León. Carretera N-630 hacia La Virgen del Camino. Martes, 0950. #2
— Denuncia interna del Sport-León, 14 de marzo de 2021.
Madre presenta denuncia por roces continuados de Tito Casado a su hija menor durante entrenamientos en el periodo de noviembre a febrero anteriores.
Declaración de la menor, dieciséis años, asistida por psicóloga del CAI: "El entrenador se acercaba mucho cuando explicaba la salida desde el bloque, se apoyaba en mi espalda con la mano abierta más tiempo del necesario, en alguna ocasión pasó la mano por la cintura cuando salía del agua y me dio palmada al final, lo hacía con todas, pero a mí me lo hizo en privado al final de los entrenamientos en dos ocasiones, una de ellas en febrero y otra en marzo".
Testimonios de otras dos nadadoras: confirman las palmadas y los apoyos en la espalda en grupo, no las situaciones privadas.
Testimonio del segundo entrenador, varón, treinta años: dice no haber visto nada irregular.
Testimonio de la presidenta del club: confirma que en febrero se le advirtió a Casado por escrito que cuidara las distancias.
Conclusión: archivado por falta de pruebas suficientes para acreditar el carácter sexual de la conducta.
Recomendación interna del club: dimisión.
Eider escuchaba conduciendo. Iba al cinco más bajo del límite, como hacía siempre cuando le contaban cosas que le importaban.
— Repulsivo — dijo Cardeñosa cuando dobló la última página.
— Repulsivo, sí.
— Pero distinto.
— Distinto.
— Naia tenía dieciséis cuando dejó el club. Si hubiera pasado algo con ella, habría figurado en algún sitio. Aquí solo está la otra chica.
— Naia llevaba tres años sin verlo. Cuatro casi. — Eider movió la mandíbula —. Esto no me cuadra con un homicidio del viernes por la madrugada.
— A mí tampoco.
— ¿Pero?
— Pero la coartada no la tiene.
— La coartada no la tiene.
Hicieron el resto del camino en silencio.
Eider entró por la avenida de Asturias y aparcó en el patio interior de Villa Benavente a las once y diez.
Subieron las escaleras hasta la segunda planta.
Folgueras les esperaba en la sala del Grupo con un café y una caja de magdalenas de la cafetería de la esquina.
Quintanilla, en su mesa, pegada al ordenador, no levantó la cabeza.
— ¿Qué tal el entrenador? — dijo Folgueras.
— Sin coartada. Mintiendo en algo. — Eider se quitó la chaqueta —. Pero el olfato no me dice que sea él.
— El olfato no es prueba, jefa.
— Por eso lo cito mañana a las nueve. Y por eso vamos a pedir las cámaras de salida de La Virgen del Camino del viernes a las dos.
— Voy con eso.
— Y por eso, Quintanilla, las matrículas que pasen por la rotonda del Camarote del viernes entre la una y las tres. Quiero todo lo que tenga matrícula y lo quiero hoy.
Quintanilla levantó la cabeza tres centímetros.
— Lo de la rotonda Ordoño-Independencia ya lo cerró Folgueras anoche. El Ford Focus gris cuatro pasadas. Estoy con la siguiente: rotonda de la Junta, salida sur por Asturias, salida sur por San Mamés. Dame hasta la tarde.
— Tarde la tienes. Para mañana lo necesito.
— Lo tienes hoy.
Eider asintió. Sirvió el café de máquina en el vaso de plástico, miró la pizarra donde Cardeñosa había escrito los nombres con rotulador azul.
Aitor Quevedo. Damián Otaola. Tito Casado.
Jonatan Vázquez (descartado, tachado). Coche oscuro rotonda.
Coche oscuro rotonda con un signo de interrogación grande al lado.
— ¿Algo de Damián? — preguntó.
— Le tomo declaración esta tarde a las cinco — dijo Folgueras —. Se ha cogido el día libre en el Camarote, dice que viene voluntariamente. Lo va a acompañar el abogado del bar, según me ha dicho el dueño.
— Pues que venga. ¿Y Aitor?
— Le he pedido que esté localizable. Está en clase hasta las dos. Si lo necesitas a la tarde, lo cito.
— Lo necesito mañana a primera. Antes que Casado, no después. A las ocho.
