IML León. Sala de autopsias 1. Lunes, 0830.
La doctora Aurora Bedoya Ferreras llegó al IML a las siete y cuarenta.
Aparcó la bicicleta en el aparcamiento cubierto de la entrada de personal, encadenó la rueda al poste con el candado en U, se quitó las pinzas del pantalón.
Llevaba al hombro una mochila pequeña con la fiambrera del almuerzo, una manzana, un libro que estaba leyendo desde hacía dos semanas y la tableta de trabajo.
Subió por la escalera lateral hasta el vestuario.
Ismael grabó. Bedoya empezó con el examen externo, esta vez completo, no como la inspección rápida de la cuneta. Ismael le iba pasando lo necesario y anotaba las medidas que ella dictaba.
Talla, ciento sesenta y ocho centímetros.
Peso, cincuenta y nueve kilos. Constitución normal.
Lividez cadavérica de coloración rojo violácea en la región dorsal posterior y en las superficies laterales de los muslos, con una distribución que no se corresponde con la posición de hallazgo en la cuneta.
Inicio de descomposición leve. Rigidez todavía residual en miembros inferiores.
— Maniobra postmortem confirmada — dictó Bedoya-. Cuerpo manipulado y movido en las dos primeras horas tras la muerte. Distribución de las livideces incompatible con la posición final del hallazgo.
Pasó al examen de la cabeza. Pelo rubio teñido a la altura del hombro.
Raíz castaña visible en aproximadamente dos centímetros.
La piel del rostro, sin marcas de lucha frontal.
Sin equimosis en pómulos. Sin lesiones defensivas en las manos.
Sin uñas rotas. Sin contenido en los lechos ungueales que sugiriera arañazo a un agresor.
Levantó suavemente el cabello en la zona parietal derecha. La fractura era visible al tacto. Una hendidura lineal de aproximadamente dieciséis milímetros de longitud, profundidad cinco milímetros, con bordes ligeramente angulados. Bedoya lo midió dos veces con el escalímetro. Ismael fotografió.
— Fractura parietal derecha. Hendidura lineal, dieciséis milímetros de longitud, cinco de profundidad.
Bordes angulados, compatible con golpe contra arista lineal.
La forma de la lesión sugiere caída hacia atrás contra un canto recto, no superficie plana ni objeto romo redondeado.
Bordillo de hormigón es la hipótesis preferente, sin descartar otras aristas similares.
Examinó el cuello. Sin marcas de presión digital. Sin estrangulamiento. La carótida y la yugular intactas a la palpación.
Pasó al tronco. Aquí volvió, con más detalle ya, a la marca de la espalda que el sábado había visto a vuela pluma en la cuneta.
La separó con ayuda de Ismael. Tomó la lupa.
La marca, en la zona del omoplato izquierdo, era una abrasión lineal corta, dos centímetros y medio, hecha en piel viva, con discreta extravasación de sangre subepidérmica.
Compatible con un tirón violento de la prenda hacia atrás.
— Marca compatible con tirón de prenda en vida, segundos antes del fallecimiento. Probable agarre por la espalda con una mano. Sin lesiones cutáneas asociadas en hombros o cuello que sugieran maniobra prolongada.
Examinó las extremidades. Brazos sin marcas defensivas.
Sin hematomas en muñecas que sugieran sujeción.
Una abrasión muy leve en la palma derecha, compatible con haber apoyado la mano al caer.
No había rastro evidente de defensa frontal contra un agresor.
Naia Cembranos no había peleado con su agresor antes de morir.
La hipótesis era una empuja, no una agresión sostenida.
Pasó a la valoración de la región anal y vaginal.
Bedoya hizo el examen con el cuidado profesional de siempre, con Ismael a un metro.
La valoración era negativa. Sin signos de agresión sexual reciente.
Sin lesiones contusas internas. La toma de muestras para descarte rutinario se haría igual, era el protocolo, pero el resultado externo era el resultado externo.
— Negativo. No hay agresión sexual.
Bedoya respiró por la nariz. Lo apuntó. La inspectora Aristegui había estado, sábado por la noche, en el pasillo del IML, con el peso de esa pregunta a la espalda.
Esa pregunta era una pregunta que Bedoya había aprendido, en sus veintitrés años, a contestar con la misma frialdad técnica con la que contestaba las demás.
Pero la frialdad técnica no le impedía sentir el alivio profesional de poder dar una respuesta negativa cuando esta era posible.
El alivio del médico forense, había escrito en un congreso de Ávila en 2019, no es alivio personal.
Es alivio operativo. Es saber que esta línea de la investigación se cierra y la familia no va a tener que oír ciertas cosas.
Examinó las extremidades inferiores. Pantorrilla derecha con un hematoma reciente, en la cara externa, de unos cuatro centímetros, compatible con el roce contra el bordillo durante la caída o con un golpe leve contra el saliente del coche en la maniobra postmortem.
