CUANDO VUELVA TE LO CUENTO 14. Unidad de emergencias al rescate
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14. Unidad de emergencias al rescate

Unidad de emergencias al rescate

Sonó el timbre de la puerta. Miré el despertador, y eran poco más de las diez de la mañana del domingo. ¿Quién coño iba a una casa un domingo a esas horas? Rafa ni se movió. Se giró y continuó durmiendo.

Me levanté dolorida, me puse un batín de seda para cubrir mi desnudez y bajé a abrir.

Cada escalón me recordaba la noche anterior: el ardor en las nalgas, la sensibilidad extrema en la entrepierna, los moretones, los pezones doloridos por tantos mordiscos…

y el cansancio profundo de haber dormido apenas tres horas.

El cuerpo me pesaba. Seguía oliendo a sexo, y estaba pegajosa y sucia.

Miré a través de la mirilla, y supe lo que se me venía encima. Era Sonia. Abrí la puerta, y me miró de arriba abajo.

—Joder vaya pintas, reina. Aquí la Unidad de Emergencias Familiares al rescate —se presentó jovial, pero con la cara inusualmente seria.

Me quedé mirándola un segundo, todavía con la mano en el pomo. Llevaba vaqueros, una camiseta holgada y el pelo recogido. Era evidente que se había vestido a toda prisa para venir a verme.

—Anda que no ha tardado mamá en mover sus peones —dije, sin moverme de la puerta.

Sonia levantó una ceja.

—¿Qué esperabas? Mamá está acojonada. Y por lo que me ha contado, es posible que tenga motivos para estarlo.

Suspiré. El dolor de las piernas y la falta de sueño no ayudaban a mejorar mi humor, y me hacía muy poca gracia la intromisión, pero conocía a mi hermana. No se iba a ir con una negativa o una excusa barata.

—No me apetece hablar del tema ahora, Sonia. Estoy molida.

—No me pienso marchar de aquí sin una explicación —replicó ella, cruzándose de brazos—. Y ahórrate el rollo del centro comercial, que conmigo no cuela.

—Ya soy mayorcita para tener que dar explicaciones de lo que hago o dejo de hacer.

—También lo era yo cuando dejé el año pasado a Luis, y bien que te las tuve que dar a ti —contestó con firmeza—. Así que empieza a largar, o montaré un campamento en vuestro jardín hasta que lo hagas. No bromeo, Tere.

La miré a los ojos. Sabía que no estaba de broma. Sonia era capaz de sentarse en el sofá del porche con un café y un libro y no moverse en horas. Y yo no tenía fuerzas para una guerra de desgaste.

Cerré la puerta detrás de ella y la hice pasar al salón. La casa estaba en silencio.

Sonia se sentó en el sofá grande, mirando alrededor como si buscara pruebas de algo. Yo me dejé caer en el sillón de enfrente, cuidando de no hacer ningún gesto que delatara lo dolorida que estaba.

Hubo un silencio breve. Ella esperaba. Yo intentaba ordenar mis ideas, pero me resultaba un esfuerzo doloroso.

—¿Qué te ha contado mamá?

Sonia estaba sentada en el sofá con las piernas cruzadas, el cuerpo inclinado hacia delante. No había rastro de su habitual tono burlón. Solo me miraba expectante.

—Mamá, y también papá. Han sido los dos. ¿Qué crees que me han contado? Que ayer llegaste a casa con pinta de haberte follado al equipo de fútbol americano de los Miami Dolphins, vestida como una guarra y oliendo a golfa. Básicamente eso es lo que me han contado.

Me llevé las manos a la cara y empecé a negar con la cabeza.

El gesto no era de negación real. Era de agotamiento.

De no saber por dónde empezar. El dolor físico, recuerdo de todos los excesos de anoche se mezclaba con una vergüenza distinta, más profunda: la de tener que poner en palabras ante mi propia hermana, algo que hasta ahora había existido solo entre Rafa y yo.

—No me voy a tragar una excusa de mierda —continuó Sonia, sin suavizar la voz—, así que ahórrate el esfuerzo de inventarte cualquier parida para que me vaya contenta. Cuéntame la verdad. Soy tu hermana, y siempre nos lo hemos contado todo.

El silencio que siguió fue denso. Afuera se oía el ruido lejano de un coche.

Dentro de la casa solo el tic- tac del reloj del salón.

Yo miraba el suelo entre mis pies descalzos con aquellas uñas que me había arreglado para estar perfecta.

Pensé en las dos citas con David. En la primera, llena de rabia y de desafío, cuando Rafa se había escondido detrás de la cámara.

En la segunda, la esta noche, preparada con mimo hasta el más mínimo detalle.

El afeitado, el pelo, las uñas, la ropa de puta, las fotos que le había mandado a Rafa antes de salir, lo sucedido en la suite del hotel, en la piscina, el semen de David que todavía me había estado bajando por el muslo cuando crucé la puerta de casa y me encontré a mis padres.

Pensé en cómo había empezado todo. En las noches en que Rafa me pedía que le contara mis historias sexuales con otros hombres.

En cómo sus ojos se oscurecían cuando yo le hablaba de otros cuerpos, de otras bocas.

