León. Carretera N-630 hacia La Virgen del Camino. Martes, 0950.
El Renault Mégane salió de la rotonda de la Junta y se metió en la nacional con esa pereza que tenía siempre los días de lluvia fina.
Eider llevaba la calefacción al dos y la ventanilla del conductor entreabierta cuatro dedos para que el humo del Marlboro encontrara la salida.
Cardeñosa, en el asiento del copiloto, miraba el móvil con el ceño un poco fruncido y un poco no, que era como miraba la mayoría de las cosas.
— ¿La dirección es esa? — preguntó Eider.
— Calle del Vallín, número doce — dijo Cardeñosa —. Una unifamiliar pequeña, de las viejas. La mujer en Madrid hasta el domingo. Los hijos fuera, los tres mayores. Casado en casa.
— Casado en casa — repitió ella sin entonación.
— A las nueve y media nos esperaba.
Eider apagó el cigarro contra el cenicero portátil que arrastraba desde Pamplona y subió la ventanilla. La lluvia no era de paraguas; era de esa que se queda en la chaqueta y no se aparta. El limpiaparabrisas iba al uno.
— Cuéntame otra vez la denuncia archivada — dijo.
— 2021, marzo. Una nadadora del club, dieciséis años entonces.
Roces continuados durante los entrenamientos.
La madre denuncia, la chica declara y se queda corta, los padres de otras nadadoras testifican muy a medias.
Sobreseimiento provisional por falta de pruebas.
La directiva del club le pide la dimisión "por diferencias" y él dimite.
La denuncia archivada no figura en sus antecedentes.
— Pero figura en el archivo de la comisaría de Astorga.
— Folgueras la sacó anoche. Fue él el que armó el cruce con la base del club, vio que Naia nadó federada de los doce a los dieciséis, y de ahí tiró. — Cardeñosa la miró un segundo —. Ya sabes cómo es Folgueras cuando se pone.
— Lo sé.
Llegaron a La Virgen del Camino con la radio dando el parte de tráfico.
Eider giró por la calle del Vallín, una vía corta de casas bajas con jardines pequeños y persianas cerradas.
La doce era una de las del fondo: ladrillo visto, tejado de teja envejecida, una furgoneta Citroën Berlingo blanca aparcada delante.
Aparcó dos casas más allá. Bajaron sin prisa. Cardeñosa cerró el coche con el mando.
— ¿Lo llevas tú? — preguntó.
— Lo llevo yo. Tú apuntas.
Llamaron al timbre. Tito Casado abrió a la primera, como si llevara veinte minutos esperando detrás de la puerta. Cincuenta y cuatro años, deportivas, pantalón de chándal gris, jersey de pico azul marino, gafas de cerca colgadas del cuello. Pelo blanco corto, cara afeitada esa mañana.
— Buenos días. Inspectora Aristegui, subinspector Cardeñosa, Policía Nacional. Habíamos quedado.
— Sí, sí. Pasen.
La casa olía a café de cafetera italiana.
El salón tenía un sofá grande de tela marrón, una librería con trofeos de natación pequeños y fotografías en marcos, una mesa baja con una taza vacía y un periódico del día doblado.
La mujer en Madrid, los hijos fuera. La casa estaba muy ordenada para alguien que llevaba tres días solo.
Tito les indicó el sofá. Eider y Cardeñosa se sentaron. Él se quedó de pie, después se sentó también, en el sillón. Las manos en las rodillas.
— ¿Café?
— No, gracias — dijo Eider —. Vamos a ser breves. Ya le adelanté por teléfono el motivo.
— La chica.
— Naia Cembranos. Naia Cembranos Vega. Nadó en el Sport-León desde los doce a los dieciséis. Usted era su entrenador esos cuatro años.
Tito asintió. No fingió no saber el apellido.
— Era buena. No iba a ser olímpica, pero tenía una técnica de pies muy limpia. Siempre lo decía.
— ¿Cuándo fue la última vez que la vio?
Tito miró el techo dos segundos.
— Junio de 2022, creo. El día que cumplió dieciséis. El club hace un homenaje pequeño a las nadadoras que dejan. Le di un diploma y una caja de bombones. Estuvo su madre. La saludé.
— ¿Y desde entonces?
— Nada. Cero. Yo dimití en el verano del 2021 y a partir de ahí solo iba al club a esas cosas concretas, despedidas, una comida de exalumnas. La de Naia fue una de las últimas. Yo dejé de ir.
Eider asintió despacio. Cardeñosa apuntaba en la libreta de gusanillo con esa caligrafía menuda suya.
— Señor Casado — dijo Eider —, le voy a pedir que haga memoria. La noche del viernes pasado al sábado, del nueve al diez de octubre. ¿Qué hizo?
Tito tragó saliva. La nuez le subió y le bajó.
— Estuve en casa.
— ¿Solo?
— Mi mujer en Madrid, sí. Mis hijos no viven aquí. Los tres mayores ya, dos en Madrid y uno en Bilbao. Cené algo a las nueve. Vi la tele. Me acosté tarde.
— ¿Tarde cuánto?
— Las dos, las tres. No me acuerdo. La una y media seguro.
— ¿Habló con alguien? ¿Llamadas, mensajes?
— Mi mujer me llamó a las diez. Ya. Después, nadie.
— ¿Salió de casa?
— No.
— ¿La furgoneta de la entrada se movió de ahí?
— No.
