León. Comisaría Provincial. Martes, 1340. #2
— Naia Cembranos. Tengo el quién, no tengo el cómo. Sé que la encontraron en una cuneta del polígono. Sé que tienen a un sospechoso citado. La pregunta es: ¿lo sabemos juntos o lo sabe primero el ABC?
— Lo sabes tú primero, Otero. Como siempre.
— ¿Qué saco?
— Sacas que la investigación va por buen camino, que no hay riesgo público, que no hay un asesino suelto.
Sacas que el equipo de la inspectora Aristegui está coordinado con el IML y con la Guardia Civil de Onzonilla, y que esperan tener noticias en pocos días.
Sacas que la familia ha pedido respeto. Frase mía: "El equipo trabaja.
La familia merece silencio. Pediremos a los medios que esperen al juzgado".
— Eso es lo que sueltas siempre.
— Eso es lo que tienes hoy.
— ¿Cuándo tengo más?
— Cuando haya. Off the record te digo: no te metas con el exnovio. No es. Si lo nombras, y yo veo el nombre, no te paso nada en seis meses.
— Vale.
— Off the record te digo otra cosa: si oyes un rumor de un hombre adulto, casado, círculo cercano, no te lo bebas hasta que yo te diga. Vamos por ahí, no hay nombre todavía.
— Vale.
— Y otra. — Eider se inclinó —. Si oyes un nombre con apellido vasco, ríete. No es vasco, no es navarro, no es de otra ciudad. Es de aquí.
— ¿De León?
— De León. Se está cuidando un hilo. Si tu redactor jefe te empuja con un perfil tipo "el lobo de la N-630", lo desactivas.
Otero abrió la libreta y apuntó. Cerró la libreta.
— ¿Algo más?
— Algo más. Si la familia te llama, escucha. No te vendan nada. La madre está mal. El padre llega tarde a todo. La amiga Lara va a hablar con un psicólogo. No las uses.
— Aristegui, no soy nueva.
— Lo sé.
Otero pagó la infusión, se levantó. Antes de salir miró a Cardeñosa.
— ¿Cómo está, subinspector?
— Tirando, Otero.
— Salude a Marta de mi parte.
— Le saludo.
Eider se quedó cinco minutos más. Cardeñosa con ella, sin hablar. La calle Villa Benavente entraba por el cristal del bar mojada y gris.
— Sube tú primero — le dijo Eider —. Ahora subo yo.
Cardeñosa se fue.
Eider sacó el móvil. Marcó a Ane. Su hija no contestó.
A los dos minutos le llegó un wasap: "Estoy en clase, mami.
¿Pasa algo?". Eider escribió: "Nada, hija.
Saber qué tal. Llamo esta noche". Ane: "Esta noche tengo entreno hasta las nueve".
Eider: "Llamo cuando salgas". Ane: "Mejor mañana".
Eider: "Vale. Te quiero". Ane no contestó.
Eider se guardó el móvil. Se levantó. Subió a la segunda planta sin parar.
A las cinco y veinte, Folgueras volvió de tomar declaración a Damián Otaola con el dosier debajo del brazo.
— Confirmado por cámara del bar de barra a barra. Dentro hasta las cinco menos diez. No es. Le he dejado claro que no se acerque a la familia ni a las amigas. Le he soltado lo del archivo del 2022 para que sepa que si alguien se mueve por aquí, le caen dos.
— Bien.
— Otra cosa. La gente del Camarote. Hablé un rato con tres camareras. Una me dice que un señor mayor entró sobre la una y media, miró un rato y se fue. No pidió. Cincuenta y pico, traje sin corbata, mojado. Se quedó quince minutos y se fue.
— ¿Físico?
— Pelo gris corto, gafas. Gafas de cerca, las llevaba puestas. Estatura media. La camarera no lo había visto antes en el bar.
— ¿Cámara?
— La cámara del Camarote no llega a la barra entera. Le pillamos el codo y la espalda. Salgo mañana a primera hora a sentarme con el dueño y veo si hay algo más.
— Hazlo.
Folgueras asintió y se metió en su mesa.
Eider se quedó de pie en mitad de la sala mirando la pizarra.
