CUANDO VUELVA TE LO CUENTO 15. Una tarde muy divertida #3
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15. Una tarde muy divertida #3

Me acerqué. Era un minivestido negro, completamente cubierto de cristales que captaban la luz y la devolvían en miles de destellos.

El corte era de una simpleza perturbadora.

Un tubo ceñido, sin tirantes, que empezaba justo encima del pecho y terminaba peligrosamente alto en el muslo.

No había margen para nada. Ni para un sujetador.

El tejido, bajo los cristales, parecía moldearse al cuerpo como una segunda piel brillante.

Junto a él, en la misma percha, colgaba una gargantilla de tela a juego, también negra y cuajada de brillantes.

Lo toqué con la yema de los dedos. Los cristales eran fríos y densos. Al levantar el vestido de la percha, pesaba más de lo que parecía.

—¿En serio? —pregunté, girándome hacia Rafa con una media sonrisa—. ¿Este es tu “uno más”? La verdad es que da el pego. Parece diseñado para una noche en Montecarlo…

Él se había acercado y observaba la prenda con abierta satisfacción.

—Lo vi y pensé en ti. En cómo te quedaría con el pelo suelto y esos tacones que tienes en casa.

—No sé si me quedará bien. Estos vestidos son para chicas jovencitas, no para una madre en la treintena. Creo que va a ser muy atrevido.

—Eres una madre de quitar el hipo. No empieces con la falsa modestia. ¿Acaso no volviste loco a David? Por algo será, ¿no? Y con ese vestido, se girarán cabezas…

—Eso es lo que me preocupa —contesté, aunque ya estaba buscando la talla con la mirada—. No deja nada a la imaginación. Si me agacho se termina el misterio. Si respiro hondo, también.

—Por eso me gusta —dijo él, bajando un poco la voz—. Porque no hay misterio. Solo tú, dentro de eso, brillando. Y todo el mundo mirándote.

Me reí por lo bajo, sacudiendo la cabeza.

—Eres un caso perdido. De verdad.

Aun así, cogí el vestido y la gargantilla y me dirigí otra vez al probador. Antes de correr la cortina me giré hacia él.

—Si cuando salga pones esa cara de vicioso, te juro que me lo quito y nos vamos sin él.

—Pondré cara de marido orgulloso —prometió con solemnidad fingida—. O al menos lo intentaré.

Entré en el cubículo, me quité la ropa otra vez, y me deslicé dentro del vestido.

El tejido se ajustó solo, subiendo por las caderas, comprimiéndome la cintura y terminando justo donde empezaba el pecho.

Me coloqué la gargantilla. Al mirarme en el espejo entendí exactamente por qué Rafa se había detenido precisamente delante de aquella percha.

El vestido no vestía: exhibía. Cada curva quedaba subrayada por el brillo de los cristales.

La piel del escote y de los muslos contrastaba con el negro brillante.

Parecía una versión más cara, más peligrosa y mucho más explícita de la mujer que había salido de casa aquella tarde de lluvia.

Respiré hondo. El vestido se tensó con el movimiento. Después corrí la cortina y salí.

Al detenerme delante de Rafa noté cómo se le cambiaba la expresión: la broma fácil desapareció y dejó paso a una mirada más oscura, más directa.

—Eres un guarro —dije, aunque la sonrisa me traicionaba—, pero tengo que reconocer que tienes buen gusto.

Él se levantó despacio de la silla, sin apartar los ojos de mí.

—Joder, Tere. Es simplemente perfecto. Te queda perfecto.

Di una vuelta completa. El vestido era realmente impresionante, y me sentaba de maravilla. Se marcaba el arco de la espalda, la curva del culo, el inicio de los muslos. Me sentía expuesta y, al mismo tiempo, extrañamente elegante.

—Está bien —concedí—. Es elegante y sexy. Me llevo este.

Rafa negó con la cabeza de inmediato.

—Ni de broma. Te llevas los tres. ¿Has visto los precios? No son nada caros. Nos podemos permitir el capricho.

—Será tu capricho —repliqué, aunque ya estaba haciendo números mentales y sabía que tenía razón.

—De los dos —insistió, acercándose un paso—. No me niegues que te has visto guapa con los tres. Venga, nena…

Le clavé el dedo en el pecho, fingiendo enfado.

—Joder, que no me llames nena. No me gusta, ya lo sabes.

Él levantó las manos, sonriendo.

—Venga, cielo… Los tres. El rojo, el dorado y este. Esta noche me haces el desfile completo y después decidimos cuál te pones para salir alguna noche.

—Lo vas a acabar estropeando. No insistas con eso. Conténtate con que me lo ponga esta noche.

Lo miré unos segundos. El vestido negro me apretaba el cuerpo con cada respiración.

Sabía que, si aceptaba los tres, el pase de modelos privado iba a ser mucho más largo de lo que había planeado.

Y también sabía que una parte de mí ya estaba anticipando su cara cuando me viera salir con cada uno de ellos.

—Eres insistente hasta el agotamiento —murmuré.

—Lo sé. ¿Los tres?

Suspiré.

—Los tres. Pero que conste que estoy cediendo bajo protesta.

—Protesta anotada —dijo él, ya recogiendo las otras dos prendas de la silla—. Ahora vamos a pagar antes de que cambies de opinión.

Me cambié de nuevo a mi ropa de calle, el contraste me resultó casi ridículo, y salimos del área de probadores con las tres bolsas.

El camino hacia la caja pasaba necesariamente por la zona de zapatos.

La mayor parte del expositor era un despliegue de plataformas transparentes, sandalias de plástico brillante y tacones exagerados de un gusto dudoso.

Rafa ni siquiera aminoró el paso. Yo, en cambio, me detuve en seco.

Entre toda aquella oferta chirriante había un par que no tenía nada que ver con el resto.

Sandalias de charol negro, de líneas limpias y minimalistas.

Una fina tira delantera, otra que rodeaba el tobillo con una hebilla discreta, y un tacón de aguja altísimo —fácilmente de doce centímetros— con la suela de un rojo intenso y profundo.

El diseño era simple, casi severo, y precisamente por eso resultaba mucho más peligroso. No gritaban. Susurraban.

Me agaché a recoger una. El charol brillaba bajo la luz de la tienda. Al sujetarla noté el peso justo, la rigidez del tacón, la promesa de lo que haría con la postura y con la forma de caminar.

Rafa se había detenido un par de metros más adelante y volvió sobre sus pasos.

—¿Qué miras?

Le enseñé la sandalia sin decir nada. Él la miró, después miró mis pies y después volvió a mirar el zapato.

—Esas sí —dijo en voz baja—. Con el vestido negro. O con el rojo. O con los tres. Llévatelas.

—Ni siquiera sé si me van a servir.

—Pruébatelas.

Había una silla baja junto al expositor.

Me senté, me quité las zapatillas, los calcetines blancos y deslicé el pie dentro de la primera sandalia.

El charol estaba frío. Ajusté la tira del tobillo.

Después la otra. Al levantarme el mundo cambió de ángulo.

La altura era considerable; el arco del pie quedaba forzado en una curva elegante y cruel.

Di tres pasos inseguros y después encontré el equilibrio.

El tacón rojo se veía a intervalos con cada movimiento.

Rafa no dijo nada al principio. Solo me observó caminar aquellos pocos metros de ida y vuelta. Cuando me detuve delante de él, su voz salió más grave.

—Te las quedas también.

—Rafa, ya llevamos tres vestidos…