CUANDO VUELVA TE LO CUENTO 17. Estas son las condiciones #2
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17. Estas son las condiciones #2

—Para que sepas dónde te estás metiendo. Porque si seguimos besándonos, y si esto va a más, no va a ser una infidelidad clandestina. Va a ser algo que mi marido conocerá. Y en lo que querrá estar. Si te interesa, ya sabes lo que habrá, y quiero que estés seguro.

Álvaro se quedó callado unos segundos. Después apoyó el codo en el respaldo y me estudió con atención.

—¿Y tú qué quieres exactamente de mí? ¿Solo sexo conmigo? ¿O quieres que entre en ese juego con vosotros dos?

La pregunta era directa. Yo había estado dándole vueltas durante días y todavía no tenía una respuesta redonda.

—Quiero que me folles —dije con honestidad—. Quiero sentir lo que siento cada vez que te miro en el gimnasio. Y al mismo tiempo… quiero ver si eres capaz de estar en la misma habitación que mi marido sin que eso te resulte imposible.

Él soltó una risa baja, casi incrédula.

—Esto es mucho más retorcido de lo que esperaba. Pero también más interesante.

Me rozó la rodilla con los dedos, un gesto pequeño pero deliberado.

—Te estoy invitando a algo que incluye a tres.

—No quiero estar con un hombre. Eso quiero que quede claro desde un principio.

Álvaro me miró, esperando.

—Él tampoco —contesté.

—¿Dos para ti, entonces?

—Más o menos. Pero él estará delante. ¿Tienes algún problema con eso?

Se tomó un segundo. Sus dedos seguían rozando mi muslo, pero la cabeza ya estaba trabajando.

—¿Y no habrá cosas raras? No pienso tocarle.

—Él no quiere eso, y yo tampoco.

Álvaro asintió despacio, todavía sin estar del todo convencido.

—¿Y cómo sé que esto no es una broma? ¿O, lo que es peor, que no va a reaccionar mal?

Lo miré a los ojos. El nerviosismo me subía por la garganta, pero también una extraña claridad.

—¿Quieres una prueba?

Saqué el móvil. La pantalla se iluminó entre los dos. Me deslicé un poco más cerca de él en el sofá.

—Ven. Acércate. Y bésame.

Obedeció. El beso fue más lento esta vez, consciente de que estaba siendo documentado. Aparté el móvil lo justo, busqué el ángulo y disparé. En la foto se nos veía claramente: su mano en mi nuca, mis labios entreabiertos contra los suyos, el escote del top enseñando el inicio de mis pechos.

Sin dejar de sentir el calor de su boca cerca, abrí el chat con Rafa y escribí:

“Hola cari. Tengo una sorpresita para ti… He encontrado a alguien para este sábado. Quiero que me digas si te parece bien.”

Adjunté la foto y pulsé enviar.

El mensaje salió. El doble icono tardó apenas unos segundos en ponerse azul. Álvaro y yo nos miramos. El silencio del fondo del local se volvió de pronto demasiado denso. Volvimos a besarnos, esta vez con más urgencia, como si el tiempo que tardara Rafa en contestar fuera tiempo perdido.

El sonido del WhatsApp nos hizo separarnos.

La pantalla se iluminó.

“No sabía que hubieses salido a eso…”

“Es algo en lo que llevo “trabajando un par de semanas. Espero que no te importe…”

“No me importa. Es solo que no me lo esperaba. Por mi parte, todo bien. Parece que está bueno, ¿no?”

“Ya lo ves… Joven y en plena forma. Dispuesto a… ya sabes. Ah, cari. Y si no te importa… me lo querría tirar esta misma noche. ¿Me das permiso?”

“No es lo que habíamos hablado…”

“Ya lo sé. Pero me apetece ver lo que puede ofrecernos para el sábado. Y ya que estoy aquí… Anda, sé bueno y déjame. Cuando llegue a casa, te pondré al día de todo”

“Vale. Pero mándame alguna foto….”

Álvaro tenía los ojos abiertos como platos.

—¿Suficiente como prueba?

—Más que suficiente.

—Vamos a tu casa. —pregunté poniéndome en pie. —¿Vives lejos?

—Ahí al lado —contestó, levantándose también—. Pero… no vivo solo. Comparto piso con un compañero. ¿Te resulta incómodo?

Sonreí lasciva.

—¿Qué no vivas solo? Para nada. ¿Crees que después de lo que te acabo de proponer y de lo que vamos a hacer, me incomoda que no vivas solo? ¿Le vas a invitar a participar?

A Álvaro le cambió la cara. Se le tensó la mandíbula un segundo y me miró como si de pronto no estuviera seguro de en qué se había metido.

—Tranquilo, Álvaro —dije, soltando una carcajada—. Sólo bromeaba.

Él soltó el aire y negó con la cabeza, soltando una risa de alivio.

—Joder. Con lo que me acabas de contar, ya no sé cuándo vas en serio y cuándo no.

—Hoy voy en serio con una sola cosa —le respondí.

Salimos del local. La noche era templada.

Caminamos juntos por la acera, sin tocarnos demasiado al principio, como si los dos necesitáramos unos metros para aterrizar.

Él llevaba las manos en los bolsillos del vaquero.

Yo notaba el roce de la falda plisada contra los muslos y estaba caliente de la charla con Rafa en el móvil.

A dos calles del pub dobló una esquina y se detuvo delante de un portal por el que habían pasado los años de forma inmisericorde. Subimos en un ascensor pequeño que olía a limpiador y a madera vieja, afortunadamente no a comida. Nos bajamos en el tercero.

