CUANDO VUELVA TE LO CUENTO 11. Las ansiadas vacaciones #3
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11. Las ansiadas vacaciones #3

El sexo, inevitablemente, quedó reducido al mínimo.

Compartíamos habitación con los niños, por lo que la falta de intimidad era casi absoluta.

Cualquier movimiento, cualquier susurro, corría el riesgo de despertarlos.

Las primeras noches apenas nos tocamos. Después, en alguna madrugada en que sus respiraciones nos anunciaban que estaban completamente dormidos, buscábamos un contacto breve, silencioso, casi furtivo, bajo las sábanas y con la tensión constante de no hacer ruido.

No hubo conversaciones largas en la oscuridad.

El cuerpo nos pedía una cosa, pero las circunstancias imponían otra.

En cierto modo, aquella contención también formó parte de la tregua.

Nos obligó a estar juntos sin la válvula de escape del deseo, a mirarnos como a una pareja con hijos, que llevaba una vida de lo más normal.

Con el paso de los días se fue instalando una rutina que, vista desde fuera, resultaba casi idílica: playa por la mañana, sombra y piscina por la tarde, cena en familia o en algún local de los muchos que había en el pueblo.

Ya estaba yo pensando que Rafa se iba a tener que quedar con las ganas de verme en tetas en la playa, cuando uno de los últimos días que nos quedábamos en Conil los niños se negaron a ir otra vez.

Decían que estaban cansados de tanto sol, tanta arena y que preferían quedarse en la piscina de los abuelos.

Mis padres, también algo saturados de playa, nos dijeron que se quedarían en casa y que fuésemos nosotros tranquilamente.

Sonia y Fernando, como de costumbre, iban a su bola.

La posibilidad se nos presentó de forma natural.

Estábamos en la habitación recogiendo la toalla y el protector cuando saqué del fondo del cajón donde guardaba la ropa interior, uno de los dos bikinis que había traído escondido entre la ropa.

La parte de abajo consistía en dos triángulos mínimos de tela negra unidos por hilos finísimos que apenas cubrían lo esencial por delante y se perdían en un tanga casi inexistente por detrás.

La parte de arriba, todavía más escasa, eran dos triángulos ridículos sujetos por cordones finos.

En la práctica, una vez puesto, dejaba a la vista casi todo. Se lo enseñé a Rafa.

—¿Lo ves demasiado pequeño para una mamá treintañera?

Rafa se acercó y lo examinó entre mis dedos. Se le escapó una media sonrisa cargada.

—Para hacer topless no hace falta la parte de arriba —murmuró, mirándome con los ojos muy abiertos.

—Lo sé. Ni me la pienso poner. Es tan pequeña, que es ridícula. Pero la de abajo te va a sorprender. Cuando me lo ponga vas a entender por qué lo he guardado hasta ahora.

Me giré hacia él, todavía vestida con la camiseta y el short de estar por casa, y acerqué la boca a su oído.

—Hoy no voy a pasar desapercibida. Ni un poco. Vas a tener que aguantar que me miren. Y no de refilón.

Él tragó saliva. Noté cómo se le tensaba el cuello.

—Póntelo —dijo, la voz un poco más grave—. Quiero verlo antes de salir.

Me quité la ropa delante de él, despacio.

Primero el short, después la camiseta. Me quedé desnuda un segundo, consciente de su mirada, y entonces me puse el bikini.

La parte de abajo subió con dificultad; la tela era tan escasa que el hilo se me clavaba en las caderas y el triángulo delantero apenas tapaba el monte de Venus.

Llevaba el pubis recortado, pero parte de la escasa tira de vello se veía debido a la mínima porción de tela que la cubría.

Al girarme, el hilo trasero desaparecía por completo entre las nalgas.

La parte de arriba la até como pude, pero los triángulos cubrían poco más que los pezones. Cualquier movimiento los desplazaba.

Rafa soltó el aire despacio.

—Joder, Tere…

—¿Te gusta?

—Me voy a pasar el día empalmado. Y no solo yo.

Sonreí. Me saqué la absurda parte de arriba, me puse encima un vestido playero y unas chanclas. Mientras bajábamos al coche, le hablé en voz baja, pegada a su brazo:

—Cuando me quite esto en la playa se me van a comer con los ojos.

Incluso es posible que alguna mujer me mire mal, y piense que soy un poco zorra.

Pero lo menor será que yo voy a estar tumbada a tu lado, como si nada, sabiendo que me estás mirando a mí y a ellos al mismo tiempo. ¿Crees que vas a aguantar?

Él abrió la puerta del copiloto para que subiera. Antes de cerrarla, se inclinó.

—Ya veremos. Y después, cuando volvamos, te voy a follar.

—No prometas cosas que después no puedas cumplir. Te recuerdo que tenemos dos criaturitas durmiendo a nuestro lado.

—¿A que con este bikini te gusto más que con los otros? —susurré, sujetándome el pelo en una coleta.

—Esto va a ser una tortura. No voy a poder ni caminar.

El viaje hasta la cala solitaria a la que habíamos decidido ir, era algo más largo de lo habitual, aunque sabíamos por experiencia, que merecía la pena por la tranquilidad que ofrecía.

Me acerqué a él deslizando las manos por su brazo.

—Tienes que aprender a controlar tus impulsos… Y más con las cosas que te gustan ahora… —dije provocándole.

