Cuneta
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Vegazana. Jueves, 1940.
Naia sale del aula de prácticas con la bata todavía puesta, la mochila colgando del hombro derecho y el cuerpo entero pidiendo una ducha.
Huele a desinfectante hospitalario, a jabón quirúrgico, al sudor encerrado de tres horas con el maniquí del señor Ramírez, que es como llaman en clase al simulador de paciente porque nadie sabe ya quién le puso ese nombre.
La profesora les ha hecho repetir cuatro veces el sondaje vesical antes de dar la práctica por buena.
Naia tiene los nudillos rojos del guante apretado y un cabreo sordo que ya empieza a remitir.
El pasillo está medio vacío. Algunas compañeras de tercero salen del aula contigua hablando de un examen oral. Lara la espera apoyada en la barandilla que da al patio interior, con su parka de plumas color burdeos y los auriculares puestos. Cuando ve a Naia, se quita el de la oreja derecha.
— Pensaba que te dejaba para mañana. — Cuatro intentos, tía. Cuatro. Y la última vez por una tontería del enchufe. — Joder. — Joder, sí.
Bajan juntas por la escalera al hall de Enfermería.
Por las cristaleras se ve el campus de Vegazana mojado por una lluvia fina que lleva cayendo desde mediodía y que no termina de irse.
Los plátanos del aparcamiento ya están perdiendo la hoja.
Naia se quita la bata en el rellano, la dobla mal y la mete en la mochila.
Debajo lleva una camiseta lisa gris y los vaqueros de siempre.
— ¿Tienes la libreta? — pregunta Lara. — En casa. ¿Para qué? — Para que apuntes que el sondaje del señor Ramírez es una mierda y que cuando lo hagamos en hospital de verdad va a ser otra cosa. — Apuntado mentalmente.
Lara se ríe sin abrir la boca. Es una risa que Naia conoce desde el instituto, una especie de nasalidad tibia que no asusta a nadie.
Lleva años aprendiéndola en clase, en los entierros de las abuelas de las amigas, en las urgencias del Hospital de León cuando hicieron las prácticas iniciales.
Lara va a ser buena enfermera, cosa que se ve a la legua.
Marina, que está en otro grupo, va a ser otra cosa, todavía no se sabe qué.
Naia, ella sabe que va a ser buena en lo suyo si aguanta el primer curso sin que se le caiga el ánimo encima.
Cruzan el aparcamiento hacia la parada del bus. Naia se sube la capucha porque la lluvia, aunque sea fina, va calando. En la parada hay tres chicas más, una con un café para llevar de la cafetería de la facultad. Naia mira la pantalla. Ocho minutos.
Saca el móvil del bolsillo. Lo enciende. Tiene tres notificaciones. Una de su madre preguntando si llega a cenar. Una del grupo de la cuadrilla del instituto, un meme que ya ha visto. Y otra, la que estaba esperando sin querer estar esperando. Aitor.
"Eyy. Que igual paso esta semana a por la cazadora si quieres. Avisame".
Naia mira la pantalla un segundo más de la cuenta. La cazadora vaquera de Aitor lleva en el respaldo de la silla de su cuarto desde el día de la ruptura. La devolución está pendiente desde hace tres semanas. Las dos primeras le dolió que él no escribiera. La tercera ha empezado a doler que escriba.
— ¿Qué te ríes? — dice Lara. — No me río. — Pones cara rara. — Es Aitor. — Ay, no. — Que me dice de pasarse a por la cazadora. — ¿Y? — Y nada.
Lara la mira. Lara tiene una facilidad incómoda para leerle los gestos.
— Naia. — Qué. — Le devuelves la cazadora y se acaba. — Ya. — Pero ya, ya. No el viernes que viene. Mañana. — Vale.
No le dice "mañana no, que mañana salimos".
Lara ya lo sabe. El viernes salen al Húmedo, las tres, como cada quince días.
Lo tienen apuntado en el grupo de wasap con un emoji de copa desde hace una semana.
Naia guarda el móvil sin contestar. Le contestará luego, cuando esté en casa y haya cenado y haya tenido tiempo de decidir qué tono.
El tono importa. Si suena demasiado seco, Aitor se ofende.
Si suena demasiado blando, Aitor se cree con derecho a intentarlo.
Y Naia ya ha decidido en silencio, pero con una decisión que todavía no ha dicho en voz alta, que no quiere intentarlo otra vez.
El bus llega con un retraso razonable. Lara se baja en una parada antes, en la avenida Padre Isla.
Naia continúa hasta el Crucero. Cuando se baja del bus, la lluvia se ha transformado en un orvallo medio sólido que ya no moja, que envuelve.
La calle Cardenal Landázuri huele a la panadería de la esquina, que cierra a las ocho y todavía está soltando aire caliente por la rejilla del horno.
Naia sube al tercero por las escaleras. El ascensor lleva dos meses estropeado.
