León. Comisaría Provincial. Martes, 1340.
El bocadillo de la cafetería del puente le sobraba a Eider. Lo dejó a la mitad, envuelto en la servilleta, en el filo de la mesa. Tenía abierto el informe de la doctora Bedoya en la pantalla y un cuaderno al lado donde iba subrayando con bolígrafo rojo las líneas que importaban.
Hematoma subdural agudo derecho. Fractura abierta de pala parietal.
Trayectoria del impacto compatible con caída hacia atrás contra arista o canto duro, ángulo de unos veinte grados respecto a la vertical.
Dimensiones de la herida compatibles con bordillo de hormigón con remate biselado.
Lividez no concordante con la posición final del cuerpo: lividez gravitacional desarrollada en el costado derecho del tórax y la cara externa del muslo derecho durante un periodo estimado de cuarenta a sesenta minutos antes del traslado.
Distancia mínima de arrastre o transporte sobre superficie irregular: aproximadamente sesenta a ochenta metros, deducida de las erosiones leves no vitales en la cara interna de los antebrazos y la cara posterior de los talones.
Eider subrayó dos veces "transporte sobre superficie irregular" y una vez "ochenta metros".
— ¿Te llamo a Bedoya por línea o me la pasa Saray?
Cardeñosa había metido la cabeza por la puerta del despacho.
— Llámala tú. Pásamela. Cierra al salir.
Cardeñosa cerró. A los dos minutos sonó el teléfono fijo. Eider levantó.
— Aristegui.
— Bedoya. ¿Has leído?
— Leyendo. ¿Qué me querías decir?
— Que el impacto no es de coche. Es de empujón.
— Eso ya me lo dijiste el lunes en el pasillo.
— Sí, pero ahora te lo digo con números.
La trayectoria, la profundidad de la fractura, la angulación del hematoma subdural.
Si la hubiera atropellado un coche, aunque fuera en marcha lenta, las lesiones de la cara posterior del cuerpo serían otras.
No serían estas. Esta chica se cayó hacia atrás de un solo movimiento.
Sin defenderse. Sin intentar agarrarse. Le pegaron, perdió equilibrio y cayó.
— ¿Le pegaron con qué?
— Con la mano abierta o con un puño cerrado moderado.
No tiene marca de objeto contundente. Tiene un hematoma incipiente en el pómulo izquierdo, muy leve, premortem, que se ve apenas en la fotografía con el ojo desnudo, pero está.
Piensa en una bofetada o un empujón con el pecho seguidos de la caída, no en una paliza. No hay segunda lesión defensiva.
— Ya.
— Y otra cosa. — Bedoya bajó la voz, pero solo porque hablaba siempre a media potencia —.
Las erosiones de los antebrazos y los talones son post mortem.
Los livideces no concuerdan con la posición final.
Llevaba muerta entre cuarenta y sesenta minutos cuando alguien la cogió por las muñecas, le tiró de los brazos hacia atrás, la arrastró sobre superficie de gravilla y tierra mojada, sesenta a ochenta metros, y la dejó en la cuneta.
— ¿Sola? ¿Una sola persona?
— Mi opinión, Aristegui. No es prueba. Pero las marcas de las muñecas son simétricas, hay una sola línea de arrastre interrumpida en dos puntos donde se le habría escurrido el cuerpo y habría tenido que recolocar. Me da una sola persona. Hombre, calcula. Mujer fuerte podría, pero menos probable.
— ¿Estatura del que arrastró?
— No te puedo dar estatura. Te puedo dar fuerza. Necesitaba sacarla de un punto y arrastrarla por una superficie con desnivel mínimo. Naia pesaba cincuenta y cuatro kilos sin la cazadora. No es nada para un hombre adulto. Cualquiera.
— Cualquiera.
— Cualquiera con fuerza. Treinta a sesenta años, en forma media. Más allá de eso, nada.
Eider se quedó un momento callada.
— ¿Una pregunta más, Bedoya? ¿Cuánto tiempo entre el empujón y la muerte?
— Pocos minutos. Diez, doce como mucho. El hematoma subdural se acumuló rápido y la fractura abierta agravó.
Probablemente perdió la consciencia en el primer minuto y la respiración entre el quinto y el décimo.
Si hubiera tenido un equipo médico encima en el primer minuto, no te aseguro nada.
Si lo hubiera tenido en el quinto, no la salvaba.
— O sea, que el que la dejó allí la dejó muerta.
— O moribunda, sin posibilidad. Y si llamó a urgencias después, no figura.
— No figura.
Eider asintió contra el auricular. Bedoya respiró al otro lado.
— ¿Algo más, Aristegui?
— Sí. La cazadora.
— La cazadora no la tenía. Ya lo viste.
— ¿Crees que se la quitó él para no dejar fibras?
— No. Si lo creyera, lo pondría en el informe.
— ¿Entonces?
— Hace un mes hace frío en León a las dos de la mañana.
Ella había salido del bar. Es razonable que se la pusiera.
Si no estaba puesta, alguien se la quitó después, o se la quitó antes.
Yo no sé en qué momento se le fue, pero no tiene fibras vaqueras en las uñas ni en la espalda del jersey, y cuando un asesino te quita una cazadora forcejeando, deja fibras.
No las hay. Lo del por qué no lo tienes, no me lo preguntes a mí.
— No te lo pregunto a ti.
— Me alegro. Voy a comer. Estoy en el IML hasta las cuatro. Si necesitas otra cosa, llama.
— Gracias, Aurora.
— De nada.
Bedoya colgó.
