CUANDO VUELVA TE LO CUENTO 18. Algo para recordar #2
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18. Algo para recordar #2

—Madre mía… —susurré—. Pero sin prisas. Quiero sentirme follada por los dos. Quiero que me abráis del todo.

Rafa empezó a empujar hacia arriba. Álvaro respondió con embestidas cortas y profundas desde atrás.

Paulatinamente nos íbamos sincronizando.

Yo ya no controlaba casi nada. Solo recibía.

Cada embestida me arrancaba un gemido más profundo.

El lubricante y mis propios fluidos hacían que todo resbalara, que cada movimiento fuera más fácil y, al mismo tiempo, más intenso.

Me sentía atravesada. Poseída de una forma que iba más allá del sexo.

Como si los dos hubieran decidido ocupar todo el espacio disponible dentro de mí y no dejar ni un centímetro libre.

El placer subía en oleadas, mezclado con una sensación de plenitud casi dolorosa.

Cerré los ojos y dejé que me llevaran, consciente de que esta noche estaba cruzando una línea de la que ya no habría vuelta atrás.

El sudor nos unía. Me corría entre los pechos y se mezclaba con el de Rafa cada vez que me inclinaba hacia él. La piel de los tres brillaba. El aire de la habitación se había vuelto denso, cargado del olor a sexo y al esfuerzo compartido.

Los gemidos ya no se distinguían. Los míos se entremezclaban con los de Rafa, más graves, y con los de Álvaro, más contenidos, como si todavía no se creyera del todo lo que estaba haciendo. Cada embestida arrancaba un sonido distinto.

Me incliné hacia Rafa y le susurré contra los labios, sin dejar de moverme:

—Te quiero… mi amor, te quiero tanto. Mira lo que estamos haciendo. Mira cómo me tenéis.

Él me miró a los ojos. Había deseo, sí, pero también algo más profundo. Una entrega absoluta. Me acarició la cara con una mano temblorosa mientras seguía empujando dentro de mí.

La sincronía se volvió casi perfecta. Cuando Rafa subía, Álvaro la sacaba. Cuando yo me hundía, los dos me llenaban al mismo tiempo. Ya no éramos tres cuerpos separados. Éramos un solo movimiento, una sola respiración entrecortada, un solo punto de placer que se expandía y se contraía sin descanso.

Nuestras miradas se cruzaban sin cesar. Yo miraba a Rafa y encontraba en sus ojos no solo excitación, sino una ternura feroz, como si me estuviera diciendo que esto también era una forma de amarme.

Después giraba la cabeza y encontraba la de Álvaro, más oscura, más concentrada, pero también presente, también consciente de que formaba parte de algo que iba más allá del simple sexo.

El amor estaba ahí. Sucio, sudoroso, imposible de nombrar con delicadeza, pero real.

En la forma en que Rafa me sostenía la mirada mientras otro hombre me follaba.

En la forma en que yo le susurraba palabras dulces en medio de los gemidos más obscenos.

En la forma en que los tres, por un momento, dejamos de ser personas separadas y nos convertimos en una sola cosa temblorosa y viva.

El placer se fue acumulando de forma distinta esta vez.

Ya no era solo la fricción o la profundidad.

Era la certeza de estar completamente llena, de ser el centro de dos cuerpos que se movían conmigo y por mí.

Cada embestida doble me acercaba un poco más al límite.

Cerré los ojos y dejé que la ola creciera.

Cuando llegó, lo hizo con una lentitud casi solemne.

El orgasmo me recorrió desde el centro hacia fuera, una contracción profunda y prolongada que me hizo arquear la espalda y apretar a los dos dentro de mí al mismo tiempo.

Solté un gemido largo, tembloroso, mientras el cuerpo se sacudía en oleadas.

Me aferré a los hombros de Rafa y apoyé la frente en su pecho, respirando agitada, sintiendo cómo las contracciones seguían, una detrás de otra, hasta dejarme blanda y temblorosa encima de él.

—Gracias, mi vida —susurré contra su piel, todavía convulsa—. Gracias por esto. Gracias por estar aquí conmigo.

Rafa me acarició el pelo con una ternura que contrastaba con la dureza de lo que estábamos haciendo. No dijo nada. Solo me sostuvo mientras las últimas ondas del orgasmo se iban apagando.

Álvaro, detrás de mí, había contenido la respiración.

Sentí cómo su ritmo se volvía más irregular, más urgente.

Me agarró con más fuerza de las caderas y dio unas embestidas profundas, cortas.

Un gemido grave se le escapó contra mi espalda.

Entonces lo sentí: la pulsación fuerte, rítmica, de su liberación.

Aunque el condón contenía el semen, la sensación de su orgasmo me atravesó.

Cada latido de su miembro dentro de mí era nítido, caliente, inevitable.

Se quedó profundamente clavado mientras se vaciaba, el cuerpo tenso, la respiración entrecortada contra mi hombro.

Permaneció así unos segundos, todavía dentro, hasta que el temblor se le fue pasando. Después se retiró con una lentitud cuidadosa. La ausencia repentina me dejó una sensación extraña de vacío en esa parte de mí.

