CUANDO VUELVA TE LO CUENTO 11. Las ansiadas vacaciones #5
64%

11. Las ansiadas vacaciones #5

—Desde hoy —contesté con sinceridad—. Primera vez en mucho tiempo. Rafa… digamos que me animó.

Ella miró a Rafa, que seguía callado, con la mandíbula apretada y la vista puesta en un punto indefinido del agua.

—Rafa el animador —murmuró Sonia—. Quién lo iba a decir. Y tú, Fernando, deja de mirar al infinito que pareces tonto. Esto es lo más interesante que vamos a ver en toda la semana.

Fernando se aclaró la garganta y por fin nos miró. A mí solo un segundo, rápido, profesional casi, y después a Rafa.

—Perdonad. No queríamos interrumpir. Sonia insistió en venir a esta cala porque decía que había menos gente… Vaya sorpresa que os estamos dando.

—Y menos mal que hemos venido —añadió ella—. Si no, me pierdo el estreno de mi hermana formal en versión libre. En serio, Tere, estás espectacular. Deberías haber empezado antes. Te sienta de puta madre.

La frase, dicha con su naturalidad habitual, me desarmó un poco.

La vergüenza inicial se mezcló con algo parecido al orgullo.

Miré de reojo a Rafa. Seguía tenso, pero ya parecía haberse hecho a la situación.

Observaba la escena con esa mezcla de incomodidad y excitación que yo empezaba a conocer demasiado bien.

—No es para tanto —dije—. Solo es topless. Todo el mundo lo hace hoy en día.

—Claro, claro —ironizó Sonia—. Por eso el hilo dental y justo al lado del corrillo ese. Muy sutil todo. ¿Supongo que no os habéis fijado en cómo os miraban? Esta noche van a caer unas cuantas pajas a tú salud, hermanita.

Fernando murmuró algo ininteligible y se dedicó a extender la toalla con excesiva concentración. Sonia se acomodó mejor sobre la arena, como quien se prepara para una conversación larga.

—Bueno —dijo—, ya que estamos, ¿tenéis una cerveza?

Porque yo no pienso moverme de aquí hasta que me cuentes, aunque sea por encima, cómo demonios habéis llegado a esto.

Porque el Rafa de hace unos años te habría cubierto con la toalla y nos habría echado a los dos.

Y ahora está ahí sentado, mirando cómo te miran, y no se le mueve un pelo. O sí se le mueve. Pero no de cabreo.

Rafa sonrió. Siempre se había llevado muy bien con Sonia.

—Las cosas cambian —dijo por fin, con voz controlada—. La gente también. Las cosas que antes me daban celos, eran chorradas. Prefiero disfrutar en lugar de sufrir.

—Ya lo veo —contestó Sonia—. Y vaya cambio. En fin. Mientras no os pillen los niños, haced lo que os dé la gana. Aunque os advierto que como la abuela se entere de que su hija la formal se pasea en tetas por la playa, la liamos.

Me reí. La risa me salió más relajada de lo que esperaba.

Fernando, a dos metros, seguía concentrado en no mirar demasiado, pese a que de vez en cuando me las miraba de forma furtiva.

Rafa apoyó una mano en mi espalda, baja, casi en la curva del culo, y la dejó allí.

Un gesto pequeño, y al mismo tiempo de complicidad.

Sonia sacó una lata de cerveza de la nevera y bebió un sorbo. Después me la ofreció.

—En cualquier caso —añadió, más bajo, solo para nosotros—, estás muy buena, hermana.

Y si este año has decidido dejar de esconderte, me parece bien.

Solo no me hagas quedar mal a mí, que soy la jovencita de la familia.

Si te pones así, nos van a comparar, y no me había fijado yo en lo bien que te conservas.

Y para que veas que yo no voy a ser menos —dijo, y sin más preámbulos se sacó la parte de arriba del bikini.

La tiró sobre la toalla con el mismo desparpajo con el que habría dejado un bolso—. No te importa, ¿verdad, Fer?

Fernando levantó la vista y se quedó un segundo congelado.

—Pues si me importa, estoy jodido —contestó, resignado—. Ya te lo has sacado…

Sonia soltó una carcajada y se puso de rodillas sobre la arena, con los pechos al aire, mirándonos a los tres con una expresión de desafío divertido.

—Bien, chicos. Ha llegado el momento de la verdad. ¿Quién las tiene mejor puestas?

Me reí, incrédula, y me llevé una mano a la frente.

—Sonia, tía. Córtate un poco.

—A ver. No seáis sosos —insistió ella, sacudiéndose la arena de los muslos—.

Estamos en la playa, hace un calor de mil demonios, las dos estamos en tetas y encima hay un público entregado ahí al lado.

