León. Comisaría Provincial. Sábado, 0940.
La inspectora Eider Aristegui apretó la última cremallera del chubasquero antes de salir del coche.
Dejó el Renault Mégane en la fila de aparcamiento reservado de la calle Villa Benavente, debajo del cartel que decía Policía Nacional con la pintura rascada por la lluvia y los inviernos.
Llevaba el pelo todavía húmedo de la ducha de las ocho y diez.
Ya había fumado el primer cigarro del día, sentada en la escalera de incendios de su casa de la calle Renueva, mirando el patio interior con sus tendederos vacíos un sábado por la mañana.
Cruzó el portal. La agente del control de entrada, una chica nueva que llevaba dos meses en León y a la que todavía no se había aprendido el apellido, le hizo un saludo seco con la cabeza. Eider devolvió el saludo igual de seco. No por antipatía. Era el código de los sábados por la mañana.
En la planta baja había dos personas en los bancos de la sala de espera. Una pareja mayor con un parte de robo, por las palabras sueltas que oyó al pasar. Y, en el banco contra la pared del fondo, una mujer sola, mediana edad, abrigo gris, mirándose las manos.
Eider se paró un instante. Miró a la chica de la centralita.
— Esa señora. — Lleva desde las nueve. Quiere poner una denuncia por su hija. Le dije que esperara. — ¿Cuántos años? — La hija, diecinueve. — ¿Cuánto tiempo desde que no aparece? — Anoche.
Eider miró el reloj de pared. Las nueve y cuarenta y dos.
— Que suba. — ¿A su despacho? — Sí.
Subió las escaleras del edificio sin esperar el ascensor.
La Comisaría Provincial de León tiene los rellanos pintados de un beige cansado del que no se acuerda nadie y los suelos de gres marrón de los años noventa.
Eider pisaba esos rellanos desde 2018, fecha del traslado voluntario tras la separación de Iñigo Lasa.
Llevaba siete años aprendiendo de memoria el ritmo de los pasos del subinspector Cardeñosa por estas escaleras, el de los oficiales nuevos de cada promoción, el suyo propio cuando salía de un interrogatorio.
Sabía qué baldosa de la planta segunda crujía y por qué el comisario Alesanco, que tenía el despacho debajo, se quejaba el primer lunes de cada mes.
Su despacho estaba al final del pasillo.
Una mesa, dos sillas para visita, archivador metálico con dos cajones que cerraban mal, ordenador de cinco años, un cuadro pequeño de un caballo zaino que le regaló su hija Ane a los doce años, antes de la separación.
La ventana daba al patio interior. Eider abrió la persiana.
La luz del sábado de octubre era esa luz blanda que parece que va a haber sol y nunca acaba de haber.
Se quitó el chubasquero. Lo colgó. Encendió el ordenador.
Subió a la máquina de café del rellano y se sirvió uno solo, sin azúcar, en un vaso de plástico.
Cuando volvió, Begoña Cembranos ya estaba sentada en la silla de visita, con el abrigo gris encima del regazo, las manos cruzadas sobre el bolso negro.
— Inspectora Aristegui. Buenos días. — Buenos días.
Le tendió la mano. Begoña Cembranos se la dio.
Mano fría, agarre flojo, no por debilidad sino por agotamiento.
Eider rodeó la mesa, se sentó en su sillón.
Sacó del cajón una hoja del modelo S de denuncia, el bolígrafo de la marca de propaganda de un seguro de defensa jurídica, y abrió el ordenador en la plantilla del atestado.
La ergonomía del trabajo policial moderno.
El bolígrafo y la pantalla, los dos a la vez.
— ¿Cómo se llama? — Begoña Cembranos Robles. — DNI, por favor.
Begoña sacó el carné de identidad de la cartera. Eider lo cogió, lo tecleó. Escribió. Levantó la mirada por encima de las gafas de pasta delgada.
— Cuéntemelo en orden.
Begoña respiró. Miró el bolso, no a Eider.
— Mi hija se llama Naia Cembranos Vega. Tiene diecinueve años.
Anoche salió con sus amigas al Húmedo, como hace cada quince días.
Yo me dormí a la una y media leyendo. Esta mañana, cuando me he despertado, a las ocho menos diez, he ido a su cuarto.
La cama estaba hecha. La cama no la deshizo nadie esta noche.
— ¿La ha llamado? — Llevo tres horas llamando.
Tiene el móvil apagado. — ¿Lo había hecho otras veces?
— ¿El qué? ¿No volver? — No volver, sí. — No.
— ¿Nunca? — Una vez se quedó a dormir en casa de Lara, su mejor amiga.
Pero me avisó. — ¿Ha llamado a Lara? — A Lara y a Marina, las dos amigas con las que salía.
Lara se fue del bar a las dos y diez con un Erasmus y dejó a Naia sola con Marina.
Marina dice que vio a Naia salir del Camarote a las dos y cuarto y que ella se quedó dentro.
Que Naia le dijo que cogía un Cabify para casa.
