10. Una conversación complicada
Una conversación complicada
Miré a mi alrededor asustada. Mi ropa, mis sandalias, la colcha, todo, estaba tirado por ahí.
Estaba segura de que Rafa notaría el fuerte olor a sexo que lo impregnaba todo.
Sentí un arrebato de vergüenza. Rafa lo habría visto todo, incluso cuando le había desafiado haciéndole el signo de los cuernos, y probablemente habría escuchado algunos de los comentarios que habíamos soltado en los momentos más calientes.
Casi por inercia, me tapé con las sábanas.
La puerta se abrió con suavidad. No hubo golpe ni prisa.
Rafa entró en silencio, cerrándola detrás de sí con cuidado.
Llevaba todavía la ropa que se había puesto esa noche.
Tenía la camisa un poco arrugada y estaba descamisado.
Se quedó un momento de pie al borde de la cama, mirándome.
Su expresión no era de furia ni de triunfo.
Era algo que no sabía definir, una mezcla de agotamiento, de deseo y de una intensidad contenida que me hizo apretar las sábanas contra el pecho.
Se acercó sin decir una palabra. Se sentó en el borde del colchón.
La cama se hundió un poco bajo su peso. Extendió una mano y, con el dorso de los dedos, me rozó la frente y retiró el pelo húmedo de sudor que se me había pegado a la frente.
Luego bajó los dedos por mi mejilla, despacio, como si estuviera comprobando que seguía ahí.
Sus ojos no me soltaban. Recorrieron mi cara, mi cuello, la línea de las sábanas donde se escondían mis pechos.
Sin hablar, tiró un poco de la sábana hacia abajo.
No del todo. Lo suficiente para dejar al descubierto un hombro y el inicio de un pecho.
Su mirada se detuvo en una mancha brillante de sudor que me bajaba por la clavícula.
Pasó el índice por ella, lento, recogiendo la humedad, y se llevó el dedo a los labios.
Probó. Sus ojos se cerraron un segundo, como si estuviera en éxtasis.
Volvió a tocarme. Lo hizo con el dorso de la mano descendiendo lentamente por el esternón, rozando la piel todavía caliente, hasta encontrar otra mancha más espesa, ya medio seca, en el hueco entre mis pechos.
La rodeó con la yema de los dedos, como cartografiándola.
Luego bajó más. La sábana cedió. Mis pechos quedaron al aire.
Él los miró con una atención que se me antojó obsesiva, y al mismo tiempo, profundamente sexual.
No los agarró. Solo los recorrió con la mirada y después con los dedos, rozándome los pezones que todavía estaban sensibles.
Noté cómo se me endurecían bajo su tacto.
Siguió bajando. La sábana se acumuló en mi cintura.
Su mano pasó por mi vientre, deteniéndose en una raya de algo seco que me cruzaba de lado a lado.
La limpió con la yema, despacio. Después me bajó más la sábana y alcanzó la parte alta de los muslos.
Incluso yo, noté que ahí el olor era más fuerte.
Él lo inhaló sin disimulo. Sus dedos encontraron los primeros rastros de semen seco, blanco, cuarteado sobre la piel interior del muslo.
Los tocó con una delicadeza que me hizo estremecer.
No los retiró. Los extendió un poco más, como si quisiera sentir la textura, la prueba concreta de lo que había ocurrido.
Noté que los dedos se prendían en aquella mancha todavía ligeramente pegajosa.
Me separó un poco las piernas con suavidad.
Yo no me resistí. Su mirada bajó hasta mi coño.
Estaba hinchado, enrojecido, todavía abierto y brillante de una mezcla de mis fluidos y del semen de David.
Rafa lo observó largamente. Luego extendió dos dedos y recogió un resto espeso que me resbalaba hacia el ano.
Se los llevó a la boca y los chupó con lentitud, sin apartar los ojos de los míos.
El gesto fue tan íntimo y tan obsceno que se me secó la garganta.
No daba crédito a lo que veían mis ojos.
Nada me habría podido preparar para lo que estaba haciendo Rafa.
Solo entonces se inclinó y me besó. Fue un beso lento, profundo, sin prisa.
Su lengua entró en mi boca y yo supe que estaba probando también lo que quedaba de David en mis labios, en mi saliva.
No se apartó. Me besó como si quisiera recuperar algo, o como si necesitara confirmar que, a pesar de todo, seguía siendo suya.
Una de sus manos volvió a mis muslos, a las manchas secas, y las acarició mientras me besaba. La otra se enredó en mi pelo húmedo.
Cuando por fin se separó, me quedé sin aliento. Él seguía muy cerca con la frente casi apoyada en la mía.
Empecé a hablar, la voz ronca:
—Podías haber evitado esto si hubieras aceptado mi oferta de volver a casa. Te lo pedí. Te dije que te echaría el mejor polvo de tu vida si nos íbamos entonces…
Rafa negó con la cabeza con suavidad, sin apartarse del todo.
—No me arrepiento de nada —dijo en voz baja—. De nada.
Se quedó mirándome unos segundos en silencio. Luego preguntó, casi con cuidado:
—¿Te lo has pasado bien?
La pregunta me atravesó. No supe si había ensañamiento o necesidad real en ella. Tragué saliva.
—¿Lo has visto todo? —pregunté a mi vez.
