14. Unidad de emergencias al rescate #3
—Ni puta idea. Están convencidos de que ayer venías de follar, y sacarles esa idea de la cabeza, no será fácil. Ya sabes cómo es mamá, desconfía hasta de su sombra, y papá no ayuda mucho quedándose permanentemente callado. Si a eso le sumas que debías de parecer Marizorra…
Me sonrió. Yo le devolví la sonrisa, cansada de tener que dar explicaciones a todo el mundo.
En ese momento oí unos pasos sigilosos. Rafa apareció al pie de las escaleras.
Se había puesto una camiseta y un pantalón de pijama.
Tenía el pelo o revuelto de estar recién levantado.
Cuando vio a Sonia, la saludó con su clásico: ¿Qué tal, mi cuñada favorita?
, pero no recibió la respuesta tan habitual en ella de que era la única cuñada que tenía.
La sonrisa se le heló en la boca a mitad de frase.
Se detuvo en el último escalón. Sus ojos fueron de Sonia a mí y de mí a Sonia.
No hizo falta ninguna explicación. Se dio cuenta de inmediato de lo que estaba pasando.
La forma en que estábamos sentadas, el silencio denso que había en el salón, la expresión de mi hermana…
Todo indicaba de lo que estábamos hablando, y que ella lo sabía todo.
Me miró y negó con la cabeza, lanzándome una mirada cargada de reproche.
Yo levanté las manos en un gesto de impotencia.
—¿Qué querías que hiciera? Se ha presentado aquí a sonsacarme. Me ha hecho un tercer grado. No he tenido más remedio que contárselo. La excusa del centro comercial no le iba a servir. ¿Acaso crees que es tonta? Sonia se las sabe todas…
Sonia se incorporó en el sofá, ofendida.
—Eh, eh. Si no os importa, no habléis como si no estuviera aquí.
Rafa bajó del todo las escaleras y se dirigió hacia la cocina sin mirarnos de frente. Mientras se alejaba, su voz sonó tensa.
—Esto es asunto nuestro y de nadie más. No sé por qué todo el mundo mete las narices en nuestra vida privada. Estoy hasta los huevos de cotilleos de porteras.
—Cuñadooo, no te enfades… —lo llamó Sonia, alargando la palabra con esa mezcla de cariño y complicidad que había entre ellos desde siempre—. Ven aquí, anda. Lo sé todo, y aunque me parece raro de cojones, no os estoy juzgando. Allá vosotros con vuestros juegos.
Rafa se detuvo delante de la puerta de la cocina. Se giró despacio. La incomodidad que sentía se le veía en la mandíbula apretada y en que no nos miraba a los ojos.
—Hombre. Muchísimas gracias —dijo, con un sarcasmo seco que rara vez usaba con ella.
Sonia no se amilanó. Se levantó y se quedó de pie, mirándolo de frente.
—Pero lo que no puedes pretender es que de ahora en adelante te mire con los mismos ojos…
—Joder, cuñada. No hace falta que seas tan sincera —replicó él, cruzándose de brazos—. Aunque fingieses que no lo sabes todo, no pasaría nada. Creo que me sentiría más cómodo.
—Mira, Rafa —contestó ella, más seria ahora—. Mientras estéis bien, y mis sobrinos también lo estén, por mí como si os convertís en las estrellas invitadas de Sodoma y Gomorra. Pero le estaba diciendo a mi hermana abducida que hay que buscar una explicación creíble para papá y mamá.
El silencio que siguió fue incómodo. Rafa se pasó una mano por la cara y miró hacia el techo, como buscando paciencia.
Yo seguía sentada en el sillón, consciente de que la conversación había pasado de ser solo mía con Sonia a ser de los tres.
Y era obvio que Rafa no había contado con esto.
Hasta aquel momento, nuestro especial modo de vida, había quedado entre nosotros, y ni en el peor de nuestras pesadillas habíamos pensado, que pudiera trascender.
