17. Estas son las condiciones
Estas son las condiciones
¿Qué era exactamente lo que yo quería de Álvaro? Tal vez solo quería lo que Rafa y yo llevábamos meses buscando. Una aventura. Pero tenía que reconocer, que el chaval me atraía enormemente.
Era la primera vez que íbamos a vernos fuera del entorno del gimnasio. Habíamos quedado en un pub que me había recomendado, y yo me senté en una mesa que daba a la calle. Todavía no me habían traído mi gin – tonic, cuando vi que se acercaba con aquel caminar despreocupado tan característico.
Llevaba unos pantalones vaqueros y una camiseta blanca que mostraba discretamente sus músculos tan bien definidos.
Me vio a través de la cristalera y se acercó hacia mí con paso firme sin dejar de mirarme fijamente a los ojos.
Era evidente que algo estaba a punto de ocurrir, y tan solo era una cuestión de tiempo que ese momento llegase.
—Me alegro de que al final te hayas atrevido a venir. —Murmuró mientras me besaba en las mejillas.
—¿Por qué no? —Le reté con voz firme mientras me dejé besar. Olía a gel de ducha y a colonia. Se le dibujó en la cara una sonrisa autocomplaciente.
—Llevas semanas diciéndome que eres una mujer casada, ¿acaso ha cambiado tú estado civil?… —me preguntó con una sonrisa juguetona.
—No.
—Por cierto, estás preciosa. Te favorece esa ropa. Más que la que traes habitualmente.
—Gracias. Tú también estás muy bien…
Casi consiguió que me ruborizara.
—No tanto como tú —me dijo mientras me cogía la mano.
Con las mejillas ardiendo me dejé llevar y acepté el contacto. Su piel era suave, tenía la mano grande, poderosa, una vibración recorrió mis dedos.
Por la mañana, en cuanto sentí cómo se iba Rafa a trabajar, y salió por la puerta me fui a la cocina a tomarme un café ya que no tenía ganas de dormir y estaba muy nerviosa deseando que llegase el encuentro con Álvaro.
Levanté a los niños, y tras la habitual batalla con el desayuno, los llevé al colegio.
Ni me molesté en arreglarme. Me puse un chándal y los dejé en la puerta, sin bajarme del coche.
No estaba con ganas de tener que saludar a las otras mamás, con la pinta que llevaba.
Era un colegio privado y casi todas las madres iban vestidas como para salir un sábado por la noche.
Me fui a la ducha y me tiré más de media hora debajo del agua, estaba con la cabeza ida, todo eso había cambiado mi mente de repente y todo giraba en torno a haber quedado con él.
Estuve un buen rato frente al armario, tratando de decidir qué atuendo sería el más adecuado para aquella primera cita.
Cualquiera de los vestidos que había comprado con Rafa, era excesivo para una primera vez, así que los descarté enseguida.
Allí estaba el conjunto blanco de la blazer y la falda plisada, que tantos quebraderos de cabeza me había traído.
Me lo probé, sin acortar tanto la falda y el efecto me gustó.
Un top lencero de color negro, me dio un aspecto sexy, pero completamente alejado de la pinta de puta de la otra vez.
Me calcé las sandalias nuevas, me peiné la melena tras haberme pasado las planchas y me pinté con los labios rojos, y una sombra de ojos oscura.
Me observé, y me gustó la imagen que me devolvía el espejo.
Salí dispuesta a no pasar desapercibida.
Mientras iba de camino del pub en el que habíamos quedado no dejaba de preguntarme: ¿Qué estás haciendo? ¿Lo vas a hacer a espaldas de Rafa? Realmente, había surgido casi sin darnos cuenta, y aunque había dudado, estaba deseando tener ese encuentro con él.
Volví a mirarme en el reflejo de un escaparate, esa tarde me veía especialmente atractiva.
¿Y mi marido? Tenía que hablar con él esa noche, confesárselo todo. Tenía la impresión de que no le molestaría demasiado lo que iba a hacer, siempre y cuando le supiese vender que era una posibilidad real de cumplir nuestras fantasías.
¿Debía dar por hecho que le gustará escuchar otra historia de infidelidad sin cumplir con las condiciones que habíamos hablado?
No sabía muy bien qué hacer. Sabía con seguridad que muchas mujeres casadas sentían alguna atracción en secreto hacia alguien, pero mi situación era diferente.
Yo contaba con el permiso de mi marido, aunque no fuese a cumplir exactamente con los límites que yo había aceptado tras la segunda cita con David.
Lo malo, era que desconocía si Álvaro estaría dispuesto a formar parte de nuestros juegos, y no quería ilusionar a Rafa con falsas esperanzas.
Porque de lo que sí estaba segura era de que a Rafa le atraería mucho aquello. Lo habría aprobado y lo disfrutaría, pero no tenía ni idea de si Álvaro aceptaría algo como lo que iba a proponerle.
—¿Por qué no vamos a sentarnos más al fondo del local? —me preguntó Álvaro.
Me cogió la copa de la mano y se encaminó a unos sofás que había al fondo.
Se acercó a mí, estiró la mano y acarició el perfil de mi cara.
Acercó sus labios lentamente, tan lentamente que pude oler su cálido aliento con aroma al bourbon que estaba bebiendo.
Mis labios se entreabrieron para recibir a los suyos, deseosos de su sabor, de la humedad de su lengua.
