CUANDO VUELVA TE LO CUENTO 15. Una tarde muy divertida
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15. Una tarde muy divertida

Una tarde muy divertida

Apagar el incendio que provocó mi llegada de la cita con David, no había sido sencillo, y quedaron bastantes rescoldos, que amenazaban con volver a encenderse a la menor nueva sospecha de mi madre.

Se habían tragado el cuento que Sonia les había contado, pero no los había conseguido convencer del todo.

Tras aquella situación, empecé a reprimir mis reacciones.

Era como si quisiese esconderme de todo el mundo.

Hasta de mí misma. Sin embargo, a menudo se me hacía demasiado difícil y me costaba respirar.

Me costaba mirar a mamá a los ojos y mentirle.

No podía presentarme delante de los dos y seguir fingiendo que seguía siendo la hija formal de la familia, porque siempre veía en sus ojos la sombra de la duda por lo que habían visto aquella noche.

Estaba obsesionada pensando que cuando me miraban a la cara verían a una impostora, a una golfa que era una deshonra para la familia.

Por eso, durante una buena temporada, no quise ni oír hablar a Rafa de sus jueguecitos lascivos.

Era un intento para liberarme de la carga que cada vez me pesaba más sobre los hombros.

Los días siguientes intenté volver a la rutina y mantener la mente ocupada, algo que no me resultaba demasiado difícil con la de cosas que tenía que hacer.

Llevar a los niños al cole, hacer camas, preparar comidas, limpiar toda la casa, planchar, ordenar y hacer todas esas tareas que siempre he hecho, además de ir a la clínica.

Dicho así sonaba un poco excesivo, porque no podía negar, que Rafa colaboraba bastante en las tareas domésticas, pese a tener un horario, en el banco, mucho más extenso que el mío.

Rafa había intentado retomar nuestras fantasías pidiéndome que le excitase con detalles de lo ocurrido con David, pero siempre se había encontrado con mi negativa.

Otra que me acribillaba a preguntas era Sonia, que parecía realmente interesada en conocer en profundidad lo que hacíamos Rafa y yo.

Preguntaba constantemente si él participaba de forma activa o solo miraba y consentía, si me planteaba ligarme a otros tíos, o si había valorado la posibilidad de participar en tríos, intercambios o cuanta cosa se le ocurría.

Le di las explicaciones mínimas, explicándole que no me sentía cómoda hablando de esas cosas con ella.

De David, no había vuelto a tener noticias, y pese a que había estado tentada de mandarle algún mensaje, preferí reprimirme y evitar iniciar cualquier nuevo contacto.

El miedo que había pasado cuando me sentí descubierta, había superado con mucho, la excitación que generaba la expectativa de volver a liarme con él.

Pero a Rafa, aquella contención no le duró demasiado.

Enseguida empezó a realizar comentarios, a hacer insinuaciones y a plantear nuevas posibilidades.

No negaré que conseguía despertar mi curiosidad ante alguna de sus propuestas, pero el rechazo que me producía el recuerdo de la mirada de mi madre, se encargaba de apagar la llama que surgía.

Pero Rafa era inasequible al desaliento.

En lugar de continuar con su “ataque frontal”, decidió atacar por los flancos.

Como el experto negociador que era, probablemente debido a su trabajo, comenzó a tentarme de formas diferentes.

Ya no hablaba de encuentros, ni de juegos sexuales, que sabía que generaban respuestas negativas por mi parte.

Lo que hizo fue lisa y llanamente, ofrecerme el mejor caramelito que se le puede dar a una mujer. Ir de compras.

Yo le había contado, que había elegido el conjunto de minifalda y blazer el día que había quedado con David, por no haber encontrado nada apropiado para ponerme, ya que no quería repetir el vestido que me había puesto la primera vez, así que había improvisado aquel look casi de casualidad.

Una tarde de sábado que no paraba de llover, y que los niños estaban en casa de unos amigos, me propuso ir de compras, con la excusa de comprarse un traje nuevo.

El centro comercial estaba relativamente lleno por el mal tiempo que hacía.

Normalmente, cuando llovía, muchos padres lo utilizaban para tener entretenidos a los niños toda la tarde.

Subimos a la planta de caballeros. Rafa solía ser muy rápido comprando, porque sabía exactamente lo que buscaba y, raramente cambiaba de opinión.

Se probó tres trajes de corte clásico. El primero, gris oscuro, le quedaba bien pero no le convenció el corte de la americana.

El segundo, azul oscuro, no le favorecía, y el tercero, que era de un azul marino más intenso, de un tono profundo y mate, le quedaba como un guante.

Se miró en el espejo, se ajustó la solapa, comprobando la caída del pantalón y asintió.

Era prácticamente idéntico al que quería jubilar, aunque siempre era así, siempre la misma línea, misma sobriedad, solo que más nuevo y con un corte ligeramente más moderno.

Lo dejó apartado para llevarlo. Yo lo observé desde fuera del probador con una mezcla de ternura y de sospecha.

Sabía que el traje era solo el pretexto.

