CUANDO VUELVA TE LO CUENTO 12. ¿Vuelta a la rutina?
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12. ¿Vuelta a la rutina?

¿Vuelta a la rutina?

—No sé. Hemos descansado, pero no tengo claro que pasarnos las vacaciones durmiendo con los niños y pasando todo el rato con tus padres, sea la idea de unas vacaciones idílicas.

Tenía en mente otras cosas, la verdad. Me había hecho a la idea de que serían unas vacaciones íntimas, alejados de todo el mundo conocido. Solos tú y yo.

—No te olvides de estos dos… — dije haciendo un gesto hacia el asiento de atrás, donde los niños escuchaban cada uno su música favorita. —No podemos dejárselos a nuestros padres para pasarnos nosotros unas vacaciones de puta madre.

—Ya mujer, pero dormir en la misma habitación durante dos semanas… Ni un polvo decente que hemos podido echar.

—¡Papá hay que dar la vuelta!

—¿Dar la vuelta, Martín? ¿Qué pasa? Llevamos doscientos kilómetros. —pregunté preocupado al ver la cara de incredulidad de mi hijo.

—Que me he dejado la tablet en casa de los abuelos.

—Martín, no voy a dar la vuelta por eso. — Respondí aliviado al ver que no era nada importante.

—¡Pero es que es ahí donde veo la serie de Netflix!

—Tranquilo, Martín. Los abuelos vuelven el sábado. Es solamente una semana, y te puedo dejar yo la mía. —Intervine yo para poner paz. —De todas formas, ya va siendo hora de que te ocupes de tus cosas. Ya no tienes tres años.

—Yo no me he olvidado nada. —dijo Sofía para provocarle.

—¡Qué ganas de volver a la rutina! —dijo Rafa medio en broma medio en serio.

—Hay rutinas y rutinas… —dije mirándole intensamente.

—¿Te estás refiriendo a algo en concreto?

—En concreto a nada. Pero las últimas semanas, han sido… de cierta intensidad, ¿no? No me dio la impresión de que te incomodase demasiado esa rutina.

—Tere, las últimas semanas en Madrid, fueron de todo menos rutinarias.

—¡Papá, necesito parar! — nos interrumpió Sofía.

—¿Otra vez pis? ¡Qué pesada eres, Sofi! Contigo hay que estar parando continuamente. Los viajes se hacen eternos. —se vengó Martín.

—¿Por qué no hiciste pis antes en la gasolinera?

—No tenía ganas. Pero ahora sí.

Miré a Rafa, que me hizo un gesto de cansancio y se puso a buscar en el navegador la gasolinera más cercana.

Al bajar, acompañé a Sofía al cuarto de baño, y cuando regresé, Rafa me miraba con una sonrisa boba en la cara.

—¿Qué me miras?

—Nada. Es solo que… te veo ahora con los niños, ejerciendo de madraza y cuando te recuerdo la otra noche con David o el otro día en la playa, se me hace raro.

—No tiene nada que ver lo del otro día con mi faceta como madre, ni siquiera con mi faceta como esposa… No ha cambiado nada.

—Casi nada. No te olvides que…

—Rafa, haz el favor de callarte. No es el momento ni el lugar.

—¿Qué pasa? — preguntó Sofía, que no perdía palabra de nuestra conversación. —¿Por qué os peleáis?

—No nos estamos peleando, cielo. Es que papá es muy gracioso… Y tú – dije atravesándole con la mirada – déjate de tonterías y conduce, que esto se está convirtiendo en un viaje más largo que el de Colón.

El resto del viaje lo hicimos escogiendo cada uno una canción alternativamente, por lo que, salvo alguna discusión de los niños por algún artista en concreto, llegamos a casa sin mayor incidencia.

Después de deshacer las maletas y poner un par de lavadoras, me monté en mi coche y tomé dirección al supermercado. Cuando entré miré en la lista de la compra. Teníamos que llenar la despensa, pero me centré en lo más urgente para los próximos días.

Estaba esperando la cola para pagar cuando me sonó el teléfono. Lo busqué en el bolso y me sorprendí al ver que era David. Dudé si contestar o no, pero como en ese momento me llegó el turno en la caja, decidí que más tarde en casa le mandaría un mensaje.

Al llegar a casa coloqué todo en la nevera, busqué algunos platos y le dejé las cosas para la cena sobre la encimera para que la preparase Rafa. Dejé fuera también los tomates y la lechuga para una ensalada. Llevábamos meses cenando carnes llenas de grasa y empezaba a tocar cuidar un poco la dieta.

