CUANDO VUELVA TE LO CUENTO 11. Las ansiadas vacaciones
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11. Las ansiadas vacaciones

Las ansiadas vacaciones

Tres días después salimos hacia Conil. No habíamos vuelto a hablar de lo ocurrido el sábado, aunque era evidente que aquello se cernía como una sombra sobre nosotros.

Los días transcurrieron con una normalidad forzada, con desayunos rápidos, largas jornadas de trabajo de Rafa en el banco, y cenas tranquilas sin el ruido de fondo de los niños que estaban con los abuelos.

Por las noches nos tocábamos, a veces con urgencia, a veces con una lentitud casi cautelosa.

Aquella experiencia me había hecho ser consciente de mi cuerpo de una forma nueva.

No era vanidad. Era una certeza física y real.

Había visto el efecto que producía en un desconocido, había sentido cómo me miraban en el pub, había escuchado los gemidos de un hombre que no era mi marido mientras me follaba sin contención.

Algo se había despertado. O, más bien, algo que ya estaba ahí había dejado de esconderse.

Me miraba en el espejo con una curiosidad distinta.

Observaba la curva de la cintura, el peso de los pechos, la forma en que la luz marcaba los muslos.

Y sabía, con una claridad que antes no tenía, que resultaba atractiva para los hombres. No solo para Rafa. Para otros.

Me vestí informal para el viaje, con un vestido de tirantes y sandalias planas.

Prescindí adrede del sujetador. La tela del vestido de algodón se ceñía lo justo y, al menor movimiento, se notaba su ausencia.

Los pezones se me marcaban cuando el aire acondicionado del coche soplaba o cuando me inclinaba a recoger algo.

Rafa lo advirtió en cuanto salí del dormitorio.

Sus ojos bajaron un segundo, se detuvieron, y luego volvieron a mi cara.

No dijo nada. Solo cogió las llaves y abrió la puerta del garaje.

El trayecto hasta Conil duró casi seis horas con una parada para comer.

Al principio el silencio fue cómodo, o al menos soportable.

La radio sonaba baja. El paisaje cambiaba despacio: primero las afueras de Madrid, después campos, algún pueblo, la promesa lejana del sur.

Rafa conducía con su estilo habitual, una mano en el volante, la otra apoyada en la ventanilla.

De vez en cuando me miraba de reojo. Yo miraba la carretera o el móvil,

A la altura de Valdepeñas se rompió el silencio.

—¿Has hablado con tus padres?

—Esta mañana. Los niños están bien. Se pasan el día en la piscina. Dicen que no tengamos prisa.

Asintió. Otro tramo de silencio. Luego:

—¿Te apetece parar a estirar las piernas?

—Cuando quieras.

Paramos en un área de servicio grande, con gasolinera, cafetería y tienda.

Bajé del coche y noté de inmediato la mirada de un camionero que llenaba el depósito.

Fue un segundo, pero suficiente. Él apartó la vista en cuanto me vio fijarme.

Rafa, al otro lado del coche, lo había registrado también.

Dentro de la cafetería pedimos dos cafés.

Nos sentamos junto al ventanal. Yo me recosté en la silla.

No lo hacía para provocarlo a él, o no solo.

Lo hacía porque podía. Porque la conciencia nueva de mi cuerpo pedía un poco de aire.

—Estás distinta —dijo Rafa de pronto, mirando el café.

—¿Distinta cómo?

—Más consciente de tu cuerpo. Como si te hubieras dado cuenta de algo.

Sonreí apenas, sin humor del todo.

—Me he dado cuenta de que me miran. Y de que me gusta que me miren. Eso es nuevo. O, al menos, es nuevo admitirlo en voz alta.

Él giró la taza entre las manos. El gesto era el mismo de siempre cuando necesitaba pensar.

—¿Y eso cambia algo entre nosotros?

—Ya ha cambiado, Rafa. Lo del sábado cambió cosas. Esto es solo la consecuencia. No puedo volver a fingir que no sé el efecto que produzco. Ni a vestirme solo para no molestar.

Lo miré a los ojos. No había acusación en mi voz. Solo una claridad que a veces resultaba incómoda.

—No me molesta —dijo él después de un momento—. Me… descoloca. Pero no me molesta. De hecho, esta mañana, cuando has bajado sin sujetador, se me ha puesto dura en el garaje. No te lo he dicho.

La confesión me sorprendió por lo directa. Asentí despacio.

—Lo sé. Te he visto mirar.

—¿Y qué sientes cuando te miro así? ¿O cuando te mira otro?

Pensé la respuesta mientras el café se enfriaba.

—Me pone. Y también me da un poco de vértigo. Porque sé que tú estás viendo lo mismo que ellos, y que te pone también.

Rafa apoyó la espalda en la silla y miró hacia el aparcamiento. Un par de familias cambiaban las maletas de un coche a otro, y una chica joven reía al teléfono.

Él asintió. No era un gesto de acuerdo pleno. Era un gesto de alguien que acepta la realidad, aunque todavía no supiese las consecuencias de todo aquello.

Volvimos al coche.

—El otro día, en casa, me hablaste de verme en topless en la playa —dije—. ¿Hablabas en serio, supongo?

Él apartó un segundo la vista de la carretera y me miró de reojo.

—Sí. Hablaba en serio.

Asentí despacio, mirando por la ventanilla cómo pasaban los olivos.

