18. Algo para recordar #3
Álvaro me agarró de las caderas y empezó a empujar hacia arriba.
El sonido de nuestros cuerpos encontrándose llenó la habitación.
Yo mantenía la mirada en Rafa la mayor parte del tiempo, dejándole ver mi cara, mi placer, la forma en que el cuerpo de otro hombre me hacía arquear la espalda.
Había algo profundamente íntimo en esa exposición deliberada.
Ya no era solo sexo. Era una ofrenda. Una forma de decirle: mira lo que soy capaz de sentir, y mira cómo, incluso así, te elijo a ti como testigo.
El ritmo se fue intensificando poco a poco. Álvaro gemía con más libertad ahora, consciente de que su único papel en este momento era darme placer mientras Rafa observaba. Yo me movía sobre él con deliberación, a veces lenta, a veces más profunda, siempre pendiente de la expresión de mi marido.
—Te quiero —le dije a Rafa en voz baja, sin dejar de montar a Álvaro—. Incluso ahora. Sobre todo, ahora.
Él sostuvo mi mirada. En sus ojos había deseo, orgullo y una ternura oscura que me apretó el pecho. No necesitaba tocarme. Su forma de mirarme era ya una caricia más intensa que cualquier mano.
Seguí. Dejándome llevar. Ofreciéndole cada gemido, cada temblor, cada segundo de ese segundo acto que ya no era de tres, sino de dos… con un testigo que lo convertía todo en algo mucho más grande.
El orgasmo me llegó de golpe. Mis brazos apoyados en la cama apenas tenían fuerzas para sostenerme mientras seguía cabalgándole a un ritmo brutal.
—Eso es… Córrete con tú amante. Me vuelve loco verte gemir entregada a él.
Y, como siempre, esa boca sucia de Rafa fantaseando con lo que yo estaba haciendo, me puso más caliente todavía. Noté que empezaba a producir una cantidad poco habitual de fluidos, y… ¡No me lo podía creer! iba a correrme otra vez!
Y acabé corriéndome y jadeando como una posesa. Me dejé ir por tercera vez en menos de media hora.
Álvaro continuaba follándome mientras Rafa se me acercó y me besó.
—Nunca dejarás de sorprenderme. Disfruto de lo guapa que te pones cuando te corres.
Álvaro me giró y me colocó a cuatro patas. Mi cara quedó a escasos centímetros de la de mi marido, que se movió lo justo. Comenzamos a besarnos con pasión, mientras por detrás, Álvaro me penetraba una y otra vez. Era la mayor locura que había hecho en mi vida, y la estaba disfrutando a tope.
—Lléname de ti…Álvaro.
Mi amante se desplomó sobre la cama con la respiración agitada. Sentía entre las piernas su leche, que me salía del coño lentamente manchando las sábanas.
Rafa se masturbaba lentamente, como si estuviese disfrutando de cada instante de aquella noche, y yo sentía que no quería que terminase nunca. Nunca en mi vida pensé que podría estar con dos hombres a la vez, pero en aquel momento, los tenía allí, completamente entregados.
Me recosté en la cama y con el dedo índice le hice señas a mi marido para que se acercase. No tardó en hacerlo y cuando me quise dar cuenta lo tenía encima de mí y su boca estaba jugando con mis pechos.
—Házmelo ahora que estoy llena de él. ¿Quieres?
Por toda respuesta, se incorporó, y agarrándosela con la mano, apuntó a la entrada de mi vagina, que estaba chorreando el semen de Álvaro. Me la metió de un golpe.
Empezó a salir y entrar lentamente, pero sin perder el ritmo.
Notaba su polla abriéndose paso entre el abundante semen que todavía conservaba en mi interior.
Era una sensación extraña, pero increíblemente excitante.
Cada embestida removía lo que Álvaro había dejado dentro de mí, mezclándolo, empujándolo más hondo, creando un calor viscoso y profundo.
Con la mano empezó a acariciarme el clítoris.
Los dedos se movían en círculos precisos, firmes, mientras su cadera mantenía ese vaivén deliberado.
