Cuneta León. Comisaría Provincial. Lunes, 1600.
28%

León. Comisaría Provincial. Lunes, 1600.

La sala de reuniones del Grupo de Homicidios y Desaparecidos olía a café requemado, a humedad de la lluvia que entraba por la ventana semiabierta y a la pizza fría que Folgueras había traído de la avenida San Mamés a la una y media y de la que quedaba media en una caja sobre el archivador metálico.

Eider entró con el portafolios y la chaqueta puesta.

Cardeñosa estaba apuntando en la pizarra blanca.

Quintanilla, al portátil. Folgueras, con un palillo en la boca, leía un parte impreso.

— ¿Empezamos? — dijo Eider. — Empezamos.

Después, debajo, cinco columnas: AITOR. DAMIÁN. TITO. JONATAN. FORD FOCUS.

Borró JONATAN con el dedo enguantado en el rotulador y lo puso en una esquina, debajo, con la palabra DESCARTADO en azul. Quedaron cuatro columnas vivas.

— Por dónde vamos. Bedoya. Autopsia confirmada esta mañana.

Caída hacia atrás contra un canto, hipótesis preferente bordillo de hormigón, en aparcamiento de polígono industrial coincide.

Maniobra postmortem confirmada. Sin agresión sexual.

Sin lesiones defensivas, no hubo pelea. Marca de tirón de prenda en el omoplato izquierdo, en vida, segundos antes del traumatismo.

Compatible con un agarre por la espalda con una mano.

Cinco a quince minutos entre traumatismo y muerte, más cerca de cinco.

La cazadora sigue sin aparecer, hay que peinar contenedores y descampados de Onzonilla y de la salida sur por si la tiró cerca del lugar.

Folgueras escupió el palillo a la papelera.

— Mañana mando dos patrullas con un par de mochileros del Voluntariado de Protección Civil. Cubrimos Onzonilla, Trobajo del Cerecedo y un kilómetro a cada lado de la N-630. — Mañana. — Mañana.

Eider pasó a la columna AITOR.

— Aitor Quevedo. Le he reentrevistado a las cinco.

Su declaración es coherente con la del domingo.

Hueco de veinte minutos en el Plan B coincide con compra de empanada en el horno Asti, cámara del horno está pedida al juzgado, llega mañana.

Hay un wasap de su padre a las dos y cuarenta y siete y una respuesta del chico a las tres menos diez, sobre una corbata.

Coartada parcial, no descartado pero baja en la lista.

La cara de Aitor cuando le pregunto por la barbacoa de julio es una cara de quien no sabe nada y se da cuenta de que algo le está chirriando.

— ¿Qué cara es esa? — dijo Quintanilla. — La cara de un chico de veintidós que ha terminado de comer con su padre y por primera vez se ha enterado de que su padre le habla raro.

Cardeñosa lo apuntó. Quintanilla asintió sin decir nada. Folgueras anotó en el margen.

— Damián — dijo Eider.

Folgueras retomó.

— Damián Otaola, treinta y ocho, camarero del Camarote desde 2018.

Le entrevisté a las once de la mañana. Está cooperativo.

Coartada de la noche del viernes, dentro del bar hasta cierre a las cinco menos cuarto.

Tres salidas a fumar a la puerta trasera, todas cubiertas por la cámara de la calle Plegaria, ninguna mayor de cuatro minutos.

Reposición de hielo en la cámara grande, una vez, tres minutos.

La denuncia archivada de 2022 es de una chica menor que le señaló por un comentario inapropiado en una hora de cierre.

Caso desestimado por falta de pruebas. He hablado con la chica esta mañana, ahora es enfermera en el Hospital de León.

Confirma su versión de 2022 y dice que no ha vuelto a tener contacto con Damián.

Damián no entró en el polígono de Onzonilla esa noche.

No tiene coche, va y vuelve del Camarote en bici eléctrica.

