11. Las ansiadas vacaciones #4
Rafa se detuvo un momento, barriendo la playa con la vista. Después señaló con la barbilla el espacio libre justo al lado del grupo de jóvenes.
—Ahí —dijo—. Ese es buen sitio para ponernos.
Lo miré, sorprendida de verdad.
—¿En serio quieres que me ponga aquí con las tetas al aire?
Él sostuvo mi mirada. Había en la suya una mezcla de desafío y de deseo que no le había visto desde Madrid.
—¿No pensarías que, para una vez que podemos hacerlo, te iba a decir que lo hicieras escondida? Aquí está bien. Que te miren
Asentí despacio. El corazón me había cambiado de ritmo. Caminamos hasta el lugar elegido. Extendimos las toallas y Rafa empezó a colocar la sombrilla.
Le miré con picardía, y sin la menor vacilación, me saqué el vestido.
Mi cuerpo quedó completamente expuesto, salvo por la diminuta braguita del bikini que apenas cubría lo justo.
Me fijé que entre los chavales se había hecho el silencio.
Varios se avisaban con gestos de complicidad de lo que se les acababa de situar a escasos quince metros.
—¿No vas a dejar de provocarlos? —murmuró, Rafa mirando a su alrededor y comprobando que me miraban con los ojos como platos.
—¿No era esto lo que querías? Te lo había prometido. ¿O acaso pensabas que me iba a cortar?
Rafa se pasó una mano por el pelo y suspiró.
—Me vas a matar.
Yo sonreí y me dejé caer sobre la toalla.
—¡Pero qué bonito epitafio: murió feliz en la playa!
—Estás demasiado tenso —le dije, girándome boca arriba—. Anda, dame la crema. Me tengo que echar en las tetas, que no quiero que se me quemen, Ya ves lo blanquitas que las tengo.
El aire me rozó los pechos desnudos. Noté el peso de las miradas como una caricia física.
Rafa se sentó a mi lado, y me pasó el protector solar.
Mientras me untaba los pechos despacio, con las manos abiertas, escuché que un silbido había salido del grupo de chavales, seguido de un comentario y unas risas.
Rafa miró hacia ellos y después a mí, que en ese momento me cubría de crema los pezones y el contorno.
—Ya está —murmuró—. Ya te están mirando.
—Lo sé —contesté, cerrando los ojos un momento, dejando que el sol y las miradas me calentaran por igual—. ¿Y a ti? ¿Cómo te sientes?
Él se recostó a mi lado, muy cerca, y habló sin mirarme, con la vista puesta en el mar:
—Como una piedra. Y hablando de todo un poco… Antes, en el coche… —empezó, sin girarse del todo—. ¿De verdad te parece que Fernando está bueno?
Me puse de lado, apoyándome en un codo.
—Sí —contesté con naturalidad—. Está bueno. Pero estaba bromeando, Rafa. Nunca me atrevería a mirar al novio de mi hermana. Aunque no lo parezca por mis últimos comportamientos, tengo mis valores. Hay líneas que no cruzaría nunca. Esa es una de ellas.
Él asintió despacio, como aceptando la respuesta. Yo me incorporé del todo y me sacudí la arena de los brazos.
—Y, por cierto, vamos al agua, que me estoy quemando.
Me levanté. Rafa también.
—¿No te pones la parte de arriba?
Me detuve y lo miré con media sonrisa.
—¿Esa? ¿Estás de coña, no? Con mis tetas es peor ir con eso que sin nada. Parece que lo llevas puesto de broma. ¿Te molesta que vaya así?
—¿A mí? —repitió él, y la mirada se le oscureció de placer—. Para nada. Disfruto de ver cómo te miran. Ahora, cuando pasemos delante de esos, ya verás cómo se te comen con los ojos.
Caminamos hacia el agua. El grupo de chavales estaba justo en nuestra trayectoria, a escasos metros.
Yo no aceleré el paso, más bien lo reduje.
Caminé con naturalidad, pero moviendo las caderas rítmicamente, el hilo del tanga lo tenía entre las nalgas y los pechos libres se balanceaban con cada paso.
Rafa iba a mi lado, y me tomó de la mano.
Las conversaciones del grupo se cortaron un segundo a nuestro paso. Sentí las miradas de sorpresa primero, y después de evaluación abierta, cargadas de deseo sin el menor disimulo. No dije nada. Rafa tampoco. Pero noté cómo su mano me daba un apretón rápido.
Me sumergí hasta los hombros y, al salir, noté que varios de aquellos ojos seguían puestos en nosotros. En mí. Rafa lo vio también.
Yo le miré, y él me sonrió.
—Provócales.
—¿Más?
—Venga.
Me giré de espaldas a ellos, y tiré hacia arriba del hilo del tanga, que literalmente desapareció entre mis nalgas.
Me gustaba sentirme observada. Era excitante.
Si hay algo que me gustaba de mi cuerpo, era mi culo.
Lo tenía redondo como un melocotón, y si a eso le sumabas un par de tetas más que decentes, daba el nivel más que de forma aceptable.
Me fui metiendo poco a poco en el agua exhibiéndome al caminar, sabiendo perfectamente que no me quitaban la vista de encima. Rafa se me acercó por detrás. La orilla se veía a lo lejos, aunque no nos cubría.
Rafa me agarró por detrás. Noté perfectamente su erección contra mi culo.
Se quedó así unos segundos besándome el cuello.