Gemí. Grité. Moví las caderas hacia él pidiéndole más, pero él mantuvo el ritmo.
No aceleró. No se dejó llevar. Me obligó a sentir cada centímetro, cada roce, cada oleada que se iba acumulando en el bajo vientre.
Sentí que se acercaba otro orgasmo, que venía de forma arrolladora. Ya no era el placer afilado de antes. Era algo más ancho, más inevitable, como una marea que subía imparable.
—No pares, cariño. Me voy a correr… otra vez.
—Lo sé —contestó él, la voz tensa por el esfuerzo—. Me estás apretando tanto que estoy haciendo lo imposible por no correrme antes que tú.
Álvaro se acercó y comenzó a besarme mientras Rafa continuaba follándome.
Las contracciones me llegaron de golpe. El cuerpo se me cerró alrededor de él con una fuerza que me arrancó un grito largo y tembloroso.
Caí desmadejada en la cama con las piernas abiertas y el pecho subiendo y bajando sin control.
Álvaro se retiró con cuidado y se tumbó a mi lado, besándome con ternura en la frente, en los labios y en el hombro.
—¿Estás bien?
—Mejor que bien —logré decir, todavía recuperando el aire—. ¿Y tú?
—Perfectamente… ¿Se han cumplido tus expectativas?
Sonreí, con los ojos medio cerrados.
—¿Tú qué crees?
Álvaro me acarició el pelo y me besó. Los tres permanecimos en silencio un rato, escuchando cómo la respiración se me iba calmando. El sudor se enfriaba en la piel. El olor a sexo impregnaba las sábanas.
Pero la noche no había terminado.
Poco después volví a sentir manos sobre mí.
No sé quién empezó. Solo sé que me giraron con suavidad, que labios distintos recorrieron mi cuello y mis pechos, que alguien me abrió las piernas otra vez.
Esta vez fue Álvaro quien se colocó entre ellas.
Entró despacio, encontrando el camino todavía resbaladizo y caliente.
Rafa se situó a mi lado y me besó mientras mi amante me follaba con una lentitud casi reverente.
Yo les devolvía las caricias como podía, tocándolos a los dos, susurrando sus nombres sin orden.
Más tarde cambiamos de nuevo. Álvaro me tomó por detrás mientras yo le chupaba a Rafa.
Después me monté otra vez sobre mi marido y Álvaro me acarició desde atrás, sin penetrarme ya, solo tocando, mirando, participando con las manos y la boca.
Perdí la cuenta de las posiciones. Solo recuerdo el calor, los gemidos, la sensación de estar siendo deseada por los dos al mismo tiempo y de no tener que elegir.
Cuando por fin nos detuvimos de verdad, el reloj de la mesilla marcaba una hora absurdamente tardía. Los tres estábamos exhaustos. La cama era un caos de sábanas arrugadas y cuerpos sudorosos.
Álvaro se incorporó despacio y buscó su ropa.
—Si queréis, puedo marcharme —dijo en voz baja—. Dejaros solos. No sé qué se suele hacer en estos casos...
Me giré hacia él, todavía tumbada entre las almohadas.
—No hace falta. Puedes quedarte a dormir. Es muy tarde.
Rafa, a mi otro lado, asintió y dio una palmada suave al colchón.
—La cama es enorme. Cabemos los tres con holgura.
Álvaro dudó un segundo. Después sonrió, dejó la ropa donde estaba y se volvió a tumbar. Me coloqué en el centro. Álvaro se pegó a mi espalda, pasando un brazo sobre mi cintura. Rafa se situó delante, de cara a mí, y me acarició la mejilla con el dorso de los dedos antes de cerrar los ojos.
El silencio de la casa envolvió la habitación. Afuera no se oía nada. Dentro, solo la respiración lenta de los tres. Me sentí extrañamente segura, encerrada entre dos cuerpos calientes, con el olor de la noche todavía impregnándolo todo.
Cerré los ojos. El cansancio fue más fuerte que cualquier pensamiento. Me dormí así, exactamente en el centro, entre los dos hombres, con la certeza tranquila de que, al menos por esa noche, no había nada más que desear.