Bedoya lo dictó como inespecífico. Ismael lo fotografió desde tres ángulos.
Las botas, custodiadas en bolsa de papel desde el sábado, ya estaban con Carolina Quirós en Científica.
Tomó muestras de uñas y de cabello para el archivo.
Tomó muestra del contenido del estómago.
Tomó muestras de sangre, orina y humor vítreo para tóxicos.
La rutina, sin atajos. La doctora Bedoya no cogía atajos en autopsia.
Lo había aprendido de su jefe en Valladolid, un señor de los de antes que, a las tres autopsias semanales, le decía siempre lo mismo: "Bedoya, lo que no hagas hoy mañana no podrás hacerlo".
A las nueve y cuarenta abrió la cavidad torácica.
Ismael grabó. La incisión en Y, los dos brazos hacia los hombros y la línea media hacia el pubis, ya hecha.
Bedoya identificó los órganos internos, tomó las muestras para tóxicos, repasó con calma las posibles lesiones.
Sin lesiones internas torácicas. Sin lesiones abdominales.
Estómago con escaso contenido, restos de sándwich y agua y una pequeña cantidad de alcohol en consonancia con dos copas.
Hígado normal. Riñones normales. Pulmones sin aspiración.
— Sin lesiones internas tóracoabdominales. Estómago con contenido escaso compatible con ingesta nocturna ligera y dos consumiciones alcohólicas. Pulmones libres.
Pasó a la cavidad craneal. La sierra ósea hizo su recorrido. La calota se separó. Bedoya la levantó con cuidado.
Hematoma subdural agudo en el hemisferio derecho, asociado a la fractura parietal. Volumen estimado aproximado, cien centímetros cúbicos. Desplazamiento de la línea media. Compresión del tronco encefálico secundaria. Causa final de muerte, hipertensión intracraneal aguda con compromiso del tronco.
— Causa última de la muerte, hipertensión intracraneal aguda secundaria a hematoma subdural derecho secundario a fractura parietal derecha por traumatismo craneoencefálico contra arista lineal.
Tiempo desde el traumatismo hasta el fallecimiento, estimado entre cinco y quince minutos.
Probablemente más cerca de cinco que de quince, dado el volumen y la extensión.
Lo apuntó. Cinco minutos. Ese dato era importante.
Cinco minutos era el tiempo que un agresor habría tenido para llamar a una ambulancia y, con muchísima suerte, salvar la vida de la chica.
Cinco minutos era también el tiempo que tarda un coche en arrancar después de un golpe en un aparcamiento de polígono industrial y alejarse trescientos metros sin levantar la cabeza.
La diferencia entre las dos cosas era la diferencia entre un homicidio imprudente y un homicidio doloso eventual.
Esa diferencia no era cosa suya. Era cosa de la fiscalía.
Pero Bedoya, después de veintitrés años, había aprendido a apuntar las cinco minutos en el informe con el cuidado de quien sabe que esos números los van a leer abogados.
Volvió al cráneo. Examinó la zona de la fractura desde dentro.
La línea exacta de la lesión, vista desde el endocráneo, conservaba la angulación que había advertido por fuera.
Pasó el dedo índice de su guante, con cuidado, por el borde interior.
La forma del impacto, dictaminó, sí era compatible con un canto recto y duro.
Hormigón, granito o, menos probable, hierro.
Hormigón era lo más posible en un aparcamiento de polígono industrial.
Pidió a Ismael que tomara una foto frontal de la lesión interna y otra cenital.
Escribió en el dictado: "La morfología de la lesión es compatible con un golpe único.
Sin signos de impactos repetidos. La energía del trauma es alta para una caída desde altura propia, lo que sugiere bien un empuje violento, bien una caída acelerada por desequilibrio brusco con incapacidad de protección con las manos".
Bedoya se separó del cuerpo. Se irguió. Le crujió la espalda. La autopsia llevaba tres horas y diez minutos. Era el tiempo medio para una autopsia limpia, sin heridas múltiples, sin necesidad de disecciones especiales. Le hizo un gesto a Ismael. Ismael empezó el cierre.
A las once y cuarenta cerró la cavidad craneal.
Ismael cosió. Bedoya se retiró los guantes.
Se lavó las manos y los antebrazos durante tres minutos, como si fuera un quirófano, costumbre antigua.
Salió al pasillo. Le pidió a la celadora que avisara al juzgado y a comisaría de que el informe verbal estaría disponible a la una de la tarde.
A las once y cincuenta y cinco entró al despacho. Encendió el portátil. Empezó a redactar el informe.
A las trece horas en punto, la doctora Bedoya marcó el número directo del despacho de Eider Aristegui en la Comisaría Provincial de León.