Eider tomaba nota a mano y a la vez en el ordenador. Le había salido sola la doble redundancia desde el caso del furgón de Trobajo de 2021. Si el sistema fallaba, el cuaderno aguantaba. Si el cuaderno se le perdía, el sistema no.
— ¿Lara y Marina están en León? — Sí. — ¿Tiene los números?
Begoña se los dictó. Eider los apuntó. Levantó otra vez la mirada.
— ¿Conoce el número de teléfono de su hija de memoria? — Sí.
Begoña lo dictó. Eider lo metió en el sistema.
Dio una orden interna a Saray Quintanilla, que estaba de guardia ese sábado, para que iniciara la traza del IMEI a la primera ocasión disponible.
Ya pediría la judicial después. La traza con la operadora se podía pedir antes en una desaparición de menor; con una mayor de edad había que andarse con más cuidado.
Pero a las cuarenta y ocho horas todo se relajaba.
Cuarenta y ocho horas que Eider no quería esperar.
— Begoña, le voy a pedir cosas. Necesito una foto reciente, una descripción de qué llevaba puesto anoche, todos los sitios donde podría estar, los nombres de los chicos con los que haya estado en los últimos meses, la matrícula y el modelo de coche del padre si vienen las dos a León a verlo, y necesito que me firme una autorización para revisar su cuenta de Google. ¿Vale? — Vale. — ¿Foto?
Begoña sacó el móvil. Buscó en la galería.
Le tendió el teléfono a Eider. La pantalla mostraba una foto del verano.
Naia Cembranos en una terraza, camiseta blanca, sonriendo, una cerveza en la mano, el piercing del labio inferior brillando un poco, el tatuaje pequeño de la luna creciente asomando en la muñeca izquierda donde la pulsera del reloj se le había bajado.
Una chica guapa, normal, sin nada particular.
— ¿Qué llevaba puesto anoche? — dijo Eider, devolviéndole el móvil.
— Vaqueros oscuros. Jersey gris de cuello cisne, fino, de Zara, comprado en febrero.
Botines marrones. Y la cazadora vaquera de su exnovio, que llevaba tres semanas en el respaldo de la silla y que se la puso porque hacía frío.
— ¿El exnovio? — Aitor Quevedo. Veintidós.
Estudia INEF aquí en León. Vive en un piso de Mariano Andrés.
— ¿Cuánto llevan separados? — Tres semanas.
La dejó él. Dijo que no se aclaraba con la carrera y que quería estar tranquilo.
— ¿Buena relación tras la ruptura? — Tirante.
Le había escrito el jueves para devolverle la cazadora.
Habían quedado en que se la dejaba en el portal del piso de él el sábado por la mañana.
Eider lo apuntó. La cazadora vaquera del exnovio entraba en la primera ronda de hipótesis con su peso justo. No era todavía una pista, pero era un dato.
— ¿Algún problema reciente con alguien? ¿Conflictos en la facultad? ¿Alguien que la hubiera estado molestando? ¿Mensajes raros, por redes, por wasap?
Begoña miró el bolso. Se lo cambió de regazo. Tres segundos. Eider los contó, como contaba siempre.
— No — dijo Begoña. — ¿Está segura? — Sí. — ¿Y nada antes? ¿En verano? ¿En el último año?
Begoña miró por encima del hombro de Eider, hacia el cuadro del caballo zaino de la pared.
— Nada importante.
Eider lo apuntó tal cual. Nada importante. Subrayó la palabra importante. Levantó otra vez la vista.
— Begoña. Le voy a explicar cómo va esto.
Si su hija aparece esta tarde con resaca y una vergüenza enorme por no haber avisado, mañana usted y yo nos reímos.
Si no aparece esta tarde, esta noche el equipo entero está en este pasillo.
¿Me entiende? — Sí. — Mientras tanto, me firma la autorización, me deja la foto, y me pasa los teléfonos de Lara, Marina y Aitor.
Y se va a casa, no a esperarla, sino a estar disponible al teléfono. ¿Me entiende? — Sí. — Bien.
Begoña firmó. Eider escaneó el carné, archivó la denuncia con un número provisional, le dio una copia, le acompañó hasta la puerta del despacho. En el pasillo, antes de bajar, Begoña se giró una vez.
— Inspectora. — Sí. — ¿Cuántas veces no aparecen? — ¿Quiénes? — Las chicas de diecinueve. — Casi todas vuelven el lunes. — Ah. — Casi todas, Begoña.
Begoña asintió. Bajó por las escaleras sin esperar el ascensor. Eider se quedó en el rellano un segundo. La frase, casi todas, le sonó en la cabeza con el eco que le sonaba siempre que la decía. Llevaba veintiún años en el cuerpo. Las que no volvían el lunes la habían educado.
Volvió al despacho. Cerró la puerta. Marcó el teléfono interno de Cardeñosa.
— ¿Tú estás de cuadrante hoy? — Tengo media mañana.
¿Qué tienes? — Una desaparición de diecinueve, salió anoche del Camarote, no ha vuelto a casa.
Madre acaba de denunciar. — ¿Y la madre cómo va?
— Aguantando. Pero hay un hilo del que no quiere tirar todavía.
