León. Comisaría Provincial. Sala 2. Domingo, 1115.
Aitor Quevedo Aller estaba sentado al otro lado de la mesa con la sudadera negra del Atlético Astorga sin lavar de la noche anterior, los vaqueros con el bajo embarrado y los ojos rojos no del lloro sino de no haber dormido.
Veintidós años, uno noventa, extremo derecho, lo que la inspectora Aristegui había aprendido a leer en una primera mirada como cuerpo de chico que entrena cinco días por semana sin haberse acabado de dar cuenta de cuánto cuerpo es.
Le habían dicho en recepción a las once y diez que tenía que esperar diez minutos.
Aitor había esperado los diez minutos sentado en el banco del pasillo sin sacar el móvil del bolsillo.
Eider entró con Cardeñosa. Se sentaron enfrente.
Cardeñosa puso la grabadora pequeña sobre la mesa, comprobó que estaba activa, dijo en voz neutra los datos de identificación, fecha, hora, instructor, declarante.
Luego se calló. La presencia de Cardeñosa en estas salas era una presencia que no metía ruido.
Tomaba notas, miraba al declarante, intervenía solo cuando Eider le hacía un gesto.
Eider se quitó las gafas de pasta delgada.
Las dejó sobre la mesa al lado del expediente.
Las gafas eran un instrumento más. Quitárselas indicaba al chico que la conversación era informal, que esto no era todavía un interrogatorio sino una entrevista.
Cosa que no era cierta del todo, pero, también, no era cierta del todo lo contrario.
— Aitor. — Sí. — Soy la inspectora Aristegui.
Aquí el subinspector Cardeñosa. Le hemos pedido que viniera por una situación.
¿Sabe usted que Naia Cembranos no apareció anoche por su casa?
— Sí. Su madre llamó a la mía esta mañana a las ocho.
— ¿Y le ha vuelto a llamar después? — No.
— ¿Sabe usted algo más? — Algo más como qué. — Como cualquier cosa que haya pasado.
Aitor la miró. La miró largo. No bajó los ojos. No los apartó. Tampoco sostuvo la mirada con dureza. La sostuvo con confusión.
— No. — ¿Cuándo fue la última vez que habló con Naia?
— El jueves. — ¿Por dónde? — Por wasap. Le pedí pasarme a por la cazadora.
— ¿Y ella le contestó? — Sí. Me dijo que el sábado por la mañana me la dejaba en el portal de Mariano Andrés.
— ¿Le respondió usted a esa propuesta? — Sí.
Le dije vale, gracias. — ¿Y el viernes por la noche?
— El viernes por la noche le escribí. — ¿Por qué?
— Yo qué sé. — Aitor. — Sí. — Conteste a la pregunta.
— Le escribí porque estaba en el Plan B con los del equipo y había bebido tres cervezas y, no sé, le escribí.
Le dije que avisara cuando viniera por la mañana porque iba a estar despierto, que tenía partido el domingo y me iba a entrenar a las once.
— ¿A qué hora le escribió eso? — A las dos.
— A las dos y tres minutos. — A las dos y tres minutos, sí.
— ¿Y ella le contestó? — No. — ¿Le pareció raro?
— No. — ¿Por qué no? — Porque está en el Húmedo.
Si está en el Húmedo no me va a contestar. No es el momento.
Cardeñosa lo apuntó. Aitor cogió el vaso de agua que le habían dejado al entrar. Bebió. No le tembló la mano.
— Aitor. ¿Dónde estuvo usted desde las once de la noche del viernes hasta las cuatro de la mañana del sábado?
— En el Plan B. — ¿Plan B, Mulhacín? — Plan B, Mulhacín.
Sí. — ¿Con quién? — Con Iván Lalín, Pablo Castaño, Jorge Pereira y Luis Beneitez.
Los del filial. — ¿Salieron juntos del Plan B?
— A las tres y diez. — ¿Antes de las tres y diez salieron del bar?
