10. Una conversación complicada #2
—Pues vas a tener que aprender —dije al fin—.
Porque la puerta ya está abierta. Y yo no voy a fingir que lo de esta noche no ha existido, ni que no me ha gustado, ni que no se me ha pasado por la cabeza volver a verlo.
Me has empujado hasta aquí. Ahora no puedes asustarte de lo que hay al otro lado y pretender que volvamos al punto de partida como si nada.
Rafa bajó la vista hacia mi coño otra vez.
Sin mediar palabra, se desabrochó el pantalón, se sacó la polla y empezó a besar mis tetas lamiendo con suavidad mis pezones que en apenas unos segundos ya estuvieron tiesos y puntiagudos.
Casi sin darme cuenta, estaba totalmente abierta, dejándole hacer en mi vagina y en mis tetas.
Estaba completamente dolorida, pero supe que tenía que dejarle.
Era su turno. El cuerpo todavía me ardía por dentro, sensible, hinchado, marcado por las embestidas de David.
Cuando Rafa se colocó entre mis piernas y empujó, noté cómo mi coño irritado protestaba.
Solté un quejido. Él se detuvo mirándome.
—¿Te hago daño?
—Un poco —admití—. Sigue, pero hazlo despacio.
Obedeció. Entró centímetro a centímetro, con una lentitud casi reverente.
Yo notaba cada centímetro, la forma en que mi coño, todavía lleno de los restos de otro, se adaptaba otra vez a la invasión.
Cuando llegó al fondo se quedó quieto, respirando contra mi cuello.
No se movió. Solo permaneció dentro, latente, como reclamando el territorio.
—Estás ardiendo —murmuró—. Y muy abierta.
—Es lo que tú has querido —contesté en voz baja.
Empezó a moverse. Embestidas largas, profundas, sin prisa.
Cada vez que se retiraba casi del todo, el roce me hacía fruncir el ceño de sensibilidad.
Cada vez que volvía a entrar, un gemido se me escapaba a pesar del dolor.
Él me miraba a la cara todo el rato. No había la furia de David, solo una concentración densa, casi triste, y una excitación que no intentaba disimular.
—Háblame —pidió, sin dejar de empujar con esa lentitud deliberada—. Dime qué sientes.
—Siento tu polla dentro. Y siento que todavía estoy llena de él. Y siento que te pone.
Rafa cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, el ritmo se mantuvo igual de pausado, pero la profundidad aumentó.
—Me pone —confirmó—. Más de lo que debería. Olerte así. Notarte así. Saber lo que te ha hecho…
Me agarró una pierna y me la subió un poco, cambiando el ángulo. La nueva penetración me arrancó un jadeo más agudo. El dolor y el placer se estaban mezclando otra vez, confusos.
—No sé si lo voy a convertir en mi amante —dije de pronto, mirándolo a los ojos. —Pero lo que sí sé es que quiero volver a follar con él.
Él no se detuvo. Solo inclinó la cabeza, como aceptando la información mientras seguía follándome.
—No quiero compromisos afectivos —respondió—. No quiero que te enamores de él. Ni que yo tenga que aceptarlo como parte de nuestra vida. Solo…
—Solo sexo —completé yo—. Por el momento es solo sexo. Eso es lo que hay. Lo que ha habido esta noche y lo que pueda haber después, si es que hay algo después.
Asintió. Su frente se apoyó en la mía. El ritmo no cambió: lento, profundo, insistente. Cada embestida parecía querer borrar y al mismo tiempo conservar lo que David había dejado.
—¿Y si quieres más? —preguntó contra mi boca—. ¿Y si un día dejas de ser solo sexo para ti?
—Entonces te lo diré —contesté—. Y decidiremos. Pero no estamos en ese punto. Ahora mismo solo sé que me ha follado mejor que nadie nunca. Y que tú estás dentro de mí lamiéndome sus restos y poniéndote como una moto con ello. Esa es la única verdad de esta mañana.
Rafa soltó un gemido y aceleró un poco, como con rabia. Me besó. Fue un beso doloroso, con mordisco incluido. Su lengua buscó la mía con la misma necesidad de recuperar algo. Yo le correspondí, aunque el cuerpo me dolía horrores.
—Quiero correrme dentro —dijo entre embestidas.
—Quieres dejar tú semilla, tú marca... Hazlo —le susurré.
Él asintió. Me sujetó los muslos con más firmeza y mantuvo ese ritmo pausado, casi tortuoso. Cada entrada era profunda. Cada salida me dejaba vacía un segundo demasiado largo. Yo gemía más bajo, sin los gritos de la noche anterior. Ahora el sonido era más íntimo.
—¿Le vas a llamar? —preguntó otra vez, la voz ronca, sin dejar de moverse.
—No lo sé. Quizá. Quizá no. Depende de cómo me sienta mañana. O pasado. ¿Tú quieres que lo haga?
Dudó. El ritmo se volvió todavía más lento, casi detenido en el fondo.
—Quiero y no quiero. Las dos cosas. Quiero verte como hoy otra vez. Quiero olerte así otra vez. Y al mismo tiempo quiero que esta polla sea la única que te abra durante mucho tiempo. No sé cómo se supone que se sostiene eso.
—Se sostiene como se está sosteniendo ahora —dije—. Follándome despacio. Hablando. Sin pretender que volvamos a ser los de antes. Porque los de antes ya no existen.
Él me miró con una intensidad que casi dolió.
Luego empezó a empujar con un poco más de fuerza, todavía controlado, buscando su propio final.
Yo notaba cómo se le tensaba el cuerpo, cómo la respiración se le volvía irregular.
Me aferré a sus hombros y le dejé hacer.
El dolor ya se había transformado en una molestia caliente, casi agradable.
El placer crecía otra vez, distinto, más denso, más emocionalmente cargado.
—Córrete —le pedí al oído—. Lléname. Quédate dentro todo lo que puedas.
Rafa embistió tres, cuatro veces más, profundas, y se vació con un gemido largo. Sentí los chorros calientes, la forma en que su polla latía dentro de mí, mezclando su semen con lo que todavía quedaba del otro. Se quedó quieto, aplastándome con su peso, respirando agitadamente.
Durante un rato no hablamos. Solo el sonido de nuestras respiraciones y el leve crujido de la cama cuando él se movió un centímetro. Seguía dentro. No quería salir. Yo tampoco se lo pedí.
Al fin levantó la cabeza y me miró
—Solo sexo —repitió, como confirmando el acuerdo.
—Por el momento —contesté—. Solo sexo.