11. Las ansiadas vacaciones #2
Entramos en la casa. El olor familiar me envolvió de inmediato. Mi padre me abrazó y me plantó un par de sonoros besos en la mejilla.
—¿El viaje? —preguntó mi padre.
—Largo, pero bien —respondió Rafa—. Sin contratiempos.
Nos sentamos un rato en el porche, a la sombra. Martín se acomodó en una de las sillas de mimbre con la toalla todavía al hombro. Sofía se sentó en el borde de la mesa, balanceando una pierna.
—Contad —dije—. ¿Qué habéis hecho estos días?
Martín se encogió de hombros, como si le pidieran un resumen que ya había ensayado mentalmente.
—El primer día nos llevaron al puerto a ver los barcos. Después comimos por allí. Por la tarde, piscina. Al día siguiente, playa por la mañana y por la tarde nos quedamos en casa porque hacía demasiado calor. El abuelo nos ha enseñado a jugar al mus, pero Sofía hace trampas.
—No hago trampas —protestó ella chillando—. Simplemente recuerdo mejor las cartas. Tú te despistas.
—Te he pillado mirando las mías dos veces —insistió Martín.
—Y tú has intentado cambiar el triunfo cuando nadie miraba —replicó ella sin alterarse—. Estamos en paz.
Mi padre soltó una carcajada desde su butaca.
—Tienen razón los dos. El mus aquí se juega con reglas flexibles.
Sofía se giró hacia mí.
—El miércoles fuimos a un chiringuito que está al final de la playa. Pedí una ración de calamares y me los comí casi todos. Martín se pidió una hamburguesa y luego estuvo quejándose de que le había sentado mal.
—No me sentó mal —corrigió él—. Simplemente comí demasiado rápido.
—Te quejaste durante media hora —dijo Sofía.
Martín no contestó. Se limitó a mirarla con esa expresión de hermano mayor que ya ha aprendido a elegir sus batallas.
Rafa se acomodó en la silla junto a mí y preguntó:
—¿Habéis entrado mucho al agua?
—Yo sí —respondió Martín—. Bastante. El agua está buena a partir de las doce, cuando calienta. Por la mañana todavía pica. Sofía prefiere quedarse en la arena.
Mi madre salió con una jarra de limonada y unos vasos.
—Dejadlos respirar —dijo mientras servía—. Llevan toda la tarde preguntando a qué hora llegaríais.
Rafa y yo intercambiamos una mirada. En esa mirada había algo de alivio.
La normalidad de los niños, su forma seca y precisa de contar los días, nos había devuelto a una normalidad tranquilizadora.
Durante el viaje habíamos hablado de sombras, de cambios, de puertas abiertas.
Aquí, en el porche de la casa de mis padres, todo parecía como siempre.
—Mañana queremos ir a la cala de los Frailes —dijo Martín—. Está más escondida y suele haber menos gente. El abuelo dice que el acceso es un poco malo, pero se puede bajar.
La conversación siguió así un rato más. Cuando el sol empezó a bajar, mi madre se levantó. Nos dijo que nos había dejado la habitación de siempre preparada, pero que tendríamos que dormir con los niños. Había venido mi hermana Sonia con su novio y ocupaban el cuarto de invitados.
Sonia era mi hermana pequeña. Cinco años menor que yo.
De adolescente ya cambiaba de novio como de bolso: uno cada temporada, a veces menos.
Siempre distintos, siempre presentados con la misma ilusión pasajera, siempre sustituidos sin demasiado drama cuando dejaban de interesarle.
Nunca se había instalado en nada estable.
Mientras yo construía mi matrimonio con Rafa, los niños y rutinas, ella seguía coleccionando comienzos.
Esta vez el nuevo se llamaba Fernando, según nos había adelantado mi madre, y llevaban “casi cuatro meses”, lo que en su calendario personal ya rozaba el récord.
Llegaron cuando todavía estábamos en el porche terminando la limonada. El coche de Sonia aparcó detrás del nuestro con un frenazo. Bajó ella primero, con el pelo recogido en un moño y unas gafas de sol grandes. Detrás salió él. Era alto, delgado, y con una sonrisa educada.
Los niños reaccionaron al momento. Martín se levantó de la silla y se acercó con paso tranquilo. Sofía bajó de un salto del borde de la mesa y fue directa a abrazarle la cintura a Sonia.
—Hola, tía —dijo Martín.
—Hola, monstruo —contestó ella, revolviéndole el pelo con cariño.
Sofía levantó la cara hacia su tía sin soltarla.
—Ya están aquí papá y mamá —anunció con naturalidad—. Esta noche no tendrás que leerme para que me duerma. Se ocupan ellos.
Sonia soltó una risa breve y le devolvió el abrazo con más fuerza.
—Menos mal. Me estaba quedando sin cuentos.
