Cuneta IML San Mamés. Sábado, 2200.
11%

IML San Mamés. Sábado, 2200.

El edificio del Instituto de Medicina Legal de Castilla y León en León estaba en la avenida de San Mamés, esquina con una calle interior que no se podía recorrer en línea recta porque alguien había puesto una mediana en los noventa y se había olvidado de quitarla.

Eider tenía aparcado el Mégane en la zona reservada del IML desde hacía cinco minutos.

La doctora Bedoya esperaba en la sala de identificación, una habitación pequeña con una mampara y una camilla.

La camilla tenía sábana blanca, doblada con la pulcritud que tenían las cosas en el IML cuando llevaba diez años trabajando allí la misma celadora.

Eider había recogido a Begoña Cembranos en el portal de Cardenal Landázuri a las nueve y veinticinco.

Begoña había bajado abrigada con una rebeca verde oscuro y los mismos pantalones del día.

No se había cambiado de ropa. No había llorado en el coche.

Había mirado por la ventanilla los tres semáforos de la avenida San Mamés con la misma expresión con la que se mira una pared.

Bedoya salió del despacho. Llevaba el pelo gris recogido. Saludó a Begoña con una formalidad limpia, sin ternura impostada.

— Doña Begoña. Soy la doctora Bedoya. Voy a abrir la mampara y le voy a pedir que mire un momento. Solo la cara. Tiene que decirme si es ella o no es ella. Si necesita un segundo más, lo tiene. Si necesita salir, salimos. ¿De acuerdo? — De acuerdo. — Inspectora.

Eider asintió. Las tres entraron a la sala.

La mampara estaba bajada al cuello del cuerpo, lo que reducía la información a lo imprescindible.

Bedoya retiró la sábana de la cara con un gesto pequeño, exacto.

La cara de Naia Cembranos quedó visible con la limpieza con que el IML deja siempre las caras: las marcas de la cuneta limpiadas, el pelo peinado hacia atrás, el labio inferior con el agujero del piercing visible.

Begoña miró tres segundos exactos. No se acercó. No tocó. Apretó las manos contra el bolso. Después dijo, casi sin voz:

— Es ella. — ¿Está usted segura? — Es ella.

Bedoya volvió a colocar la sábana. La celadora le pasó un brazo discreto por los hombros a Begoña y la sacó al pasillo. Eider se quedó dos segundos en la sala, con Bedoya, mirando la sábana.

— Aristegui. — Sí. — La autopsia el lunes a las ocho y media. Si necesitas el preliminar mañana antes de la reunión del equipo, te llamo a la una de la tarde con lo que sé. — Llámame.

Salió. Begoña estaba sentada en el banco del pasillo con la celadora a un lado.

Ya estaba llorando, pero llorando muy poquito, sin ruido, con los hombros muy quietos.

Era una manera de llorar que Eider conocía.

La de las madres que han pasado seis horas conteniéndose para no fallarle a los demás antes de fallarle al cuerpo de su hija.

Eider se sentó al otro lado.

— Begoña. — Sí. — Voy a llevarla a casa. La vecina de la mañana, ¿está disponible esta noche? — Lupe. Sí. — ¿Puede dormir con usted? — Puedo llamarla. — La llamamos desde el coche. ¿Quiere que avisemos al padre? — Yo le llamo cuando esté en casa.

Asintió. Eider la ayudó a levantarse. Salieron. La lluvia había cogido cuerpo y caía ahora con esa tenacidad que en León se llama lluvia formal. El Mégane esperaba al lado del edificio. Begoña se sentó delante. Eider arrancó. La calefacción se puso suave.

En el coche, antes de salir del aparcamiento del IML, Eider miró a Begoña por encima del volante.

— Begoña. Mañana, en algún momento, tenemos que volver a hablar. Esta vez de algunas cosas que esta mañana no me dijo. — Vale. — ¿Vale? — Vale.

Begoña no preguntó cuáles. Eider no se lo concretó. Ya hablarían mañana.

