Avenida Mariano Andrés. Lunes, 1230.
El móvil le suena por enésima vez en la mañana. Es su padre. Bruno. La pantalla pone Papá. Aitor coge.
— Papá. — Hijo, ¿cómo estás? — Estoy. — He hablado esta mañana con la madre de Naia.
— ¿Has hablado con Begoña? — Le he llamado.
Le he dado el pésame. Tu madre y yo. Las dos.
— Vale. — Hijo. ¿Has dormido? — Poco. — Ven a comer a casa.
Mamá ha dicho que te haga un guiso de tu abuela.
— No me apetece ir a casa. — Pues vamos a comer fuera tú y yo.
Sin mamá, si quieres. Te recojo a la una. — Papá. — Hijo, déjate cuidar. — Vale.
Aitor cuelga. Mira el techo del cuarto. Hace media hora ha llamado la inspectora Aristegui para citarle otra vez en comisaría a las cinco de la tarde.
Le ha dicho, con una calma que no le ha gustado, que necesitan reentrevistarle por algunos detalles.
Aitor le ha dicho que sí. Le ha preguntado si necesita abogado.
La inspectora le ha vuelto a contestar lo de ayer, que de momento no, que él puede pedirlo si quiere.
Aitor ha colgado y se ha quedado mirando el balón del armario.
Va al baño. Se ducha mal, sin entusiasmo.
Se afeita lo justo. Se pone unos vaqueros más limpios y un jersey gris.
Le suena un wasap. Es Iván Lalín. "Eyy, que cómo estás.
Si necesitas, dime". Aitor le contesta con un emoji de una mano levantada.
Iván es buena persona. Lo es desde que tenía catorce años en Astorga.
Los compañeros del filial son buena gente, en general.
La noche del viernes, en el Plan B, no podían ser más buena gente.
Aitor coge la cazadora. Baja al portal. Su padre está aparcado en doble fila en la avenida Mariano Andrés, dentro del Ford Focus gris, motor encendido. Aitor abre la puerta del copiloto y entra.
— Hijo. — Papá. — Ponte el cinturón.
Bruno conduce hacia el centro. Aitor le mira de perfil en los semáforos.
Su padre tiene cuarenta y nueve años, el pelo corto canoso, la barba afeitada, la chaqueta de cuadros de los lunes.
Conduce con la mano derecha en el volante y la izquierda apoyada en el aire fresco de la ventanilla bajada un dedo.
Es un padre normal. Aitor lo ha visto conducir mil veces.
La cosa que sí, hoy, le suena distinta es la respiración del padre.
La respiración del padre es una respiración un poco más larga que de costumbre.
No mucho. Lo justo para que un hijo de veintidós años, que conoce a su padre desde que tiene memoria, se entere sin saber que se está enterando.
— ¿Dónde vamos? — A la cafetería esa de San Mamés que te gusta. — Vale. — He pedido una mesa. La del fondo, que es más tranquila. — Vale.
Aparcan al final de la avenida. La cafetería es un sitio pequeño, mantel de papel, menú del día por once con cincuenta.
La camarera saluda a Bruno por su nombre.
Es la camarera que Bruno conoce desde hace doce años por una confianza acumulada de comerciales de seguros que se traen aquí a sus clientes.
Bruno saluda con la mano. Se sientan al fondo.
Aitor, al pasar al lado de la barra, mira un instante el televisor.
La 1 está pasando un boletín local. En el rótulo de abajo lee "Hallado el cuerpo de una joven en una cuneta de la N-630 a la altura de Onzonilla.
La Policía Nacional investiga las circunstancias".
Tres segundos. Cinco. La pantalla pasa a la siguiente noticia.
Aitor se sienta. No le dice nada a su padre.
Bruno se ha sentado de espaldas a la pantalla y no ha visto el rótulo.
Aitor se da cuenta. Le mira. No le dice nada de lo que acaba de ver. No sabría decir por qué.
Bruno coge la carta. La mira sin mirar.
— ¿Cómo lo llevas? — ¿Cómo lo llevo? — Sí. — No lo sé. — Hijo. — Papá. No tengo muchas ganas de hablar. — Está bien.
Pero Bruno no deja de mirarle. Aitor lo nota. Hay algo. Hay una cosa pequeña y rara que está pasando hoy entre los dos. Aitor no sabe ponerle nombre. La asocia con el dolor. Asocia el dolor con cualquier cosa rara. Tira para adelante.
Pide pasta y agua. Bruno pide ensalada y filete y un vino de la casa.
Aitor lo mira pedir el vino. A su padre no le gusta beber al mediodía un lunes.
Su padre, como todos los comerciales de la Castilla profunda, bebe vino a las cenas de empresa de los jueves en restaurantes con manteles blancos y ya está.
Que pida vino a las dos menos diez de un lunes en una cafetería de menú del día es una cosa que a Aitor le suena rara.
Pero, otra vez, el dolor justifica las cosas raras.