Estaba esperando cuánto tardaría en empezar conmigo.

Mientras caminábamos hacia la caja, su mirada se detuvo en un escaparate distinto.

Era una tienda de ropa de fiesta, llena de vestidos cortos, tejidos brillantes, escotes pronunciados, faldas mínimas.

Se detuvo delante del cristal. Yo seguí unos pasos más y tuve que volver sobre mis pasos.

Señaló el interior con la barbilla y me propuso entrar.

Le dije que no necesitaba ropa. Él insistió con un gesto amable, casi inocente. Al final cruzamos la puerta.

Dentro, el ambiente era relajado, con un hilo musical que sonaba a poco volumen.

Recorrimos los expositores sin prisa. Había vestidos de tirantes finos, otros con aberturas laterales, faldas de lentejuelas, tops de encaje, monos ajustados…

Rafa sacaba alguna prenda de vez en cuando y me la enseñaba en silencio.

Yo la miraba, la devolvía a su sitio y seguía adelante.

No mostraba excesivo interés. Cada prenda me devolvía, de alguna forma, la imagen de la noche en que volví a casa oliendo a David y me encontré con la cara de mi madre. Prefería no tocarlas demasiado.

Cuando salimos de aquella tienda el ambiente entre nosotros había cambiado ligeramente. Ya no era solo una tarde de compras cualquiera.

—Aquella noche tuviste que improvisar —dijo Rafa mientras caminábamos por el pasillo central—. Me lo contaste. No querías repetir el vestido de la primera vez y al final saliste con la minifalda y la blazer porque no tenías nada más. Tal vez debamos buscar algo sexy, pero elegante.

Asentí, sin mucho entusiasmo.

—Sí. Improvisé, y ya viste el resultado.

—Por eso deberíamos mirar ropa de ese tipo —continuó él con tono práctico—. No para que la tengas que usar mañana, pero sí para que la tengas en el armario, por si surge algo. Solo para tenerla. Para que no vuelva a pasar que tengas que salir con lo primero que encuentres.

Me detuve delante de una tienda de deportes y lo miré.

—No quiero ese tipo de ropa, Rafa. No tengo pensado que surja nada, así que no insistas. Cada vez que veo algo demasiado corto o demasiado escotado me acuerdo de la cara de mi madre. Y de la de Martín. Prefiero no tenerlo en el armario ni caer en eso otra vez.

Él no se molestó, o si lo hizo, no lo demostró. Solo se encogió de hombros, sonriendo.

—No estamos hablando de comprarlo hoy forzosamente. Solo de mirar. De probarte cosas nuevas. No tenemos nada mejor que hacer. Llueve. Los niños no vuelven hasta las ocho como pronto. Puede ser divertido.

—No estoy de humor para disfraces.

—No son disfraces —replicó él con suavidad—. Es ropa. Y a mí me gusta verte probártela. Aunque luego no te la quedes.

Se quedó un momento en silencio, sacó su propio teléfono y empezó a buscar. Deslizó el dedo por la pantalla, entró en varias páginas, descartó algunas. Al cabo de un par de minutos levantó la vista con una expresión de haber encontrado lo que buscaba.

—Hay una tienda en el centro... Creo que es lo que buscamos. Según el navegador… estamos a veinte minutos. Venga, mujer, anímate. ¿Nos acercamos en un momento?

Lo miré. La lluvia seguía golpeando los tragaluces del centro comercial.

La tarde se estiraba delante de nosotros, vacía de obligaciones.

Y Rafa, paciente, había dejado de empujar con fantasías y había elegido el camino más suave posible: la ropa, el espejo, la posibilidad de mirarme de otra forma sin nombrar todavía lo que ambos sabíamos que había detrás.

Suspiré.

—Solo un rato —concedí—. Y no te pongas pesado si no quiero comprarme nada.

Él asintió, guardó el teléfono y señaló las escaleras mecánicas. Empezamos a bajar hacia el aparcamiento. Yo iba un paso detrás, consciente de que el caramelito que me había ofrecido era exactamente eso: un caramelo. Dulce por fuera, pero con un centro mucho más peligroso.

Cuando llegamos a la tienda me fijé en que se trataba más de una boutique especializada en ropa para profesionales que en una tienda convencional.

Los escaparates no enseñaban vestidos de cóctel discretos ni trajes de noche elegantes.

Había látex, vinilo, escotes imposibles, aberturas estratégicas y tejidos que brillaban con solo mirarlos.

Me hizo gracia la poca sensibilidad que había tenido.

Directamente me llevaba a una boutique para putas.

Fingiendo un enfado que en el fondo no sentía, le taladré con la mirada.

—¿Esto es, según tú, dónde voy a encontrar algo elegante? Al lado de esto, el conjunto blanco del otro día, era un hábito de monja clarisa.

Rafa levantó las manos en un gesto de inocencia fingida, aunque se le escapaba una sonrisa.

—Bueno, mujer, no te enfades. Seguro que, si buscamos, aparece algo apropiado.

—Lo que no tengo tan claro es para qué quieres que sea apropiado. Que te veo venir, Rafa…