A las once menos cinco la dejó en el portal de Cardenal Landázuri. Lupe, la vecina del segundo, bajaba la escalera con una bolsa pequeña de cosas para pasar la noche. Las dos mujeres se miraron en el portal sin decir nada. Lupe le pasó un brazo por la cintura. Subieron juntas.

Eider se quedó en el coche dos minutos. Encendió un Marlboro con la ventanilla bajada y se lo fumó hasta la mitad. Tiró la colilla por la rejilla. Subió a comisaría.

———

La sala de reuniones del Grupo de Homicidios y Desaparecidos era una sala pequeña con una mesa larga, ocho sillas, una pizarra blanca, dos corchos pegados a la pared y un mapa de León plastificado del año 2018.

Cardeñosa estaba ya en el extremo de la mesa con un portafolios abierto y dos vasos de plástico de café.

Quintanilla, la oficial cántabra, llegó cinco minutos después con el portátil bajo el brazo y la chaqueta vaquera mojada por la lluvia.

Folgueras entró el último, con un bocadillo de la gasolinera de la avenida Madrid y media disculpa.

— Folgueras. — Jefa. — Ese bocadillo. — Lo comparto. — No quiero la mitad de tu bocadillo. — Yo tampoco. — Siéntate.

Quintanilla abrió el portátil. Cardeñosa pasó al otro lado el primer folio.

Eider se quedó de pie, junto a la pizarra.

Cogió un rotulador rojo. Escribió arriba a la izquierda el nombre, NAIA CEMbrANOS VEGA, y debajo, en columna: 19 años.

Estudiante 1º Enfermería. Vegazana. Cardenal Landázuri.

Camarote. Plaza Mayor. Onzonilla. N-630 km 4. TCE. Maniobra postmortem.

Después, bajo otra línea, en azul: AITOR QUEVEDO ALLER. Mariano Andrés. INEF. Plan B. Hueco 20 min. Cazadora vaquera de Naia. Wasap 02:03 a Naia: avísame mañana cuando vengas a Mariano Andrés.

En verde, la siguiente línea: DAMIÁN OTAOLA LLAMAS. Camarote. Camarero. Copa invitada declinada. Mosqueado. Citado lunes mañana.

Más abajo: CABIFY 02:05 / Plaza Mayor. Conductor: Jonatan Vázquez Gómez. Citado domingo 09:00.

Eider se giró. Miró a su equipo.

— Empezamos.

Eider miró las dos columnas durante diez segundos sin decir nada. La pizarra hacía el trabajo que las cabezas todavía no podían hacer: ponía las cosas en filas y obligaba a buscarles vecinos. Miró al equipo.

— Antes de empezar. Lo que hemos sabido en las últimas dos horas.

La chica salió del Camarote a las dos y cuarto.

La cámara de Plaza Mayor la coge sola a las dos y veinte.

Pidió un Cabify que canceló a los dos minutos.

Su móvil sigue cogiendo señal hasta las dos y treinta y un minuto en la antena de Onzonilla.

A las cinco y veinte de esta tarde aparece muerta en una cuneta del kilómetro cuatro de la N-630.

Hay una maniobra postmortem evidente, así que entre la salida de Plaza Mayor y la cuneta hay un coche y un hombre. Eso es lo que tenemos. ¿Vamos? — Vamos.

Quintanilla habló primero.

— Móvil de Naia, IMEI, última señal a las dos y treinta y un minuto en la antena de Onzonilla.

La antena cubre una zona ancha, polígono y circunvalación.

Después, apagado. He pedido a la operadora un registro detallado del último kilómetro de la cobertura para mañana, el de guardia me dice que para la una de la tarde lo tengo.

Cuentas: Instagram, TikTok, dos veces Twitter pero apenas.

Le he leído los últimos catorce días. Nada llamativo.

Le he sacado la lista de contactos cruzados con los wasaps.

El último contacto del viernes noche, Aitor Quevedo, dos y tres minutos.

