León. Comisaría Provincial. Domingo, 0700.
Subió al Grupo. La sala estaba como la habían dejado a las doce y veintidós: la pizarra con los nombres y la línea de abajo que la jefa había escrito al final, FORD FOCUS GRIS.
ROTONDA ORDOÑO-INDEPENDENCIA. CÁMARA DGT.
PEDIR. Cardeñosa la miró desde la puerta.
Llevaba treinta y ocho años nacidos en Trobajo del Camino, dieciocho en el cuerpo, seis al lado de Aristegui.
Sabía leer pizarras. Esa frase, la de abajo, era la que más miedo le daba a las siete de la mañana.
La voz era la de una señora de unos setenta, leonesa de las de toda la vida, con un cuajo de quien lleva cincuenta años llamando a la policía local cada vez que oye algo en la calle. Decía:
— Mire, joven, llamo desde Onzonilla, calle de los Tejedores, aquí hay un coche que ha entrado al polígono ahí detrás y se ha oído un grito de mujer.
Un grito y un coche frenando. No me he asomado.
Ya saben ustedes que aquí pasa cualquier cosa.
Aviso. Llevo aquí cincuenta años y un grito de mujer en mitad de la noche es un grito de mujer.
La operadora le había preguntado el nombre. La señora se lo había dado con un acento un poco esquinado, María del Carmen Diez. Setenta y tres años. Le había dicho que iba a mandar una unidad a echar un vistazo. Después la grabación cortaba.
Cardeñosa fue al sistema. Buscó la nota de servicio asociada al aviso.
La unidad que había salido del puesto de la Guardia Civil de Onzonilla había hecho una pasada por el polígono a las dos y cincuenta y dos, no había visto nada anormal, había vuelto al cuartel.
La unidad tenía dos hombres, el cabo Vázquez no figuraba en aquella patrulla.
Eran dos guardias jóvenes, uno de los cuales había firmado el aviso como "vuelta sin novedad".
Cardeñosa se quedó dos segundos delante del informe. Llamó a María del Carmen Diez con el número que figuraba en la centralita.
— Buenos días, señora Diez, perdone la hora.
Soy el subinspector Cardeñosa, de la Comisaría Provincial de León.
Le llamo por la llamada que hizo usted al 091 el sábado de madrugada.
— Hombre, era hora. — Sí, señora. Disculpe.
¿Le importaría contarme qué oyó? — Pues mire, joven, lo conté.
— Cuéntemelo otra vez, si me hace el favor.
Cardeñosa lo apuntó todo. La señora Diez vivía en la calle de los Tejedores, una calle pequeña que daba al borde norte del polígono de Onzonilla.
Su balcón estaba enfrente de un descampado y, detrás, los aparcamientos de las naves.
Había oído, dijo, primero un coche entrando en el polígono.
Un coche solo. Frenazo seco, no de los de derrapar, frenazo de quien para con prisa pero con cuidado.
Después de unos minutos, no sabía cuántos, dos, tres, cuatro, había oído un grito de mujer corto, no de los desgarradores.
Un grito como de susto. Un grito y nada más.
Después un coche arrancando otra vez, no sabía si era el mismo, sí sabía que iba en dirección sur, hacia la N-630.
— ¿Vio el coche? — ¿Yo, joven? No salí al balcón. ¿Yo qué sé qué pasaba? Aquí en el polígono pasan cosas todas las noches. Yo doy parte, que para algo está el 091. Pero salir al balcón con setenta y tres años y la cadera mala no. — Ha hecho usted bien. — Pues claro que he hecho bien.
Cardeñosa le dio las gracias, le dejó el número de la comisaría, le preguntó si recordaba alguna cosa más sin presionar.
La señora Diez le dijo que pensaría sobre el ruido del coche.
Que el motor no le había sonado a coche moderno del todo, no a SUV, había sido un berlina mediana.
Cardeñosa le dio las gracias otra vez. Colgó.
Apuntó en el portafolios: Llamada 02:27. María del Carmen Diez, c/ Tejedores, Onzonilla. Coche entrando polígono, frenazo, grito de mujer corto, coche saliendo dirección sur. Berlina mediana, no SUV. Sin aviso correcto, mal atendida.
Subrayó "mal atendida". Eso era una cosa que iba a tener que mirar despacio el inspector jefe en algún momento. Pero hoy, no. Hoy era cuestión de pegarlo a la pizarra.
A las siete y treinta y cinco, llamó al conductor del Cabify, Jonatan Vázquez Gómez, treinta y un años, residente en Armunia.
Le pidió que se pasase por comisaría a las nueve, no a las once como estaba citado primero.