— Yo salí dos veces. — ¿Cuándo? — A las dos y media salí a fumar.
— ¿Cuánto rato? — Veinte minutos. — ¿Veinte minutos a fumar?
— Veinte minutos a fumar y a por una empanada al horno de la esquina.
— ¿Qué horno? — El Asti, calle Plegaria.
— ¿Le tienen en cámara? — En cámara del horno sí, supongo. Yo qué sé.
Cardeñosa anotó: comprobar cámara horno Asti, sábado madrugada 02:30 a 02:50.
— ¿Y la otra vez que salió? — Antes de fumar al final de la noche, a las tres menos diez.
Salí a contestar un wasap de mi padre. — ¿Su padre?
— Sí. — ¿Su padre le escribió a las tres menos diez?
— Su padre me escribió a las dos y cuarenta y siete y yo le contesté a las tres menos diez. — ¿Qué le decía su padre?
Aitor se removió en la silla. Por primera vez bajó los ojos.
— Tonterías. Que cómo había ido el viernes.
Que si le acompañaba el sábado a comprar una corbata.
— ¿A las dos y cuarenta y siete? — Mi padre tiene mal dormir.
Le escribe a la gente a horas raras. Mi madre se lo dice todas las semanas.
No le hace caso. — ¿Le pareció raro a usted?
— No. — ¿Por qué no? — Porque mi padre es así.
Eider lo apuntó mentalmente. Una raya entera. Una raya que iba a cruzar después con todo lo demás. El padre, despierto a las dos y cuarenta y siete, mandando un wasap sobre una corbata.
— Aitor. La cazadora vaquera que le iba a devolver Naia.
¿Sigue en el respaldo de la silla del cuarto de ella?
— Lo último que sé. Yo no he ido al piso desde que cortamos.
La última vez que la vi fue a finales de septiembre.
Estaba en el respaldo de la silla. — ¿Recuerda el día exacto que cortó con Naia?
— El veintiocho de septiembre. — ¿Y por qué cortó?
— Porque no me aclaraba con la carrera y con el equipo.
— ¿Eso le dijo a ella? — Sí. — ¿Y era cierto?
— En parte. — ¿Cuál era la otra parte? — Que no estábamos bien desde el verano.
Eider lo apuntó. Tampoco quiso preguntar todavía por el verano. Lo dejaba para después. La cocina de los Quevedo seguía siendo, de momento, una columna que Cardeñosa estaba llenando despacio en su hoja apaisada.
— Aitor. ¿Su padre conocía a Naia? — Sí.
— ¿Cuánto? — La había visto cinco o seis veces.
En casa. — ¿En la casa de Padre Isla? — En Padre Isla y en la parcela de Onzonilla.
— ¿Tienen ustedes parcela en Onzonilla? — Mis padres.
En el polígono de las parcelas residenciales, no en el polígono industrial.
La urbanización de Riosequino que está a la entrada del polígono.
— ¿Y Naia ha estado en esa parcela? — Dos veces.
— ¿Cuándo? — En julio y en septiembre. Bueno, en septiembre no.
En septiembre la invitamos pero ella no quiso ir.
— ¿Por qué no quiso ir en septiembre? — Dijo que tenía mucho que estudiar.
— ¿Le pareció raro? — Un poco. — ¿Por qué un poco?
— Porque en julio se había ido pronto y yo me había quedado pillado.
— ¿Quedado pillado? — Discutimos. Aquella noche, de vuelta a casa.
Le dije que se había ido sin esperarme y ella me dijo que se había aburrido.
No me lo creí del todo. Pero ella es así. Cuando algo no le encaja, se va.
Eider cogió la pluma. La apoyó sobre el papel. No escribió nada todavía.
— ¿Qué pasó en la barbacoa de julio?
Aitor abrió mucho los ojos.
— ¿En la barbacoa qué? — ¿Qué pasó? — Nada. — ¿Nada? — Nada que yo sepa.