—Vamos, anda. La playa nos espera.

Yo tenía el día juguetón, y por qué no decirlo, estaba bastante cachonda después de dos semanas de abstinencia.

Decidí que era un buen momento para calentar a mi marido, que se había excitado al ver la forma en la que iba a ir a la playa.

Iba sentada con las piernas cruzadas en el asiento del copiloto, jugando con los tirantes del vestido como si fuera lo más natural del mundo.

Al principio, él trató de ignorarlo, concentrándose en la carretera, pero en cuanto un botón más se deshizo y dejó entrever el inicio de mis pechos, sintió cómo su mandíbula se tensaba.

—Tere… —advirtió sin apartar la vista del camino.

—¿Mmm? —respondí juguetona.

Uno de los tirantes del vestido, cayó y no hice nada por recolocármelo. El pezón asomó por la tela. Con fingida indiferencia, abrí ligeramente las piernas, y me recosté más en el asiento.

—Vas a hacer que tengamos un accidente —protestó él.

Solté una carcajada, divertida.

—No seas tan serio. ¿Desde cuándo te pones tan tenso conmigo? Creía que eras un nuevo Rafa, más liberal en todos los aspectos.

Él negó con la cabeza, tratando de mantener la calma.

—Eres un peligro público.

—Podrías haber sacado ese bikini cualquier otro día —dijo de pronto, sin apartar la vista de la carretera—. Llevamos casi dos semanas aquí.

Sonreí por lo bajo.

—Claro. Delante de mis padres y de los niños. Y de Fernando —añadí, girándome un poco hacia él—. Seguro que si me viera con él puesto dejaría de mirar un rato a Sonia.

Él levantó una ceja, todavía sonriendo.

—Están en la primera fase de las parejas de enamorados. No se entera de nada más que de lo que le dice tú hermana.

—Está bastante bueno —observé con naturalidad—. Alto, delgado. Tiene pinta de tener buen cuerpo… No es feo, desde luego.

—Pero si solo tiene ojos para Sonia —dijo—. Lleva días sin despegarse. Parece que les hayan pegado con cola.

Me encogí de hombros, dejando que el pecho se asomase un poco más.

—A lo mejor porque no me ha visto con este bikini —contesté—. Todo el mundo tiene un punto débil. Quítale a Sonia de en medio cinco minutos, ponme con esto delante y a ver qué pasa con esa mirada seria.

Rafa rio de verdad esta vez, sacudiendo la cabeza.

—Eres mala.

—Soy realista. Tú mismo estás conduciendo con una mano en el volante y la otra en mi pierna porque sabes lo que llevo debajo. Imagínate el efecto en alguien que no está prevenido. Pobre Fernando.

—Y Sonia te mataría —añadió él.

—Sonia cambiaría de novio la semana que viene y ni se acordaría. Ya la conoces. Yo, en cambio, me llevaría la satisfacción de haber comprobado la teoría.

Él me miró de reojo, divertido y un poco excitado.

—Estás muy segura de ti misma últimamente.

—Me has puesto un espejo delante, Rafa. Y encima me has dicho que te gusta lo que se refleja. No te extrañe que ahora juegue un poco. Además, confiesa: ¿no te calentaría un poco la idea de que Fernando se quedara mirándome de más? Aunque solo fuera un segundo.

—Me calentaría. Y me jodería. Las dos cosas a la vez. Como casi todo lo que tiene que ver contigo desde hace dos semanas.

Asentí, satisfecha de la honestidad.

—Pues entonces menos mal que hoy no está. Porque con este tanga puesto no garantizo el comportamiento de nadie. Ni el mío.

Sonreí con picardía y deslicé un dedo por el borde del vestido, acariciándome entre las piernas. Cerré los ojos y recliné un poco más el respaldo del asiento.

—Tú conduce… Yo voy a relajarme un poco.

—Así no puedo conducir, tía. ¿Qué vas a hacer?

Apoyé los dos pies en el salpicadero y abrí las piernas.

El diminuto triángulo dejaba a la vista parte de mi vello púbico.

Sin dejar de mirarle, bajé una mano y separé la tela para acariciarme suavemente, sin dejar de mirarle.

Su cara se transformó en apenas unos segundos, le costaba mantener los ojos en la carretera.

Metí un dedo entre los labios vaginales hundiéndolo en mi interior. Retiré los dedos, y me los lamí.

La imagen era impactante, con el vestido subido, las piernas abiertas y las sandalias sobre el salpicadero. Rafa retiró la mano del volante e intentó acariciarme, pero yo se lo impedí apartándosela con la rodilla.

― ¡Tú conduce…! ―dije echando la cabeza hacia atrás sin dejar de masturbarme.

Continué un rato tocándome, aunque lo que realmente quería era calentar a Rafa.

― Joder, si sigo así me voy a correr... ―dije recomponiéndome y dejando de masturbarme. —¿Te ha gustado el espectáculo?

—Me dejas sin palabras… ¿Dónde has dejado a mí mujer? ¡La has suplantado!

—Soy yo, Rafa. Pero el culpable de todo este cambio eres tú. Me has hecho descubrir cosas que no sabía que llevaba dentro. Y lo que quiero que sepas que esto no ha hecho más que empezar…

Cuando llegamos a la playa, había varios grupos dispersos de gente. Hacia la izquierda, había un grupo de chicos jóvenes, de unos veinte años, montando bastante escándalo.