En la forma en que la fantasía fue creciendo hasta que un día dejó de ser solo palabras para convertirse en la cruda realidad que teníamos ahora.

En la conversación, cuando por fin le conté un polvo con pelos y señales y él se corrió solo de escucharlo.

En la cámara instalada en el dormitorio.

En mi propia resistencia inicial y en cómo esa resistencia se fue convirtiendo, poco a poco, en deseo.

Y no había sido algo que hubiese surgido, de forma fortuita.

La primera vez, lo habíamos buscado, y me había gustado tanto, que ahora quería repetir.

¿Cómo se le cuenta eso a tu hermana pequeña?

¿Cómo se le explica que tu marido, el mismo que durante años montaba numeritos de celos por una mirada demasiado larga, ahora te pide que te vistas como una puta, que te afeites el coño para otro hombre, que le mandes fotos mientras otro te folla y que vuelvas a casa oliendo a semen ajeno para que él te lama y te reconquiste?

¿Cómo se le dice que no solo lo aceptaste, sino que en algún momento empezaste a necesitarlo?

Que te gusta el poder de las miradas ajenas.

Que te gusta saber que Rafa se corre con la imagen de ti siendo usada.

Que te gusta el sexo más crudo, más libre que encuentras en David.

Y que, al mismo tiempo, sigues queriendo a Rafa con una intensidad que a veces te asusta precisamente porque incluye todo esto.

Me pasé las manos por el pelo. Todavía notaba el olor y temí que Sonia pudiese olerlo también.

—Joder, Tere. ¿Tan grave es? Me estás acojonando.

Levanté la vista. Sonia tenía el ceño fruncido. Por primera vez en mucho tiempo la vi realmente inquieta, no solo curiosa.

—Es que… es que no lo vas a entender. Ni yo misma lo entiendo.

Me recliné en el sillón. El cuerpo me pesaba. Cada músculo protestaba. Pero el verdadero peso estaba en la garganta, en la dificultad de ordenar algo que se había ido construyendo a base de deseo, de miedo, de acuerdos a medias y de cruces de líneas que ya no se podían deshacer.

—No es una infidelidad al uso —dije por fin, eligiendo las palabras con cuidado—.

No le estoy engañando. Él lo sabe. Él… lo quiere.

Me lo ha pedido mil veces, hasta que al final acepté hacerlo.

De una forma que yo no sé explicar del todo.

Empezó como fantasía. Como juegos de cama.

Después se convirtió en algo más. Él me pide que esté con otros.

Que le cuente. Que vuelva marcada. Y yo…

yo he descubierto que me gusta. Que me gusta más de lo que debería.

Que hay una parte de mí que se siente viva de una manera distinta cuando cruzo esa línea.

Y otra parte que se pregunta qué coño nos está pasando.

—¡Espera, espera! Empieza por el principio —dijo Sonia, incorporándose en el sofá—. ¿Me estás diciendo que te estás tirando a otros tíos porque Rafa te lo pide? ¿Estás de coña?

La miré fijamente. No había rastro de humor en mi cara. Solo el cansancio de quien lleva demasiado tiempo sosteniendo algo en secreto y de pronto lo ve expuesto bajo la luz de la realidad.

—¿Crees que bromearía sobre algo así? ¿Que me inventaría una historia como esa?

Sonia abrió la boca y la volvió a cerrar. Sacudió la cabeza una vez, despacio, como si intentara acomodar la información en un sitio donde no cabía.

—No. Ni al guionista de Perdidos se le ocurriría algo tan retorcido. Es que no doy crédito a lo que oigo.

Me recliné más en el sillón. El cuerpo me seguía doliendo, pero ahora el malestar principal era otro: la rareza de oír en voz alta, delante de mi hermana, lo que hacíamos Rafa y yo. Pensé que, si Rafa se enteraba de que se lo estaba contando a mi hermana, me montaría un pollo monumental.

—Pues es lo que pasó —dije con calma—. Todo empezó con su insistencia para que le contase lo que les hacía a mis ligues en la época en la que nos habíamos dejado. Fantaseábamos con aquellos escarceos sexuales, hasta que quiso más. Y yo… yo se lo di.

Hubo un silencio largo. Sonia me miraba como si todavía esperara que de pronto sonriera y le dijera que era una broma pesada. Yo sostuve la mirada. No iba a suavizarlo.

—Al principio solo eran historias —continué—.

Noches en las que me pedía detalles. Cómo me habían tocado, qué les había dejado hacer, si me había corrido, si se me habían corrido dentro, o en la boca…

. Yo se lo contaba y él se ponía como loco solo de escuchar aquello.

Nuestro sexo mejoró hasta un punto que no creerías.

Después empezó a preguntarme si me gustaría que pasara otra vez.

Si me excitaba la idea de que otro me follara mientras él…

lo sabía. O mejor, mientras miraba. Yo le dije que era jugar con fuego.

Que los celos ya nos habían costado una ruptura.

Pero él insistía. Y poco a poco la fantasía dejó de ser solo suya. Empezó a ser también mía.

Me pasé una mano por el muslo. Tenía la piel pegajosa.