Habíamos vivido el juego como algo privado, secreto, y de pronto estaba en el salón, con mi hermana de pie y mi marido intentando encontrar una explicación plausible para lo que mis padres habían visto anoche.
Rafa volvió la vista hacia mí. Sus ojos mostraban que, por primera vez, no tenía una respuesta convincente. Yo le sostuve la mirada y le hice un gesto mínimo de disculpa. Él asintió, resignado, y se acercó un par de pasos a nosotras.
—No es tan sencillo —dijo al fin, dirigiéndose a Sonia—. No es una historia que se pueda resumir en dos frases para que tus padres se queden tranquilos. Y no me apetece que se convierta en tema de conversación familiar.
—Nadie ha dicho que se lo vayamos a contar tal cual —respondió ella—.
De hecho, creo que es lo último que deberíamos hacer si no quieres que mamá te mande a casa un exorcista.
Pero están que trinan. Me ha llamado ya esta mañana, y quiere una explicación.
No podemos dejarlo así, como si anoche no hubiera pasado nada, porque ella lo vio, y sabe que pasa algo.
Necesitamos una versión que les cierre la boca sin abrir otra caja de Pandora.
Rafa se dejó caer en el brazo del sofá, cerca de mí.
Por primera vez desde que había bajado, su postura se aflojó un poco.
Era evidente que aquello le estaba molestando, pero también empezaba a procesar que Sonia no estaba allí para juzgar nuestros actos, sino que, a su manera torpe y directa, estaba intentando ayudar.
Yo apoyé una mano en su rodilla. Él la cubrió con la suya. El gesto se percibió de compañerismo, de apoyo y de que los dos estábamos en el mismo barco. Sonia lo vio y, creo que le gustó vernos unidos ante la situación que se nos planteaba.
El problema ya no era la gravedad de lo que yo le había confesado. En eso, aunque no lo pudiese entender del todo, no estaba el problema. Lo realmente importante ahora era sobre cómo proteger a mis padres de algo tan difícilmente comprensible. Cómo construir una mentira lo bastante creíble.
—Bueno —dijo ella al fin—. Ideas. Necesitamos algo que mamá se pueda tragar y que no nos vayan a hacer demasiadas preguntas.
Rafa se pasó la lengua por el labio inferior, pensando.
—Podríamos decir que fuiste a una despedida de soltera —sugirió—.
Ayer fue sábado, y es un buen día para ese tipo de fiestas.
Podemos decir que una compañera de la clínica se casa y os fuisteis de fiesta, que te pasaste un poco con las copas y que alguien te prestó ropa porque te manchaste la tuya, y por eso llegaste así.
Explicaría el olor a alcohol, el desaliño y justificaría el conjunto que llevabas.
—Mira, tía. No sé cómo ibas vestida ayer, pero todos habláis de ese conjunto como si parecieses salida de una peli porno, así que ya me puedes ir enseñando el modelito ese. Más que nada para saber a lo que nos enfrentamos, aunque te reconozco, que es pura curiosidad.
Miré a Rafa, que se encogió de hombros. Me levanté, y fui a buscar mi teléfono. Busqué alguna foto que se pudiese enseñar sin morirme de vergüenza, y se la enseñé. Era la que me había hecho frente al espejo. Sonia hizo una mueca.
—¡Hostia puta! ¡Pero qué huevos le echas! ¿De verdad saliste así de casa? —dijo con los ojos abiertos como platos. —Joder, y después era yo la que tenía mala fama…Lo que me extraña es que a mamá no le diese un puto ictus, tía.
—Venga, Sonia. Ya está bien de cachondeo. Salí así, y esta es la ropa con la que me vieron papá y mamá, sí. Ahora tenemos que buscar una justificación para eso. ¿Qué opinas de lo que ha dicho Rafa?
—Regular. Un poco forzada. ¿Mamá conoce a la gente con la que trabajas? ¿Podría enterarse de si alguien se va a casar o si se celebró realmente esa fiesta? Mira que mamá es muy curiosa, y cuando se le mete algo entre ceja y ceja, no para hasta enterarse de todo.
Yo negué despacio.