Cuneta Cardenal Landázuri. Domingo, 1100.
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Cardenal Landázuri. Domingo, 1100.

Begoña se ha despertado a las nueve menos cuarto en su propia cama por primera vez en doce horas.

Lupe, la vecina del segundo, se ha quedado a dormir en el sofá del salón.

Begoña ha oído los ruidos sordos de la cocina hacia las ocho menos diez, el café haciéndose en la cafetera italiana grande, el grifo de la cocina, los pasos cuidadosos de Lupe en chanclas viejas, y se ha dado cuenta, sin moverse de la almohada, de que estos son los ruidos de los días que vienen.

Los ruidos de las casas en las que ha pasado algo.

Los ruidos en los que la gente que quiere a la persona que se ha quedado intenta no hacer ruido y, por eso mismo, hace el ruido más reconocible del mundo.

Lupe le ha llevado un café a la cama a las nueve y diez. Le ha dicho, sin demasiado preámbulo, que iba a hacerle unas tostadas. Begoña le ha dicho que no tenía hambre. Lupe le ha dicho que las hacía igual y que se las dejaba en la mesa. Begoña le ha dado las gracias.

A las diez Lupe se ha ido a misa de once a la parroquia del Mercado del Conde. Le ha dicho a Begoña que volvía a las doce y media. Que si necesitaba cualquier cosa la llamara al móvil. Begoña le ha dicho que sí. Lupe ha cerrado la puerta despacio. El piso ha quedado solo.

A las once Begoña sigue sentada en el sofá del salón con el café frío y dos tostadas mordidas, cada una por un sitio distinto.

Le suena la palabra forense en el oído desde la noche anterior, sin asociarla a nada en concreto, como cuando se queda una palabra rara en la cabeza después de oírla en la radio.

Bedoya. La doctora Bedoya. Le ha sonado mal la palabra Bedoya cuando la inspectora se la dijo.

Le ha sonado mal el nombre del IML. Le ha sonado mal todo.

Le suena el móvil. Es Marcos, el padre de Naia.

Le ha llamado tres veces en la última hora.

Begoña no ha cogido. Esta vez tampoco coge.

Bloquea la pantalla. La mira otra vez. Marcos vive en Valladolid con la segunda mujer y un crío de ocho años.

Llegó a León anoche cuando le llamó la policía, durmió en el Hotel Conde Luna porque a Begoña no se le ocurrió, ni a él, que durmiera aquí.

Esta mañana le ha llamado a las nueve y media.

Y a las diez. Y ahora. Begoña sabe que tiene que cogérselo.

Sabe que es una cobardía no cogérselo. Sabe que los dos van a hacer cosas raras los próximos días, porque Marcos siempre ha hecho cosas raras cuando algo grande le pasaba, y ella también, cada uno a su manera.

Hace doce años que se separaron y la separación, las dos primeras semanas, fue una sucesión de cosas raras de cada uno por separado.

Pero hoy no le coge. Hoy todavía no.

Se levanta del sofá. Lleva la rebeca verde de anoche encima del pijama. Se acerca al pasillo. La puerta de la habitación de Naia está cerrada. La cerró ella cuando volvió del IML. La abre.

El cuarto está tal como lo dejó Naia el viernes.

La cama hecha desde la mañana del viernes.

La camiseta de pijama gris doblada en la silla.

La cazadora vaquera de Aitor en el respaldo de la silla, encima del libro de Anatomía.

El portátil cerrado en la mesa de estudio.

El flexo apagado. La estantería con el orden raro de los cuartos de las hijas de diecinueve.

Las fotos en la pared, dos polaroids del Camino de Santiago de un viaje del verano pasado, una más antigua de Naia con once años y un casco de natación amarillo en la pantalla.

El olor del cuarto es el olor de Naia: la colonia barata y la goma del flexo y, más al fondo, el algodón limpio de las sábanas que Begoña le había puesto el jueves por la mañana.

Begoña entra. Se queda de pie en el centro del cuarto unos segundos. Después se sienta en la cama. La colcha cede. Al final, se tumba. Apoya la mejilla en la almohada. La almohada huele a Naia. Begoña no llora todavía. Pero llora un poco después, sin darse cuenta, mientras mira el techo.

Se incorpora en algún momento. Las nueve y media se ha hecho las once y veintidós, sin sentir el tiempo. Mira por toda la habitación. Mira la mesilla.

El cajón de la mesilla.

Lo abre.

Dentro está la libreta Moleskine roja. Naia tiene esa libreta desde sexto.

Begoña no la ha leído nunca. Hay un pacto antiguo y nunca formulado, de aquellos pactos de madre e hija, según el cual Begoña no abre los cajones de Naia y Naia no abre los cajones de Begoña. Begoña ha cumplido el pacto trece años.

Hoy lo rompe.

Saca la libreta. La caja de los pendientes está debajo, como siempre. Dos pulseras con cuentas baratas, un anillo de plata pequeño con una piedra azul. Begoña deja la caja en su sitio. Mira la libreta.

La abre por la última página escrita.