Eider se quedó con el teléfono en la mano dos segundos más, después lo dejó. Anotó en el cuaderno, debajo de las líneas subrayadas:
Empujón, no atropello. Una sola persona. Hombre adulto. Sesenta a ochenta metros de arrastre. Lividez 40-60 minutos antes del traslado. Bofetada o empujón con el pecho. Cazadora desaparecida sin forcejeo.
Subrayó "sin forcejeo".
Llamó a Cardeñosa por la línea interna.
— Pásate.
Cardeñosa entró con un café de máquina en cada mano.
— Bebe.
— Gracias.
Eider bebió. Le contó lo de Bedoya en seis frases. Cardeñosa escuchó sin sentarse, apoyado en el quicio.
— Hombre adulto. — Cardeñosa frunció —. Eso amplía.
— Eso reduce. Quita a las amigas, quita a un Cabify que iba con la chica solo dos minutos. Pone al hombre adulto que la recogió o que la abordó después.
— ¿Aitor?
— Aitor tiene veintidós años. Cuerpo. Podría.
Pero la lividez de cuarenta a sesenta minutos antes del traslado nos pone la muerte sobre las dos cuarenta y cinco y el traslado a la cuneta sobre las tres y media o tres y cuarenta.
Aitor estaba en el Plan B con tres compañeros suyos hasta las tres, según los testigos.
Tiene un hueco de veinte minutos a las dos cincuenta cuando dice que salió a fumar a la puerta.
Veinte minutos no le dan para llegar al polígono y volver, ni de coña.
— Salvo que mintieran los tres compañeros.
— Salvo que. Pero ya he hablado con el dueño del bar y la cámara de la barra los pilla a los cuatro entrando juntos y saliendo juntos. La hora cuadra. Los tres compañeros no son amigos íntimos suyos, son del equipo, no van a tapar un homicidio.
— ¿Damián el camarero?
— Damián estaba en el Camarote hasta las cinco, eso lo confirma la cámara del bar. Folgueras lo ve esta tarde para descartar.
— Tito Casado, sin coartada.
— Tito Casado, sin coartada, casa libre. Pero su única salida posible esa madrugada era la Citroën Berlingo aparcada delante del chalet. Si esa furgoneta se movió esa noche, lo vamos a ver hoy en las cámaras de salida de La Virgen del Camino.
— ¿Y si no se movió la Berlingo?
— Si no se movió la Berlingo, Tito no estaba en el polígono.
Cardeñosa asintió.
— Y nos quedamos con el hombre adulto desconocido.
— Y nos quedamos con el Ford Focus gris de la rotonda.
— Cuatro-dos-jota.
— Cuatro-dos-jota.
Cardeñosa sopló el café y se sentó al fin en la silla del visitante.
— Eider. ¿Tú qué piensas?
— ¿De qué?
— De cómo va la cosa.
Eider se recostó. Abrió el cajón, miró el paquete de Marlboro, lo cerró.
— Pienso que hay alguien que conocía a Naia lo suficiente para que ella se subiera a su coche a las dos y veinticinco lloviendo.
Pienso que hay alguien que tenía una conversación pendiente con ella y que no sabía cómo tenerla.
Pienso que esa conversación se la tuvo en el aparcamiento de un polígono para no tenerla en una cafetería con luz, que es lo que se hace cuando uno tiene miedo.
Pienso que ese tipo le pegó, ella cayó, se quedó esperando cuarenta y cinco minutos en el coche con el cuerpo en el suelo, y después la arrastró sesenta metros.
Pienso que ese tipo no es un asesino de carrera. Es un cobarde que estaba muy nervioso.
— ¿Y la cazadora?
— La cazadora me preocupa. Si no hay forcejeo, la cazadora no se cae. Tito no la tendría. Aitor no la tendría, no la cogería. Damián no la tendría. El hombre desconocido del Focus gris la tiene él. Y se la llevó.
— Para tirarla.
— Para tirarla en otro sitio. La cazadora es identificación. Lleva fibras propias, lleva pelos, lleva tickets en bolsillos. Saberlo y querer quitarlo es de alguien que trabaja con seguros, con pruebas, con papel.
Cardeñosa la miró.
— ¿De seguros me dices?
— De seguros, de papel, de poli, de juzgado, qué sé yo. De alguien que sabe que la cazadora es prueba.
— Por eso le has dicho a Quintanilla lo de los Focus grises de comerciales de seguros.
— Por eso. Por jugar.
— No es por jugar, jefa.
— Por jugar.
Cardeñosa se levantó.
— Voy a Folgueras, le digo lo que ha dicho Bedoya. ¿Comemos a las tres?
— Comemos a las tres.
Salió.
Eider se quedó sola. El bocadillo seguía a la mitad. Le entró un mensaje de Hugo Setién en el móvil. "Cena hoy si quieres a las nueve y media en el de Padre Isla. Si te complica, mañana". Eider tecleó "te llamo" y lo borró. Tecleó "complicado, hablo luego" y lo envió.
A las dos y diez bajó al bar de la esquina con Cardeñosa para encontrarse con Begoña Otero del Diario de León. Otero les esperaba en una mesa del fondo, con una infusión y una libreta cerrada.
Treinta y treinta y un años de oficio, gabardina beis, gafas de pasta marrón.
— Aristegui.
— Otero.
— Subinspector.
Cardeñosa hizo un saludo con la cabeza y se quedó dos pasos atrás, como costumbre.
Eider se sentó. Pidió un café solo.
— Treinta segundos.
— Treinta segundos.