CUANDO VUELVA TE LO CUENTO 17. Estas son las condiciones #3
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17. Estas son las condiciones #3

Terminé de desnudarle. Madre mía, qué cuerpo: perfecto. Las sombras de sus músculos marcados, la pelvis de los modelos de ropa interior, y aquel rabo que era todo para mí.

—No sabes cómo me pones, desde el primer día que te vi supe que ibas a ser para mí —le dije mientras le besaba.

Me miró excitado mientras me acariciaba la cintura.

Me levantó en volandas, y me tumbó sobre la cama.

Comenzó a besarme los pezones, lamiéndolos con lentitud.

Su lengua húmeda y juguetona, empezó a explorar alrededor de mi ombligo.

Sus manos acariciaban mis muslos mientras iba recorriendo con sus labios y su lengua el camino hacia mi sexo.

Me arqueé hacia atrás. El chaval era todo un experto, y sabía cómo calentar a una mujer.

El alcohol que había en mis venas ardía con la misma velocidad que una mecha encendida.

Volvió a colocarse sobre mí besándome los labios.

Sentía todo su miembro. Estaba húmeda, más que húmeda, encharcada.

Me excitaba saber que me iba a follar, pero lo que deseaba más que nada era hacerlo con el consentimiento de Rafa.

Me acarició con la lengua alrededor de la raja abriéndomela con los dedos y estirándola al máximo, como si quisiera meterse dentro de mí.

Sentí una electricidad recorrerme el cuerpo, cosquillas, me mordía, me besaba... Me estaba volviendo totalmente loca.

Me giró de nuevo, y me colocó sobre él, sujetando y apretando mis nalgas. Empecé a gemir, totalmente cachonda por lo que me estaba haciendo. Mi mirada era juguetona, sucia, erótica. Sus manos comenzaron a torturar mis pechos desnudos.

—¡Joder qué buena estás! —me dijo con un hilo de voz.

Me sujetó con fuerza las muñecas sobre mi cabeza y me besó apasionadamente mezclando ternura con pura pasión. Estaba preparada para recibirlo, expectante y ansiosa. Para mi sorpresa, sacó un condón de una caja que tenía sobre la mesilla de noche, y se lo puso.

Cuando cogió el condón de la mesilla de noche, debería haber llegado a la conclusión de que había otras mujeres. Por el modo de comportarse, debería haber sabido que solo era una más, aunque ese realmente no era un impedimento para mí. Prefería montármelo con un tío experto, que con un novato.

Me la introdujo lentamente, caliente, dura, durísima. Un jadeo, se me escapó. Temí que su compañero de piso nos estuviese escuchando, pero realmente, me daba igual. Me mordió la barbilla y sus ojos me miraban fijamente. Dios, ¡qué gusto!

Mis manos arañaban su espalda, mis labios lo devoraban, lo atraje hacia mí para sentirlo lo más adentro posible.

Bajé centímetro a centímetro hasta sentirla del todo. El gemido se me escapó sin permiso. Álvaro arqueó la espalda y me agarró de las caderas.

Empecé a moverme. Despacio al principio, después con más ritmo.

La cama crujía. Yo apoyaba las manos en su pecho y lo miraba mientras lo montaba, consciente de que Rafa estaba en casa, con el móvil en la mano, esperando.

La idea me recorrió la espalda como una corriente.

Tenía que admitir, que me volvía loca hacer aquello sabiendo que él era perfectamente conocedor de lo que pasaba en aquel pequeño piso.

La habitación olía a sexo. Yo seguía montándolo, el ritmo era ya descontrolado, cuando cogí el móvil con la mano libre y busqué el contacto de Rafa.

Pulsé el icono para hacer una vídeo llamada.

Sonó tres veces hasta que la pantalla se iluminó.

La imagen, al principio oscura, se enfocó.

Rafa estaba en el sofá de casa, con la luz del salón detrás de él.

Al verme con la polla de Álvaro enterrada hasta el fondo, le cambió la cara.

Sin decir nada se bajó el pantalón y se la sacó. Ya la tenía dura.

—¡Qué polvo, cari! —jadeé, mirando directamente a la cámara mientras me movía—. Es una máquina. Ya puedes ir llamando al hotel al que me llevó David la última vez. Reserva la mejor habitación. Va a merecer la pena.

Rafa soltó una mezcla de gemido y sonrisa. Su mano ya subía y bajaba despacio masturbándose.

—Anda, Álvaro —le dije, girando un poco la cara hacia él sin dejar de mirar la pantalla—. Saluda a Rafa. Es lo menos que puedes hacer. Al fin y al cabo, te estás follando a su mujer.

