— Bien. Triste por mí. Estaba un poco distraído con el móvil, eso siempre. Pagó él.

— ¿Conocía a Naia?

— Sí. La vio dos o tres veces. La invitamos a una barbacoa en la parcela el verano pasado, en julio, con mi madre y un primo. Estuvieron una tarde.

— ¿Cómo se llevaba con ellos?

— Con mi madre, normal. Con mi padre, normal también. No es que fueran muy de hablar. Naia era un poco tímida con la gente nueva.

— ¿Aquella barbacoa qué fue, una cosa sola o un sitio que vais mucho?

— Vamos en verano dos o tres veces. Mi padre la heredó de mi abuelo. La parcela. Está en Onzonilla.

Eider no movió la cara. Cardeñosa, que estaba sentado al lado, tampoco.

— Aitor, una pregunta más. ¿Cómo recuerdas tú esa barbacoa?

— No me acuerdo demasiado. Bebimos cerveza.

Mi padre hizo chuletillas de cordero. Mi madre se fue a la piscina a primera hora porque hacía calor.

Después de comer mi primo y yo nos fuimos a dar una vuelta por el polígono buscando un cargador de móvil.

Naia se quedó en la casa con mi madre y con mi padre.

— ¿Cuánto tiempo?

— Una hora, hora y media. Cuando volvimos, Naia estaba en el sofá viendo la tele con mi madre. Mi padre se había ido a echar una siesta arriba. Naia tenía cara de aburrida. Se quería marchar. La traje yo en el coche a media tarde.

— ¿En el coche, en el suyo?

— En el mío, no, en el de mi padre. El mío lo tenía mi madre con el aire fastidiado en el de la clínica. Cogí el de mi padre.

— El Ford Focus gris.

— Sí.

— ¿A Naia la trajiste a León en el Focus de tu padre?

— Sí.

— ¿Tú coges ese coche con frecuencia?

— A veces. Cuando el mío está en el taller. Mi madre lo coge poco. Es de mi padre, no le gusta que se lo movamos demasiado, pero si hace falta lo presta.

Eider asintió.

— Aitor. Una pregunta más, y te dejo ir. ¿Tu padre tenía cena con cliente el viernes pasado por la noche?

Aitor frunció.

— Sí. Volvió tarde. Cuando yo entré al portal a las dos menos cuarto, su coche no estaba aparcado en el garaje aún. Eso me acuerdo porque yo subí en el ascensor con la vecina del cuarto, que también llegaba.

— ¿A las dos menos cuarto su coche no estaba?

— No.

— ¿Lo viste tú al día siguiente?

— El sábado por la mañana sí, lo vi en su sitio.

— ¿Tu padre te dijo algo del viernes?

— Que la cena se le había alargado. Que llegó a casa a las cuatro de la mañana. Que iba a dormir.

— ¿Tú a qué hora llegaste?

— A las dos menos cuarto. Dos y cinco.

— Es decir, que tu padre no había vuelto cuando tú entraste.

— No.

— Vale, Aitor. Eso es todo.

Aitor se quedó dos segundos más en la silla.

— Inspectora.

— Dime.

— ¿Por qué me pregunta de mi padre?

Eider lo miró a los ojos sin mentirle del todo.

— Aitor, te pregunto del entorno de Naia, tú eres entorno, tu familia es entorno. No es nada concreto. Si lo fuera, te lo diría.

Aitor asintió. No se quedó tranquilo. Lo notó Eider, lo notó Cardeñosa.

— ¿Puedo irme?

— Puedes.

Aitor se levantó. En la puerta se paró.

— Inspectora.

— Dime.

— Mi padre, cuando comimos ayer, dijo "qué pena la chica". Lo dijo dos veces. Eso lo recuerdo bien.

Eider lo miró.

— ¿Por qué te quedas con eso?

— Porque mi padre nunca dice "qué pena la chica" con frialdad. Mi padre dice "qué horror". O "qué hijos de puta". Dijo "qué pena la chica" como leyendo el periódico.

Eider asintió.

— Gracias, Aitor.

— De nada.

Salió. Cardeñosa cerró la puerta detrás de él.

Se quedaron solos en el despacho.

— Cardeñosa.

— Te oigo.

— Resumen.

— Resumen. Bruno Quevedo Reguera. Coche identificado en la rotonda, en la salida sur, en el polígono y en la gasolinera de vuelta.

Tarjeta de pago suya. Cena con cliente "alargada" sin nombre concreto.

Llega a casa a las cuatro de la mañana según la versión que él da a su hijo.

No estaba en casa a las dos menos cuarto cuando entró Aitor.

Conoció a Naia. La dejó sola con él en la cocina una hora y media en julio.

Comió ayer con su hijo y dijo "qué pena la chica" como leyendo el periódico.

— Cuadra.

— Cuadra mucho.

— Pero falta una cosa.

— Falta la libreta.

— Falta la libreta.

A las nueve y dos minutos sonó el interfono. Cardeñosa fue a abrir.

Era Begoña Cembranos.