Eider lo dejó ahí. La pregunta había sembrado. Cardeñosa lo apuntó.
A las once y cincuenta cerraron la primera parte de la entrevista.
Eider le dijo a Aitor que iba a quedarse veinte minutos más en sala mientras contrastaban detalles con su declaración.
Aitor preguntó si necesitaba abogado. Eider le dijo que de momento no, que esto era una entrevista informal, que él podía pedirlo si se sentía más cómodo.
Aitor dijo que prefería seguir sin abogado, que no tenía nada que ocultar.
Eider y Cardeñosa salieron al pasillo. Cerraron la puerta de la sala 2. Cardeñosa dijo en voz baja:
— La cara cuando le he preguntado por la barbacoa.
— Sí. — No sabe. — No sabe. O no del todo.
— ¿Qué hacemos? — Lo dejamos ir. Le decimos que se mantenga disponible, que no salga de León, y que el lunes por la tarde le citamos otra vez.
Que Folgueras le siga discreto a la salida y se quede media tarde en Mariano Andrés. — Hecho.
A las doce y veinte, Aitor salió de comisaría por la puerta de Villa Benavente con la sudadera del Atlético Astorga y la mirada de alguien al que le acaban de enseñar una habitación cuya puerta no sabía que existía.
Eider se quedó dos minutos en el rellano antes de entrar al despacho.
Lo de las dos y cuarenta y siete, el wasap del padre.
Aitor lo había contado sin esconderlo. La pregunta interesante ya no era si Aitor mentía, era qué hacía un comercial de seguros de cuarenta y nueve años despierto a las tres menos diez de un sábado mandando a su hijo wasaps sobre corbatas.
La respuesta era una respuesta vieja. Un padre que necesitaba saber exactamente dónde estaba su hijo aquella noche.
Un padre que necesitaba que su hijo, al recordar el viernes la semana siguiente, recordara también los wasaps con su padre.
La gente que se construye una coartada lo hace en pasado. La gente que sabe que va a hacer algo grave a veces lo hace en presente.
Eider entró al despacho. Cardeñosa estaba al teléfono con el cabo Vázquez de Onzonilla.
Cuando colgó, le pasó la nota. La patrulla del 02:52 había sido un cabo joven y un guardia novato.
Habían hecho la pasada a fondo de circuito por dentro del polígono.
No habían bajado del coche. No habían llegado al kilómetro cuatro de la N-630 porque la N-630 era zona del puesto de Valdelafuente, no del de Onzonilla.
La cuenca administrativa, para variar, había hecho su parte.
———
Eider salió de comisaría a las tres con un bocadillo de calamares de la cafetería del puente.
El paseo de Salamanca estaba medio vacío a esa hora, dos parejas con perro y un padre con sus dos hijos en bicicleta.
La lluvia se había detenido a media mañana y el sol había salido tímido un par de veces antes de retirarse otra vez.
El Bernesga llevaba caudal medio. Eider se sentó en el banco que había debajo del primer plátano del paseo y se comió el bocadillo sin saborearlo.
Sacó el móvil. Llamó a su hija Ane. Ane lo cogió al cuarto tono.
— Mamá. — Hola, hija. — Estoy con la abuela.
Estamos comiendo. — ¿Qué tal la abuela? — Bien.
Hoy bien. Me ha llamado Ainhoa por mi nombre dos veces y luego me ha vuelto a llamar Ainhoa.
— ¿Y tu padre? — Está fuera. Vuelve esta noche.
— Ane. — Sí. — Mañana es tu cumpleaños. — Mañana es mi cumpleaños.
— No voy a poder subir. — Vale. — Lo siento.
— Vale, mamá. No te preocupes. — Te he ingresado dinero esta mañana para los pendientes que querías.
Y te subo el sábado, te lo prometo, vamos a comer las tres. — Ya.
