CUANDO VUELVA TE LO CUENTO 14. Unidad de emergencias al rescate #4
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14. Unidad de emergencias al rescate #4

—No. Sabe que trabajo en la clínica, pero nunca ha ido por allí, ni conoce a nadie. En ese aspecto no hay problema. Es más problemático explicar el careto que traía.

—Joder. Dile que te cogiste un pedo. Seguramente te hará algún comentario desagradable, pero creo que es creíble.

Rafa asintió, reforzando su idea con un gesto.

—Yo había pensado en algo más… truculento —dijo Sonia—. Que dijeras que te agredieron. Que alguien te abordó al salir de algún sitio, te forcejeó, te rompió la ropa y por eso llegaste en ese estado. Explicaría el desorden, las marcas y...

—Ni de coña. No voy a inventarme una agresión. Además, no fui a comisaría ni al hospital. Mamá haría mil preguntas. Que si presenté una denuncia, que si me violaron...

—Cierto —admitió ella—. Además de complicado, quedarían un montón de cosas sin respuesta. Demasiado peligroso.

—Entonces la versión de Rafa —propuse yo—. Que fui de despedida de soltera y me agarré un pedo. Pero lo que es importante, es que se lo cuentes tú, no yo. Le dices que me has visto resacosa, y que te conté que me había emborrachado, y que por eso llegué en ese estado a casa.

Sonia lo sopesó.

—Podría colar. Sobre todo, si se lo digo con naturalidad. Déjalo de mi mano. Soy experta en colarle bolas a los papis.

Rafa no parecía del todo convencido, pero tampoco tenía una alternativa mejor.

—Es la menos mala —concedió—. No explica del todo lo que vieron, pero les da algo a lo que agarrarse sin profundizar mucho más.

Sonia se levantó.

—Entonces esa. Yo me encargo de hablar mamá. No te preocupes. Se lo van a tragar.

Rafa soltó un resoplido.

Yo me quedé sentada, sintiendo el peso de la mentira acordada. No era perfecta, pero tenía que servir.

En ese momento, se escucharon gritos y protestas.

Los niños bajaron por la escalera a la carrera, todavía en pijama y con el pelo revuelto.

Sofía llegó primera y se lanzó a abrazar a Sonia por la cintura.

Los niños adoraban a su tía, que siempre les llevaba alguna cosa y había hecho de canguro en numerosas ocasiones.

Además, con su carácter jovial y desenfadado, siempre les consentía más que Rafa y yo.

—¡Tita Sonia!

Martín la saludó con más contención, pero sonriendo.

—Hola, tía.

Sonia les revolvió el pelo a los dos con cariño.

—Vaya par de monstruos. ¿Habéis dormido bien?

Sofía levantó la cara.

—¿Nos has traído algún yogur rico? ¿O algún pastel?

Sonia soltó una risa breve y les guiñó un ojo. Después nos miró con cara de broma.

—El pastel ya lo tenéis en casa con papá y mamá. Lo siento chicos. No tenía pensado venir a veros hoy, y no compré nada ayer. Es domingo y está todo cerrado. Hoy os toca desayuno normal. Andad, que en la cocina hay leche y galletas.

—Vaya rollo. Mamá compra unas galletas que están malísimas. —protestó Sofía.

—Pero no están atiborradas de azúcar, grasa y toda esa porquería que tanto os gusta. Son sanas. También tenéis cereales.

—¡Puaj! —exclamó Martín haciendo un gesto de repugnancia. —Sin azúcar. Los más sosos de todos.

—Venga, dejad de protestar, que es muy temprano para empezar con el rollo de siempre. Preparaos un zumo de naranja y tostadas con mermelada. Lo tenéis todo en la mesa de la cocina.

Los dos obedecieron sin protestar demasiado y desaparecieron. Se oyó el ruido de sillas y de la nevera abriéndose. El salón quedó otra vez en silencio.

Sonia se giró hacia Rafa, que seguía apoyado en el brazo del sofá. La sonrisa se le volvió más pícara.

—Oye, cuñado… ahora que estamos entre adultos otra vez…

Rafa levantó una ceja, ya oliéndose el tono.

—Dime.

—¿Podrías hablar con Fernando? —preguntó ella con fingida seriedad—.

Podrías explicarle qué hay que hacer exactamente para volverse tan generoso como tú.

Porque, visto lo visto, me estoy quedando desfasada y el rollo que os habéis montado, no me desagrada del todo. Has pasado de celoso compulsivo a…

Rafa soltó una risa corta, entre incrédula y resignada.

—Sonia…Por favor.

—¿Qué? —insistió ella, disfrutando del vacile que le estaba dando—.

Tú has encontrado la fórmula mágica: te pone los cuernos, te excitas, te portas como un príncipe y encima mi hermana me dice que vuestra vida de pareja va mejor que nunca.

Yo quiero el manual para Fernando. O para el que venga detrás.

Que conste que lo digo con envidia sana.

Yo me tapé la cara con una mano, entre la risa y la vergüenza. Rafa negó con la cabeza, pero se le escapaba media sonrisa.

—No hay manual —contestó—. Y menos uno que yo le vaya a pasar a tu novio.

—Qué egoísta —protestó Sonia—. Después de todo lo que os he aguantado esta mañana…

Rafa se levantó y se dirigió hacia la cocina, donde ya se oía a los niños discutiendo por algo.

—Sigue soñando, cuñada —dijo por encima del hombro—. Y de paso, cuando llames a tu madre, recuerda la versión de la despedida de soltera.

Sonia le sacó la lengua a su espalda. Después me miró a mí y se encogió de hombros, todavía sonriendo.

—Bueno. Al menos lo he intentado.

Yo negué con la cabeza, pero por primera vez en toda la mañana la risa me salió fácil.