9. Buscando opciones
Buscando opciones
Estaba claro que necesitaba sacarme de la cabeza tanta tensión. Las constantes peticiones de Rafa, me estaban saturando. Ahora quería poner una puta cámara en el dormitorio…
De pronto parecía que todo en nuestra vida comenzaba a girar en torno a aquella obsesión que cada vez era más patente.
Tardé menos de cinco minutos en quitarme el traje y sustituirlo por unos pantalones cortos y unas zapatillas deportivas.
Cogí el coche y conduje hasta el gimnasio.
Como era habitual a esas horas, el lugar estaba vacío.
Luci no tardaría en llegar, así que empecé a correr en la cinta para desentumecerme.
Corrí hasta que me ardieron los pulmones y sentí las piernas cargadas. Corrí hasta que se desvanecieron todos los pensamientos que me rondaban la cabeza. Todos menos uno.
Al poco rato apareció Luci enfundada en unas mallas reductoras y un top deportivo de color fucsia, que era toda una provocación.
—Quiero estar tan bien como ella —me dijo después de darme dos besos, indicando con la barbilla a una cría que parecía sacada del Sports Illustrated, que se estaba mazando en una de las máquinas.
—Eso no es posible, Lucy. Para empezar, es una cuestión genética, por no hablar de que tendrá diez años menos que nosotras y que lleva desde la adolescencia entrenando cuatro horas al día. Me conformo con mejorar la versión de lo que soy ahora mismo, aspirar a eso es engañarse a una misma —dije yo.
La rubia lo estaba dando todo, y me fijé con envidia en un culo duro lleno de músculos y una espalda desnuda cargada de horas de entrenamiento que se contoneaban ante mí.
—Eres más guapa que ella —le dije a Luci.
—Claro que sí, cariño —aceptó, sacando un gruñido de esfuerzo mientras elevaba la pierna—. Pero ella tiene mejor culo.
La noción de un culo mejor me hizo mucha gracia.
—Pero si nadie te puede ver el culo.
—A las mujeres nos gustan los buenos culos, aunque nadie nos los pueda ver. Además, ¿tú qué sabes quién me ve el culo a mí?
—Qué tontería.
—No lo es. Tetas, culo, cara... La santa trinidad de los hombres, y por ese orden. Y hablando de culo… Dios mío, mira lo que acaba de entrar.
Me giré a mirar hacia donde señalaba Luci.
Acababa de entrar un dios griego recién descendido del Olimpo.
Era un tío guapísimo, con músculos marcados en su justa medida.
Llevaba ropa ajustada y los músculos tan marcados bajo la tela y el bulto de sus pantalones tan evidente, que me ruboricé.
Había ido al gimnasio a relajarme, y en mi cabeza comenzaban a formarse pensamientos, que si Rafa pudiese escucharlos, se pondría como una moto.
Hizo caso omiso de nuestras miradas y comenzó a caminar con calma hasta donde estaba la rubia. Observé el movimiento de sus músculos al caminar mientras mandaba órdenes a mi cerebro para obligarme a dejar de mirar.
—¡No me jodas! —exclamó Luci al ver el cambio de postura de la chica del Sports Illustrated.
Al mirar hacia ella, comprobé que efectivamente, había cambiado de posición, y había echado el pecho hacia fuera y arqueado la espalda ofreciendo una imagen mucho más provocadora.
—¡Será zorra! Fíjate qué manera de pavonearse para él.
Asentí, sin poder apartar del todo la vista. El tío se había detenido junto a la máquina de la rubia y le estaba diciendo algo. Ella se reía, sacando todavía más pecho, y él sonreía con seguridad.
—Menudo par —murmuré—. Parecen sacados de un anuncio de batido de proteínas.
Luci soltó una risa mientras seguía elevando la pierna en la máquina.
—A ver, seamos honestas. Ese tío es de los que te hacen cuestionarte la vida. Fíjate en los brazos. Y en cómo se le marca todo con esa camiseta. Dios…
—No mires tanto —le dije, aunque yo tampoco estaba mirando precisamente al techo—. Que se va a dar cuenta.
—Que se dé. Total, no vamos a hacer nada. Solo estamos apreciando el paisaje. Es sano. Como ir a un museo, pero con más testosterona.
Me reí y bajé el ritmo de la cinta. El chico había empezado a hacer dominadas en una barra cercana. Cada vez que subía el cuerpo se le tensaba la espalda de una forma casi obscena. Tragué saliva sin darme cuenta.
—Vale —admití—. Está muy bueno. Demasiado bueno. De los que te hacen pensar en locuras.
—¿Locuras del tipo “me lo llevaría a casa y le pediría que me reventase enterita”? —preguntó Luci con total naturalidad.
