CUANDO VUELVA TE LO CUENTO 18. Algo para recordar
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18. Algo para recordar

Algo para recordar

—Este es Álvaro. —me acerqué a él y le acaricié la nuca—.

El chico del gimnasio… Ya te conté el otro día lo bien que nos lo pasamos en su casa…

—dije besándole en la boca con una sonrisa indecente—.

Os veo un poco tensos, así que por qué no preparas unas copas y nos relajamos. Tenemos toda la noche por delante.

Sabía que era una noche especial, así que me había esmerado para tener un aspecto acorde a las expectativas que nos habíamos hecho.

Me había puesto el vestido negro de cristales, que me quedaba como un guante, y devolvía la luz en miles de destellos.

La gargantilla a juego me apretaba suavemente el cuello.

Las sandalias me alargaban las piernas y me obligaban a caminar con una deliberada lentitud.

Me había maquillado más de lo habitual pintándome los labios de color rojo intenso, una sombra oscura que me resaltaba la mirada, y había alargado mis pestañas hasta el infinito con el rímel.

Álvaro estaba de pie en el centro de la habitación.

Llevaba una camisa oscura y vaqueros. Se le notaba el nerviosismo por la forma en la que se metía y sacaba las manos de los bolsillos, y se saludaron con un apretón de manos formal.

Me di cuenta enseguida de que tendría que ser yo quien rompiera el hielo.

Ellos dos solos no iban a dar el primer paso.

Me senté en el sofá y les indiqué que hicieran lo mismo. Rafa dejó las copas sobre la mesa baja.

—Rafa —dije con suavidad—, dile a Álvaro lo que queremos que pase esta noche.

Mi marido dejó las copas en la mesa baja que había enfrente del sofá y miró a Álvaro con total normalidad.

—Lo único que buscamos es pasarlo bien —dijo, mirándole—. Queremos que estés tranquilo y te sientas cómodo. Puedes besarla, tocarla. No te cortes. Ya sé lo que pasó entre vosotros la otra noche, así que compórtate con total tranquilidad.

—Bueno, ¿vamos a seguir hablando o hacemos algo más placentero? - mi tono era seductor. No creo que hagan falta más palabras. Somos tres adultos que desean disfrutar de sexo sin compromisos.

Álvaro asintió, todavía serio.

Rafa se sentó a mi lado y lo miró directamente.

—¿Te gusta mi mujer?

—Sí —contestó Álvaro sin dudar.

Me reí bajito y me giré hacia él.

Me recosté en el sofá y miré a Rafa.

—Lo veo algo cortado, cielo.

Rafa no contestó. Se levantó despacio, se colocó detrás de mí y me bajó la cremallera del vestido con una lentitud deliberada. El tejido se deslizó hasta caer hecho un montón brillante a mis pies. Me quedé completamente desnuda, solo con la gargantilla y las sandalias.

Me acerqué a la cubitera, cogí un hielo y me lo pasé por el pezón mientras les miraba alternativamente.

El frío hizo que se me endureciesen inmediatamente.

La gota de agua resbaló entre mis pechos.

Después me acerqué al sofá y me recosté, solo con las sandalias y la gargantilla brillando en el cuello.

—Álvaro. ¿Por qué no te sientas a mi lado? Cari, tú siéntate enfrente.

Álvaro obedeció. Se sentó a mi izquierda, todavía vestido y con la respiración un poco agitada. Rafa se acomodó en el sillón de enfrente, con la mirada fija en nosotros.

Álvaro se inclinó y empezó a besarme. Al principio con cuidado, después con más hambre. Su mano subió por mi costado hasta encontrar un pecho. Yo le devolví el beso con la lengua, sin prisas, dejándole notar que esta vez no había prisa.

Cuando nos separamos un segundo, le sonreí.

—Veo que te vas soltando… Por cierto, ¿sabías que ha sido mi maridito quien me ha ayudado a rasurarme el coño? ¿Te gusta así?

Le guie la mano hacia abajo. Sus dedos encontraron la piel completamente lisa, suave, expuesta. Noté cómo se le aceleraba el corazón.

—Joder… —murmuró.

—Eso es un sí —dije mirando a Rafa.

Me levanté despacio y me coloqué delante de él. Empecé a abrirle los botones del vaquero uno a uno. El tejido cedió. Su polla salió disparada, ya completamente dura, gruesa, con la cabeza brillante.

—Veamos cuánto te gusta.

Lo sostuve con la mano y miré a Rafa, que no se perdía ni un detalle desde el sillón.

—Pues sí, Rafa. Es evidente que le ha gustado.

Le pedí que se pusiera de pie y me arrodillé entre sus piernas. Sin más preámbulos, me la metí en la boca. Bajé despacio, saboreando el grosor, el sabor limpio y salado. Subí de nuevo, lamiendo la punta, y después bajé hasta los huevos, chupándolos uno a uno mientras lo pajeba con la mano.

—Mmm… qué buena—susurré mirándole a los ojos—. Más gruesa de lo que recordaba. ¿Te gusta cómo te la chupo? Dímelo.

Álvaro soltó un gemido y asintió.

—Sí… me encanta.

Me la metí un poco más, casi hasta atragantarme, dejando que la saliva resbalara. Miré hacia Rafa, manteniendo el contacto visual mientras mi boca trabajaba.

—Míralo, cielo —le dije a mi marido con la voz pastosa—. ¿Te gusta ver a tu mujer de rodillas chupándole la polla a otro?