Me levanté lo suficiente para mirar a Rafa a los ojos. Él seguía dentro de mí, con la mirada oscura, el pecho subiendo y bajando con fuerza. Me moví sobre él con delicadeza, sin prisas, dejándole ver mi cara, mi gratitud, mi entrega completa.

Sus manos subieron por mi espalda. El ritmo se volvió más profundo, más personal.

Ya no había otro cuerpo intermediando. Solo él y yo.

Cada embestida era una afirmación. Lo vi tensarse.

La mandíbula se le endureció. Los ojos se le cerraron un instante y después se abrieron de nuevo, buscando los míos.

Cuando se corrió, lo hizo con un gemido largo y contenido.

Lo sentí latir dentro de mí, caliente, abundante, llenándome por completo.

Cada pulsación era clara, intensa, como si quisiera marcarse en lo más hondo.

Me quedé quieta sobre él, recibiendo todo, acariciándole el pecho mientras el último temblor lo atravesaba.

El silencio que siguió fue cómodo. Los tres respirábamos agitados.

El sudor nos pegaba la piel. Yo seguía a horcajadas sobre Rafa, sintiendo cómo su semen se me salía, y por un momento no hubo nada más que esa plenitud compartida, esa mezcla extraña y poderosa de lujuria y de amor que nos había llevado hasta allí.

—¿Estás bien, cielo?

—No tengo palabras, Rafa… ¿Tú qué tal, Álvaro?

—Todavía lo estoy procesando.

Me levanté para ir al baño, y cuando regresé, me sorprendió la familiaridad con la que hablaban Álvaro y Rafa.

Estaban tumbados en la cama, todavía desnudos, cada uno apoyado en un codo y el ambiente ya no tenía la tensión del principio. Parecían dos hombres que acababan de compartir algo importante y ahora podían hablar sin rodeos.

Me detuve en el umbral, envuelta en la toalla, y los observé en silencio unos segundos.

—¿De verdad no sientes celos? —preguntó Álvaro, mirando a Rafa con curiosidad genuina—. Porque yo… no sé si podría participar en algo así con mi mujer.

Rafa se encogió de hombros, tranquilo.

—No. No siento celos. Al menos no de la forma en que la gente entiende esa palabra.

Sé quién es Teresa. Sé a quién elige cada día.

No tengo la menor duda sobre ella. Si estuviera con otro porque me estuviera engañando, sería distinto.

Pero esto lo hemos construido juntos. Ella vuelve. Siempre vuelve.

Álvaro negó con la cabeza, como si la explicación no fuese suficiente.

—Yo no podría. En serio. Si mi chica estuviera con otro, aunque fuera con mi permiso, se me removería todo por dentro. Te miro y no entiendo cómo lo sostienes con esa calma.

—Porque no es calma —contestó Rafa—. Es otra cosa. Es deseo. Es confianza. Y es saber que lo que estamos haciendo no la aleja de mí. Al contrario, la hace más mía de una forma que antes no conocíamos.

Hubo un silencio breve. Álvaro asintió despacio, como quien acepta una respuesta que no termina de comprender del todo, pero respeta.

Fue entonces cuando me acerqué a la cama. Dejé caer la toalla al suelo y me quedé de pie delante de ellos, desnuda, todavía con el cuerpo marcado por lo que acabábamos de hacer.

—¿Pensáis que la noche ha terminado? —pregunté con una media sonrisa.

Los dos me miraron. Álvaro con sorpresa. Rafa con una sonrisa.

Se miraron entre ellos un segundo. Después Rafa habló, la voz baja y segura:

—A mí ahora me apetece mirar. Follad vosotros.

Álvaro giró la cabeza hacia él, comprobando que lo había oído bien. Rafa asintió una sola vez.

—¡Venga! —añadió, dirigiéndose a mí—. Quiero veros. Sin intervenir. Solo ver.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Después de todo lo que habíamos compartido los tres, esta nueva petición tenía un sabor distinto.

Me arrodillé en la cama y me acerqué a Álvaro.

Lo besé despacio, consciente de que Rafa nos observaba desde muy cerca.

Álvaro respondió al beso con una mezcla de deseo y de respeto hacia la situación.

Sus manos subieron por mi espalda con cuidado, como si todavía estuviera calibrando los límites de este nuevo momento.

Rafa se recostó a un lado, apoyando la cabeza en la mano, y no apartó la mirada ni un segundo. Su expresión era de una concentración casi solemne. Ya no había nerviosismo. Solo atención absoluta en nosotros dos.

Me coloqué a horcajadas sobre Álvaro, sin prisa. Lo guie hasta mí y me senté despacio, sintiendo cómo me llenaba otra vez. Esta vez el ritmo fue distinto. Más pausado.

—Así… —susurré, mirando a mi marido por encima del hombro—. ¿Me ves bien?

Rafa asintió, sin hablar. Su mano había bajado hasta su propio sexo, pero no se tocaba con urgencia. Solo lo sostenía, como si el verdadero placer estuviera en lo que veían sus ojos.