El piso era el típico de estudiantes. Había una mesa con apuntes, dos vasos sucios y una consola de videojuegos conectada a una televisión demasiado grande para el espacio del salón. El sofá era oscuro y estaba hundido en el centro.

La puerta del fondo se abrió en el momento exacto en que Álvaro dejaba las llaves en el cuenco de la cómoda de la entrada.

Salió un chico de unos veinticinco años, en pantalón de chándal y camiseta blanca.

Tenía el pelo revuelto como quien acaba de levantarse del sofá.

Se detuvo en seco al vernos. Sus ojos me recorrieron despacio, de los tacones a la falda plisada, del top negro al escote y hasta la cara.

No hubo disimulo. La mirada fue directa, evaluadora, y se demoró un segundo de más en mis piernas.

Álvaro se aclaró la garganta, incómodo.

—Carlos… esta es Teresa. Teresa, Carlos, mi compañero de piso.

Carlos asintió una vez, todavía con los ojos en mí.

—Encantado.

La voz le salió grave, neutral. Después miró a Álvaro y asintió como entendiendo lo suficiente de un código secreto entre ellos.

—Os dejo el salón. Me voy a dormir.

Se giró para volver por el pasillo.

—No hace falta —dije yo antes de que desapareciera—. Nosotros iremos a la habitación de Álvaro. No te queremos echar del salón.

Carlos se detuvo, miró por encima del hombro y esta vez sonrió, una sonrisa lateral que no llegó a ser del todo inocente.

—Como queráis. Pasadlo bien, entonces...

La puerta de su habitación se cerró con suavidad.

El silencio que dejó atrás fue inmediato y denso.

Álvaro y yo nos quedamos de pie en el recibidor, de pronto demasiado conscientes del espacio y de lo que acababa de ocurrir.

Él me miró, todavía un poco descolocado por la presencia inesperada de Carlos.

—Perdona. No sabía que estaba.

—No pasa nada —contesté—. Pero mejor vamos a tu habitación.

Y dio el primer paso hacia mí. Me besó el cuello, me mordió. Lo empujé sobre la cama, y me coloqué sobre él a horcajadas mientras le levantaba la camiseta.

Noté una dureza de lo más prometedora entre sus piernas. Me saqué el top, quedándome en sujetador. Me recosté sobre él.

—¿Te tiras a la rubia del gimnasio?

Álvaro estaba tumbado de espaldas en la cama, Yo me había quitado ya el top y estaba a caballo sobre sus muslos.

—¿A Aitana? Bueno… un par de veces…

—La tienes en el bote. No hay más que ver cómo te mira.

—Es modelo.

—Tiene pinta.

Me moví sobre él y le abrí los botones del vaquero con dedos expertos. El tejido cedió. Una polla gruesa, ya dura, que no le cabía del todo en los calzoncillos, salió disparada hacia arriba. Olía a ingle, pero a limpio. A jabón y a piel caliente. La sostuve un momento con la mano, sopesándola.

—Buena herramienta.

—Gracias —dijo él, la voz un poco más ronca—. De verdad… ¿a tu marido no le jode esto?

Me eché un poco hacia delante, sin soltarlo.

—¿Joderle? Para nada. Espera… Hazme una foto.

Saqué el móvil, me agaché y me metí aquel glande, brillante y de color violeta en la boca.

Al mismo tiempo levanté la mano libre e hice la señal de los cuernos con los dedos, bien visible junto a mi cara.

Álvaro disparó. La imagen salió nítida: mis labios estirados alrededor de su polla, los ojos mirando a la cámara y el gesto de los cuernos en primer plano.

Le devolví el teléfono.

—Mándale tú mismo la foto.

Lo vi dudar un segundo. Después abrió el chat que yo le indiqué y la envió. Apenas pasaron unos segundos.

La respuesta de Rafa llegó casi de inmediato:

“Joder para el chaval… menuda tranca.”

Álvaro me enseñó la pantalla. Yo sonreí con la polla todavía dentro de la boca.

—Ponle que me vas a dejar bien servida. Que después le contaré los detalles.

Él me miró, comprobando.

—¿Segura?

—Segura —dije mientras empezaba a pajearlo despacio, de arriba abajo, sintiendo cómo se le endurecía todavía más entre mis dedos.

Escribió con el pulgar, torpe por la postura:

“La voy a dejar bien servida. Después ella te contará los detalles.”

El mensaje salió. Los iconos se pusieron de color azul enseguida. No hubo respuesta inmediata. Solo el silencio denso de la habitación y el sonido húmedo de mi mano moviéndose sobre él. Realmente, y para mi regocijo, la tenía enorme.

Dejé el móvil a un lado y me concentré. Bajé la cabeza otra vez y lo volví a tomar en la boca, más profundamente esta vez.

Álvaro soltó un jadeo y apoyó una mano en mi pelo.

Yo subía y bajaba con calma, saboreando el grosor, la piel tersa, el sabor limpio y salado que empezaba a asomarse.

Cada pocos segundos levantaba la vista y lo miraba a los ojos.

Él me devolvía la mirada con la boca entreabierta, sorprendido quizás de que esto le estuviera pasando de verdad.

Me quité el sujetador sin dejar de tocarlo.

Los pechos quedaron libres. Álvaro los miró con hambre y extendió las manos para cogerlos, apretándolos mientras yo seguía chupándole.

La falda plisada se me había subido hasta la cintura.

No llevaba bragas. Cuando él lo descubrió soltó una risa baja, incrédula.

—Desde el principio sabías que…

—Desde el principio —confirmé.