15. Una tarde muy divertida #2
Él se acercó por detrás mientras yo sostenía entre las manos un vestido de látex tan pequeño que parecía diseñado para una muñeca y no para una persona de talla normal. Me besó suavemente en el cuello.
—Pues, por ejemplo, apropiado para esta noche a solas entre tú y yo —murmuró—. Podrías ponerte guapa para mí. Hace mucho que no nos damos un buen homenaje. Me gustaría que me hicieras un pase de modelos privado…
Me giré entre sus brazos, todavía con el vestido de látex colgando de un dedo, y le clavé el índice en el pecho.
—Te conozco, Rafa. Empiezas con lo del pase de modelos y terminas pidiéndome que salga a cazar a algún tío hormonado.
Es tu patrón clásico. Primero “solo pruébate esto”, después “qué bien te queda”, luego “sal a la calle un momento” y al final “¿y si hablas con ese de la barra?”. No me tomes el pelo.
Él soltó una carcajada y se defendió sin dejar de abrazarme por detrás.
—Qué poco crédito me das. ¿No puedo querer simplemente ver a mi mujer hecha un pincel en casa, sin ninguna segunda intención?
—No —contesté con fingida severidad—. No puedes. Porque eres tú. Y porque llevas tres semanas intentando que vuelva a abrir la puerta que cerré después de lo de mi madre. Esto no es una tarde de compras inocente. Es una operación de cerco que has montado. ¿Te crees que soy tonta?
Rafa suspiró de forma teatral y cogió el vestido de látex de mis manos para devolverlo a la percha.
—Vale. Lo confieso. Me gustaría que miraras ropa sexy. Me gustaría verte probártela. Me gusta la idea de que tengas algo nuevo en el armario por si… algún día te apetece. Pero hoy, de verdad solo te pido el pase de modelos para mí solo. En casa, sin público. ¿Tan difícil es de creer?
Le miré de reojo mientras recorríamos un expositor de faldas cortísimas y escuetos minivestidos.
—Difícil no. Sospechoso sí.
Él se detuvo delante de un mono negro de cuero sintético y lo señaló con la barbilla.
—¿Y si te prometo que esta noche no menciono a David, ni a ningún otro, ni cámaras, ni pubs, ni nada? Solo tú, yo, la ropa que elijas y la cama. Prometo no tener segundas intenciones.
Me reí por lo bajo.
—Ahora resulta que negocias conmigo como haces con tus inversores en el banco. ¿Me vas a pedir que firme un contrato también?
—Si hace falta… —respondió él, divertido—. Aunque entre nosotros un simple beso es suficiente.
Seguí caminando entre los expositores. Cada prenda estaba diseñada para sacar a relucir exactamente lo que yo había estado intentando esconder las últimas semanas.
Vestidos que se sostenían por voluntad divina, tops de decencia dudosa, faldas que apenas merecían ese nombre.
Rafa iba detrás, en silencio, dejándome mirar sin empujar.
Esa era, precisamente, su nueva táctica: no insistir.
Dejar que la curiosidad hiciera el trabajo.
Me detuve delante de un conjunto de dos piezas: una falda lápiz muy corta y un top, ambas prendas de un rojo oscuro casi negro. Lo toqué con la yema de los dedos. El tejido era bueno. El corte agresivo, pero dentro de lo que podría llegar a ponerme.
—Esto no es tan terrible —admití.
Rafa se acercó y miró la etiqueta.
—Elegante y puta a partes iguales. Como tú cuando te lo propones.
Le di un codazo.
—Cuidado con los comentarios. Que todavía no estoy del todo convencida de querer hacer esto.
—Bueno, pues cambiaré la terminología. Elegantemente atrevido —dijo, levantando las manos otra vez mientras se le escapaba una carcajada—. Aunque, si de pronto te apeteciera salir a tomar una copa después… yo no me opondría.
Me giré hacia él con una sonrisa ladeada.
—Ahí está. ¿Lo ves? No has aguantado ni cinco minutos sin soltar una de las tuyas. Del desfile privado a la copa en la calle en un suspiro. Eres incorregible.
Él se encogió de hombros, con cara de no haber roto un plato en su vida.
—Soy previsible. Y tú me conoces demasiado bien. Pero nos estamos echando unas risas con esto, y la verdad, es que llevábamos una temporada sin hacerlo, así que bienvenida sea mi previsibilidad. Anda, elige algo para probarte.
En el fondo, tenía razón, nos lo estábamos pasando bien.
La realidad era que hacía un tiempo de perros, los niños estaban en casa de unos amigos y no volverían hasta la noche y no teníamos nada urgente.
Y, encima, la tienda, con su inventario de tentaciones, parecía haber sido diseñada para nuestros juegos.
Por primera vez en semanas sentí que la resistencia se me aflojaba un poco.
Rafa, a su manera paciente, había conseguido que la idea de jugar otra vez no me resultara tan pesada.
—Vale —accedí al fin—. Me pruebo tres cosas. Solo tres.
Él sonrió.
—Genial —aceptó—. Me comprometo a comprarte las tres.
