CUANDO VUELVA TE LO CUENTO 13. Cari, cuando vuelva, te lo cuento…
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13. Cari, cuando vuelva, te lo cuento…

Cari, cuando vuelva, te lo cuento…

Llevábamos toda la semana sin tocar el tema y ya era viernes.

David me había mandado un par de mensajes, pero yo le había pedido que me diese algo de tiempo.

Lo malo era que el tiempo se acababa y no tenía una respuesta para darle.

Pese a que por dentro me reconcomía pensando en sus besos y caricias, y que tenía todo el día mariposas revoloteaban en mi estómago, no quería forzar la situación con Rafa y parecer desesperada.

Estaba en casa ordenando los armarios de los niños, cuando recibí un mensaje de David.

Quería saber si podía llamarme. Pese a haberle dicho que no lo hiciera, me pudo el deseo de conseguir quedar con él y le dije que sí, que me llamase.

Salí a toda prisa hacia el jardín para que nadie pudiese escuchar la conversación.

—Hola, preciosa. ¿Cómo lo ves para vernos mañana? Necesito verte. Tengo malas noticias.

—¿Qué pasa? – le pregunté inquieta.

—El lunes tengo que estar en Dubái. Tenemos un proyecto importante, y el jefe de obra que teníamos previsto mandar, está de baja. Me ha tocado ir a sustituirle, por lo menos hasta que le den de alta. Y creo que va para largo.

—¿Cuánto tiempo?

—Por lo menos tres meses, pero conociendo la política de mi empresa, de no cambiar a los mandos de un proyecto hasta terminarlo, es probable que me tenga que quedar allí todo un año.

—Joder… ¿Pero no vas a venir a Madrid en todo ese tiempo? —pregunté sintiendo que se me caía el alma a los pies.

—Supongo que algo vendré, pero como comprenderás, no puedo concretarte nada por el momento. Por eso tengo tantas ganas de verte. El domingo salgo para Emiratos.

De repente, noté surgir una irrefrenable urgencia por verlo, no quería seguir pensando en las pegas que pudiese poner Rafa. Solo quería sentirlo dentro de mí y disfrutar una vez más de una noche con él.

—Dalo por hecho.

—¿Lo has hablado con tú marido?

—No hace falta. Ya soy mayorcita para poder tomar yo sola ese tipo de decisiones. —dije con más valentía de la que realmente sentía. —¿A qué hora te vendría bien?

—Pues no muy tarde que quiero levantarme temprano mañana para organizar los últimos flecos del viaje ¿Te parece bien a las cinco?

—Es un poco temprano, pero vale. Estaré lista. Aunque… no podemos hacerlo en mi casa. Están los niños, y no es plan.

—Perfecto. Déjame pensar una alternativa. Creo que todavía estoy a tiempo de darte una sorpresa ¿te recojo?

—Prefiero que nos veamos en algún sitio. Pásame la dirección e iré en Uber.

Colgué y me asusté al sentir que me abrazaban por la cintura desde atrás porque no me lo esperaba. Me giré y me encontré cara a cara con Rafa.

—¿Con quién hablabas?

Me quedé de piedra, pero no quería mentirle.

—Era David.

—¿Has quedado con él? – dijo frunciendo el ceño.

—Sí, hemos quedado mañana a las ocho – Rafa se separó de mí—. ¿Qué pasa ahora?

—No lo hemos hablado. Quedamos en que lo hablaríamos, y no lo hemos hecho.

—Lo sé, y lo siento, pero ha surgido algo y no lo podemos posponer.

—¿Qué ha pasado?

—Se tiene que ir a Dubái por trabajo. Va a estar fuera una buena temporada, y me quiero despedir de él.

Rafa se quedó callado un segundo. La mandíbula se le tensó.

—Cualquiera diría que, en lugar de un polvo, es la despedida a un enamorado —dijo al fin.

Negué con la cabeza de inmediato.

—No digas tonterías, Rafa. Sólo fue un polvo. No hay absolutamente nada afectivo entre nosotros. Sería absurdo. Pero fue una pasada, y si no te importa, me gustaría volver a quedar con él.

Él se pasó una mano por la cara, mirando hacia el fondo del jardín. El sol de la tarde le daba de lado.

—Esta vez, quizás quiera estar presente —murmuró—. Díselo.

Lo miré, sorprendida.

—No será aquí. ¿No pretenderás que me folle a un tío con los niños en casa?

—¿Entonces?

—Me ha dicho que quiere darme una sorpresa. Quizás me lleve a un hotel.

Rafa soltó el aire despacio. Se le notaba la lucha interna: el deseo de controlarlo todo, de estar, y al mismo tiempo la excitación de imaginarme otra vez con David sin poder intervenir.