Eider notó el silencio. Era un silencio de hija de quince años. Un silencio que sabía hacer tres cosas a la vez: querer a su madre, no perdonarle del todo, y aceptar que es lo que hay.
— Ane. — ¿Qué? — Te quiero. — Yo también.
Colgaron. Eider se quedó con el móvil en la mano dos minutos. El bocadillo le había sentado mal y el café se le había acabado.
A las tres y treinta y cinco le sonó el móvil. Bedoya.
— Aristegui. — Bedoya. — Solo para confirmarte.
Mañana lunes a las ocho y media. El cuerpo está ya en el IML, en frío.
Hago la autopsia interna mañana a primera hora, sola, no necesito que vengas.
Te llamo con el informe a la una. — ¿Algún dato de hoy que me adelantes?
— El examen externo del sábado. La maniobra postmortem evidente, eso ya lo tienes.
El golpe parietal derecho compatible con caída hacia atrás contra un canto, no contra una superficie plana.
Mañana confirmo el bordillo o lo descarto.
— ¿Cazadora? — La cazadora sigue sin aparecer.
Si aparece, mirad la espalda y los hombros.
Pero esto te lo cuento mejor mañana. — Bedoya, una cosa.
— Dime. — ¿Hay algo en el cuerpo, externo, que indique forcejeo?
— En el examen del sábado, una marca lineal de tirón de tela en la espalda, cerca del omoplato izquierdo, hecha en vida segundos antes del traumatismo.
Brevísima. La amplío mañana. — Joder. — Joder, Aristegui.
Eider colgó. Apretó el móvil. Encendió un Marlboro. La lluvia empezaba a caer otra vez sobre el Bernesga. El paseo de Salamanca se vació a la hora.
A las cuatro le entró un wasap de Folgueras. Una sola línea.
"Cámara DGT rotonda Ordoño-Independencia. Cuatro pasadas Ford Focus gris entre 02:16 y 02:24. Mando capturas a la pizarra".
Eider apagó el Marlboro contra el banco. Volvió a comisaría caminando.
Cuatro pasadas en ocho minutos. Lo apuntaba todo el procedural moderno: nadie da cuatro vueltas a una rotonda en ocho minutos por aburrimiento.
Nadie da cuatro vueltas si no está esperando ver salir a alguien por una calle concreta.
La rotonda de Ordoño-Independencia es la salida natural del Húmedo hacia el sur, la que coge la gente que va a Trobajo, a Onzonilla, al polígono.
La rotonda da a la avenida de Ordoño II hacia un lado, a la avenida del Padre Isla hacia el otro, a la avenida de Independencia que sigue hacia plaza Mayor por el tercero.
Si uno está en la rotonda dando vueltas entre las dos y dieciséis y las dos y veinticuatro, está esperando a que alguien salga del Húmedo y entre en la avenida en su dirección.
Eider llegó a Villa Benavente a las cuatro y dieciocho.
Subió al despacho. Folgueras había dejado las capturas impresas en blanco y negro sobre la mesa.
La matrícula, en cuatro de las cuatro pasadas, era ilegible por el ángulo.
Pero el modelo era ese. Ford Focus, color gris medio, tres puertas, una pegatina en la luna trasera lateral derecha.
El conductor, en una sola de las cuatro tomas, asomaba la cara un instante por encima del volante.
Hombre, edad mediana, cabello corto canoso. Sin distinguir más.
Eider miró las cuatro fotos durante medio minuto. Le hizo un gesto a Cardeñosa.
— Mañana. Pegatina en luna trasera. La quiero en alta resolución. Y pídele al servicio que cruce todos los Ford Focus grises de tres puertas matriculados en León con cualquier vínculo familiar a Aitor Quevedo Aller. — Hecho. — Hoy nos quedamos así.
Cardeñosa la miró. Sonrió de medio lado.
— ¿Vienes a comer algo? — He comido un bocadillo malo en el paseo. — Por eso te decía. — Ven. Cafetería del puente. Café decente y tortilla. — Voy.