— Cardeñosa.
— Dime.
— Apunta. "Hombre adulto, traje sin corbata, gafas de cerca, 50-60, en el Camarote a la una y media, no pide. Quince minutos. Se va."
— Apuntado.
— Y al lado: "¿Puede ser el del Focus gris?"
— Apuntado con interrogación.
Eider miró a Quintanilla.
— ¿Cómo vas?
— Voy. Déjame hasta las ocho.
— Hasta las ocho.
Quintanilla volvió al monitor.
A las ocho menos cuarto, Quintanilla se levantó de la silla y dijo, sin levantar la voz:
— Tengo cuarenta y dos Focus grises matriculados en León con cuatro-dos-jota en los tres centrales.
De esos, doce de comerciales o autónomos.
De esos doce, uno me llama la atención por geografía, oficina en avenida San Mamés.
Bruno Quevedo Reguera. Comercial de seguros, sí.
Focus gris matrícula siete-ocho-cuatro-dos-jota-efe-ka. Cuatro-dos-jota perfecto.
Eider se quedó tres segundos sin mover la cara.
— Repítemelo.
— Bruno Quevedo Reguera. Avenida San Mamés. Comercial de seguros.
Cardeñosa, en la otra punta de la sala, dejó el bolígrafo encima del cuaderno.
— Es el padre.
— Es el padre — dijo Eider.
Folgueras se incorporó en su mesa.
— ¿De Aitor?
— De Aitor.
Quintanilla miraba a Eider.
— ¿Lo cito?
— No lo citas. Todavía no.
— ¿Por?
— Porque si lo cito ahora, y no es, le quemo la familia a Aitor. Y si lo cito ahora y sí es, lo aviso. Hay que cuadrar primero.
Cardeñosa se acercó.
— ¿Qué cuadramos?
Eider se sentó en el filo de la mesa. Pensó dos segundos.
— Mañana de día, sin que se note. Quintanilla, dame movimiento del coche en cámaras DGT del viernes.
Todo. Salidas, entradas, rotondas, peajes si los hubo.
Folgueras, mañana sin meter ruido te pasas por la zona de su oficina y miras el coche aparcado.
Hazle una foto. Cardeñosa, mañana a primera hora citas a la madre de Naia para las once, y yo a las nueve me siento con Aitor, y tiro del hilo de su padre por el lado de la familia.
Sin nombrarlo. Sin presión. Solo a ver qué me suelta el chico. Y a mediodía cruzamos.
— ¿Y al juez? — preguntó Cardeñosa.
— Al juez, mañana por la tarde, si los datos cuadran. Si no, no.
— Vale.
Eider miró el reloj. Las ocho y cinco.
— Marchaos a casa. Quintanilla, no me te quedes hasta las dos. Folgueras, descansa. Cardeñosa, dile a Marta que mañana entras tarde, te lo cubro yo.
— Vale.
Quintanilla cerró el portátil, se puso la chaqueta, se fue. Folgueras se demoró cinco minutos. Cardeñosa fue el último.
— ¿Y tú? — le preguntó.
— Yo me quedo un rato. Tengo que cerrar el atestado del día y llamar a Hugo.
— Cena con él.
— No.
— Cena con él, jefa. Mañana tienes el día.
— Mañana tengo el día.
— Pues cena.
Cardeñosa se fue.
Eider se quedó sola en la sala. Encendió el flexo, apagó el fluorescente. Bajó la escalera de incendios al sexto cigarro del día. Se sentó en el escalón.
El patio interior brillaba bajo la lluvia fina.
Encendió el Marlboro. Pensó en Bruno Quevedo Reguera, comercial de seguros, oficina en avenida San Mamés.
Pensó en la barbacoa familiar de los Quevedo en julio.
Pensó en una cocina y en una chica de dieciocho años.
Pensó en una conversación que un hombre llevaba un año sin tener.
Pensó en una cazadora vaquera que alguien se llevó.
No pensó nada en alto. No tomó ninguna decisión.
A las nueve menos diez le mandó un wasap a Hugo Setién: "Voy. Llego en quince". Cogió el abrigo y bajó al Mégane.