Podía oír su respiración agitada pegada a mi oreja, casi como un jadeo.
Su lengua se metió en mi oído. Esa sensación siempre me ha excitado muchísimo No quería mirar hacia la orilla porque suponía que la chavalada se lo estaría pasando en grande con nosotros.
Rafa me metió la mano entre las piernas y empezó a tocarme.
Yo ya estaba cachonda perdida tras el numerito del coche, y por la excitación de las miradas de los chavales aquellos, así que sentí que sus dedos resbalaban en mi humedad.
Con movimientos circulares, me recorrió los alrededores del clítoris, mientras con la lengua seguía dando vueltas en mi oído.
Con la mano libre, comenzó a pellizcarme los pezones.
Tardé menos de un minuto en correrme. Fue un orgasmo rápido, pero no pude reprimir los gemidos.
Miré hacia la orilla, y vi que los chavales no dejaban de mirarnos.
Algunos tenían los móviles en la mano, así que me temía lo peor.
—Rafa… nos están grabando. Los chicos.
—Normal. Yo también lo haría…
Noté su polla todavía más dura frotándose contra mí.
Él me dio la vuelta y comenzó a comerme la boca.
Guio mi mano por debajo de su bañador. Empecé a masturbarle sin dejar de mirarle a los ojos.
Vi su cara de placer. Aceleré el ritmo sin dejar de mirarle.
Sabía que le ponía percibir cierto descaro en mi mirada, y en ese momento, yo era una completa desvergonzada.
Intentó levantarme en el agua para follarme.
—No te pases… Conténtate con una paja. —le dije para no acabar detenidos por alteración del orden público.
Seguí con mi trabajo manual, hasta que noté que comenzaba a temblar. Cerró los ojos, y se echó hacia atrás. Al mirar hacia abajo, vi los hilos de semen espeso mezclándose con el agua.
Tras recomponernos unos segundos, volvimos a la arena. Al pasar junto al grupo de chavales, escuchamos ¿aplausos? ¡Joder! Y nosotros que pensábamos que nadie se había dado cuenta de nada…
Después de habernos corrido, nos entró el habitual sopor. Cerré los ojos mientras le daba la mano a Rafa. Sentía el calor del sol en mis pechos, que no habían catado el sol hasta aquel día, así que me di la vuelta, y me quedé dormida.
—¡Pero serás golfa! ¡Mira doña perfecta en pelota picada en medio de la playa! ¡Y don celoso como si nada!
La voz de Sonia me sobresaltó. Me incorporé de golpe, apoyándome en los codos, y los vi a los dos frente a nosotros. Sonia con las manos en las caderas y una expresión entre divertida y escandalizada, Fernando un paso detrás, con la toalla al hombro y cara de no saber dónde meterse.
Sentí una oleada de vergüenza subirme por el cuello.
El reflejo inmediato fue buscar la parte de arriba del bikini y cubrirme.
La mano incluso se movió hacia la toalla.
Pero me detuve. Aquellos diminutos triángulos apenas taparían los pezones y sería peor el remedio que la enfermedad, así que haciendo de tripas corazón, enderecé la espalda, saqué pecho con deliberación y les sonreí.
—Hola a los dos —dije con la mayor naturalidad que pude reunir—. No os esperábamos por aquí.
Sonia no apartó la vista de mi pecho. Después bajó la mirada hacia el mínimo tanga y soltó una carcajada.
—¡Y joder con el tanga que lleva la tía! Hilo dental. En serio, Tere, ¿eso se considera ropa?
Rafa, a mi lado, se incorporó también. Noté la tensión en sus hombros.
Estaba nervioso. Se pasó una mano por el pelo y balbuceó algo sobre las marcas del bikini, sobre lo poco estético que resultaba el contraste del blanco con el moreno, y que era la primera vez en todo el verano que podíamos ir a la playa solo nosotros dos.
La explicación sonó absurda incluso para él. Sonia lo miró con una ceja arqueada.
—Y yo que pensaba que eras un moro… —dijo, sacudiendo la cabeza—. El Rafa celoso, el que se ponía de mala hostia si alguien te miraba demasiado. Y ahora resulta que te trae aquí en pelotas y encima elige el sitio con más público. Menuda evolución.
—Sonia, no grites —intervino Fernando, visiblemente avergonzado. —Hay gente.
—Es que esto es lo último que me esperaba encontrarme aquí —siguió ella, sin bajar mucho el volumen—.
Si conocieras a Tere… Bueno, la conoces de oídas.
Siempre ha sido la hija formal. La que estudiaba medicina, la que se casó, la que tuvo los niños y el casoplón lujoso y un trabajo serio.
Y ahora mira cómo está la tía. En tetas, con un hilo en el culo, en medio de la playa.
Y encima las tiene mejor puestas que yo.
Tiene dos niños y diez años más, y fíjate.
—Sólo cinco, querida —corregí con calma, sosteniéndole la mirada—. Cinco años. No digas barbaridades.
Sonia soltó otra carcajada y se dejó caer de rodillas sobre la arena, a un metro de nuestra toalla. Fernando permaneció de pie un segundo más, indeciso, y al final se agachó también, colocando la toalla un poco más lejos, como si ese metro le diese más seguridad.
—Cinco, diez, da igual —dijo Sonia—. El caso es que estás hecha una diosa. ¿Desde cuándo haces topless? Porque yo no te había visto nunca.