La fecha es del jueves nueve de octubre. La letra es la letra de Naia, redonda, ligeramente inclinada a la derecha, con las erres altas. La entrada es corta.

"Aitor ha escrito hoy. La cazadora. Le he dicho que el sábado. Salimos mañana al Húmedo. Estoy bien".

Debajo, dos líneas tachadas con dos rayas. Begoña las lee igual.

"Estoy bien casi todo el rato. Hay una cosa que no he dicho que sigue ahí. Lo de B. en la cocina, en la barbacoa. No le he dicho nada a A. todavía. No quiero estropearle nada con su padre. Pero algún día sí. Algún día se lo voy a contar. No ahora. Pero algún día sí".

Begoña lee dos veces. Lee tres. La cuarta vez, levanta los ojos y mira el cuadro de la pared, una lámina del Camino de Santiago que Naia compró en la tienda del Museo Diocesano hace cuatro años. El cuadro no la ayuda. Vuelve a la libreta.

Pasa hacia atrás. La entrada anterior es del lunes seis de octubre. Examen de Anatomía bien. Lara dice que va a dejar a Marcos definitivamente. Marina con su crisis de siempre. Aitor no escribe.

Más atrás. Septiembre. Una entrada del veintiocho. "Aitor ha cortado. Bien. Era hora".

Más atrás. Agosto. Una entrada del veintiuno. "Mamá me ha vuelto a preguntar por la barbacoa. He esquivado. No sé si está bien que esquive. No sé si está mejor contárselo".

Begoña recuerda esa conversación del veintiuno como si fuera ayer. Habían cenado tortilla francesa y ensalada en la cocina. Begoña había hecho una pregunta lateral sobre los Quevedo. Naia había contestado un monosílabo. Begoña no había insistido.

Más atrás. Agosto. La entrada del ocho.

"B. me dijo aquello en la cocina. Llevo dos semanas pensándolo. No le voy a decir nada a A. todavía. Pero algún día sí".

B.

Begoña se queda muy quieta en la cama.

B.

La inicial. La cocina. La barbacoa de julio en la parcela de los Quevedo en Onzonilla.

Naia que volvió de aquella barbacoa silenciosa, que no quiso cenar, que se metió en la cama temprano.

La conversación de finales de agosto en el sofá.

Naia que dijo "un amigo de la familia" y no dijo nombre. Begoña que no preguntó.

Begoña sabe quién es B. La sabido desde el momento en que ha leído la línea. Lo ha sabido también, ahora se da cuenta, desde un día de agosto en que no quiso saberlo. La inicial. La cocina. La barbacoa. La familia.

Bruno. Bruno Quevedo. El padre de Aitor.

Begoña deja caer la libreta sobre la colcha.

Se la queda mirando treinta segundos, con la libreta abierta por la página del ocho de agosto.

Después la coge otra vez. Lee la entrada despacio.

Lee la entrada del jueves nueve, otra vez, con la frase del padre.

Lee las dos líneas tachadas. Estoy bien casi todo el rato. Algún día se lo voy a contar.

Algún día.

A Begoña se le suelta una cosa pequeña y fea por dentro, una cosa que no es solo pena, una cosa que es también vergüenza.

La vergüenza de la madre que no preguntó.

La vergüenza de la madre que no insistió.

La vergüenza de la madre que en agosto dejó pasar quince segundos largos esperando que su hija no quisiera contar y, después de los quince segundos, se levantó del sofá y fue a por el postre.

Cierra la libreta. La mete en su bolso. Lo decide en menos de cuatro segundos.

No se lo va a contar a la inspectora todavía.

No hoy. La inspectora la va a llamar mañana o pasado para hablar de las cosas que esta mañana no le contó.

Begoña va a contarle cosas. Pero la libreta no, hoy todavía no.

La libreta es de Naia, y Begoña, doce horas después de identificar el cuerpo de su hija en una camilla del IML, no puede entregar lo que le queda de Naia en el cajón de la mesilla. No puede.

Sabe, mientras lo decide, que esta decisión está mal.

Sabe que la inspectora le ha dicho anoche, en el coche, que esta mañana hablarán otra vez de algunas cosas que ayer no le contó.

Sabe que la inicial B y la barbacoa de julio y un coche en una cuneta a treinta kilómetros del polígono de Onzonilla son la cadena entera.

Sabe lo que es entorpecer una investigación.

Lo sabe porque lo dijo la inspectora ayer por la mañana en el despacho, sin amenazas, con esa frialdad profesional, y Begoña, cuando cerró el bolso al salir, ya tomó nota.

Y sin embargo, hoy, no puede.

Se justifica en su cabeza una cosa que tampoco se cree del todo. Se la dice igual. Se la dice tres veces. Se dice: mañana se la entrego. Se dice: mañana, cuando me llame, se la entrego. Se dice: hoy es domingo, no pasa nada, mañana es lo mismo.

Sale del cuarto. Cierra la puerta detrás de ella. La libreta sigue en el bolso, sobre la mesa del recibidor.

Vuelve al sofá del salón. Se sienta. Las tostadas siguen frías. El café también. Se queda mirando el televisor apagado durante diez minutos.

