CUANDO VUELVA TE LO CUENTO 15. Una tarde muy divertida #4
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15. Una tarde muy divertida #4

—Y ahora un par de zapatos. No negocies. Te quedan como si te las hubieran hecho a medida. Además —añadió, bajando un poco el tono—, quiero verte con ellas esta noche. Solo con ellas. Y con uno de esos vestidos. O con ninguno.

Me sonrojé a pesar mío. Miré otra vez los tacones en mis pies, el contraste del charol negro con el rojo de la suela, la forma en que alargaban la pierna. Sabía que tenía razón. Eran exactamente el punto final que le faltaba al conjunto.

—Eres un caprichoso—dije, pero ya me estaba agachando a recoger la caja. La verdad es que eran unas sandalias divinas, y yo sabía perfectamente el efecto que causaba ese tipo de calzado en mi marido.

—Caprichoso y generoso —corrigió él, tomándome la mano para ayudarme a incorporarme—. Ahora sí. A pagar. Antes de que la tienda cierre o tú recuperes el sentido común.

Caminamos hacia la caja. Rafa llevaba las bolsas de la ropa y la caja de los zapatos.

Me miraba de reojo, como si ya estuviera ensayando mentalmente el desfile privado que había conseguido arrancarme.

Pero tenía que reconocer, que había tenido razón.

Nos lo habíamos pasado genial haciendo la compra.

Llegamos a casa cargados de bolsas y con la sensación de haber cometido una pequeña locura a cuatro manos.

Los niños todavía no habían vuelto. La casa estaba en silencio, solo rota por el ruido de la lluvia contra los cristales.

Rafa dejó las bolsas sobre la cama y se quitó la chaqueta con una sonrisa que ya no intentaba disimular.

—Tienes diez minutos para el primer cambio —anunció, acomodándose en el sillón del dormitorio como si fuera la primera fila de un desfile—. El público está listo. Y es muy exigente.

—El público debería ir preparando la cena —contesté, pero ya estaba abriendo la primera bolsa.

Salí del baño con el conjunto rojo oscuro. La falda lápiz me cortaba el muslo de forma deliberada y el top se ceñía al pecho sin piedad. Me planté en medio de la habitación, una mano en la cadera, y le lancé una mirada de “ya puedes aplaudir”.

Rafa me recorrió despacio.

—Adjudicado por segunda vez —dijo—. Aunque en casa se te ve todavía mejor. Date la vuelta.

Obedecí, exagerando un poco el movimiento de caderas. Oí cómo soltaba el aire.

—Estás disfrutando esto más de lo que admites —le acusé.

—Muchísimo más —reconoció sin vergüenza—. Siguiente.

El vestido de lentejuelas doradas fue otra historia. Al ponérmelo noté de inmediato que no había forma decente de llevar ropa interior. Salí descalza primero. Las lentejuelas captaban hasta la luz del velador.

Rafa se pasó una mano por la boca.

—Ese va a ser declarado ilegal en al menos tres comunidades autónomas.

—¿Te recuerdo que fuiste tú quien lo eligió?

—Y volvería a elegirlo. Acércate.

Me acerqué. Él extendió la mano y siguió con el dedo la línea del escote, sin llegar a tocar la piel, solo rozando las lentejuelas.

—No llevas nada debajo —murmuró.

—No se puede. Se marca todo.

—Lo sé. Por eso me gusta. Ahora los zapatos.

Me puse las sandalias negras de charol. Los doce centímetros me elevaron de golpe. El equilibrio me costó un segundo. Cuando lo recuperé, la raja del vestido se abrió hasta la cadera.

Rafa soltó una risa baja, casi dolorida.

—Estás intentando matarme de una forma muy elegante.

—Solo cumplo con el trato del desfile privado —respondí, dando dos pasos de modelo exagerados—. ¿Aplausos?

—Aplausos y una nota mental para no dejarte salir a la calle así sin supervisión. El siguiente. El bueno.

El negro de cristales fue el golpe final.

Me lo puse despacio, ajustándome la gargantilla de tela y piedras.

Me apretaba ligeramente el cuello. Al salir del baño el aire de la habitación cambió.

El vestido brillaba con cada mínima respiración.

Los tacones rojos se veían a intervalos cuando caminaba.

Rafa se quedó sin la frase ingeniosa preparada. Solo me miró. De arriba abajo y otra vez arriba.

—Tere...

—¿Eso es un comentario técnico o una declaración?

—Es un “acércate ahora mismo”.

Caminé hacia él con deliberada lentitud. Cada paso hacía brillar los cristales. Me detuve entre sus piernas. Él levantó las manos y las posó en mis caderas, sintiendo el tejido frío y áspero de las cuentas bajo las palmas.

—Este es peligroso —dijo en voz baja—. Este no es para quedarse en casa.

—¿Ah, no? ¿Y para qué es entonces, señor negociador?

Él sonrió contra mi vientre, todavía sin subir más las manos.

—Para hacer que tu marido se olvide de que existe el resto del mundo. Y para recordarle lo mucho que le gusta cuando te pasas de rosca.

Me reí, pero la risa me salió un poco entrecortada. Sus dedos habían empezado a subir el dobladillo del vestido por detrás, despacio, como comprobando hasta dónde podía llegar antes de que yo lo detuviera.

—El desfile se está saliendo del guion —advertí.

—El desfile terminó —contestó él—. Ahora viene el turno de preguntas del público.

Antes de que pudiera replicar, sus manos subieron del todo y me bajaron el vestido de un solo movimiento experto.

El tubo negro de cristales cayó hasta mis pies en un susurro brillante.

Me quedé de pie delante de él, completamente desnuda excepto por la gargantilla y los tacones negros de suela roja.