Nos besamos apasionadamente, sumergiéndonos cada vez más en un beso húmedo y apasionado.
Su mano acarició mi nuca y me apretó hacia él, nuestros labios chocaban intensamente.
Ligeramente estiró mi pelo hacia atrás para mordisquear mi barbilla mientras su lengua bajaba por mi cuello hasta recorrer mi escote.
—Me alegro que hayas cambiado de opinión.
—Yo no he cambiado de opinión.
—¿Ah no? Hasta ayer, eras una mujer felizmente casada para la que no entraba en sus planes ser infiel a su marido. Y hoy estás aquí enrollándote conmigo. Eso para mí, es un cambio de opinión.
—Creo que estás dando por supuestas muchas cosas. No todo es lo que parece a primera vista.
Sus manos me liberaron de la chaqueta, deslizándola por mis hombros, que desnudos, aceptaron el roce húmedo de sus labios y de su lengua.
Volvió a mi boca, nuestras lenguas se rozaron, nuestros labios se encontraron cada vez con más pasión mientras mis manos se dirigieron a aquel pecho que tantas veces había deseado tocar.
Le acaricié lentamente mientras seguíamos besándonos sin dejar de mirarnos.
Su olor, varonil y excitante, me penetraba.
Me estaba dejando llevar, quería que me poseyera. Pero antes debía hacer algo.
—No te entiendo…
—Ahora mismo, estás pensando que le estoy siendo infiel a mi marido.
—Técnicamente es así.
—No lo es. Ni técnica ni realmente.
Álvaro se separó unos centímetros. Seguía con una mano en mi nuca y la otra apoyada en el respaldo del sofá, muy cerca de mi hombro. La mirada se le había vuelto más aguda, menos juguetona.
—Explícamelo entonces —dijo en voz baja—. Porque desde fuera parece exactamente eso.
Me tomé un segundo. El sabor de su boca todavía me llenaba. El cuerpo me pedía seguir, pero la cabeza sabía que, si no decía algo ahora, después sería peor.
—Hay cosas que no se ven a simple vista —contesté—. Mi matrimonio no funciona exactamente como la mayoría.
Él arqueó una ceja, paciente, esperando más.
—¿En qué sentido?
—En el sentido de que a Rafa… ciertas cosas no le resultan un problema.
Álvaro soltó una risa incrédula.
—Muchos maridos dirían eso hasta que de verdad pasa algo.
—Él no es cualquier marido —repliqué con suavidad—. Él y yo hablamos de estas cosas. Desde hace tiempo.
Se quedó callado unos segundos. Sus dedos se movieron en mi nuca, como si no quisiera perder el contacto mientras procesaba.
—¿Habláis de otras personas? —preguntó al fin.
—Hablamos de deseo. Del mío. Del suyo. De lo que nos pone. Y de lo que no nos asusta tanto como al resto.
Le miré a los ojos. No iba a soltarle la verdad completa todavía. Solo quería que empezara a oler que el terreno no era el habitual.
—O sea que él sabe que estás aquí conmigo esta tarde —dijo despacio.
—Sabe que he salido. Sabe que hay alguien que me interesa. No le he dado tu nombre todavía. Pero no estoy escondida en el sentido clásico de la palabra.
Álvaro se recostó un poco en el sofá, aunque su rodilla seguía rozando la mía. La expresión se le había vuelto más seria, más curiosa.
—Esto es… raro.
—Sí —admití—. Es raro. Estoy aquí, porque quiero estar. Porque me gustas. Y porque, de alguna forma estoy intentando… algo.
Él negó con la cabeza, como si no creyese del todo lo que estaba oyendo.
—Teresa… si me estás diciendo que tu marido no solo lo tolera, sino que de alguna manera le gusta…
Me encogí de hombros, sin confirmar ni desmentir del todo.
—Te estoy diciendo que las cosas en mi casa no son blancas o negras.
—Estás siendo deliberadamente ambigua.
—Sí.
—¿Y esperas que con eso me baste?
—Espero que con eso entiendas que no te estoy mintiendo… y que tampoco te estoy contando todavía toda la verdad. Solo quiero besarte. Tocarte. Ver hasta dónde podemos llegar. Él no pondrá trabas.
—Entonces… —dijo despacio— ¿me estás diciendo que tu marido quiere que te acuestes conmigo?
—Quiere que me acueste con alguien. Y yo he elegido que seas tú. Pero no es tan simple.
—¿Hay más? —preguntó con cierta desconfianza.
Me recosté un poco en el sofá, creando un mínimo de distancia para poder hablar sin que el cuerpo nos traicionara del todo.
—Si. Si surge algo, estaremos los tres. Él participará.
Álvaro soltó el aire despacio. Se pasó una mano por el pelo y después volvió a mirarme, esta vez con una media sonrisa incrédula.
—Joder, Teresa. Esto es… del todo inesperado.
—Lo sé.
—Llevo semanas pensando que estaba intentando seducir a una mujer casada que se resistía por moral. Y resulta que la moral no era el problema. El problema era el formato.
Me reí nerviosa.
—Algo así.
Se acercó otra vez, pero ya no con la misma urgencia de antes. Ahora había curiosidad en su gesto.
—Y me lo estás contando ahora… ¿por qué?
Lo miré a los ojos. El corazón me latía con fuerza.