Su bici tiene GPS de la app de la marca.

Geolocalización proporcionada por la empresa.

La bici estuvo aparcada en la puerta trasera del Camarote desde las nueve de la noche del viernes hasta las cinco y cuarto de la madrugada del sábado.

— Bici GPS. — Bici GPS. — Vale, pues lo bajamos a investigado pero no sospechoso.

Eider tachó DAMIÁN con una raya horizontal blanda, no del todo, pero le bajó del corchete principal al lateral.

Le quedó pendiente de cerrar. Cuando un caso aparece un camarero con denuncia archivada del 2022, no se le sube a sospechoso por reflejo: se le entrevista, se le comprueba, y, si la coartada aguanta, se le baja.

Lo había aprendido del primer inspector jefe que tuvo en Pamplona Iturrama.

— Bien. ¿Y la llamada de la señora Diez?

Quintanilla cogió el relevo.

— He repasado el audio cinco veces. La señora dice "berlina mediana, no SUV".

Y dice que el coche entraba al polígono y luego salía hacia el sur, no hacia el norte.

La salida sur del polígono industrial de Onzonilla da directamente a la N-630 dirección a la que cuarenta minutos después aparece el cuerpo.

Tres kilómetros y medio en línea recta. He pedido al servicio de tráfico el volcado de la cámara DGT de la rotonda de Onzonilla entre las dos y veinte y las tres y media.

Llega mañana antes de las nueve. Cualquier coche que entró y salió del polígono en esa franja, lo tendremos.

— Bien. — Y, jefa. — Dime. — Mañana, además del volcado, me llega el listado de coincidencias de los Ford Focus grises de tres puertas matriculados en León con la consulta a la base de la DGT.

Cruzaré con la pegatina de la luna trasera lateral derecha.

Si tenemos suerte, lo que reduzca el universo a una decena de coches.

Y, paralelamente, lo cruzaré con cualquier vínculo familiar a Aitor Quevedo Aller.

— ¿Cuántos Ford Focus grises de tres puertas con esa pegatina puede haber en León?

— En el cuadrante DGT de matriculados en la provincia, mañana lo sé.

Calculo que entre quince y treinta. — Estrecho. — Estrecho.

Eider asintió. La pizarra siguió con la columna FORD FOCUS sin nombre.

La paciencia procedural exigía esperar al volcado y al cruce.

Ningún equipo serio salía a la calle señalando con el dedo a un padre de un exnovio antes de tener un nombre con matrícula.

Pero la columna estaba ahí, y la columna estaba creciendo, y los cuatro ya sabían, sin decirlo, que el ritmo de los próximos dos días iba a darle un nombre a la columna.

— Una cosa más — dijo Eider, antes de pasar a la siguiente.

— Diga. — El padre de Aitor. La hipótesis, mientras no haya otra cosa, es que la noche del viernes estaba en su casa de Padre Isla.

Tiene un wasap de las dos y cuarenta y siete a su hijo.

Hipótesis. Pero, Cardeñosa, mañana, a primera hora, antes incluso de la entrevista de Tito Casado, cruzas la matrícula familiar del entorno Quevedo.

Padre, madre, tíos, primos. Sin alarmar a nadie.

Solo el cruce. — Hecho. — Si sale algo, me lo dices. — Te lo digo.

Cardeñosa lo apuntó.

— Tito.

Cardeñosa pasó la hoja apaisada.

— Tito Casado Bermejo, cincuenta y cuatro, de La Virgen del Camino.

Antiguo entrenador del club de natación Sport-León.

Naia entrenó con él de los doce a los dieciséis, de 2018 a 2022.

Tito dimitió del club en febrero de 2021.

Razón oficial: diferencias con la directiva.

Razón real, según el secretario del club al que llamé esta mañana: una denuncia interna por contacto inapropiado con una nadadora menor de quince años.

La denuncia se archivó en una mediación interna sin pasar a vía judicial.