El descansillo del tercero huele a cera de muebles porque la vecina del cuarto, que sube las escaleras los jueves a las siete, deja siempre el rastro detrás. Naia mete la llave. La cerradura cuesta un poco de los meses fríos. Empuja con el hombro.
Su madre ha puesto la mesa para dos. La tele de la cocina con el telediario regional sin volumen. En el plato hay merluza al horno con patatas, lo que su madre llama cena correcta. En la cocina huele a aceite de oliva y a perejil.
— ¿Mucha clase? — Tres horas de práctica. La profesora estaba en plan. — ¿En plan? — En plan que no daba ni una por buena. — Bueno.
Su madre sirve los dos vasos de agua. Begoña tiene cuarenta y siete años, aunque la gente le echa cinco menos cuando sonríe y cinco más cuando no.
Lleva el pelo recogido con un coletero blando, el del Mercadona.
Trabaja en el Ayuntamiento, en la oficina de licencias, y en casa siempre lleva un jersey gris de algodón que pareció caro hace tres inviernos y ya no lo parece. Naia se sienta enfrente.
— ¿Mañana sales? — Sí. — ¿Con Lara y Marina? — Sí. — ¿Húmedo? — Húmedo. — ¿Hasta qué hora? — Tarde. — Define tarde, hija. — Tarde, mamá.
Begoña no sonríe pero tampoco se enfada. La conversación es una especie de coreografía que han hecho ya muchos viernes y que se ejecuta sin demasiado conflicto. Naia tiene diecinueve años recién cumplidos. Begoña sabe que no le va a quitar el viernes.
Comen en silencio durante un par de minutos, con la merluza haciendo el ruido tonto que hace la merluza al cortarse.
Naia mira a su madre de reojo. Begoña tiene la cara cansada que se le pone los jueves, cuando las licencias del Ayuntamiento se acumulan para el cierre de la semana.
Tiene también, debajo, otra cara, una que apareció a finales de agosto y que no se ha ido del todo. Naia la conoce.
— Mamá. — Qué. — Nada. — ¿Nada? — Que estás cansada. — Estoy cansada. — Vale.
Begoña deja el tenedor. Mira el plato, no a su hija.
— ¿Sabes algo de Aitor? — Me ha escrito hoy. De la cazadora. — Ya. — Vale.
Esa palabra, vale, lleva tres semanas haciendo el trabajo que no quieren hacer las palabras largas.
Begoña asiente con la cabeza, retoma la merluza.
No insiste. La conversación de finales de agosto fue una vez y no fue del todo.
Naia le contó por encima, sentada en este mismo sofá, que en la barbacoa familiar de los Quevedo de julio, en la parcela de Onzonilla, se había quedado un rato sola en la cocina con un amigo de la familia y el amigo de la familia se había puesto pesado.
Pesado. La palabra que usó. No dio nombre, no dio detalles, y le pidió a su madre que no preguntara más, y Begoña, después de quince segundos largos, no preguntó más.
Esa noche se durmieron las dos sin contarse el final.
Desde entonces, una vez a la semana, Begoña hace una tentativa. Una preguntita lateral. Naia esquiva. Las dos saben qué hace la otra y las dos siguen haciéndolo.
— ¿Postre? — dice Begoña. — No, gracias. — Hay yogur. — No.
Naia recoge su plato y el de su madre. Lo mete en el lavavajillas. Su madre lo limpia mejor por la noche, pero es un rito que hacen así. Mientras carga las copas, Begoña la mira desde la silla. Naia siente la mirada en la espalda. No se gira.
Begoña se levanta. Coge su taza de manzanilla y la lleva al fregadero.
Se queda detrás de Naia un momento, sin tocarla, sin decir nada.
Naia oye el suspiro corto y reconoce el tipo.
Es el suspiro de cuando su madre quiere decir algo y se lo guarda.
Hace tres semanas que se le escapan así dos o tres a la semana.
— Mañana no llegues muy tarde. — Mamá. — Vale.
Naia se va al cuarto.
El cuarto huele a colonia barata y a la goma del flexo.
La cama está sin hacer del todo, con la colcha echada por encima de cualquier manera.
La cazadora vaquera de Aitor está doblada en el respaldo de la silla, encima de un libro de anatomía.
Naia la mira tres segundos. La cazadora le huele a él todavía, a esa colonia de extremo derecho del Atlético Astorga que se compraba en El Corte Inglés para impresionar a los del piso compartido. Le hizo gracia un tiempo.
Cierra la puerta. Saca el móvil. Le contesta a Aitor. Tarda doce minutos en escribir tres líneas.
"Hola. Mañana salgo con las chicas, no estoy. El sábado por la mañana te paso por Mariano Andrés y te la dejo en el portal si me dices a qué hora. Cuídate".
Lo lee. Borra "cuídate". Lo deja sin despedida. Manda.
Aitor le contesta en cuarenta segundos con un emoji de pulgar y un "vale, gracias". A Naia le sienta mal el emoji de pulgar y le sienta peor que se sienta mal. Bloquea la pantalla.