—Ya lo sé. Cuando se trata de tus caprichos, nunca pones pegas. Si fuera ropa para los niños, me llamarías derrochadora —contesté mientras sacaba el conjunto rojo de la percha.
Él rio por lo bajo y se fue buscar una silla cerca de los probadores. Yo entré en el cubículo con el conjunto. Del otro lado, su voz llegó amortiguada:
—Cuando quieras sal con el primero. Que el público está listo.
Negué con la cabeza, sonriendo a solas frente al espejo. El caramelito había funcionado. Y los dos lo sabíamos.
Salí del probador con el conjunto rojo oscuro.
La falda lápiz, cortísima, me abrazaba las caderas y terminaba varios centímetros por encima de media muslo; cualquier movimiento hacía que el tejido se tensara sobre el culo y marcara la línea de las bragas.
El top, del mismo rojo casi negro, era ajustado, sin mangas, con un escote en pico que bajaba lo suficiente como para dejar a la vista el inicio de los pechos y la curva interior.
El color oscuro hacía juego con el moreno de la piel, que todavía conservaba y hacía que las piernas se vieran interminables.
Me miré de lado en el espejo del pasillo y noté cómo la falda subía otro milímetro al girarme.
Rafa, sentado en la silla baja frente a los probadores, me recorrió despacio de arriba abajo. Asintió una sola vez, con una media sonrisa cargada.
—Adjudicado.
Me reí por lo bajo y di una vuelta completa sobre los tacones que me había puesto para probarme la ropa. La falda se comportó exactamente como se esperaba de ella: ofreciendo más de lo que escondía.
—¿Seguro que no es demasiado? —pregunté, aunque ya conocía la respuesta.
—Es exactamente suficiente —contestó—. Para casa. O para lo que sea. Resérvalo.
Volví al probador y salí minutos después con el segundo modelo: un vestido de lentejuelas doradas.
Era corto, y vaporoso, nada ceñido, pero el escote era tan pronunciado que me llegaba casi al ombligo y tenía una raja lateral que se abría hasta la cadera cada vez que daba un paso.
Las lentejuelas captaban cualquier luz y devolvían destellos.
Me miré en el espejo y pensé que, efectivamente, era un poco inapropiado. Demasiado evidente. Demasiado efectivo.
Rafa se incorporó un poco en la silla.
—Ese no necesita presentación.
—No se puede llevar sujetador —dije, señalando el escote—. Ni bragas decentes. Cualquier cosa se marca.
—Entonces no lleves —respondió él con naturalidad—. Se te ve el contorno del pecho cada vez que respiras. Me gusta. Mucho.
Me acerqué un par de pasos. La raja se abrió y dejó ver casi toda la pierna.
—¿No te parece demasiado de noche de casino barato?
—Me parece de noche en la que nadie mira a su mujer mientras tú estés en la sala —dijo—. También adjudicado. Aunque solo sea para que me lo pongas en el dormitorio y me vuelvas loco esta noche.
Negué con la cabeza, sonriendo, y regresé al cubículo. El tercero era de licra negra, terriblemente ajustado, con aberturas en la cintura y un corte que no perdonaba ni un pliegue. Al salir, Rafa apenas me dejó dar dos pasos antes de abrir la boca.
—No digas nada. Este no.
—¿No?
—Ese sí es de puta. De las que cobran por horas y no por noche. Demasiado explícito. Me marca hasta el ombligo. Fuera.
Solté una carcajada y volví a entrar. Cuando salí ya vestida con mi ropa de calle, me planté delante de él con las dos prendas aprobadas en la mano.
—Ya me he probado los tres modelos. Vamos a pagarlos y nos vamos. Yo he cumplido con lo prometido.
Rafa se levantó, pero no se dirigió a la caja. Se quedó mirándome con esa expresión de niño que todavía no ha terminado de pedir.
—Uno más. Solo uno. Por favor...
—Rafa…Dijiste que no insistirías más.
—Le eché el ojo al pasar. Está al fondo. No es como estos. Te va a gustar. O al menos te va a generar curiosidad. Cinco minutos más. Por favor.
Lo miré. Tenía la misma cara de cuando negociaba en casa un “solo una historia más” o un “solo una foto”.
Sabía que, si aceptaba, el desfile privado de esa noche iba a tener un capítulo extra.
Y también sabía que, a pesar de todas las resistencias de las últimas semanas, una parte de mí quería ver qué era lo que le había llamado tanto la atención.
Suspiré, exagerando el gesto.
—Eres imposible.
—Lo sé —admitió, ya sonriendo porque olía la victoria—. Pero te prometo que este es el último.
Señaló hacia el fondo de la tienda con la cabeza. Yo dejé las dos prendas que nos íbamos a llevar sobre la silla y lo seguí entre los expositores, consciente de que el caramelito seguía sabiendo dulce… y de que cada vez me resultaba más difícil pretender que no me gustaba el sabor.
—A ver, ¿cuál es ese vestido que te ha gustado tanto?
Rafa sonrió con esa expresión de quien ya ha ganado la pequeña batalla y señaló hacia el fondo de la tienda, donde una percha solitaria lucía la prenda bajo un foco. Parecía que ocupase un lugar especial para atraer las miradas.