Ella no le respondió. El último contacto saliente de ella es de las dos y veinticuatro a su madre, una mariposa con una cara feliz y la palabra abrazo.

Mensaje normal, costumbre de viernes. La madre lo recibió mientras dormía.

— Cabify — dijo Eider. — El historial del Cabify.

La aplicación tiene la reserva de Naia hecha a las dos y diecinueve, recogida en plaza Mayor a las dos y veinticuatro, y cancelada a las dos y veintiséis por la propia usuaria.

Es decir, lo pidió y lo canceló dos minutos después.

— ¿Por qué lo canceló? — No lo sabemos. Lo canceló ella, eso es lo que dice el sistema.

Si fue ella la que lo canceló o si alguien le quitó el móvil de la mano y lo canceló, eso no lo sabe el sistema.

— ¿Y el conductor? — El conductor confirma.

Llegó a Plaza Mayor a las dos y veinticuatro, esperó dos minutos, le saltó la cancelación, cogió otro servicio en San Marcelo a las dos y treinta y dos.

La geolocalización del coche encaja. El coche es un Skoda Octavia blanco.

Nada en él. — ¿Y entre las dos y veintiséis y las dos y treinta y un minuto?

— Ahí no la tenemos. La cámara de Plaza Mayor la pilla a las dos y veinte sola, abrochándose la cazadora.

Después el reloj de Plaza Mayor pasa a otras tomas, no estaba cubierta de manera continua.

Eider asintió. La cancelación del Cabify a los dos minutos podía ser pijería, podía ser un cambio de planes (pongamos, una amiga que aparece, un compañero conocido que pasa por la calle), o podía ser, más prosaicamente, que alguien se le acercó y se ofreció a llevarla.

Las tres hipótesis convivían sin pelear de momento.

Iba a ser cosa de mañana decidir cuál descartar primero.

— Lara y Marina — dijo Eider. — Citadas a las diez de la mañana del domingo — contestó Cardeñosa-. Lara entra primera, sola. Marina después, sola. Las amigas, primero por separado, luego, si toca, juntas. La de costumbre. — Bien.

Folgueras tomó el relevo.

— Damián, el camarero. He estado en el Camarote esta tarde a las cinco.

Está de baja desde las cuatro, dice el dueño, le di el aviso a las cinco, está citado mañana a las once.

Tiene un historial de denuncia archivada de 2022, se la voy a leer entera esta noche.

La cámara del Camarote, que es una cámara de barra, lo tiene dentro hasta cierre, las cinco.

Coartada inicial parece sólida, pero el cierre incluye salida por la puerta trasera a fumar dos veces y una ida a por hielo a la cámara grande.

La cámara cubre la barra, no cubre los recorridos.

— ¿Móvil de Damián? — Pendiente. — Pendiente para mañana. — Pendiente para mañana.

Cardeñosa pasó el folio de la mesa.

— Aitor Quevedo. Lo he citado para las once.

Le he hablado yo, no le he dicho que tenemos cuerpo.

Le he dicho que tenemos preocupada a la familia y necesitamos confirmar coartadas.

Aitor estuvo en el Plan B desde las once de la noche hasta las tres y diez de la madrugada, dice.

Cuatro compañeros del equipo del Atlético Astorga.

He hablado con tres por teléfono en la última hora.

Confirman la presencia general. Hay un hueco de unos veinte minutos al filo de las dos y media: dicen que Aitor salió a fumar a la calle Mulhacín.

Volvió con una empanada caliente del horno de la esquina y se la repartieron.

La hora de la empanada coincide más o menos con un wasap saliente de Aitor a las dos y cuarenta y tres minutos, que dice "a por la cena".

— Hueco de veinte minutos al filo de las dos y media — dijo Eider. — Hueco. — ¿El padre?

Cardeñosa cogió otro folio.

— Padre: Bruno Quevedo Reguera. Cuarenta y nueve años. Comercial de seguros, oficina propia en avenida San Mamés. Casado con Maite Aller Carrasco, dentista, clínica en avenida Padre Isla. Vivienda familiar en Padre Isla. Coche del registro de la DGT a su nombre: Ford Focus gris, matrícula 7842JFK.