Cuando ya lo tenía todo organizado fui al baño. Tras una buena ducha, muy necesaria, salí y me lo encontré en la cocina preparando lo que había dejado en la encimera.

Me sonó otra vez el móvil y sonreí al ver que era otra vez David. Me encerré en el baño, como cuando era adolescente y quería mantener una conversación privada, y le mandé un WhatsApp:

«No me gusta que me llames. Mejor mándame mensajes.»

«Perdona. Por fin te localizo. Pensaba que no querrías que nos volviésemos a ver.»

«Hemos estado de vacaciones. Acabamos de regresar.»

«¿Quieres que nos veamos? Me gustaría. Lo de la otra noche estuvo genial.»

Pensé en su enorme polla, y en la maestría de sus manos, y la verdad era que me apetecía un huevo quedar con él.

«A mí también me gustaría. Te digo algo. Hablamos.»

Dudé si contárselo a Rafa, pero enseguida me di cuenta de que no tenía sentido engañarle.

Lo que había pasado entre David y yo, había sido a instancia de Rafa, y entendía que tenía derecho a saber que estábamos en contacto de nuevo.

Así que al volver a la cocina le dije que me había escrito y que quería volver a verme.

—¿Y tú a él? —preguntó, algo incómodo, sin dejar de cortar las verduras.

Dudé un segundo. No quería sonar ansiosa ni demasiado segura.

—Pues… la verdad es que también. ¿Te molesta?

Rafa dejó el cuchillo sobre la tabla y se secó las manos en un paño. Se giró hacia mí con una expresión neutra.

—No lo sé —admitió—. No esperaba que esto fuera a ir tan rápido. Tal vez deberíamos hablarlo.

Me apoyé en la encimera, a un par de metros de él. Todo parecía demasiado doméstico para la conversación que estábamos a punto de tener.

—Hablarlo está bien —dije con calma—. Pero no sé exactamente qué quieres que te diga. Me ha escrito. Me apetece verlo. Y te lo estoy contando en cuanto ocurre. Eso es lo que acordamos, ¿no?

Él asintió despacio, pero la tensión no se le había ido de los hombros.

—Sí. Eso es lo que acordamos. Solo… que no pensé que fuera a ser tan pronto. Acabamos de volver de las vacaciones, y de pronto, él ya está aquí de nuevo, pidiendo que os volváis a ver.

La verdad era que la idea de volver a quedar con David me había calentado por dentro de una forma inmediata, casi física.

Recordaba el peso de su cuerpo, la forma en que me había follado, el sonido de mis propios gemidos.

Y recordaba también la rabia con la que lo había hecho, sabiendo que Rafa miraba. Esa mezcla seguía ahí.

Pero no iba a ponérmelo fácil. Ni a él ni a mí.

—No he quedado todavía —aclaré—. Solo le he dicho que me apetecía y que le diría algo. Nada más. Si prefieres que no, lo dejamos. Pero entonces necesito que me lo digas claramente. No que me mires con esa cara de no saber qué decir.

Rafa apoyó las manos en el borde de la encimera y bajó la cabeza un segundo. Cuando volvió a levantarla, su expresión era seria.

—Me pone —confesó—. La idea me pone. Pensar en que vuelvas a estar con él… es tremendamente excitante, pero también me genera algo aquí dentro que no sé gestionar del todo. —dijo señalándose el pecho—En Conil casi conseguí no pensar en ello. Ahora regresa de golpe y me pilla sin estar preparado.

Asentí. Entendía el desajuste. Yo también lo sentía, aunque muy diferente al suyo, claro. Yo sentía una atracción clara, casi impaciente, que prefería no exhibir demasiado para no parecer ansiosa.

—No tiene que ser mañana —dije—. Ni pasado. Puede ser dentro de una semana. O de dos. O no ser. Pero si vamos a seguir con esto, en algún momento va a volver a ocurrir. Con él o con otro. Esa es la realidad. ¿O preferías que lo del sábado fuera una excepción única y ya?

Él no contestó de inmediato. Yo, mientras tanto, me quedé observándolo en silencio.

Por dentro, la reflexión era más clara de lo que estaba dispuesta a verbalizar.

La posibilidad de follarme a otro hombre con el permiso explícito de Rafa ya no me resultaba abstracta.

Había cruzado esa línea. Sabía cómo se sentía el cuerpo después.

Sabía el extraño poder que me había dado estar en casa oliendo a otro, con la cama revuelta y llena de fluidos ajenos, y comprobar que mi marido me esperaba con una mezcla de dolor y deseo.

