CUANDO VUELVA TE LO CUENTO 14. Unidad de emergencias al rescate #2
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14. Unidad de emergencias al rescate #2

—Un día dejamos de hablar en abstracto y quiso que pasáramos a algo concreto.

Él lo organizó todo. Incluso me sugirió el tío con el que quería que ligase.

Preparó las cosas, ya sabes cómo es con todo.

Nunca deja nada al azar. Yo puse pegas. Muchas.

No me creerás, pero yo no quería hacerlo lo que pasa es que insistió tanto…

que un día dejé de ponerlas. Y desde entonces…

esto. Él quiere que salga. Quiere que me vista de cierta forma. Quiere que vuelva y se lo cuente todo.

Sonia se quedó callada unos segundos, mirándome como quien acaba de encajar una pieza que hasta entonces no tenía sentido.

—Y a ti, ¿qué se te pasa por la cabeza? ¿Te gusta?

La pregunta era directa. No había juicio todavía, solo necesidad de entender. Yo sostuve su mirada. No iba a mentir. No después de haber llegado hasta aquí.

—Pues sí. Me gusta.

El silencio que siguió fue breve pero denso. Sonia abrió los ojos un poco más.

—La hostia, tía.

—Ya —contesté simplemente.

—Entonces lo que vi en Conil no fueron imaginaciones mías —dijo despacio—. Por eso estabas en topless y llevabas aquel tanga que no me atrevería a ponerme ni yo. Y él estaba tan tranquilo.

Asentí.

—Sí. Dice que le excita que otros me vean desnuda. Es otro Rafa al que conoces. Ya no es el de los celos de antes. O sí lo es, pero lo ha convertido en otra cosa. En algo que le excita en lugar de destruirlo.

Sonia se pasó una mano por el pelo y soltó el aire. Se recostó contra el respaldo del sofá, todavía procesando lo que estaba oyendo de su hermana la formalita, la que había sacado la carrera año por año y había tenido los hijos cuando tocaba.

Me quedé mirando un punto indefinido del suelo.

Decirlo en voz alta delante de ella tenía un peso distinto a decírmelo a mí misma o a Rafa.

Con él formaba parte del juego, de la excitación compartida.

Delante de Sonia era una confesión. Era admitir que no solo toleraba lo que estaba pasando, lo deseaba.

Que el poder de ser mirada, de ser deseada por otros, de volver a casa marcada y encontrar a Rafa esperándome con esa mezcla de dolor y hambre, se me había metido dentro.

Y que, a pesar de la vergüenza, de la cara de mi madre, de la rareza de esta conversación, no quería renunciar a ello.

Sonia negó con la cabeza, no con rechazo, sino con esa incredulidad que todavía no había terminado de acomodarse.

—La hostia —repitió, más bajo esta vez.

—Y yo he descubierto que hay una parte de mí que lo necesita. Que se siente más viva, más deseada, más dueña de mi cuerpo cuando cruzo esa línea. Aunque después me mire al espejo y no siempre me reconozca del todo.

Sonia se pasó las dos manos por la cara y las dejó caer sobre las rodillas.

—Joder, Tere…

—Ya —contesté simplemente.

El silencio volvió a instalarse entre nosotras. Esta vez más pesado. Ya no era incredulidad pura. Empezaba a ser la digestión lenta de algo que no se podía desoír. Yo esperé. No iba a llenar ese silencio con justificaciones. Había dicho la verdad en su versión más desnuda.

—Y hay más…

Ella se incorporó de golpe con cara de estar alucinando.

—¿Más? No jodas, Tere. ¿Qué más puede haber?

Me pasé la lengua por los labios. Todavía estaban hinchados. El cuerpo me seguía doliendo, pero ahora el malestar principal era la dificultad de nombrar algo que ni siquiera Rafa y yo habíamos verbalizado del todo.

—Cada vez que hablamos es como si Rafa quisiera más —dije despacio—. Cuanto más lasciva y lujuriosa es la situación, más se excita. Le gusta que le mande fotos con mi amante, pero eso parece haberlo normalizado. Creo que quiere ir más allá.

Sonia abrió los ojos.

—¿Más allá de qué? No hay más allá de esto.

—Sí lo hay —contesté—. Todavía no sé en lo que piensa exactamente, pero sé que algo le ronda por la cabeza. Lo noto en cómo me mira cuando le cuento ciertos detalles. En las preguntas que hace. En lo que no dice. Como si estuviera tanteando hasta dónde podemos llegar.

El silencio se instaló otra vez. Sonia se pasó las dos manos por la cara y las dejó caer sobre las rodillas. Cuando volvió a hablar, la voz le había cambiado: ya no era solo incredulidad. Había preocupación real.

—Joder, tía. ¿Y no te da miedo que lo vuestro acabe saltando por los aires?

Asentí despacio. No iba a mentir en eso.

—Claro que me da miedo. Cada vez que cruzamos una línea nueva me pregunto si esta será la que no podamos sostener.

Si un día Rafa se despertará y ya no podrá mirarme igual.

O si yo dejaré de reconocerme. Pero hasta ahora…

hasta ahora nos ha ido bien. Te doy mi palabra.

Seguimos queriéndonos. Seguimos funcionando, los niños están bien, la casa sigue en pie, nuestra vida sexual es mejor que nunca y Rafa está tranquilo. Te lo juro.