—Sí.
—¿Cuándo te hice el signo de los cuernos también?
Él asintió despacio. Una sombra cruzó su expresión, pero no era de dolor.
—Sí. Los cuernos también. Aunque eso, como comprenderás, ha sido lo de menos después de lo que he visto que ha pasado aquí.
Ha sido duro. Muy duro en algunos momentos.
Pero también… alucinante. No sé cómo explicarlo.
Verte. Oírte. Ver cómo te movías, cómo pedías, cómo te corrías…
Ha sido una de las cosas más intensas que he sentido en mi vida.
Su mano seguía en mi muslo, tocando las manchas que me cubrían la piel. No la retiraba.
Volvió a preguntar, más bajo todavía:
—¿Te lo has pasado bien, Tere?
Lo miré a los ojos. La vergüenza, la rabia residual, el cansancio físico y la extraña intimidad de ese momento se me amontonaron en la garganta. No le di una respuesta fácil.
—¿Qué crees tú? —contesté recuperando la compostura. —Ha sido el mejor sexo de mi vida.
La frase salió antes de que pudiera suavizarla. Rafa me miró en silencio. Su mano seguía en mi muslo, pero vi cómo se le tensaba la mandíbula un segundo.
—Os habéis intercambiado los teléfonos —dijo al fin—. Lo he visto.
Asentí. No tenía sentido negarlo. La cámara lo había registrado todo: el momento en que David, me lo había pedido, y yo se lo había dictado.
—Sí. ¿Te molesta?
Él bajó la mirada hacia mi vientre, hacia el desorden de la cama, hacia las pruebas concretas de lo que había ocurrido.
—Un poco —admitió—. ¿Le vas a llamar?
No contesté de inmediato. Él no esperó. Me sujetó suavemente las rodillas y me las abrió.
Me pedía con el gesto que no me resistiera.
Aparté un poco más las piernas. Él se desplazó, se arrodilló entre ellas y bajó la cabeza.
Primero inhaló profundamente, como si quisiera impregnarse del olor a sexo ajeno, al semen de otro, a mi excitación todavía presente.
Después sacó la lengua y lamió lentamente.
De abajo arriba, recogiendo lo que quedaba en los labios de mi coño y en el interior de los muslos.
Me estremecí. La lengua era cálida, cuidadosa y, al mismo tiempo, deliberadamente obscena.
—¿Qué haces, Rafa? —pregunté, la voz entrecortada—. ¿No te da asco?
En lugar de contestar, alzó un poco la cabeza. Tenía la boca brillante. Los ojos, oscuros y confusos.
—¿Le vas a llamar? —repitió.
Me incorporé un poco sobre los codos. Lo miré desde arriba mientras su cara seguía a centímetros de mi sexo.
—No lo sé —dije con honestidad—. Ahora mismo no lo sé. ¿Por qué lo preguntas otra vez? ¿Quieres que te diga que no? ¿Quieres que te prometa que esto ha sido solo una vez y que no volverá a ocurrir? ¿O quieres todo lo contrario? Ya no sé qué pensar…
Él no respondió. Volvió a bajar la cabeza y lamió otra vez.
Más profundo. Me abrió con los pulgares y pasó la lengua por el clítoris, despacio, como si estuviera estudiando el sabor y la textura.
Yo solté el aire entre los dientes. El placer se mezclaba con una incomodidad extraña.
No era asco lo que él sentía. O, si lo sentía, lo estaba convirtiendo en otra cosa.
—Rafa… —insistí—. Háblame. No me lamas en silencio como si eso lo contestara todo.
Se separó un poco. Se pasó el dorso de la mano por la boca. Se quedó arrodillado entre mis piernas abiertas, mirando mi coño como si todavía no se creyera del todo lo que estaba viendo.
—Ha sido más intenso de lo que pensaba —dijo al fin, la voz baja—.
Verlo. Oírte. Ver cómo te movías encima de él, cómo le pedías que te corriera dentro…
En algunos momentos he querido entrar aquí y pararlo.
En otros… en otros solo quería seguir mirando.
Y ahora estoy aquí, oliéndote, lamiéndote, y no sé si lo hago porque me pone o porque necesito…
no sé. Recuperarte. O castigarme. O las dos cosas.
Aquella confesión me desarmó un poco. Había duda real en su cara. No la seguridad tranquila de las noches de fantasía. Había grietas.
—Has sido tú el que ha abierto esta puerta —le dije con claridad, sin dureza, pero sin suavizar nada—.
Tú. Desde el principio. Las historias, las preguntas, la cámara, el plan, el pub…
Todo. Yo puse todas las pegas que se pueden poner, pero me correspondiste con frustración, con enfado, incluso.
Ya te dije que era meternos en un terreno pantanoso.
Y te ofrecí volvernos a casa antes de que ocurriera.
Y tú preferiste que pasara. ¿Acaso ahora quieres cerrarla?
Él sostuvo mi mirada. Vi cómo luchaba con la respuesta. Sus manos seguían en mis muslos, los dedos hundidos con una presión que no sabía si era posesiva o insegura.
—No sé si quiero cerrarla —admitió—. Y sé que la idea de que le llames… me duele. Y también me pone. Las dos cosas a la vez. No sé gestionar esto todavía.
Me quedé callada unos segundos.