Vázquez aceptó sin reproches. Era de la gente que entiende que un domingo a las siete y media de la mañana en León una llamada de la policía a un domicilio de Armunia significa que algo ha pasado y conviene presentarse.
Cardeñosa repasó los tiempos de la noche.
Salida del Camarote 02:15. Plaza Mayor 02:20.
Reserva de Cabify 02:19. Cancelación 02:26.
Última señal del móvil 02:31, antena Onzonilla.
Llamada de la señora Diez al 091, 02:27.
Hora estimada de muerte por Bedoya, entre la una y las cinco, ajustaría a media tarde.
La ventana real, sin trabajar, era una franja de cincuenta minutos: de 02:20 a 03:10 más o menos.
Mucho más de lo que pareciera, pero también mucho menos de lo que necesita un caso para abrirse.
A las ocho menos diez, Aristegui empujó la puerta de la sala con la chaqueta puesta y el pelo todavía húmedo. Le pasó la cafetería del puente sin decir nada. Se sentó al lado de Cardeñosa.
— Café del puente. — Café del puente. — ¿Qué tienes?
Cardeñosa le pasó la hoja apaisada. Aristegui leyó por encima sin tocarla. Tres segundos. Volvió a leer la línea del 02:27.
— ¿La señora ha dicho mediana, no SUV? — Mediana, no SUV. — Berlina. — Berlina. — Ford Focus. — Encaja. — No es prueba. — No es prueba. — Pero encaja. — Encaja.
Aristegui no apuntó nada en la pizarra todavía.
Se quedó mirando la hoja apaisada. El humor seco, esa especie de teatro de frases cortas que ella y Cardeñosa habían perfeccionado a lo largo de seis años, era también una forma de pensar.
Cuando salía solo, era que el caso estaba haciendo encaje. Cuando se cortaba, era que algo no.
— Llama al cabo Vázquez. Quiero saber por qué la patrulla del puesto de Onzonilla pasó por el polígono a las dos y cincuenta y dos sin ver nada. — Llamo. — Y comprueba el cuadrante de la Comandancia. Con quién iba el guardia de turno y desde cuándo lleva en el puesto. — Hecho.
A las ocho y veinte, Quintanilla y Folgueras entraron juntos. Quintanilla con el portátil bajo el brazo. Folgueras con un cruasán de la cafetería del puente y una cara aún de sueño. La sala se llenó del olor a café. La pizarra siguió igual.
A las nueve menos cinco, Jonatan Vázquez Gómez se presentó en recepción.
Cardeñosa lo subió. Era un tipo delgado, treinta y un años, jersey azul marino, vaqueros, el chaleco de Cabify olvidado en el coche.
Hablaba con esa cadencia de los conductores que se han acostumbrado a contar historias largas a desconocidos.
Cardeñosa le hizo la entrevista en sala 3, breve.
Coartada cerrada por geolocalización. Confirmó que llegó a Plaza Mayor a las dos y veinticuatro, esperó a la chica, la chica no apareció, le saltó la cancelación a las dos y veintiséis, esperó otros cuarenta segundos por si era un fallo de la app, arrancó, cogió el siguiente servicio en San Marcelo a las dos y treinta y dos.
No había visto a la chica. No la habría reconocido porque no se le había acercado nadie.
Sí se acordaba, dijo, de un Ford Focus gris parado en la esquina de la calle Plegaria con la calle Cardiles, con un hombre dentro, motor encendido, luces apagadas.
Tres veces se cruzó con el Focus en su recorrido nocturno entre las dos y las tres, dijo.
La tercera, ya por la avenida de Ordoño II, se le había quitado de la mente.
Cardeñosa le pidió que firmara la declaración.
La firmó. Le dejó ir. A las nueve y veintidós, Vázquez Gómez quedó descartado y, al salir de la sala 3, le añadió a la pizarra un dato que la pizarra se había callado hasta entonces: alguien había estado parado en una esquina del Húmedo a la salida del Camarote, en un Ford Focus gris, con motor encendido, luces apagadas, esperando.
Aristegui, desde la puerta, leyó la frase nueva. Se quedó mirando dos segundos.
— ¿La esquina de la calle Plegaria con la calle Cardiles? — Sí. — ¿Cuántos metros del Camarote? — Cuarenta. — Joder. — Joder, sí.
A las nueve y media, Lara Suárez Calvo se sentó en sala 2 enfrente de Aristegui y Cardeñosa.
Cardeñosa tomaba notas, Aristegui preguntaba.
Cardeñosa miraba a Lara, a la chica de diecinueve años con los ojos rojos pero secos y la sudadera negra del Camino de Santiago de su pueblo, y pensaba en sus propios hijos pequeños, como pensaba siempre en sus hijos pequeños cuando entraba al despacho una chica de la edad de la víctima.