Álvaro dudó solo un segundo. Después levantó la vista hacia el móvil, todavía dentro de mí, con las manos agarrándome las caderas con fuerza.

—Hola, Rafa —dijo, la voz ronca por el esfuerzo—. Encantado… digamos.

Rafa sonrió, sin dejar de tocarse.

—Encantado yo también. Trátala bien. O trátala mal. Como ella quiera.

Me reí, jadeante, y apoyé una mano en el pecho de Álvaro para equilibrarme.

Empecé a moverme con más ganas, subiendo y bajando de forma deliberada, para que Rafa viera exactamente cómo me la tragaba entera.

El sonido húmedo de nuestras pieles llenaba la habitación y llegaba nítido a través del micrófono.

—¿Lo ves? —le pregunté a Rafa entre embestidas—. ¿Ves cómo me la como entera? Es más gorda y larga que la tuya, cari. Me abre del todo.

—Lo veo —contestó él con la voz ya más grave—. Y me está gustando más de lo que debería.

Álvaro me ayudó a levantarme. Me coloqué a cuatro patas en la cama, y dejé el móvil apoyado contra la almohada para que la cámara nos enfocare de lado.

Él se puso detrás, me agarró de las caderas y entró de un solo empujón.

El gemido que se me escapó fue casi un grito.

Rafa, en la pantalla, aceleró el movimiento de su mano.

—Joder.

Álvaro aumentó el ritmo. Empezó a follarme con ganas, haciendo que la cama golpeara contra la pared. Yo miraba la pantalla a ratos, a ratos cerraba los ojos. Cada vez que abría la boca para gemir, sabía que Rafa lo estaba oyendo y viendo en tiempo real.

—Cuéntame —pidió él—. ¿Qué sientes?

—La tiene… grande —logré decir entre embestidas—. Me llena. Me duele un poco y me gusta. Está… joder… está dándome exactamente donde necesito.

Álvaro se inclinó sobre mi espalda, me rodeó la cintura con un brazo y aceleró. La nueva postura hizo que entrara todavía más hondo. Solté un grito.

—Eso —dijo Rafa desde el sofá—. Exactamente eso. No pares, chaval. Quiero verla correrse.

Me toqué el clítoris con los dedos. Estaba empapada.

El placer subía rápido, empujado por las embestidas de Álvaro y por la mirada de mi marido al otro lado de la pantalla.

Cuando me corrí lo hice con un largo jadeo, temblando, apretando la polla que me estaba follando.

Álvaro no se detuvo. Siguió moviéndose dentro de mí mientras yo todavía sentía las ondas del orgasmo recorriéndome el cuerpo.

—Ahora tú —le oí decir a Rafa.

Álvaro jadeó. Sus dedos se clavaron en mis caderas. Unos empujones más y se quedó profundamente clavado, soltando un gemido grave mientras se vaciaba dentro de mí. Me quedé quieta, respirando con la frente apoyada en el colchón, sintiendo cómo me llenaba.

En la pantalla, Rafa se corría también. La imagen tembló un segundo. Después se le oyó soltar el aire con fuerza.

Hubo un silencio cargado solo roto por nuestras respiraciones.

—Tere… —dijo Rafa al fin, la voz ronca—. Cuando llegues. Quiero olerte. Quiero que me lo cuentes todo otra vez. Y quiero que no te limpies. Sabes que querré hacerlo yo.

—No pensaba hacerlo. Pero se ha puesto condón —contesté, todavía con Álvaro dentro.

—Lástima… Pero bueno. Mejor un chico seguro.

Álvaro se retiró despacio. Me giré y me senté en la cama. Cogí el móvil con mano temblorosa y miré a mi marido a los ojos a través de la cámara.

—En un rato vuelvo, cielo. ¿Los niños bien?

—Bien. Ya los he acostado. No tardes.

La llamada se cortó. Álvaro y yo nos quedamos mirándonos en la penumbra de la habitación, sudados, todavía procesando lo que acababa de ocurrir. Él pasó una mano por su cara y soltó una risa incrédula.

—Tu marido está loco.

—Lo sé —contesté, sonriendo—. Y yo también.

—Quiero volver a verte —me dijo mientras recorría con sus dedos mi cadera y mi cintura.

Suspiré profundamente alzando su cabeza, que descansaba en mi pecho, El polvo había sido brutal, el tío estaba como un queso de bueno. Si me llamaba, siempre iba a estar dispuesta, el día y a la hora que él quisiese. Y el sábado, se me antojó lejanísimo.