Eider se quedó dos segundos quieta delante de la pizarra. Folgueras dejó de masticar el bocadillo. Quintanilla se inclinó.

— ¿Ford Focus gris? — Ford Focus gris.

Eider giró sobre los talones, cogió el rotulador negro, y escribió en una esquina de la pizarra, debajo de todo, una línea que no quería todavía subrayar y que sin embargo había que dejar:

FORD FOCUS GRIS. ROTONDA ORDOÑO-INDEPENDENCIA. CÁMARA DGT. PEDIR.

Se giró otra vez. Miró a Quintanilla.

— Mañana, primera tarea. La rotonda de Ordoño-Independencia.

Salida del Húmedo. Quiero un volcado de las cámaras de tráfico desde la una y media hasta las tres y media.

Cada coche que pase. Especialmente los que pasen más de una vez.

— Anotado. — Folgueras, mañana cierras la coartada del camarero.

Hablamos con él tú y yo. Cardeñosa, mañana, conmigo, Aitor y las amigas.

Y quiero ver el piso compartido de Aitor en Mariano Andrés en algún momento del domingo, sin ser una entrada y registro, una visita social a la madre por si acaso.

— Hecho. — Y, Cardeñosa, otra cosa. — Diga.

— Apunta, sin investigar todavía: Bruno Quevedo.

Padre del exnovio. No es nada. Pero apúntalo.

Cardeñosa lo apuntó. Eider miró el reloj de pared. Las doce y veintidós.

— Vamos a casa cuatro horas. Aquí a las siete y media.

Salió al pasillo. Encendió el segundo Marlboro del día en la escalera de incendios. La lluvia se había parado. El patio interior estaba quieto. Le sonó el wasap de su hija Ane: "Mañana no subas, papá ya me dijo que estás liada". Eider miró la pantalla. No respondió.

Volvió a la sala. Cardeñosa estaba recogiendo los folios.

Quintanilla cerraba el portátil. Folgueras se había terminado el bocadillo.

La pizarra blanca, vista desde la puerta, parecía un mapa inacabado de ciudad mediana, con sus calles principales y sus rotondas mal pintadas.

Eider la miró un momento más antes de apagar la luz.

— Una cosa más, antes de irnos. — Diga. — Mañana, en la reunión de las ocho, traedme los nombres de todos los hombres adultos del entorno cercano de Naia.

Profesores, entrenadores antiguos, padres de amigas, jefe de la zapatería, vecinos del Crucero.

Todos. No me los descartéis vosotros. Yo los descarto. — Anotado. — Vamos.

Cerraron la sala. Bajaron juntos. En el rellano de la planta baja, Cardeñosa se quedó un momento al lado de Eider antes de salir al portal.

— Aristegui. — Sí. — ¿Estás bien? — Sí. — Mentirosa. — Mentirosa.

Cardeñosa asintió. No insistió. La sonrisa lateral le subió un milímetro. Salió al portal y se fue al aparcamiento. Eider se quedó en el portal mirando la calle Villa Benavente vacía. Era ya la una menos veinte.

Cogió el Mégane y subió hasta la calle Renueva. Aparcó en doble fila delante de su portal, no le iban a poner multa a esa hora un sábado. Subió al cuarto izquierda. Dejó el chubasquero en la entrada. Se metió en la ducha. El agua caliente cayó cuatro minutos sin pensar.

Se acostó a la una y veinte. Cerró los ojos.

Dejó que la cabeza fuera al ritmo que tenía que ir, sin obligarla.

La cara de Begoña Cembranos en la mampara.

La luna creciente en el dorso de la muñeca.

La cancelación del Cabify a los dos minutos.

La frase del cabo Vázquez, mujer joven, sin documentación.

El Ford Focus gris de la rotonda. La línea en la esquina inferior de la pizarra que ella misma había escrito sin querer creérsela todavía.

A la una y treinta y cinco se durmió.