La asociación era automática y, hasta cierto punto, profesionalmente sana, porque le obligaba a tratar a las amigas como las habría tratado si estuviese tomando declaración a una hija propia.
Lara habló rápido al principio. Después se calmó.
Confirmó la salida con Naia y Marina al Camarote a las once y media, las copas, el Erasmus que se llevó a Lara a las dos y diez, la marcha con un sentimiento de culpa.
Naia estaba bien, dijo. Naia estaba bien.
Naia no tenía a nadie agobiándola esa noche.
Naia ni siquiera había mencionado a Aitor.
No, no había bailado con nadie. Sí, Damián el camarero le había ofrecido una copa invitada y Naia había dicho no con educación.
Damián no había insistido demasiado, dijo Lara.
Damián era pesado de fondo pero esa noche había sido normal.
Aristegui le preguntó por la cocina de los Quevedo.
Por la barbacoa de julio. Por Bruno Quevedo.
Cardeñosa apuntó la pregunta como sutil, no insistente, en línea con la premisa de la jefa de no quemar al padre del exnovio antes de tener motivos.
Lara la miró sin entender la pregunta. No, no estuvo en aquella barbacoa.
No, no había oído nada raro de la familia Quevedo.
Naia no se quejaba de ellos. Sí, alguna vez había mencionado al padre de Aitor como "el padre simpático" de un comentario suelto.
Una vez, un mes atrás, le había dicho a Lara, sin venir a cuento, que el padre de Aitor le caía menos bien que la madre.
Sin contexto. Lara no había preguntado. Ahora pensaba que tal vez tendría que haber preguntado.
Cardeñosa anotó eso entero. Subrayó "menos bien que la madre".
Le hizo un gesto pequeño a Aristegui sin que la chica lo viera.
Aristegui asintió. Le dio las gracias a Lara.
Le pidió a Lara que hiciera dos cosas. Que pensara con calma desde el verano hasta hoy si le había llegado por Naia algún comentario que ahora le sonara distinto.
Y que no contara a nadie lo que se le iba a contar oficialmente esa tarde, lo del cuerpo, hasta que le llegara por la familia. Lara aceptó las dos. Salió.
Marina Pérez Castaño entró a las diez y diez.
Cardeñosa la observó al sentarse. Era la más nerviosa de las dos.
Movía las manos al hablar. Aportó pocos datos nuevos.
Confirmó que Naia salió del Camarote sola a las dos y cuarto.
Confirmó que la cazadora vaquera era de Aitor.
Confirmó que Damián había sido pesado pero "lo de siempre".
Aportó un dato del verano: el seis de septiembre, en una reunión en casa de Naia, Naia le había dicho, mientras servía café, "los hombres mayores son lo peor".
Lo había dicho riéndose, sin desarrollarlo.
Marina se había reído también. Le había parecido un lugar común. Ahora ya no le parecía un lugar común.
Aristegui apuntó la frase. Cardeñosa también la apuntó, en su hoja apaisada, justo debajo de la columna del Ford Focus gris. Le dio las gracias a Marina. Salió.
A las once menos veinte, en el pasillo, Cardeñosa le dijo a Eider en voz baja:
— Esto se nos va a complicar. — Esto ya se nos ha complicado. — Sí.
Eider le devolvió el café del puente vacío.
Cardeñosa lo tiró a la papelera del rellano.
Volvió al despacho, se sentó al lado del ordenador, abrió la hoja apaisada en limpio.
La columna del Ford Focus gris ocupaba ya media hoja.
La columna de Aitor seguía corta. La columna de Damián seguía abierta.
La columna de la barbacoa de julio era una columna recién estrenada, sin mucho dentro, pero con fondo.
Cardeñosa, a sus treinta y ocho, había aprendido en seis años con Aristegui que las columnas que más miedo daban no eran las largas, sino las que empezaban a llenarse despacio una semana después de un cuerpo.
La columna de la barbacoa de julio le estaba dando ese miedo concreto.
Lo apuntó en su libreta personal, debajo de la hoja apaisada, en una letra más pequeña, casi como una nota a pie de página: "Apretar a Begoña Cembranos por la barbacoa". Subrayó dos veces. Cerró la libreta.
A las once y diez, alguien picó en la puerta del Grupo.
Era Aitor Quevedo. Cardeñosa se levantó.
Le hizo un gesto a Eider desde la puerta.
Eider salió al pasillo, le pidió que esperara cinco minutos en la sala 2 con un agente, fue a por un café del rellano, se lo bebió de un trago. Después entraron juntos a la sala 2.
Cardeñosa la siguió con la hoja apaisada bajo el brazo. Empezaba el primer interrogatorio del caso.