El club le pidió la dimisión voluntaria a cambio.

Lo conseguí en una llamada de quince minutos esta mañana porque el secretario del club ya está jubilado y tiene la conciencia menos atornillada que cuando trabajaba.

— ¿Coartada de Tito de la noche del viernes?

— En casa, solo. Su mujer, Pilar, está en Madrid desde el jueves visitando a la hija mayor que vive en Vallecas.

Vuelve mañana. — ¿Sin testigos? — Sin testigos.

— ¿Coche? — Skoda Yeti azul, matrícula del 2017.

— Ningún Ford Focus en la familia. — Ningún Ford Focus. — Tito sube.

Eider subrayó TITO con el rotulador rojo.

— Mañana, primera hora, Cardeñosa y yo a casa de Tito Casado.

Sin orden judicial todavía, una entrevista.

Quiero ver la casa, ver al hombre, ver el coche en el garaje.

Quintanilla, mientras nosotros vamos, tú mañana en el despacho con el cruce de la matrícula del Ford Focus de la rotonda con la base de la DGT.

Quiero todos los Ford Focus grises de tres puertas matriculados en León con la pegatina de la luna trasera lateral derecha que se vio en la cuarta pasada.

Y, paralelamente, los matriculados a nombre de cualquier persona del entorno familiar de Aitor Quevedo Aller.

Padres, tíos, primos. — Hecho. — Folgueras, mañana cubres el operativo de la cazadora con Protección Civil.

Y a media tarde te quiero en la estación de tren de Pío XII por si Tito intenta moverse, que no creo que lo intente, pero por si acaso. — Hecho.

Eider miró la pizarra. Cuatro columnas. Una bajada. Una con la coartada parcial. Una subida. Una con una matrícula que no tenían y un coche que tenían.

— Una cosa más. Begoña Cembranos. — Diga — dijo Cardeñosa.

— Le pedí ayer hablar otra vez. No me ha llamado todavía hoy.

Voy a llamarla yo a las siete. Las madres no esperan dos días enteros para entregar lo que tienen que entregar.

Si no me ha llamado hoy es porque se está peleando consigo misma.

Y, si se está peleando consigo misma, es porque tiene algo en casa que no quiere darme.

— ¿La libreta? — La libreta. Naia tenía costumbre de escribir, según las dos amigas.

— ¿La citamos mañana de oficio? — Espero a esta tarde.

La llamo a las siete. Si no responde, mañana la cito.

Cardeñosa lo apuntó.

Cerraron la reunión a las seis menos veinte.

Eider salió a la escalera de incendios y encendió un Marlboro.

La lluvia fina seguía cayendo sobre el patio interior.

Pensó en las cosas que había en la pizarra y en las cosas que no había.

Pensó en la cara de Aitor a las cinco. La cara de Aitor a las cinco era la cara de un chico que había comido con su padre en un restaurante de menú del día y había vuelto a casa por la avenida San Mamés con algo dándole vueltas que no quería poner en palabras.

Eider había visto esa cara muchas veces en muchos chicos.

La cara que precede al momento, una semana después, en que el chico llama a comisaría y dice "perdone, ¿puedo contar una cosa? ".

Apagó el cigarro. Subió al despacho.

A las siete menos cinco, Eider llamó a Begoña Cembranos. Salió el buzón. Volvió a llamar a las siete y veinte. Salió el buzón. Le mandó un wasap escueto: "Begoña, soy Eider Aristegui. Llámeme cuando pueda".

A las ocho menos cinco salió de comisaría y bajó andando hasta la Plaza Mayor.

Pasó por delante del Camarote. La persiana estaba bajada un cuarto, el local cerrado los lunes.

La calle Plegaria, vacía. La esquina de Plegaria con Cardiles, la que el conductor del Cabify había mencionado, era una esquina pequeña con un farol, un contenedor amarillo y una papelería cerrada.