Después se separó un poco y nos miró a Rafa y a mí. Hizo el gesto de presentación con la mano hacia el hombre que esperaba a dos pasos.
—Este es Fernando. Fernando, mi hermana Teresa, mi cuñado Rafa, a estos dos ya los conoces.
Fernando adelantó un paso y le tendió la mano a Rafa. A mí me dio dos besos.
—Encantado. Sonia habla mucho de vosotros.
—Espero que solo de las cosas buenas —contesté yo.
—De casi todas —dijo Sonia con una media sonrisa—. El resto se lo cuento yo en privado.
La llegada de Sonia y Fernando metió de golpe más ruido en la casa. Yo observé a mi hermana mientras subían a su habitación. Seguía siendo la misma de siempre, hablando con aquella ligereza, rápida para ilusionarse, e igual de rápida para soltar lastre.
Los doce primeros días de vacaciones fueron transcurriendo plácidamente y, vistos en retrospectiva, fueron una pequeña tregua en tanta tensión que se había generado entre nosotros.
No porque lo ocurrido el sábado hubiera desaparecido —seguía ahí, presente en cada mirada, en cada frase y en casa caricia—, sino porque la vida familiar lo empujó hacia los márgenes y lo mantuvo subyacente con la fuerza de lo cotidiano.
Los niños marcaron el ritmo desde el primer momento.
Martín se levantaba temprano, casi siempre antes que el resto, y aparecía en la cocina con el pelo revuelto y la toalla al hombro, preguntando si íbamos a la playa o si ese día tocaba piscina o conocer algún nuevo pueblo de las inmediaciones.
Sofía, más lenta al despertar, necesitaba un rato antes de espabilar.
Entre los dos organizaban sin proponérselo la jornada de todos, o por lo menos la nuestra y la de mis padres.
Mi hermana y su nuevo novio, iban por libre casi siempre.
Pero en general, los horarios de baño, de comida, las siestas cuando el calor apretaba demasiado y los ritmos de vida, venían marcados por ellos.
La playa ocupó la mayor parte de las mañanas.
Alternábamos entre la de Roche, más amplia y con más servicios, y la cala de los Frailes, donde el acceso era peor pero la gente escaseaba.
Llegábamos temprano, antes de que el sol se volviera demasiado agresivo, cargados con una nevera, sombrillas y un par de sillas plegables.
Una vez allí, alternábamos tumbarnos al sol, con un libro, caminar por la orilla, o darnos algún chapuzón para refrescarnos.
Cuando los niños estaban entretenidos era cuando Rafa y yo más nos acercábamos.
No hablábamos de lo que había pasado aquel sábado.
Aunque algunas veces, nuestras miradas se encontraban y se sostenían un segundo de más.
Noté que Rafa observaba mi reacción cuando algún hombre se demoraba al pasar cerca de nuestra toalla, cosa algo complicada, ya que yo en presencia de los niños, y del resto de la familia, utilizaba un bikini de lo más “prudente”.
Me había comprado un par de bikinis francamente inapropiados para una madre como era yo, pero que estaba segura que atraería todas las miradas, y pondría a Rafa como una moto, aunque no se había presentado la oportunidad de estrenarlos y seguían guardados en un cajón.
Las tardes, las pasábamos en la casa hasta que la temperatura nos permitía volver a la vida.
La piscina del jardín se convertía en el centro de operaciones.
Martín organizaba juegos con su hermana, que la mitad de las veces acababan entre lloros y acusaciones, mis padres aprovechaban para echarse la siesta.
Y Rafa y yo aprovechábamos para subir a la habitación y hacer las cosas que por las noches nos estaban vedadas.
Las barbacoas se convirtieron en el ritual de las noches más tranquilas.
Mi padre encendía el fuego al caer la tarde, con una cerveza bien fría en la mano.
Se asaban sardinas, costillas, pollo, o lo que nos apeteciese siempre acompañado de ensaladas, patatas cocidas y caprichos que siempre nos dábamos.
Los niños, después de todo el día en la playa, aguantaban hasta cierta hora y después desaparecían dentro, a ver la tele, hasta que caían rendidos de sueño.
Los adultos nos quedábamos un rato más, normalmente con una copa que Sonia siempre estaba dispuesta a preparar.
Había algo reconfortante en aquella normalidad repetida: el ruido de los cubiertos, las discusiones menores sobre si el pescado estaba mejor al horno o a la plancha, la forma en que mi madre insistía en que comiéramos más.
También hicimos escapadas a localidades cercanas.
Un día fuimos a Vejer, caminamos por sus calles blancas y empinadas, comimos en un mirador con vistas al paisaje de colinas.
Martín se interesó por la historia del pueblo y escuchó con atención las explicaciones de mi padre.
Otro día visitamos Medina Sidonia, y nos perdimos un rato en el mercado municipal.