— ¿Cuál? — No lo sé. — Vale. — Sube cuando puedas y pedimos cámaras a Plaza Mayor y al Camarote, que los trabajen Quintanilla y Folgueras desde el lunes, pero hoy cogemos lo que podamos.
Y cita a las amigas para esta tarde. — Voy.
Cardeñosa apareció en el despacho diez minutos después con dos cafés de máquina, uno de los cuales puso sobre la mesa de Eider sin preguntar.
Subinspector Rubén Cardeñosa Tejerina, leonés de Trobajo del Camino, treinta y ocho, calvicie incipiente que él aceptaba con la dignidad de quien la asume desde los treinta y dos.
Llevaba la chaqueta puesta y la corbata ya floja, el sábado se vestía igual que el martes.
Tenía dos hijos en el colegio del Crucero, una mujer enfermera, un perro mestizo recogido de la perrera de Trobajo en 2020.
Aristegui sabía de él más cosas en siete años que de su exmarido en quince.
— Tu cara — dijo Cardeñosa. — Mi cara qué. — Tu cara de no me convence. — No me convence. — ¿Qué no te convence? — La madre. Sabe algo que no me ha dicho. — ¿Algo de qué? — Algo del verano. Le he preguntado por conflictos del último año y se ha puesto a mirar el caballo.
Cardeñosa miró el cuadro del caballo zaino. Sonrió de medio lado.
— A mí también me da por mirar el caballo a veces. — Tú tienes excusa. — ¿Cuál? — Que el caballo está mejor pintado de lo que ningún niño de doce años pinta un caballo. — Cierto.
Eider no sonrió pero algo se le aflojó en la mandíbula. El humor seco con Cardeñosa era una de las dos o tres cosas que la mantenían útil en los sábados de despacho.
A las once y veinte, Quintanilla mandó por correo interno la confirmación de que el móvil de Naia Cembranos había emitido su última señal a las dos y treinta y un minutos del sábado, en la zona de cobertura de la antena de Onzonilla, a la altura del polígono industrial.
Después, apagado o sin cobertura. Eider leyó el correo.
Lo reenvió a Cardeñosa. Le añadió tres palabras: "Mira a Onzonilla".
Cardeñosa contestó al minuto, también desde el correo interno.
— Antena ancha, jefa. La señal podría estar en el polígono o en la circunvalación. No te quedes con que entró en el polígono.
Eider asintió a la pantalla como si Cardeñosa estuviera enfrente.
La advertencia era buena. El polígono industrial de Onzonilla compartía antena con la salida sur de la autovía, con el campo, con la rotonda, con los descampados.
Una señal a las dos y treinta y un minuto en esa antena podía significar muchas cosas.
Pero todas las cosas que podía significar eran lejos del Crucero, lejos de Cardenal Landázuri, lejos del barrio de Naia.
A las doce menos cuarto, Folgueras llamó desde la zona del Húmedo para confirmar que el camarero del Camarote, un tal Damián Otaola, estaba citado para las cuatro de la tarde en comisaría.
Folgueras le dijo, además, con su acento maragato sin domesticar del todo, que el chaval de la barra, un compañero del tal Damián, le había soltado a la primera de cambio que Damián le había ofrecido a la chica una copa invitada y la chica había declinado y Damián se había mosqueado un poco.
Eider apuntó la palabra mosqueado y la subrayó dos veces.
— Folgueras. — Diga, jefa. — Que no se te vaya el camarero. — No se me va. — Bien.
A las doce y diez, Eider salió a la escalera de incendios.
Encendió un Marlboro. La lluvia fina volvía después de una pausa de media mañana.
El patio interior tenía dos coches patrulla aparcados y el contenedor amarillo del reciclaje mal cerrado.
Eider fumó despacio. Pensó en la frase de la madre. Nada importante.
A las doce y dieciocho, todavía con el cigarro en la mano, le sonó el móvil de servicio. Pantalla: Comandancia de la Guardia Civil de León, puesto de Onzonilla.
Apagó el cigarro contra la barandilla. Cogió la llamada.
— Aristegui. — Inspectora, le habla el cabo Vázquez del puesto de Onzonilla. — Dígame. — Tenemos un cuerpo en la cuneta del kilómetro cuatro de la N-630 sentido sur. Dos kilómetros pasada la rotonda. Mujer joven. Sin documentación.
Eider se quedó muy quieta tres segundos. Miró el patio interior. Miró el coche patrulla. Miró el contenedor amarillo. La lluvia fina cayendo encima del contenedor amarillo.
— ¿Qué hora son ahí? — Las diecisiete y veinte.
Eider miró el reloj. Las cinco y veinte. El cigarro se le había hecho largo, el café se le había enfriado, las cinco horas se le habían ido sin avisar.
— Voy. — La esperamos.
Colgó. Bajó las escaleras de dos en dos. En la planta segunda golpeó la puerta de Cardeñosa con dos nudillos.
— Coge el coche. N-630, kilómetro cuatro. — ¿Qué pasa? — Lo que pasa.
Cardeñosa se levantó sin preguntar más. Cogió la chaqueta. Eider ya estaba en el rellano de la escalera.