—No tengo problema —contesté—. De verdad. Me apetece, incluso. Dejé de hacerlo por tus broncas, pero si ahora… ahora no te importa…. Pero no lo haré si están los niños o mis padres. Con ellos delante, no. Cuando no estén, sí. Sin problema.

Rafa asintió. No pareció sorprendido.

—Cuando quieras —repitió—. De acuerdo.

Me giré un poco hacia él en el asiento. Sus ojos bajaron un instante hacia mi escote y volvieron a la carretera con disciplina.

—Me sorprende el cambio —dije—. De verdad.

El Rafa que yo conocí era un moro celoso.

De los que se ponían mal si enseñaba demasiada pierna, si hablaba con otros, si hacía topless, aunque fuera en una piscina solo con la presencia de mis amigas.

Y ahora… ahora me encuentro con esto… De moro celoso a cornudo que disfruta exhibiendo a su mujer. Rafa. Casi no te reconozco.

—Yo tampoco me reconozco del todo —admitió después de un momento—. A veces me miro desde fuera y pienso: ¿qué coño me pasa? Solo sé que cuando empecé a pedirte las historias sobre tus relaciones anteriores, algo me cambió por dentro, aunque también te digo, que ya venía de lejos.

—¿Y no te da miedo? —pregunté—. ¿No te da miedo que el de antes regrese de golpe un día, en la playa, cuando algún tío se me quede mirando los pechos demasiado rato? ¿O cuando yo me deje mirar con demasiadas ganas?

Rafa tardó en contestar. Terminó de adelantar a dos camiones que circulaban muy pegados, puso el intermitente y regresó al carril.

—De mí no tengo el menor miedo. De ti sí. De que te guste demasiado esto.

La sinceridad de la respuesta me desarmó un poco. Aparté la vista hacia la ventanilla. El paisaje ya olía a salitre lejano.

—Necesito que sepas que yo también estoy cambiando.

Que lo del sábado no fue solo por ti. Que me gustó, pero tampoco creas que me he convertido en una hotwife, ¡eh!

—dije de pronto, sin girarme del todo—. Sigo siendo la misma.

La misma que se levanta a las siete a preparar el desayuno, la que se preocupa por los deberes del niño, y se ocupa de la casa.

Nada de eso ha cambiado. Y no quiero que pienses, ni por un segundo, que dejaré de quererte.

Porque no va a pasar. Lo del sábado fue intenso, me hizo verme de otra forma.

Pero no me ha convertido en otra persona. Sigo aquí. Contigo.

Rafa asintió, mirando la carretera.

—Eso espero —contestó en voz baja—. No quiero que lo del sábado gobierne nuestra vida.

—Me apetecen unas vacaciones tranquilas —seguí—. Playa, siesta. Cenar al aire libre, estar con los niños, nadar, leer... No he venido a Conil a buscar nada. He venido a descansar contigo.

—Tenemos las mismas responsabilidades —dijo Rafa—.

Si no más. Ahora tenemos que lidiar con esto sin que nos afecte.

Sin que se nos olvide quiénes somos fuera de la cama y fuera de las fantasías.

Los niños, el trabajo, la casa, lo de cada día…

Eso sigue estando ahí. Y tiene que seguir teniendo el peso que le corresponde.

No podemos permitir que esto nos desordene el resto.

Lo miré de perfil. Tenía la mandíbula un poco tensa, pero la expresión más serena que en los últimos días.

—No lo hará —le dije—. No te preocupes. Tengo la escala de valores intacta. Sé perfectamente lo que importa. Sé lo que es un juego, aunque sea un juego peligroso, y sé lo que es la vida que hemos construido.

La casa que tenían mis padres en Conil, no era demasiado grande, pero tenía el tamaño perfecto para poder estar cómodos y sin apreturas.

Estaba algo apartada de las zonas más concurridas del pueblo, aunque su ubicación era ideal, cerca de todo.

Además de mis padres y los niños, supuse que estaría mi hermana Sonia también.

Metimos el coche en el patio delantero y nos bajamos del coche. Detrás de la ventana de la cocina, vi a mamá que me saludaba con cara de alegría.

Apenas aparcamos el coche en la entrada, la puerta se abrió de golpe y salieron los dos a la carrera.

Martín llegó primero, con el pelo todavía húmedo y la toalla a medio colgar del hombro. Sofía venía detrás, con las chanclas resbalando en el suelo de la entrada.

—Por fin —dijo Martín, deteniéndose dándole un abrazo a Rafa—. Pensábamos que os habíais olvidado de nosotros.

Me acerqué y lo abracé.

—Mucho tráfico —contestó Rafa—. Y paramos a comer. ¿Todo bien?

—Todo bien —respondió él con naturalidad—. El abuelo nos quiere llevar a la playa, pero nosotros preferimos quedarnos en la piscina.

Sofía llegó hasta mí y me rodeó la cintura con un brazo.

—La playa no me gusta —dijo abrazándose a mí—. No me gusta la arena ni las olas. La abuela lo ha dicho también, que se queda más tranquila si estamos aquí.

Mi madre salió y nos dio un par de besos.

—Hola, Rafa. ¿Qué tal el trabajo?

—Aparcado —contestó Rafa—. Hasta que volvamos. ¿Qué tal se han portado estos dos?

—Muy bien. Son dos santos —dijo mi madre.