Se ducha. Se pone el pijama de algodón gris. Vuelve al cuarto con el pelo todavía húmedo recogido en una toalla pequeña. En el espejo del armario se ha visto un segundo la cara cansada que tiene los jueves, igualita que su madre. Le ha hecho gracia y le ha hecho rabia a la vez.
Se mete en la cama. Pone el portátil sobre la colcha y abre Spotify.
El podcast de true crime que escucha desde hace tres meses tiene episodio nuevo, miércoles.
Se le ha pasado un día. Le da al play. El narrador, con esa voz suave que pone como si estuviera contando un cuento de miedo a un sobrino, empieza a hablar de una desaparición en Asturias en 2011. Naia se acomoda en la almohada.
A los doce minutos pausa el episodio. Saca el cajón de la mesilla.
Saca la libreta Moleskine roja, la libreta donde apunta cosas desde sexto de Primaria, donde ha cambiado de letra cuatro veces y de tinta dos.
La abre por la última página escrita. La fecha es del lunes pasado y la entrada es corta: "Examen de Anatomía bien.
Lara dice que va a dejar a Marcos definitivamente.
Marina con su crisis de siempre. Aitor no escribe".
Pasa la página. Coge el bolígrafo del cajón. Apunta la fecha: jueves 9 octubre. Escribe.
"Aitor ha escrito hoy. La cazadora. Le he dicho que el sábado. Salimos mañana al Húmedo. Estoy bien".
Se para. Mira la frase final. La tacha con dos rayas y reescribe, debajo, más despacio.
"Estoy bien casi todo el rato. Hay una cosa que no he dicho que sigue ahí. Lo de B. en la cocina, en la barbacoa. No le he dicho nada a A. todavía. No quiero estropearle nada con su padre. Pero algún día sí. Algún día se lo voy a contar. No ahora. Pero algún día sí".
Le da la vuelta al boli con el pulgar. Lee otra vez la frase.
La de algún día sí. Piensa, sin ponerlo por escrito, que algún día va a ser cuando Aitor ya no le importe lo suficiente como para protegerlo.
Piensa también, y esto le da un punto extraño en el estómago, que ese día puede llegar antes de lo que ella piensa, porque en realidad ya no le importa tanto.
La cazadora le ha vuelto a oler a aquel piso de Mariano Andrés, a las sudaderas del Atlético Astorga, a la colonia barata, y le ha dado más asco que pena. Una semana atrás le habría dado pena.
No escribe nada de eso. Hay cosas que aún no pueden ir a la libreta porque ponerlas por escrito las hace ciertas, y todavía no quiere que sean del todo ciertas.
Cierra el bolígrafo. Cierra la libreta. La devuelve al cajón debajo de la caja de los pendientes, donde siempre. Cierra el cajón.
Reanuda el podcast. La voz del narrador habla de cómo, en las primeras setenta y dos horas de una desaparición, se decide casi todo.
De cómo la gente que después busca un cuerpo en una cuneta el tercer día casi siempre llega tarde.
De cómo, dice, las víctimas suelen conocer a quien las hace daño.
Naia escucha medio dormida. Piensa, sin ningún temblor, que esa frase sobre conocer al que hace daño es vieja como el mundo y la dicen en todos los podcasts.
Piensa que mañana tiene que devolver la cazadora el sábado, no antes, porque si la devuelve antes Aitor se va a creer que ha cambiado de idea, y no ha cambiado de idea.
Antes del minuto veinticinco se queda dormida con el portátil en el regazo y el techo del cuarto iluminado por la luz azul de la pantalla.
Begoña entra al cuarto a la una y cuarto, despacio, en calcetines. Apaga el portátil. Lo deja en el escritorio. Cierra el flexo. Mira a su hija dormida un segundo de más. Le coloca la colcha por los hombros. Sale.
En el pasillo, antes de irse a la cama, Begoña se queda un momento delante de la puerta del cuarto de Naia.
Apoya la mano izquierda en el marco. Le viene el suspiro de antes, otro más, el que no acabó de salir en la cocina.
Lo deja salir entero. Piensa que mañana, sábado por la mañana, le va a preguntar a Naia por el sábado por la mañana, no por el viernes por la noche; le va a preguntar a qué hora vuelve y si le pone el desayuno; le va a preguntar también, esta vez sí, si quiere ir a comer juntas a casa de la abuela el domingo.
Piensa eso y piensa, sin querer, que tampoco le va a preguntar lo otro.
Lo de la cocina de la barbacoa. Lo del nombre que su hija no ha dicho.
Va a la cama. Apaga la luz del pasillo desde la cama, con el interruptor que mandó instalar el electricista hace dos años para no levantarse cuando llega cansada. Se queda mirando el techo. Tarda en dormirse veinticinco minutos.
En el cajón de la mesilla, la libreta Moleskine roja pasa la noche cerrada, con la fecha del jueves nueve de octubre escrita en la última página y debajo dos líneas tachadas y otras dos sin tachar.
Fuera, en la calle Cardenal Landázuri, la lluvia fina sigue cayendo sobre los coches aparcados.