N-630, kilómetro 4. Sábado, 1755.
El Renault Mégane gris plomo salió de León por la avenida de Madrid con los limpiaparabrisas a velocidad media.
Eider conducía. Cardeñosa iba en el asiento del copiloto con el portafolios sobre las rodillas y el móvil en la mano libre, repasando el correo entrante sin abrir la boca.
La radio del coche estaba apagada por costumbre cuando iban a un aviso.
Era una de esas cosas que se hacían sin decirse, como dejar el café sin terminar en la mesa cuando había que salir a un cuerpo.
Eider redujo en el kilómetro cuatro. El cabo Vázquez de la Guardia Civil había dado el punto exacto: dos kilómetros pasada la rotonda de salida del polígono, un acceso lateral con un puente pequeño, justo después del cartel azul de la incorporación de la Trobajo del Cerecedo.
La balización era visible desde lejos. Cinta amarilla y blanca en los dos extremos, dos vehículos del puesto de Onzonilla, un Land Rover de Tráfico de la propia Guardia Civil con las luces puestas, y un coche pequeño con el escudo del IML en el cristal trasero.
Carolina Quirós, técnico de Policía Científica, había llegado hace cuarenta minutos.
Eider aparcó en el arcén, dos coches detrás del Land Rover. Bajaron Cardeñosa y ella. La lluvia cayó floja sobre la chaqueta. El cabo Vázquez, alto, sesenta años cumplidos, tricornio mojado, se acercó a saludar.
Eider miró a Cardeñosa. Cardeñosa la miró un segundo y bajó los ojos al portafolios sin abrirlo.
— ¿Edad aparente? — La chica que ha venido del IML dice que entre dieciocho y veinticinco. Hay que esperar a la forense. — ¿Llamasteis a Bedoya? — A la doctora Bedoya. Sí. Viene en coche, no en bici, porque vienen con luminol y le pareció más práctico. Llega en quince.
Eider asintió. Le habían dicho que iba a llover toda la tarde.
Le habían dicho también que la doctora Bedoya, cuando dejaba la bicicleta en el aparcamiento del IML un sábado por la tarde, era porque algo se complicaba.
Las dos cosas, la lluvia y la bicicleta abandonada, le subieron la presión un grado.
Bajaron al terraplén de la cuneta por una senda mal hecha que había abierto el primer guardia que llegó.
Carolina Quirós levantó la cabeza al verlos.
Llevaba el EPI blanco completo, capucha, mascarilla, gafas.
La ITPO estaba ya montada con dos palos amarillos y una lona que protegía el lugar de la lluvia más fuerte.
Los flashes de su cámara dispararon dos veces más antes de que se acercara a saludar.
— Aristegui. — Carolina. — Está fresca. No lleva mucho. Si me apuras, doce horas, máximo dieciséis.
El cuerpo estaba a metro y medio del asfalto, en el borde de la cuneta, en posición lateral, mejilla derecha pegada al barro.
Vaqueros oscuros. Jersey gris de cuello cisne, fino.
Botines marrones. Pelo rubio teñido. Sin cazadora.
La cara, lo poco que se veía con la mejilla pegada, era joven.
La piel del pómulo izquierdo estaba ligeramente amoratada, pero no era una contusión grande.
Cardeñosa se quedó dos pasos atrás, como hacía siempre.
Le dejaba a Eider acercarse primero. Eider se acercó.
Se puso en cuclillas a treinta centímetros del cuerpo.
Carolina Quirós le pasó unos guantes y unas calzas.
Eider se las puso sin levantarse. Miró el ángulo de la cabeza.
Miró la posición del brazo izquierdo, doblado hacia delante.
Miró la mano. La mano izquierda de la chica tenía, en el dorso, justo encima del hueso del pulgar, un tatuaje pequeño y limpio.
Una luna creciente. Bien hecho. De estudio.
Eider se incorporó dos centímetros, lo justo para acercarse a la cara. La mejilla pegada al barro escondía la mitad. Lo que se veía: el labio inferior. Y, en el labio inferior, el agujero pequeño y cuidado de un piercing al que le habían quitado la pieza, o se le había caído.
Eider se incorporó del todo. Se quedó dos segundos quieta. Después miró a Cardeñosa.
— Es ella. — ¿Estás segura? — Tatuaje en muñeca izquierda. Luna creciente. Piercing labio inferior. Vaqueros, jersey gris, botines marrones. La madre la describió hace cinco horas. — Joder. — Joder, sí.
Cardeñosa se mojó los labios. Miró la cuneta, el terraplén, la lona, la lluvia. No dijo más. La frase de la madre, casi todas vuelven el lunes, le sonó a Eider en la cabeza con un eco distinto.
Carolina Quirós les devolvió a la realidad técnica con una frase corta.
— ¿Identificación familiar la haces tú o la lleváis al IML? — Yo voy a buscar a la madre. La traemos al IML esta noche, cuando Bedoya tenga el cuerpo allí. — Vale.