—Luci…
—¿Qué? Estamos entre amigas. Y mira que yo quiero mucho a mi chico, pero si ese tío me guiñara un ojo en un momento de debilidad… no digo que caería, pero tampoco digo que no me temblarían las rodillas.
Aparté la mirada del dios griego y me centré en ella.
—Hablas como si estuviéramos solteras y desesperadas.
—No desesperadas. Solo vivas. Y con ojos. Además, tú no te hagas la santa. Te he visto cómo te has quedado cuando ha entrado. Se te ha abierto la boca medio segundo.
Me ruboricé un poco.
—Solo me ha sorprendido. No es el típico que ves por aquí.
—Claro. Porque la mayoría son despojos cerveceros intentando recuperar el metabolismo. Este parece que se alimenta de fibra y zumos vegetales.
El chico terminó la serie de dominadas y se limpió la cara con una toalla. Al girarse, nuestras miradas casi se cruzaron. Aparté la vista demasiado rápido y Luci soltó una carcajada.
—Casi te pilla. Qué nervios. Pareces una adolescente cachonda.
—Cállate.
—En fin —dijo ella, bajando de la máquina y estirando los brazos—. Qué le vamos a hacer. Habrá que contentarse con lo que tenemos en casa. Que tampoco es moco de pavo, oye.
Asentí, todavía con la imagen del chico grabada.
—Supongo.
Luci me miró de reojo, picara.
—¿Supones? Tú no te puedes quejar, Tere. Rafa está de muy buen ver. Hay mujeres que matarían por tener un marido así.
—Lo sé —contesté, y era verdad—. No me quejo de Rafa. Para nada.
—Pues entonces —siguió ella, dándome un codazo suave—, miramos, suspiramos, fantaseamos diez segundos y volvemos a la realidad. Que para eso están los maridos. Para que después de mirar a los dioses griegos del gimnasio uno se acuerde de lo bien que se está en casa.
Sonreí. El dios griego se había puesto a hacer pesas y la rubia no le quitaba ojo. Luci y yo intercambiamos una mirada de complicidad y seguimos con nuestro entrenamiento.
Durante el resto de la sesión el chico permaneció en nuestro campo de visión, como una presencia imposible de ignorar.
Luci se limpió el sudor de la frente con la toalla y bajó el peso de la máquina.
—El que está cada día más salido es Pablo—dijo de pronto, con naturalidad—. Cada día me sale con una cosa nueva. El sábado me salió con que si le dejaba manosearme debajo de la falda en el cine. No veas qué pulpo. Me sentí como cuando empezábamos a salir, que estaba todo el día sobándome.
Me quedé quieta. El comentario me hizo mella. Las recientes peticiones de Rafa se me pasaron por la cabeza: las preguntas cada vez más concretas, las peticiones de detalles, esa forma de mirarme cuando le contaba cualquier historia antigua. Como si cada conversación fuera un peldaño más.
—Debe ser la pitopausia —siguió Luci con tono irónico—. O que ven demasiado porno.
Solté una risa, aunque por dentro no me hacía tanta gracia.
—Rafa también te pide cosas raras? —preguntó ella, mirándome de reojo.
Dudé un segundo. La verdad era demasiado grande para soltarla allí, entre el olor a caucho de las cintas y el ruido de las máquinas.
—Bueno, no exactamente —mentí—. Pero sí que está más intenso con esos temas. Más… insistente.
Luci asintió.
—Yo sí que me pondría intensa con ese —dijo entonces, señalando con la barbilla hacia él—. Fíjate. Parece de piedra.
Seguí su mirada. El chico seguía entrenando con las pesas. La camiseta se le había subido un poco y se le veía la línea de los abdominales.
—Anda ya, Luci. No tendríamos ni una posibilidad. La rubia ya lo ha acaparado.
Efectivamente, cuando miramos otra vez, los dos habían dejado de entrenar. Estaban de pie junto a la máquina, hablando animadamente. Ella se reía y le tocaba el brazo con frecuencia. Él no parecía molesto en absoluto.
Luci chasqueó la lengua.
—Joder. Esos acaban follando en media hora. Fíjate cómo se miran. Ya me lo estoy imaginando: “¿cuánto levantas?” … ¿quieres probar a levantarme a mí?”.
Solté una carcajada por la voz que había puesto mi amiga.
—Envidia sana —murmuré.
—De sana nada —dijo ella.
Luci me dio un suave codazo.
—Y deja de mirar. Que se te va a quedar cara de tonta.
Después de ducharnos, nos despedimos con un par de besos. Cuando volvía a casa, tenía la cabeza más en las fantasías de mi marido, que en la propia carretera. Sabía lo que me iba a encontrar al llegar a casa, y empezaba a dudar, si aquello era lo que realmente yo deseaba.