Eider se quedó dos minutos en la esquina mirando el ángulo.

Desde ahí, con un coche aparcado a cuarenta metros del Camarote, se veía perfectamente la salida del bar y la calle por la que la gente salía hacia plaza Mayor.

Se imaginó al hombre dentro del coche. Cuarenta minutos esperando, según los datos de la rotonda.

Mirando la puerta del Camarote. Esperando ver salir a una chica concreta.

La hipótesis era una hipótesis ya con cuerpo.

La gente que espera cuarenta minutos a una chica que no le espera, en un coche apagado, es una gente que ha decidido cosas con tiempo.

No es una agresión impulsiva. Es una agresión preparada.

La diferencia entre eso y un homicidio doloso eventual era, otra vez, cosa de la fiscalía.

Pero a Eider, a las ocho de la tarde de un lunes, en la esquina de Plegaria con Cardiles, esa diferencia le importaba.

Sacó el móvil. Le hizo una foto al ángulo. Lo guardó.

Volvió a la calle Villa Benavente caminando despacio. La lluvia fina llevaba todo el día sin parar.

A las nueve y diez le entró un wasap. Begoña Cembranos. "Inspectora, tengo algo que entregarle. ¿Mañana a las nueve?".

Eider leyó el mensaje en el portal de comisaría. Se quedó dos segundos quieta. Le contestó: "A las nueve. En mi despacho".

Subió. Cardeñosa estaba apagando el ordenador. Eider le mostró el mensaje de Begoña.

— Mañana viene. — Trae la libreta. — Trae la libreta. — Vale.

Cardeñosa cogió la chaqueta. En el rellano, antes de bajar, miró a Eider.

— Aristegui. — Sí. — Esto se cierra esta semana. — Esta semana se cierra.

Bajaron juntos al portal. Cardeñosa se fue al aparcamiento. Eider salió a la calle. La lluvia fina le devolvió a Renueva en doce minutos andando.

En el ascensor de su portal, le entró un wasap de Hugo Setién. "¿Mañana noche?". Eider le contestó con un "no puedo". Hugo le contestó con un emoji escueto. Eider apagó el móvil. Subió al cuarto. Se metió en la cama vestida. Eran las diez y cuarto.

Antes de dormir, repasó mentalmente. La autopsia.

La marca del omoplato. El bordillo. El Ford Focus gris dando cuatro vueltas a la rotonda entre las dos y dieciséis y las dos y veinticuatro.

La cara de Aitor a las cinco. La frase del padre al mediodía, que Aitor no le había contado todavía aunque se notaba que le había estado ardiendo en la garganta toda la entrevista.

Tito Casado en La Virgen del Camino. Begoña Cembranos con algo en su bolso desde la mañana del domingo.

Y el padre del exnovio, Bruno Quevedo, con su oficina en avenida San Mamés, justo enfrente del IML, donde el cuerpo de Naia Cembranos estaba esa misma noche en la cámara fría a tres pisos sobre el nivel de la calle.

Eider cerró los ojos. La cabeza no se le aclaró del todo. Pero se durmió, igual, a las once menos cuarto.

Mañana era el martes catorce. Día tres del caso. Los días se les iban acabando.

Antes de cerrar los ojos del todo, le sonó un wasap.

Begoña Otero, periodista del Diario de León.

"Eider, mañana saco una pieza pequeña sobre el caso.

Solo confirmando hallazgo. Sin morbo. Si quieres llamarme antes de las once, te llamo a ti".

Eider no contestó. La frase, "sin morbo", era el código entre ellas desde 2020.

Significaba: una columna en página catorce del impreso, sin foto, sin nombres de la familia más allá del de la víctima, ya difundido por una nota oficial.

Eider sabía que Begoña Otero cumplía. La iba a llamar mañana entre las nueve y las diez, después del encuentro con la madre.

Apagó el móvil. Cerró los ojos.