Piensa en la barbacoa de julio. Piensa que aquella tarde Naia volvió a casa pasadas las nueve, en taxi, sola, sin esperar a Aitor.

Le dijo a Begoña que se había aburrido. Le pidió perdón por irse antes.

Subió al cuarto. Begoña le preguntó por Aitor.

Naia le dijo "estaba con sus tíos, no me apetecía esperar".

Esa frase, sin maldad, sin dramatismo, era la frase que ahora a Begoña le parece, un año entero después, una bandera roja del tamaño de la cocina entera de los Quevedo.

Una bandera roja que Begoña vio entrar por la puerta una tarde de julio, dejarla la mochila sobre el sofá, ir al cuarto, no volver a hablar.

Piensa también en la barbacoa de septiembre.

Otra. Otra que hubo. Esa Naia no fue. Le dijo a Aitor que no iba.

Aitor le insistió. Naia se mantuvo. Begoña recordaba que Aitor incluso le había escrito a ella, cosa rara, un wasap diciendo "anímate a venir tú con Naia".

Begoña le había contestado que tenía guardia en el Ayuntamiento.

Mentira. No tenía guardia. Le había contestado mentira porque a una madre tampoco le apetecía mucho asar carne con la familia del novio de su hija.

Ahora, hoy, Begoña se alegra de no haber ido.

Se alegra de no haber visto la cocina. Se alegra de no haberle dado la mano al hombre.

Piensa en la cara del hombre. Bruno Quevedo.

Lo conoce de tres vistas: una vez en la zapatería de la calle Ancha donde Naia trabajaba sábados, hace un año, fue a recoger a su hijo Aitor que había ido a recoger a Naia, y le dio dos besos a Begoña en la puerta.

Otra, en el portal de su propio piso, una tarde que Aitor se trajo a su padre porque le habían pinchado una rueda al coche y necesitaba un café.

Y la tercera, una cena en un restaurante de Padre Isla, hace ocho meses, donde estuvieron las dos parejas de padres y los dos novios, y Bruno Quevedo le pareció a Begoña un comercial de seguros más, sonriente, hablador, sin nada particular ni a favor ni en contra.

Eso le pareció. La verdad de las cosas se le escapó a Begoña en aquella cena, como se le había escapado a Naia tres meses después, en julio, en una cocina, con un hombre veintinueve años mayor que ella.

Le suena otra vez el móvil. Marcos. Esta vez lo coge.

— ¿Begoña? — Sí. — ¿Estás en casa? — Estoy en casa. — ¿Te importa si subo?

Begoña lo piensa dos segundos.

— No.

Marcos cuelga.

Mientras espera a que Marcos suba, Begoña se queda mirando el bolso del recibidor.

La libreta dentro. Sabe que dentro de cinco minutos va a abrir la puerta a su exmarido y van a llorar los dos en el recibidor sin tocarse demasiado, como llevan años no tocándose, y luego van a tomar café y van a hablar del entierro y de avisar a la familia de él, y en algún momento Marcos va a decir "no debiste dejar que saliera ayer" y Begoña va a decir "no estabas tú aquí para impedirlo" y los dos se van a callar después porque ninguno de los dos hizo nada que no hubiera hecho cualquier padre de cualquier hija de diecinueve años un viernes de octubre.

Pero la libreta sigue en el bolso.

Y el lunes por la mañana Begoña va a despertarse con una decisión distinta a la que tiene ahora. Eso, todavía, no lo sabe. Lo único que sabe ahora, sentada en el sofá del salón con una rebeca verde sobre el pijama, es que tiene una libreta en el bolso y un timbre que está a punto de sonar.

El timbre suena.

Begoña se levanta despacio. Va al recibidor. Pasa al lado del bolso. No lo mira. Abre.

Marcos está en el descansillo con una camisa azul desgastada y una bolsa de viaje pequeña al hombro.

Tiene los ojos hinchados de no haber dormido.

Tiene también, debajo, esa expresión de hombre que ha pasado la noche pensando todas las cosas que no va a decir, en este orden.

Begoña la conoce. La ha visto en las primeras semanas tras la separación, hace doce años.

La ha visto en los entierros de los abuelos de él. La está viendo ahora.

— Begoña. — Pasa.

Pasa. Cierra él la puerta. Begoña no le abraza. Marcos no la abraza. Se quedan los dos en el recibidor, a un metro, mirándose el suelo. Pasan veinte segundos.

Marcos baja la bolsa. Se sienta en el banco del recibidor, donde antes de la separación se sentaban juntos para ponerse las botas en invierno.

Se frota la cara con las dos manos. Begoña se queda de pie.

La libreta está dentro del bolso, que está sobre la mesita, a sesenta centímetros del codo derecho de Marcos.

Marcos no mira al bolso. Pero Begoña sí.

— ¿Has hablado con la policía? — pregunta Marcos. — Anoche. — ¿Tienen algo? — Tienen lo que tienen. Lo que sé, te lo cuento en la cocina.

Begoña pasa al salón. Marcos la sigue.

Pero en la mesita del recibidor, el bolso queda solo.