Eider miró un momento más al cuerpo. La luna creciente en la muñeca le quedó a contraluz.
Pensó en la cuadrícula de cosas que tenía que hacer en las dos horas siguientes y en el orden en que tenía que hacerlas.
La identificación de la madre antes que ninguna otra cosa.
La reunión nocturna del equipo. La llamada a Albadalejo.
La llamada a Alesanco que iba a hacer Cardeñosa, no ella, porque Alesanco la quería pero también la presionaba, y a esa hora no le convenía hablar con Alesanco.
La citación de las amigas. La citación del exnovio.
El cuestionario al camarero, que Folgueras ya tenía citado a las cuatro y al que ahora habría que reentrevistar con otra cabeza.
Era el plan en cinco minutos. El plan en seis días era otra cosa. — ¿Cuánto vais a tardar? — Una hora más, si no llueve más fuerte. Quiero hacer la fotografía del entorno y mover el cuerpo solo en presencia de la forense. La maniobra postmortem se ve a simple vista. Las livideces.
Eider miró el cuerpo otra vez, a distancia ahora.
Las livideces. La distribución de la sangre en la piel después de la muerte siempre cuenta una historia.
Si se quedaban donde no deberían, era porque alguien había cambiado el cuerpo de sitio.
Si se veía desde fuera de la lona, sin tocar nada, sin instrumental, era porque la maniobra había sido tosca.
— ¿Apresurada? — preguntó Eider. — Apresurada — dijo Carolina.
La doctora Aurora Bedoya bajó al terraplén a las seis y veinte.
Cuarenta y nueve años, alta, delgada, pelo gris corto, gafas de pasta cuadrada.
Llevaba el chubasquero del IML y unas botas de campo con las que parecía estar más cómoda que con las zapatillas de bicicleta.
Saludó a Eider con un asentimiento mínimo, a Cardeñosa con dos dedos, a Carolina Quirós con una palabra.
— ¿Está? — Está.
Bedoya se puso los guantes. Se acercó al cuerpo.
Hizo el examen externo durante cinco minutos exactos sin levantar la cabeza.
Comprobó pupilas con linterna, palpó la zona occipital y parietal con cuidado, levantó el jersey por el bajo lo justo para mirar las livideces de la zona lumbar, volvió a bajarlo, hizo dos fotos con su propio móvil para el archivo personal.
Se levantó. Se quitó los guantes. Le habló a Eider sin mirar a Cardeñosa, no por descortesía sino porque estaba en modo de informe.
— Tiempo de muerte aproximado, entre la una y las cinco de la madrugada del sábado.
Hago el ajuste fino con la temperatura rectal en una hora.
Causa probable: traumatismo craneoencefálico.
Tiene un hundimiento parietal derecho que se palpa.
El cuerpo no llegó aquí cayéndose desde la carretera.
Vino traído. Las livideces lo confirman, no cuadran con esta posición.
Habrá que ver si encontramos el lugar de la muerte.
Sin agresión sexual aparente, examen externo, falta autopsia interna mañana.
— Mañana. — Mañana lunes a las ocho y media.
Aquí, hoy, terminamos con el levantamiento. Carolina sigue.
Eider asintió. Carolina retomó.
— Voy a peinar la cuneta hasta el aparcamiento del polígono, ahí arriba.
Si la trajeron, la trajeron desde algún sitio cerca.
Lo más probable, los aparcamientos de las naves.
Hay un par de cámaras privadas que pediremos mañana por la mañana al juzgado de instrucción de guardia. — Pídelas. — Pídolas.
Eider se quitó los guantes. Subió por la senda al asfalto.
Cardeñosa la siguió. La lluvia fina les caía ahora con un matiz ligeramente más gordo, ya no orvallo, algo más cuerpo.
La luz del cielo había cambiado: el blanco blando de la mañana se había vuelto un gris de plomada.
Era la luz que en León llaman luz de seis y media.
En el coche, Cardeñosa cerró la puerta del copiloto y se quedó dos segundos mirando el salpicadero antes de hablar.
— ¿Quieres que llame yo a la madre? — No.
— Era por preguntar. — Tú vas a buscar a Quintanilla y Folgueras.
Que estén en comisaría a las nueve. Yo voy a casa de la madre, le digo lo que hay y la traigo al IML cuando Bedoya esté allí.
— ¿Llamas a Albadalejo? — Le llamo desde el coche.
— ¿Y a Alesanco? — A Alesanco le llamas tú cuando llegues a comisaría.
Que sepa que el caso ha entrado. — Vale.
— Y, Cardeñosa. — Sí. — El padre del exnovio.
— ¿Qué? — Apúntate el nombre del exnovio.
Aitor Quevedo. Padre de Aitor Quevedo, comprueba dirección y profesión, sin alarmar.
No es nada todavía, es contexto familiar.
Pero quiero saber a qué se dedica el padre. — Anotado.