Sonia se quedó mirándome en silencio un buen rato. Ya no había solo incredulidad en su cara. Había algo más parecido a la evaluación, como si estuviera sopesando cada una de mis palabras.

—Bueno, ¿y tú qué tal estás? ¿Cómo estás llevando todo esto?

Me encogí de hombros pensativa. La pregunta era más difícil de lo que parecía.

Ella frunció el ceño.

—¿Quieres la respuesta fácil o la meditada?

—Quiero que me digas cómo estás. La verdad. ¿Te sientes humillada, utilizada…?

El silencio que siguió fue largo. Me recosté en el sillón y miré hacia la ventana.

La luz de la mañana entraba filtrada por las hojas de los árboles del jardín.

El cuerpo me seguía doliendo de forma agradable y profunda a la vez.

Cada roce de la ropa contra la piel tan sensibilizada me recordaba la noche anterior.

—Mira, Sonia —empecé al fin—. Tú siempre has cambiado de novio como de camisa. No te ofendas, pero varias veces te han dejado tíos estupendos por haberles sido infiel con otros en tus noches locas.

Ella abrió la boca para protestar.

—Eso era antes. Ya no soy así. Te reconozco que era bastante alocada, pero he cambiado.

—Espera, espera, no te enfades —la detuve con un gesto—. Lo que quiero preguntarte, es: ¿qué pensarías si esos chicos te animasen a tener sexo con otros cuando salieses de marcha, y que, en vez de enfadarse, después te echasen el polvo de tu vida?

Sonia se quedó quieta. Por primera vez desde que había entrado en casa, una sonrisa lenta se le dibujó en la boca.

—Visto así… —dijo, y la sonrisa se amplió—. Sería de puta madre, ¿no?

Asentí, sintiendo cómo empezaba a bajar la tensión entre nosotras.

—Pues así estoy yo ahora. Rafa está siendo más cariñoso y atento que nunca. Se preocupa por todo lo que me pueda incomodar. Es un padre maravilloso y me folla como a una reina…

Sonia soltó el aire en un silbido bajo.

—Flipo —dijo—. Oye, y el David ese, ¿qué tal?

Se me escapó una risa. Relajada por primera vez en toda la conversación.

—Una puta máquina de follar. Mira cómo me dejó ayer…

Le señalé el cuello, donde todavía se adivinaba una marca rojiza, y después hice un gesto vago hacia el resto del cuerpo. Sonia abrió los ojos y soltó una carcajada.

—Serás guarra…

Me reí con ella. La risa por fin, sonó sincera.

Era una risa de complicidad entre dos hermanas que siempre se han contado todas las confidencias.

Por un momento, la tensión de la confesión se disolvió y volvimos a ser las de siempre: dos mujeres hablando de novios, de sexo sin filtros y sin la carga moral de reproches que había traído mi madre la noche anterior.

Sonia se limpió una lágrima de la risa y negó con la cabeza, todavía sonriendo.

—Vale. Vives en un puto paraíso sexual. Estás casada con Mahatma Gandhi y te follas a Nacho Vidal. Pero, a pesar de eso, hay un problemilla con este tema.

—¿Cuál?

—¿Qué les digo a papá y a mamá? Porque la versión larga es jodida de cojones, y la corta es peor. No les puedo decir la verdad.

El silencio regresó, pero esta vez era distinto. Ya no había la tensión de un juicio entre nosotras. Había surgido incluso, cierta complicidad y el problema práctico, real, de cómo gestionar a nuestros padres.

Yo me pasé las manos por la cara. Sabía que tenía razón.

La imagen que mis padres se habían llevado la noche anterior no se borraría con una explicación simple o improvisada como la que les había contado sobre haber salido de compras al centro comercial.

Y lógicamente, contarles la verdad estaba completamente descartado.

“Mamá, papá, Rafa quiere que me tire a otros hombres y a mí me gusta” no era una frase que se pudiera decir en su comedor en la comida de los domingos.

—No tengo ni la más remota idea —admití—. Todavía no he pensado en eso. Anoche solo quería que se fueran. Hoy solo quería dormir. Y ahora estás tú aquí. Son demasiadas cosas para procesar.

Sonia se recostó otra vez, más relajada, pero con el ceño ligeramente fruncido.

—Pues vamos a tener que pensar en algo. Porque mamá no va a dejar esto así. Ayer me llamó a las tantas de la noche nerviosísima y hoy antes de venir ya me ha llamado dos veces. Querrá que le diga si he conseguido sacarte la verdad. Y papá… papá está en modo silencio sepulcral, que es peor.

Asentí. Lo sabía. El silencio de mi padre siempre había pesado más que los sermones de mi madre.

Me quedé mirando a Sonia. Por primera vez desde que había abierto la puerta sentí que no estaba sola con esto.

Era evidente, que mi hermana no lo entendía por completo —¿quién podría?

—, pero al menos ya no estaba al otro lado de la barrera.

Estaba aquí, en el sofá, riéndose de que me hubiera dejado hecha polvo un tío llamado David y preguntándose qué coño le íbamos a decir a nuestros padres para salir del atolladero.

—¿Se te ocurre algo creíble que les podamos decir? —pregunté.

Sonia se encogió de hombros, con esa media sonrisa taimada que le conocía desde la adolescencia. Siempre había sido una experta en buscar las excusas más variopintas para cuando la cagaba que, en su juventud, era con demasiada frecuencia.