Lo mínimo es reconocer los hechos. Rafa, tú que parece que te has convertido en un hombre de mundo últimamente… ¿qué opinas?

Rafa, que había recuperado algo de compostura, se pasó la lengua por el labio inferior y miró primero a Sonia, después a mí. Su expresión era una mezcla de diversión y de esa la seriedad que siempre le había caracterizado, pero también había un punto de osadía que yo ya empezaba a identificar.

—Opino que me estáis poniendo en un compromiso —dijo con calma—. Y que cualquier respuesta que dé me va a salir cara. Y a tú novio, no te cuento…

—Cobarde —lo acusó Sonia, señalándolo con el dedo—. Fernando, tú. Y no digas que no te has fijado, porque te he visto.

Fernando levantó las manos en señal de rendición, pero no pudo evitar que una sonrisa torcida se le escapara.

—Yo… paso. Estoy con la que tengo que estar. Y punto.

—Qué aburrido —protestó Sonia—. Tere, hermana. Sé honesta. Yo lo soy: las mías están más firmes, pero las tuyas son más grandes. Y encima no se te caen. Yo tengo cinco años menos de vida útil en estas. Lo admito.

Me incorporé un poco más, consciente de que ahora éramos dos las que estábamos completamente expuestas, y de que el grupo de jóvenes de unos metros más allá había dejado de fingir que no miraba. Uno de ellos incluso se había puesto de lado para no perder el mejor ángulo.

—No voy a entrar en ese juego —contesté, aunque la risa me traicionaba—. Además, tú siempre has tenido mejor cintura. Y mejores piernas. Así que estamos en paz.

Sonia se señaló los pechos con las dos manos, orgullosa y ridícula a la vez.

—Pero estas son las que mandan en la playa, cariño. Y hoy las tuyas están ganando por goleada. Rafa, confiesa. Te gustan más las de tu mujer.

Rafa miró hacia el mar un segundo, como buscando paciencia, y después nos miró a las dos.

—Me gustan más las de mi mujer —dijo sin adornos—. Siempre me han gustado más. Y hoy, además, me gusta verlas así. A la vista. Sin esconderlas. Así que sí. Gana ella. En mi opinión.

Sonia abrió la boca en una exageración cómica de ofensa y después rompió a reír.

—Al menos eres sincero. Me gusta este Rafa nuevo. El de antes se habría puesto a dar explicaciones raras y nos habría cubierto a las dos con la toalla. Este… este está disfrutando del espectáculo. ¿A que sí?

Rafa no lo negó. Solo se encogió de hombros y apoyó una mano en la parte baja de mi espalda, con los dedos rozando la curva del culo por encima del hilo del tanga.

Fernando, que había estado en silencio, se aclaró la garganta.

—¿Podemos… dejar de hablar de tetas un rato? O al menos bajar el volumen. Que nos están oyendo.

—Que nos oigan —replicó Sonia—. Total, ya nos están mirando como si fuéramos el entretenimiento del día. ¿Verdad, Tere?

Asentí despacio. Tenía razón. El grupo de chicos ya no disimulaba.

Había comentarios, alguna risa, y más de una mirada directa que iba de mis pechos a los de Sonia y de vuelta.

La situación era absurda, incómoda y, de forma extraña, liberadora.

Estaba en topless en una playa, delante de mi hermana, del novio de mi hermana y de un corrillo de desconocidos, y el mundo no se había acabado.

Rafa estaba a mi lado, probablemente empalmado, y sin intentar taparme.

Sonia había convertido el momento en un juego.

Y yo… yo estaba disfrutando de que aquello ocurriera.

—Un poco de dignidad, Sonia —dije, aunque sin convicción real—. Que después tenemos que cenar todos juntos y mirarnos a la cara. ¡Y a mamá ni mu, eh!

—¿Estás loca? —contestó ella, recostándose sobre los codos y ofreciendo el pecho al sol con deliberación—. Lo que me faltaba era tener que oír una de esas charlas sobre lo loca y desvergonzada que es la juventud. Mamá está hecha una “carca”, y tampoco es tan mayor, tía.

Me eché más crema en las tetas, ahora sin ser tan obvia como lo había sido antes, pero me fijé que mi “cuñado” no me sacaba ojo.

Después me tumbé otra vez boca arriba, con los pechos al aire y el sol golpeándome la piel.

A mi lado, Sonia hizo lo mismo. La vergüenza inicial se había transformado en algo más ligero, casi cómplice.

Rafa se inclinó hacia mí y me habló al oído, lo bastante bajo para que solo yo oyera:

—No pensé que el día fuera a terminar así.

—Yo tampoco —susurré con complicidad—. Pero confiesa. Te está gustando.

Él no contestó y vi que su mirada se cruzaba un instante con la de uno de los chicos del grupo. Después se recostó a mi lado, como si nada.