Eider lo miraba sin presión, con la cara de quien escucha un parte rutinario. Tito tenía las manos demasiado quietas. La mayoría de la gente, cuando está nerviosa, mueve los dedos. Tito los tenía pegados a las rótulas como con cinta.
— ¿Tiene cámara en el portal? ¿En el chalet, digo?
— No.
— ¿Y vecinos? ¿Algún vecino que lo viera?
— ¿A las dos de la madrugada? No.
— ¿La tele a esas horas?
— La uno. Vi una película mala y me quedé medio dormido.
— ¿Qué película?
Tito pestañeó.
— Una de esas francesas, de un tío que era policía y se metía en líos. No me acuerdo del título.
— Ya.
Cardeñosa apuntó. Eider dejó pasar un silencio largo, de los que no se rellenan por educación. Tito aguantó. No tan mal como podría haberlo aguantado, pero aguantó.
— Señor Casado, voy a hacerle una pregunta más directa, si me lo permite. — Cambió de postura en el sofá, despacio —. Usted firmó la dimisión del Sport-León en el verano de 2021. Sabemos por qué.
Tito se quedó muy quieto.
— Yo dimití por diferencias con la directiva.
— Sabemos por qué dimitió de verdad.
— La denuncia se archivó.
— Lo sé. Y por eso esta conversación es completamente informal.
Pero usted comprenderá que yo, sentada aquí, le pregunte por una chica de diecinueve años que apareció el sábado en una cuneta del polígono de Onzonilla y que fue alumna suya cuatro años.
Y que esa chica no tenga coartada de quien estuvo con ella entre las dos y veinticinco y las cinco de la mañana, y que usted tampoco tenga.
Tito apretó los labios. Le tembló un poco la barbilla. Eider lo vio. Cardeñosa también.
— Yo no he tenido nada que ver con esa chica desde que tenía dieciséis años — dijo Tito con la voz mucho más baja —.
Nada. Ni un mensaje. Ni una llamada. Ni un saludo en la calle, porque no nos hemos cruzado nunca.
La denuncia del 2021 era de otra chica. No era de Naia.
Si me hubieran preguntado, lo habría dicho desde el principio.
Yo no he hecho lo que dice ese archivo. Lo dije entonces y lo digo ahora.
— Eso no me toca a mí decidirlo, señor Casado — dijo Eider —. A mí me toca este viernes pasado. Solo este viernes.
— Estuve en casa.
— Solo.
— Solo.
Eider asintió. Tito se pasó la mano por la cara. Tenía el reloj de pulsera caído.
— ¿Tiene usted coche propio aparte de la furgoneta?
— Un Renault Clio blanco. Lo lleva mi mujer en Madrid.
— Entonces el viernes no salió a ningún sitio porque solo tenía la Berlingo, y la Berlingo no se movió.
— Exacto.
— ¿Le importa que el sábado le pidamos las cámaras de tráfico de las salidas de La Virgen del Camino esa madrugada para confirmarlo?
— No.
— Bien. — Eider se inclinó hacia delante —. Una última cosa, señor Casado. ¿Conoce a algún Quevedo? Bruno Quevedo Reguera, comercial de seguros, vive en Padre Isla, cincuenta y pico. O a su hijo Aitor, jugador de fútbol, veintidós años.
Tito frunció el ceño con sorpresa real.
— No. Ningún Quevedo.
— ¿Nunca ha tenido seguro con un comercial de ese apellido?
— Mi seguro lo lleva el chico de Palas de Rey, lo conozco de toda la vida.
— ¿Y por el club? ¿Algún padre de nadadora se llamaba así?
Tito hizo memoria un rato.
— No me suena.
— Vale. — Eider miró a Cardeñosa —. ¿Algo más?
Cardeñosa cerró la libreta.
— Señor Casado, una pregunta administrativa. ¿Le va a importar acercarse a comisaría mañana a primera hora a firmar una declaración formal de lo que nos ha dicho aquí?
— ¿Tengo que ir con abogado?
— Es una declaración voluntaria. Si quiere ir con abogado, puede.
— Iré sin abogado.
— Entonces a las nueve. Calle Villa Benavente.
Salieron. La lluvia seguía igual. Tito se quedó en el portal con un cigarro sin encender en la mano y los miró meterse en el Mégane.
Eider cerró la puerta del coche y se quedó un segundo con la mano en la llave sin girarla.
— ¿Qué te ha parecido? — dijo Cardeñosa.
— Mintiendo.
— ¿En qué?
— En lo del viernes. Lo otro no sé. Lo del viernes seguro.
— ¿Pero te ha parecido el tipo de mentira de quien va a cuestas con un cadáver?
Eider arrancó. Hizo marcha atrás despacio.
— No me ha parecido.
— A mí tampoco.
— Pero me ha parecido el tipo de mentira de quien tiene algo que esconder. Distinta cosa.
— ¿Otra mujer?
— Por ejemplo.
— O nada. O es que duerme mal.
— O nada. O eso.
Eider giró por la rotonda y enfiló de vuelta a León. La N-120 estaba como siempre los martes a esa hora, con camiones del polígono y operarios entrando a turno. La radio dio las diez y media.
— ¿Lees en el coche o esperamos al despacho? — preguntó Cardeñosa.
— Lee tú. Yo conduzco.
Cardeñosa abrió el sobre que llevaba en el regazo. Sacó las páginas grapadas.