Rafa no contestó con palabras. Solo asintió sin dejar de mirarnos.

Después de un rato me separé para tomar aire.

—Ahora ven tú, cariño.

Rafa se levantó. Se acercó a nosotros y le quité la camisa con calma.

Después le abrí el pantalón y se lo bajé junto con la ropa interior.

Su polla saltó libre, también dura, también necesitada.

Las sostuve un momento, una en cada mano, comparándolas mentalmente, y después me la metí en la boca con el mismo entusiasmo.

—¿Habías imaginado esto? ¿Dos pollas para ti? — preguntó Rafa. —¿Es esto lo que querías?

Murmuré una respuesta afirmativa, pero no le contesté, de lo atareada que estaba en ese momento. Alternaba de una a otra lamiendo, chupando, dejando que se me escaparan sonidos húmedos y deliberados, mientras miraba a mi marido a los ojos mientras lo hacía.

—Qué ricas—jadeé—. Dos pollas para mí solita… las dos para mi boca. Decidme que os gusta. Decidme que os pone ver a vuestra putita chupándoos a los dos.

Álvaro soltó un jadeo más fuerte. Rafa me miraba con los ojos oscuros y la mandíbula tensa.

Seguí. De una a otra. Dejando saliva, dejando marcas de carmín, dejando claro que esta noche no había límites que yo no estuviera dispuesta a cruzar.

Poniéndome en pie, agarré a cada uno por su miembro y comencé a caminar hacia el dormitorio. Ellos me siguieron sin resistencia, dejándose guiar. Al entrar, la cama me recibió inmensa. ¡Joder, pedazo de cama! Mínimo dos por dos.

Me giré hacia ellos, todavía sosteniéndolos, y sonreí desafiante.

—¿Me lo vais a hacer a la vez, guapetones? ¿Os sentís capacitados?

Rafa miró a Álvaro. La tensión de los primeros minutos había dejado paso a una excitación sublime.

—¿Cómo lo hacemos? —preguntó mi marido.

Álvaro se pasó la lengua por el labio.

—Tú debajo. Yo detrás. ¿Te parece bien?

—Probemos.

Yo asentí. Me subí a la cama de rodillas y me coloqué a cuatro patas un momento, solo para que me vieran.

Después me giré y atraje suavemente a Rafa para que se tumbara de espaldas.

Su polla apuntaba hacia el techo, dura, esperando.

Me situaré a horcajadas sobre él, pero sin sentarme todavía.

Me incliné y lo besé mientras Álvaro se movía detrás de mí.

—Te quiero, cielo.

Oí el ruido del envoltorio del condón. Álvaro se lo colocó con calma. Después sentí el frío del lubricante en mi ojete. Los pasó despacio, masajeando, abriéndome con paciencia. Un dedo. Después dos. Yo gemía contra la boca de Rafa, empujando hacia atrás para facilitar el trabajo.

—Así… despacio —susurré.

Cuando me sintió lo bastante relajada, Álvaro se apartó un segundo.

Rafa me atrajo hacia abajo y empezó a lamer mi coño con ganas.

Casi al mismo tiempo, Álvaro se arrodilló detrás y su lengua se unió a la de mi marido.

Dos lenguas. Una en mi coño, otra subiendo hacia el culo, lamiendo, empujando, compartiendo saliva y lubricante.

El placer fue tan intenso que tuve que apoyar las manos para no caerme.

—Joder… los dos a la vez… —jadeé.

Estuvieron así un rato largo, hasta que el temblor de mis muslos les avisó de que estaba lista. Me levanté y guie la polla de Rafa hasta mi entrada. Me senté despacio, tomándolo entero, sintiendo cómo me llenaba. Me quedé quieta un segundo, respirando, disfrutando de esa primera invasión.

Después miré por encima del hombro a Álvaro.

—Venga, machote. Te toca.

Él se colocó detrás. Sentí la cabeza de su polla, cubierta por el condón y resbaladiza de lubricante, presionando contra mi ano.

Empujó con una lentitud casi cruel. El esfínter resistió un instante y después cedió.

Sentí como me entraba por detrás poco a poco mientras Rafa permanecía quieto, pero sin salir de mí.

Centímetro a centímetro fui sintiendo cómo me abría, cómo avanzaba, cómo el ardor inicial se transformaba en una presión profunda y total.

Rafa permanecía inmóvil debajo de mí, dejándome tiempo.

Cuando Álvaro estuvo completamente dentro, los tres nos quedamos quietos.

La sensación fue indescriptible. Estaba empalada.

Completamente llena. Las dos pollas latían dentro de mí, separadas solo por una fina pared de carne.

Cada respiración de ellos se traducía en un micro movimiento que me recorría entera.

Me sentía abierta más allá de cualquier límite que hubiera conocido.

Vulnerable y, al mismo tiempo, extraordinariamente poderosa.

—No os mováis todavía —pedí con voz temblorosa—. Dejadme sentiros. Las dos… a la vez...Esto es la hostia…

Pasamos varios segundos así. Solo el sonido de nuestra respiración y el latido de los tres cuerpos conectados.

Después, muy despacio, empecé a balancearme.

Un movimiento mínimo. Rafa gimió debajo de mí.

Álvaro soltó el aire contra mi espalda. Poco a poco el vaivén se amplió.

Cuando uno entraba, el otro se sentía todavía más intensamente.

Cuando me levantaba un poco, los dos rozaban puntos que por separado jamás hubieran alcanzado.