— Aristegui. — Bedoya. Tengo el preliminar verbal.
El escrito te llega esta tarde. — Dime. — Hora estimada de muerte, entre las dos y treinta y las dos y cincuenta.
Causa, traumatismo craneoencefálico cerrado con fractura parietal derecha y hematoma subdural agudo.
Caída hacia atrás contra arista lineal. Bordillo de hormigón es la hipótesis preferente.
Tiempo desde el traumatismo a la muerte, cinco a quince minutos, más cerca de cinco.
Sin agresión sexual. Sin lesiones defensivas.
Una marca de tirón de prenda en vida en la espalda, cerca del omoplato izquierdo, segundos antes del traumatismo.
Sin sustancias salvo dos consumiciones alcohólicas en el estómago.
Esto no es un atropello, Aristegui. Le pegaron un empujón fuerte y ya.
— Ya. — ¿Ya tienes el coche? — Ya tengo el coche.
— ¿Quieres que vaya yo a inspeccionarlo?
— Quiero que vaya tu compañera Quirós. Con luminol.
Esta semana, en cuanto el juez nos firme la entrada al domicilio del titular.
— Te llama Quirós para coordinar. — Bien.
— Aristegui. — Sí. — Esto se cierra esta semana. — Esta semana se cierra.
Bedoya colgó. Se quedó mirando la pantalla treinta segundos. Lo de Aristegui, le constaba, sí se iba a cerrar esta semana. Pero la madre. La madre se iba a quedar como se quedaban siempre las madres. Eso era cosa que se quedaba en la sala.
A la una y cuarto el técnico Ismael picó en la puerta del despacho.
— Doctora. — Ismael. — ¿Bajo el cuerpo a la cámara o lo tienes pendiente de algo? — Bájalo. Ya está. — Vale. — Ismael. — Sí. — Gracias. — A ti.
Ismael cerró. Bedoya se quedó sola en el despacho.
La sala de autopsias 1 ya estaba vacía. Naia Cembranos volvía al frío.
Ella podía mirar por la ventana del despacho los siete pisos del edificio enfrente, en la avenida San Mamés, donde había, en la primera planta, una oficina de seguros con un cartel en la fachada y un horario de mañanas.
Bedoya no se fijó en el cartel. Nunca se fijaba.
Era solo una oficina de la calle, una de tantas en León, con un horario de nueve a dos y de cinco a ocho.
La oficina, aunque ella no lo sabía, era la oficina de Bruno Quevedo Reguera. Lo iba a saber Aristegui antes que ella, dos días después.
Apagó el ordenador. Cogió la mochila. Bajó a la sala de descanso. Se sirvió un té rojo. Comió tres almendras crudas. Después subió a su despacho a redactar el informe definitivo en silencio.
A las dos y cuarto comió la fiambrera de garbanzos en su mesa.
Volvió al ordenador. Le entró un correo de Carolina Quirós, de Policía Científica, con la coordinación para el registro del Ford Focus gris matrícula 7842JFK previsto para el martes a las dieciocho y treinta.
Bedoya respondió con un escueto "ok" y siguió escribiendo.
Naia Cembranos Vega, diecinueve años. Causa última de muerte, hipertensión intracraneal aguda. Maniobra postmortem confirmada. Cinco minutos.
Bedoya escribió esos números en cifras y, después, en letras, como hacía siempre, para que ningún abogado pudiera discutirle la transcripción.
A las cinco y media bajó al aparcamiento, se quitó las pinzas del pantalón con la mano izquierda, montó.
La avenida San Mamés salía hacia el sur con la misma luz blanda de cualquier lunes de octubre.
Bedoya pedaleó despacio. La oficina del primero del edificio de enfrente tenía la persiana ya bajada.
Era una oficina como las demás. Bedoya pasó al lado sin mirarla. Llegó a su casa a las seis y diez.
En la mochila, el informe firmado en papel y el archivo enviado al correo del juzgado.
Doscientos veintitrés días al año en bicicleta.
Tres autopsias semanales, de media. Seis bordillos, un faro, una balaustrada, una mesa de mármol, un canto de chimenea.
Veintitrés años. La doctora Bedoya entró en su casa, dejó la bicicleta en el recibidor, se quitó las zapatillas, llamó a su mujer al móvil.
— ¿Cómo ha ido? — Cinco minutos. — Joder. — Joder, sí.
Su mujer, en Madrid esta semana por trabajo, le mandó un emoji de un corazón pequeño y una pregunta sobre la cena que tenían el viernes.
Bedoya le respondió con un sí. Cerró el móvil.
Calentó arroz hervido de la noche anterior.
Cenó con un libro abierto en la mesa que llevaba dos semanas leyendo, una novela negra de Petros Márkaris ambientada en Atenas, y al que no le hizo demasiado caso esta noche.