7. Solos en Madrid #3
Bajé mi mano hasta su polla y se la acaricié lentamente. Me coloqué de rodillas, y saqué su glande bien hacia fuera, poniéndolo frente a mi cara. Me relamí los labios y me acerqué lentamente para ponerlo más cachondo, sabiendo que esta vez me iba a dejar hacerlo.
Cuando tuve la punta de su capullo en los labios, abrí la boca despacio y me lo fui introduciendo.
Pasé la lengua por el tronco, bajando y subiendo, lamiendo la punta como si fuera un helado.
Pausadamente, sin prisa, pues quería disfrutar de él a mi antojo.
Repetí el mismo movimiento hasta diez veces, y sus gemidos me estaban poniendo a cien.
Con una mano, agarré su polla y, con la otra, bajé hasta mi coño empapado, introduje uno de mis dedos, para darme placer. Estaba atento a todos mis movimientos.
—¿Y no te gustaría participar a ti también? —digo volviendo a jugar de nuevo. —¿No crees que, en lugar de pajearte en un sillón, tal vez sería mejor que pusieses tú polla también a mi servicio? Ya de hacerlo…hacerlo bien.
Rafa me miró excitado y sonrió.
—Tú lo que quieres es que te follen dos rabos.
—Evidentemente. ¿A quién le amarga un dulce? Y bien pensado… creo que eso sería más fácil de conseguir que no que un tío venga a follar conmigo mientras mi marido mira. Eso suena raruno.
Metía y sacaba su glande a la vez que hacía lo mismo con mis dedos en mi interior. La conversación me estaba excitando, aunque después de ver lo dura que la tenía, pensé que, para él, era como una dosis de Viagra en vena.
—No es una mala oferta. Pero preferiría observar y disfrutar de tú placer. Después te follaría yo.
—Me follarías estando llena de leche de un extraño. ¿No te daría asco?
—Joder, me voy a correr —dijo cerrando los ojos y yo paré para que no lo hiciera todavía—, pero no pares ahora.
Solté una carcajada. Era nombrarle algo relacionado con el semen, y se volvía loco.
—Lo siento, pero ahora me vas a probar tú a mí, ¿te parece? Esto no ha terminado todavía. Y no se te ocurra tocarte. No quiero que te corras todavía.
No sabía de dónde había sacado aquella idea, pero me moría de ganas por sentir su lengua en mi clítoris y, a ser posible, terminar en su boca, dándole toda mi esencia, pero, sobre todo, me excitaba la idea de que no se tocase, de llevarlo al límite de su resistencia.
De pronto, sonreí al pensar que mi marido me estaba dando vía libre para follar con quién quisiera, sin que aquello fuese una infidelidad.
Tenía un marido que me quería, y que estaba deseando verme ensartada en una polla ajena.
Me regocijé en la infinidad de posibilidades que se me ofrecían.
Le había puesto mil pegas, pero la realidad, es que una tía no tenía que hacer mucho más que chascar los dedos para tener a un hombre comiendo en su mano, y aquella idea me atraía.
Decidí que, si quería cuernos, iba a tener cuernos.
Me senté sobre su cara para que me comiese el coño, ahora era yo quien llevaba toda la iniciativa y me gustó la sensación de sentir que la que mandaba era yo.
Me bajé sobre él, que metió la cara entre mis piernas y sentí su lengua pasar por mi clítoris.
Rafa se llevó una mano a la polla para tocarse, pero yo se lo impedí.
Un gemido se escapó de mis labios y le agarré la mano para evitar que se tocase.
—He dicho, que no quiero que te toques. No lo hagas hasta que yo te lo permita.
Rafa gimió, y volvió a pasar su lengua de nuevo por mi raja, que estaba chorreando por la excitación. Continuó lamiéndolo todo, sin dejar ni un rincón de mi sexo sin saborear.
—¿El sábado te viene bien?
—¿El sábado?
—Para que te ponga una buena cornamenta. ¿No quieres sentirte completo sexualmente? Pues te propongo hacerlo el sábado. El sábado me follaré a un tío en esta misma cama mientras tú te pajeas a gusto.
De repente, la polla de Rafa empezó a eyacular, sin necesidad del menor roce. Se le llenó el abdomen de regueros de semen inusualmente espeso y yo sentí en mi coño su aliento y los gemidos que no podía reprimir.
Siguió chupando y subí mis manos hasta mis pechos, para pellizcarme los pezones, incrementando el placer que en ese momento estaba sintiendo. Estaba al límite y a punto de correrme, pero quería provocarle más.
—Te voy a hacer un adelanto de lo que quiero que hagas el sábado…
Me eché sobre su abdomen, y comencé a lamerle los chorros de semen.
Rafa aprovechó que me inclinaba para meterme un dedo en el coño, y eso fue suficiente para provocar que me corriese con una intensidad que me dejó sin aliento.
El orgasmo fue tan brutal, que caí desfallecida.
Sentía que el corazón de Rafa latía totalmente descontrolado.
Rafa separó su boca y, antes de que se pudiese dar cuenta, le besé, e introduje todo el semen que conservaba en la boca en la suya.
—Esto es lo que quiero que hagas el sábado. Pero no con tú semen. Con el del macho que me voy a follar. ¿Estás dispuesto?
—Sí…
—No te escucho, Rafa. Dilo más alto o entenderé que no lo deseas lo suficiente y lo dejaremos para otra ocasión —le amenacé.
—¡Sí, Lo haré!