—Eso cambia las cosas, Teresa.

—Yo también lo habría preferido, cari. Pero mis padres vuelven mañana de Conil, y llegarán tarde, los tuyos siguen de vacaciones y Sonia ya se ha comido a los niños toda la quincena. No puede ser en casa.

Me acerqué a él. Le toqué el brazo con suavidad.

—Venga, cari. Déjame ir… Cuando vuelva te lo contaré todo. Te lo prometo. Sé bueno, amor.

Él me sostuvo la mirada un buen rato. Al final asintió, cansado y excitado a partes iguales.

—No es como lo había imaginado. Pero si tantas ganas tienes…

—¡Gracias! —exclamé, y la sonrisa se me escapó antes de poder modularla—. Eres un sol. ¿Lo sabías? Y yo sabré recompensar tu generosidad. Ya lo verás.

Le di un beso en los labios. Él no profundizó. Cuando me separé, seguía con esa expresión de quien acaba de ceder algo que no estaba seguro de querer ceder.

El resto de la tarde se me hizo extraña.

Rafa salió a correr sin decir mucho más.

Yo terminé de ordenar los armarios de los niños con los nervios a flor de piel, consciente de que había conseguido lo que quería y, al mismo tiempo, de que algo se había tensado otra vez entre nosotros.

No había sido un rechazo frontal, pero sabía que había aceptado a regañadientes.

Estaba siendo como una tortura. Parecía que el tiempo no avanzase. Decidí pedir cita en la peluquería para ponerme guapa.

Después de una sesión de “chapa y pintura” volví a casa. Rafa no había regresado de correr, y los niños seguían en casa de unos amigos. Para matar el tiempo, decidí darme un repasito para terminar de sorprender a David. En ese momento oí la cerradura de la puerta.

—Hola, Rafa. Sube. Estoy arriba.

—Hola… ¿Qué haces? — preguntó al ver el despliegue que tenían en el dormitorio.

así da gusto llegar a casa. Me encanta cuando vas a la peluquería y te alisan el pelo, te arreglas las uñas - me tomó la mano—, y te preparas así para otro, pero sabes que me encanta - me tomó por la cintura y yo le rodeé el cuello.

—¿Ya no estás enfadado? —le pregunté con algo de temor, aunque su expresión era relajada.

—No estaba enfadado. Solo un poco molesto por lo que va a pasar sin que yo esté presente. Eso me jode, Tere.

—Lo sé, mi vida, pero en el fondo tú también sales beneficiado —dije, sonriendo—. Reconoce que te encanta esto. Por cierto, no sé si será mucho pedir…

Él arqueó una ceja, todavía con las manos en mi cintura.

—¿Qué quieres ahora? ¿No es suficiente todo lo que has conseguido?

Me mordí el labio un instante. La vergüenza era real, pero el deseo de prepararme del todo para el día siguiente pesaba más.

—Verás… me gustaría darle una sorpresa. Lo iba a hacer en la pelu, pero no estaba la chica de siempre y me daba vergüenza pedírselo a la dueña… ¿Me ayudas a afeitarme el coño?

Rafa se quedó quieto. La expresión se le transformó despacio: primero sorpresa, después una mezcla de excitación y de algo más oscuro, casi solemne.

—¿Ahora?

—Ahora. Si te apetece.

—¿Y eso?

—Sé que a los tíos os pone… y quería darle una sorpresa. Además, en Conil, cuando me puse aquel tanguita tan pequeño, se me veían los pelos, y no queda bien. Creo que voy a empezar a rasurármelo habitualmente. ¿No te gusta?

—Me encanta. Pero me jode que lo hagas para él. Me voy a poner celoso.

—¿Ves lo que te decía? Sea para él o sea para otro, al final, el que sale beneficiado eres tú.

Asintió sin decir nada más. Soltó mi cintura y se dirigió al baño. Escuché cómo abría el armario, cómo corría el agua. Volvió con una toalla, la maquinilla con una hoja nueva, espuma de afeitar y un cuenco pequeño con agua. Extendió la toalla sobre la cama, cerca del borde.

—Túmbate. Abre las piernas.

Obedecí. Me quité las bragas y me recosté con las rodillas flexionadas. Rafa se arrodilló entre mis muslos. Durante unos segundos se limitó a mirarme. El vello, cuidado pero presente, formaba una línea en el pubis. Él pasó el dorso de los dedos por encima, despacio, como midiendo el terreno.

—Está suave de la ducha —murmuró.

Aplicó la espuma con la yema de los dedos.

El contacto fue deliberado, casi ceremonial.