La camarera trae el vino. Bruno bebe un primer trago largo.
— Hijo, mira. Lo siento mucho. — Vale. — Ya sabes que Naia me caía muy bien. — Sí.
Bruno bebe otro trago.
— Tú estuviste con Naia, ¿cuántos meses? — Quince. — Quince. — Sí. — ¿Y la dejaste tú? — La dejé yo, papá. Ya hablamos esto el mes pasado. — Ya. Ya lo hablamos. — ¿Por qué me lo preguntas otra vez? — Por nada. Por hablar de Naia.
Aitor mira a su padre. Su padre no mira a Aitor. Su padre mira la copa de vino. La gira un cuarto. Vuelve a girarla.
— ¿Tú con Naia te llevabas bien al final? — Bien, sí. Tirante. Pero bien. — ¿No estaba enfadada contigo por algo? — No. — ¿No te dijo nada extraño en septiembre? — ¿Como qué?
Bruno levanta la mirada. Sonríe un poco.
— Como nada. — Papá. — Hijo. — ¿Por qué me preguntas? — Por preguntar.
Aitor traga saliva. La camarera trae los primeros platos.
Comen en silencio dos minutos. La cafetería tiene un televisor en la esquina con La 1 sin volumen, las noticias del mediodía.
En la barra, dos hombres comentan el partido de la Cultural del fin de semana, que perdió.
La voz del más alto le suena familiar. Es el hijo del de la papelería de Padre Isla, una papelería donde Bruno compra carpetas para la oficina cada dos meses.
Aitor lo mira un segundo, lo reconoce, no le saluda. El otro hombre, no le suena.
Aitor vuelve al plato. Se obliga a comer. La pasta no le sabe. Su padre come la ensalada con concentración, sin levantar la cabeza. Se acaba el vaso de vino. Pide otro.
— Papá. — Sí. — Tú el viernes me escribiste.
— ¿Cuándo? — A las dos y cuarenta y siete.
— Ah, sí. — ¿Por qué me escribiste a esa hora?
— Porque no me dormía y me acordé de que tenía que comprar la corbata.
— ¿Una corbata? — Para la boda de tu primo Adrián el sábado que viene.
No me he pasado todavía. Te quería pedir que me acompañaras.
— Papá. — ¿Qué? — ¿Estabas en casa? — Estaba en casa, claro. ¿Dónde voy a estar?
Aitor le mira. Bruno bebe vino.
— ¿Mamá no se enteró de que estabas despierto? — Mamá duerme como un tronco, ya sabes. Yo me levanté un rato a beber agua. Si me acordé de la corbata fue al pasar por el perchero del recibidor, donde está la chaqueta del sábado. — Vale. — ¿Por qué me preguntas? — Por nada. Por preguntar.
Aitor parpadea. La frase de su padre, eso de "por nada, por preguntar", es la frase de su padre invertida en las dos últimas réplicas.
Como si el padre y el hijo estuvieran diciéndose la misma frase con la misma intención de quitarle valor a una pregunta a la que ninguno de los dos está dándole valor.
Y, sin embargo, los dos saben que están hablando de algo concreto.
Aitor se queda quieto. Le baja una sensación pequeña y desagradable por el esternón.
Es una sensación a la que no quiere ponerle nombre.
La sensación viene del hecho de que su padre le esté preguntando muy específicamente si Naia estaba enfadada con él en septiembre.
Como si el padre estuviera tratando de averiguar si su hijo sabe alguna cosa.
Aitor no sabe ninguna cosa. Pero sabe que su padre quiere saber si él sabe alguna cosa. Y no entiende por qué.
Le quita importancia mentalmente. Es el dolor.
Su padre estaba muy unido a Naia. Su padre la veía dos veces al mes.
Su padre, como toda la familia, pensaba que Aitor y Naia iban a casarse en cinco o seis años.
Su padre, perdonadísimo, está hablando rarísimo porque la chica de su hijo apareció ayer muerta en una cuneta. Es eso.
Es eso, se dice Aitor. Es eso.
— Hijo, ¿le dijiste a la policía lo del wasap? — Sí. — ¿A las dos y cuarenta y siete? — A las dos y cuarenta y siete. — Vale. — ¿Por qué me lo preguntas? — Por nada. Por curiosidad. — Papá. — Hijo. — Eres curioso de cosas raras hoy. — Hijo, déjame en paz, tengo derecho a estar mal. — Vale.
La camarera trae los segundos. Bruno corta el filete. Aitor empuja la pasta de un lado del plato al otro. La camarera, al irse, le pone la mano en el hombro a Bruno, una mano pequeña y rápida, pésame de profesional. Bruno asiente.
A los postres, Bruno pide café y Aitor agua. Bruno paga la cuenta entera. El TPV da las gracias. La camarera ofrece un pacharán en chupito invitado. Bruno acepta. Aitor declina.
En la puerta, Bruno se enciende un cigarro. Los dos se quedan en la acera. Bruno mira la calle.