Y, sobre todo, sabía que una parte de mí quería repetir.

Porque el sexo con David había sido el mejor de mi vida, y eso me generaba adicción.

Negarlo, era engañarme a mí misma. Pero lógicamente, no se lo iba a decir así.

—No quiero que sea una excepción única —dijo Rafa al fin, sin mirarme—. Pero necesito ir a un ritmo que no me haga sentir que se me escapa de las manos.

—Entonces pongamos ese ritmo —propuse—. Yo no he quedado todavía.

No he dicho una fecha. Solo he reconocido que me apetece.

A partir de aquí, hablamos. Si te parece demasiado pronto, lo aparcamos.

Si te parece bien que le diga que, dentro de diez días, o quince, lo hablo con él.

Tú decides el margen. Yo solo te pido que no me pidas fingir que no me interesa.

Rafa se giró otra vez hacia mí. Esta vez me miró de frente.

—¿Te interesa mucho?

La pregunta era directa. Yo sostenía la mirada, pero medí la respuesta.

—Me interesa lo suficiente como para haber contestado que sí. No lo suficiente como para mentirte o para hacerlo a tus espaldas. Está en algún punto intermedio. Y prefiero que esté encima de la mesa, no debajo.

Él asintió, más despacio. Parecía estar digiriendo no solo mis palabras, sino el hecho de que yo me hubiese metido en el baño a contestar el mensaje con cierta urgencia.

—No sé Rafa… lo del otro día estuvo de puta madre, no te lo voy a negar, … Pero también me da miedo. ¿Entiendes que me apetezca y me asuste por igual?

—Bueno, lo vamos hablando. Además, si quieres, podemos hablarlo después arriba. Ya sabes que, en determinadas situaciones, me vuelvo bastante más “generoso”

Hubo un silencio breve entre nosotros. Yo saqué los platos y empecé a aliñar la ensalada. El gesto doméstico contrastaba de forma casi ridícula con lo que acabábamos de poner sobre la mesa.

Mientras lo hacía, pensé otra vez en David.

En cómo me había mirado cuando le dije que mi marido estaba en casa.

En la facilidad con la que había aceptado el marco.

En lo poco que me había juzgado. Y en lo mucho que, en este momento, me apetecía volver a sentir ese tipo de sexo, sin historia, sin cuidado excesivo, sin freno, también.

Solo cuerpos. Solo deseo. Con el permiso de Rafa como un eco raro y excitante de fondo.

Pero esa reflexión se quedó dentro de mi cabeza.

—¿Quieres que le diga que te lo tengo que consultar y que te contesto en unos días?

Rafa negó con la cabeza, todavía de espaldas.

—No. No hace falta que lo plantees como una consulta formal. Solo… no cierres nada todavía. Dame un poco de tiempo para acostumbrarme a la idea de que no fue solo una noche.

—Como quieras —contesté.

Esa noche, follamos como posesos, y como era de esperar, Rafa me pidió detalles de lo que me apetecería hacer con David.

No me costó demasiado hacer un ejercicio de imaginación, y plantear una situación llena de morbo, en la que entré en todo tipo de detalles de lo más escabroso, que era la parte que más excitaba a mi marido.

La verdad es que desde que ocurriera lo de David, y con la salvedad de Conil, por razones obvias, nunca habíamos follado tanto, o por lo menos no tan bien como en aquel momento.

Veinte minutos más tarde, ambos desnudos, respirábamos agotados tumbados boca arriba.

—Vas a acabar conmigo… —le dije sonriendo de satisfacción.

—Ya ves lo que me provocas, Tere. Y tú que pensabas que me iba a dar un ataque de celos…

—¿Tanto te pone verme con otro?

—Ni te lo imaginas…

Me giré y le besé. Al poco tiempo, escuché la respiración tranquila de Rafa que me anunciaba que se había dormido.

Yo me quedé intranquila dando vueltas en la cama.

No había sido totalmente sincera con él.

Sí, tenía miedo a estropear todo lo que teníamos, pero me había gustado tanto follar con David, sentir que podía hacerlo sin transgredir ninguna sagrada norma del matrimonio, que la mera idea de que Rafa pudiese poner pegas a aquella libertad me inquietaba.

Se me había ofrecido un tesoro, y quería poder seguir disfrutándolo.

Quería volver a hacerlo. Tenía que reconocer que me había encaprichado de David, y quería que Rafa accediese a más encuentros con él.