Extendió la espuma por todo el pubis, y bajó hacia los labios, cuidando de cubrir cada zona.

El olor de la espuma llenó el aire de la habitación.

Yo notaba la respiración un poco alterada, tanto la mía como la suya.

Empezó a rasurarme lentamente, mirándome de vez en cuando, momentos que yo aprovechaba para mirarle con descaro.

—Levanta un poco las caderas —pidió.

La espuma iba desapareciendo, dejando la piel al descubierto completamente lisa. De vez en cuando su dedo índice comprobaba el resultado, rozando la piel recién afeitada. Cada roce me arrancaba un pequeño escalofrío.

—Date la vuelta. Ya de hacerlo, hagámoslo bien. Pon el culo en alto.

—¿Me vas a rasurar la raja del culo? —reí incrédula.

—Evidentemente. Es posible que te quiera pasar la lengua por aquí. Si es tan buen amante como dices, lo hará, y cuando lo haga, tendrá una agradable sorpresa.

—Eres increíble, Rafa… De verdad, no creo posible tener un mejor marido que tú. Todavía no salgo de mi asombro.

Me giré. Apoyé la frente en las manos y arqueé la espalda.

Sentí cómo me abría un poco más las nalgas con los pulgares.

Aplicó más espuma en la zona del perineo y alrededor del ano.

La maquinilla volvió a deslizarse, esta vez con más cuidado incluso.

La sensación áspera del metal y el calor de sus dedos se alternaban.

Yo respiraba por la boca, consciente de lo expuesta que estaba y de lo silenciosa que se había vuelto la habitación.

Cuando terminó, pasó una toallita húmeda por toda la zona, retirando los restos de espuma y de vello.

Después me aplicó una crema hidratante, extendiéndola con las yemas en círculos muy suaves.

Sentía la piel hipersensible. Sus dedos se demoraron más de lo necesario en los labios, en el clítoris, en la entrada.

No llegó a penetrarme. Solo lo acarició, comprobando el resultado.

—Listo —dijo al fin, con la voz más grave—. Completamente lisa.

Me giré otra vez y me senté en el borde de la cama. Miré hacia abajo. La diferencia era radical. La piel se veía desnuda, vulnerable, preparada. Rafa seguía arrodillado entre mis piernas, observando su trabajo.

—Mañana se va a dar cuenta en cuanto me baje la falda —murmuré.

—Sí —contestó él—. Se va a dar cuenta. Y yo también, cuando vuelvas. Quiero olerte así. Quiero notarte así de suave cuando te abra las piernas.

Me levanté al tiempo que él arrojaba la camiseta con la que había ido a correr hacia una esquina del dormitorio. Con una mano acaricié su pecho, su estómago, mientras con la otra abarcaba su erección a través de la tela del pantalón de deporte haciéndole gemir.

—Joder, cari. Veo que la perspectiva de lo de mañana te ha puesto muy contento.

Comencé a masturbarlo. Sus brazos estaban tensos y sus puños apretados.

Era la situación más erótica que había vivido nunca, o seguramente no, pero me había puesto muy cachonda.

Antes, el sexo entre nosotros era bueno, pero desde que habíamos empezado con aquel juego, nuestra pasión estaba a flor de piel.

—¿Mañana le vas a hacer esto mismo a tú amante? —me preguntó cerrando los ojos y gimiendo.

—No. A ti te voy a hacer una paja. A él me lo voy a follar hasta no poder caminar con las piernas cerradas.

—¡Eres una hija de puta…!

No hizo falta más para que se corriese en mi mano, en mi vientre, y en el suelo.

—¡Mira cómo me has puesto, guarro! —No te muevas, ahora vuelvo, que has puesto perdido el suelo.

Me dirigí al baño y lo observé desde la puerta.

¿Le había dicho todas esas cosas? Cada provocación, cada cerdada que le decía parecía enardecerlo más.

Era como si no tuviese límites a la hora de imaginarme practicando los actos más aberrantes ¿Dónde estaba su límite?

La duda me hacía plantearme mil situaciones y sus posibles reacciones.

Me planteé que sería una buena piedra de toque tentarlo para ver hasta dónde estaría dispuesto a llegar.

Sacudí la cabeza para volver a la realidad. Me lavé las manos, humedecí una toalla y me limpié el vientre. Con ella en la mano salí de nuevo, seguía allí sin moverse. Me acerqué a él y lo limpié mientras le besaba ¿se le estaba levantando otra vez?

—¿Sabes que eres la mujer más morbosa que he conocido nunca?

—¿Sabes que todo esto es gracias a ti? Te quiero. Y te deseo, Rafa. Nunca lo olvides.