— Qué pena la chica, qué pena. — Sí. — Bueno, hijo. Te llevo a Mariano Andrés. — Voy andando. — Te llevo. — Voy andando.
Bruno asiente. Le pone la mano en el hombro a Aitor. Aitor la nota tres segundos. Bruno se sube al Ford Focus gris. Arranca. Sale.
Aitor se queda en la acera con la cazadora puesta.
Mira el coche alejarse por la avenida San Mamés.
Mira la papelería del otro lado. Mira el edificio de enfrente, donde su padre tiene la oficina, tres bloques más allá.
Camina. La cabeza le da vueltas pequeñas.
La frase de la cafetería no le sale de la cabeza.
Qué pena la chica, qué pena. La frase, dicha así, con esa entonación, es una frase de un comercial de seguros que ha dicho la misma frase una semana antes en una llamada de atención al cliente, no es una frase de un padre que ha visto a su hijo de veintidós años desencajado.
Aitor camina dos manzanas. La cabeza no se le aclara. Coge el bus en la avenida Padre Isla. Vuelve a Mariano Andrés. Se mete en su cuarto. Se sienta en la cama.
Piensa en Naia con su cazadora puesta el viernes por la noche.
La cazadora era la de él, la que Aitor le había prestado en septiembre y que ella aún tenía en su cuarto, en el respaldo de la silla, según el plan acordado por wasap el jueves.
Naia había salido del piso el viernes con la cazadora puesta, según dijo su madre.
La cazadora no había aparecido en la cuneta.
La cazadora la tenía alguien. La cazadora la tenía, probablemente, el hombre del Ford Focus gris.
Aitor se queda muy quieto en la cama. Lo de la cazadora era una cosa que había oído ayer en comisaría sin terminar de procesarla.
Hoy, después de la cafetería, le suena distinto.
Hoy le suena como si ese alguien que tiene la cazadora fuera alguien que la cogió por la espalda en algún momento, como en la chaqueta que se le sale a una novia adolescente cuando va andando con un chico, salvo que aquí no había chico ni había novia.
A las cinco de la tarde, dos minutos antes de salir hacia comisaría, le entra un wasap de su madre Maite. "Hijo, ya he hablado con la policía como te dijo la inspectora. Tu padre y yo estamos contigo. Ven a cenar esta noche".
Aitor mira el mensaje treinta segundos. Le contesta con un escueto "vale".
Apaga la luz del cuarto. Sale.
Y, mientras baja la escalera del piso, sin saber por qué, le viene la imagen del padre girando la copa de vino un cuarto y la camarera devolviendo el cambio del veinte. Y le viene también, sin querer, la frase entera con la que el padre ha contestado lo del wasap de las dos y cuarenta y siete.
Mamá duerme como un tronco, ya sabes. Yo me levanté un rato a beber agua.
Aitor se queda parado en el rellano del segundo. Lo piensa. Lo deja. Sigue bajando.
Todavía no le viene la siguiente cosa. La siguiente cosa, la de unirlo todo, le va a venir el jueves por la mañana, en la facultad de INEF, después de un examen oral. Pero el jueves está a tres días.
De momento, baja al portal. La calle Mariano Andrés tiene la lluvia fina otra vez encima.
Camina hacia la parada del bus para coger el que sube por la avenida del Padre Isla y le deja a tres calles de la Comisaría Provincial.
En la parada hay una mujer mayor con un paraguas grande negro.
Aitor se queda detrás, sin paraguas. Las gotas pequeñas se le pegan al pelo.
La mujer le mira un segundo. Le ofrece, sin decir nada, una esquina del paraguas.
Aitor le da las gracias con la cabeza. Acepta.
Se quedan los dos quietos esperando el bus.
A las cinco menos diez, el bus aparece. Aitor sube, paga, se sienta en una de las dos plazas reservadas para gente con movilidad reducida que están vacías.
Mira por la ventanilla. La avenida del Padre Isla a la altura de la clínica dental de su madre.
El cartel de la fachada con el apellido de su madre.
La luz encendida del vestíbulo. Aitor mira el cartel hasta que el bus pasa. Después aparta la mirada.
A las cinco y un minuto entra en la Comisaría de Villa Benavente.
La inspectora Aristegui le espera ya en la sala 2.
Aitor se sienta. Aristegui le hace preguntas pequeñas, de las de ajustar tornillos, durante cuarenta minutos.
Aitor contesta. No dice nada de la copa de vino del padre al mediodía ni de la frase final ni del wasap de las dos y cuarenta y siete que ya contó ayer.
Cuenta cosas de la facultad. Cuenta el viaje del verano a Asturias con Naia.
Cuenta lo de la barbacoa de julio sin saber que está contando lo de la barbacoa de julio.
Y a las cinco y cuarenta y dos, sin saber que su declaración de hoy no añade casi nada a la de ayer y que la inspectora le está viendo la cara para otra cosa, sale por la puerta de Villa Benavente. La lluvia fina le recibe otra vez fuera.