— Hecho.
Eider se sentó en el filo de la mesa de Cardeñosa y miró por la ventana. La lluvia seguía. El patio interior brillaba.
— ¿Y la libreta? — dijo a media voz, sin mirar a nadie en concreto.
— ¿Qué libreta? — preguntó Folgueras.
— La libreta. — Eider se volvió —. Una chica de diecinueve años llevaba un diario, casi seguro. Llevaba uno desde el COU, según lo que me dijo Lara el sábado por teléfono. Si Begoña Cembranos hubiera querido entregarme algo más de su hija, lo habría hecho ya. No lo ha hecho. Quiero saber por qué.
Cardeñosa apuntó.
— ¿La cito a la madre?
— Mañana también. A las once. Sin presión. Que venga a hablar de Naia, a contarme cómo era. Y a ver qué nos trae en el bolso.
Quintanilla, que escuchaba sin parecer que escuchaba, dijo desde el fondo:
— Folgueras, antes de que se me olvide. La matrícula del Focus de la rotonda. He sacado un parcial razonable de tres dígitos centrales. Cuatro-dos-J. Eso reduce un poco. Esta tarde me siento con la DGT y cruzo los Focus grises matriculados en León, Astorga y Ponferrada. Si está aquí, lo encuentro.
— Cuatro-dos-jota — repitió Eider.
— Cuatro-dos-jota.
Eider asintió. Encendió el portátil. La pantalla se iluminó con el fondo institucional. Doce correos sin leer. Uno del comisario Alesanco titulado "Llamada Diario de León". Lo abrió. Era una notita de tres líneas: "La Otero quiere algo. Le he dicho que mañana. Tú decides".
Eider miró el reloj. Las once y veinte.
— Cardeñosa, llama a Begoña Otero del Diario de León. Dile que mañana a las dos en el bar de la esquina. Treinta segundos, ni uno más.
— A sus órdenes.
— Y otra cosa. — Bajó la voz —. Pídele a Quintanilla, sin que se note mucho, que mire el círculo cercano de Tito Casado los últimos seis meses.
Movimientos, no en redes que las tendrá vacías, en banco si puedes.
Por debajo de la mesa, no firmamos nada todavía.
Si el tipo tenía una historia con alguien el viernes, que aparezca rápido. Si no aparece, otro asunto.
Cardeñosa la miró.
— ¿Estás descartando ya?
— Estoy ordenando. Distinto.
— Distinto.
Eider abrió el segundo correo. Era de la doctora Bedoya. "Aristegui, te paso el informe completo de patología. Léelo cuando puedas. Una cosa más, llámame antes de la cita de las tres". Lo cerró. Miró el reloj otra vez. Las once y veintidós.
Folgueras, desde su mesa, levantó la voz un poco.
— Jefa, ¿pedimos comida o bocadillo?
— Bocadillo. Que no salga nadie hasta que la lista de matrículas de Quintanilla esté cerrada.
— Hecho.
Eider se levantó. Cogió el paquete de Marlboro del bolsillo del abrigo, los miró un segundo, los volvió a guardar. Salió al pasillo. La escalera de incendios olía a desinfectante y a agua. Bajó dos tramos, abrió la puerta y se sentó en el escalón con la cara mirando hacia el patio interior.
Encendió el cigarro al tercer intento. La lluvia entraba en diagonal y le mojaba la rodilla.
Pensó en Tito Casado y en sus manos demasiado quietas.
Pensó en Naia con dieciséis años en una piscina cubierta.
Pensó en que la denuncia archivada de 2021 era repulsiva pero distinta.
Pensó en el Ford Focus gris cuatro pasadas por la rotonda y en una matrícula con un cuatro, un dos y una jota, y en que ese coche estaba en León y ella todavía no sabía dónde.
Tiró el cigarro al patio. Subió. Eran las once y treinta y cinco cuando entró otra vez en la sala del Grupo y le dijo a Quintanilla, sin sentarse:
— Empieza por los Focus grises de seguros. Comerciales, peritos, autónomos del ramo. Tengo una corazonada tonta.
— ¿De seguros por qué?
— Por nada. Por jugar. Empieza por ahí.
Quintanilla le hizo la mueca de "tú mandas" y se metió en la base.