Eider arrancó. Sacó el coche del arcén con cuidado, miró por el retrovisor a la lona blanca de la cuneta una vez. Solo una. Subió el carril hacia León sin mirar más.
Mientras conducía, le dictó a Cardeñosa una lista de lo que necesitaba para la noche.
Cámaras de las naves del polígono, revisión del paso por la rotonda de Onzonilla entre la una y media y las tres y media de la madrugada, contacto con la operadora del 091 por si hubo llamadas en la zona en esa horquilla horaria, citación a Aitor Quevedo para el domingo a las once en comisaría, citación a Lara Suárez y a Marina Pérez para el domingo a las diez.
Cardeñosa lo apuntaba en el portafolios.
La caligrafía de Cardeñosa era una de las pocas cosas legibles a más de dos metros que Eider conocía.
Cuando salieron a la altura de la rotonda de los Cubos, ya empezaba a anochecer.
La luz cambia rápido en León a mediados de octubre.
La gente que vuelve del centro a casa, después de haber comprado el periódico y los churros, llevaba paraguas plegados y mochilas pequeñas.
Una pareja con un cochecito esperaba en el semáforo.
Eider los miró un instante. Pensó en las cosas que ven los vecinos sin verlas y en las que no ven sin no verlas.
La señora del segundo de Begoña, por ejemplo, se habría enterado a estas alturas, por el portero o por el quiosquero, de que la chica del tercero no había vuelto.
Pero todavía no le habría llegado lo otro.
Lo otro le iba a llegar entre las nueve y las once.
Llamó a Albadalejo desde el manos libres. El inspector jefe estaba en su casa de Murcia capital, donde subía cada quince días, y tardó cuatro tonos en cogerlo.
— Paco. — Aristegui. — Tenemos cuerpo. — ¿Quién?
— Naia Cembranos. Diecinueve. Estudiante de Enfermería.
Madre denunció esta mañana. — Joder. — Cuneta de la N-630, kilómetro cuatro.
Maniobra postmortem. La trajeron. — ¿Vas tú con la madre?
— Voy yo. — ¿Equipo movilizado? — Cardeñosa, Quintanilla, Folgueras a las nueve en comisaría.
Reunión nocturna. — ¿Aviso a Alesanco? — Cardeñosa lo llama.
— Bien. Voy mañana en el primer AVE. Estoy a las once y cuarenta y cinco en León.
Tú llevas el sábado y el domingo de la mañana.
Aristegui, escucha. — Diga. — Hazlo bien.
Albadalejo colgó. Eider miró la rotonda de Onzonilla por el retrovisor. La luz de la lona blanca de la cuneta se había vuelto pequeña como una punta de cigarrillo. La rotonda se le quedó atrás. La carretera se hizo recta hasta León.
Le entró un mensaje de Quintanilla, escueto, mientras conducía.
La oficial Saray Quintanilla Ribera, cántabra, le había mandado desde su casa una captura de pantalla del último wasap entrante de Naia, sacado del registro del operador con la autorización firmada por Begoña esa mañana.
La hora del wasap, dos y tres minutos. Remitente: Aitor Quevedo. Texto del exnovio:
— Avísame mañana cuando vengas a Mariano Andrés. Despierto.
Eider miró la captura un segundo en el semáforo de la avenida de Madrid antes de la rotonda de los Cubos.
Aitor Quevedo despierto a las dos y tres minutos.
La distancia entre Mariano Andrés y la salida de Plaza Mayor caminando, doce o trece minutos.
La distancia en coche, cinco si pillas semáforo en verde.
Lo apuntó mentalmente sin sacar conclusiones todavía.
El exnovio de tres semanas con conversación pendiente sobre una cazadora era el primer hilo automático en cualquier comisaría del mundo.
Pero la pregunta interesante no era esa.
La pregunta interesante era por qué la madre, esa mañana, se había puesto a mirar el caballo zaino de la pared cuando Eider le había preguntado por conflictos del último año.
Esa pregunta no se respondía en una cuneta.
Se respondía en el sofá de un piso de Cardenal Landázuri, esta noche, después de identificar el cuerpo en el IML.
A las siete y diez aparcó en doble fila en la calle Cardenal Landázuri y subió las escaleras del tercero a pie.
No usó el ascensor porque el ascensor llevaba dos meses estropeado, según el atestado de la mañana.
Llamó al timbre con dos toques, los dos firmes, los que ella usaba cuando lo que iba a decir era de las cosas que se dicen una vez.
Begoña Cembranos abrió en zapatillas, con el móvil en la mano, todavía con el abrigo gris colgando del brazo izquierdo como si la entrada en casa de las once de la mañana se hubiera quedado a medias.
— Inspectora. — Begoña.
Eider la miró. Begoña la miró. La cara de Begoña le dijo que ya lo sabía antes de que Eider abriera la boca. Pero las cosas, en este oficio, se dicen.
— ¿Puedo pasar? — Pase.
Eider entró. Cerró la puerta detrás de ella.