CUANDO VUELVA TE LO CUENTO 7. Solos en Madrid #2
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7. Solos en Madrid #2

—Yo he disfrutado contándote mis polvos —reconocí—.

Me ha excitado verte tan excitado escuchándome.

Me ha excitado imaginar escenarios imposibles mientras me follabas.

Pero traer a alguien real… eso cambia las reglas.

Ya no es solo nuestra cabeza. Es otro cuerpo de carne y hueso, otra mirada que después no se puede borrar.

—Lo sé.

—¿Y sabes si podremos controlar las consecuencias? ¿Y si yo, después de hacerlo, empiezo a necesitarlo de una forma que no habíamos previsto?

—Por eso quiero que me digas la verdad ahora —contestó—. No lo que crees que quiero oír. Lo que sientes de verdad.

Me recosté más contra la almohada y miré el techo un momento.

—Joder, Rafa. En el fondo, siento curiosidad —admití al fin—.

Una curiosidad que me avergüenza un poco.

Pero parte de mí se pregunta cómo sería.

Cómo se sentiría saber que me estás mirando mientras otro me folla.

Cómo cambiaría el sexo entre nosotros después.

Pero también siento un miedo muy concreto.

Miedo a perdernos en sentimientos de los que no podamos luego separarnos.

Miedo a que esta versión tuya, tan abierta, tan distinta a la de antes, no sea tan sólida como parece.

No quiero despertarme un día y descubrir que hemos abierto una puerta que ya no sabemos cerrar.

No quiero que nos hagamos un daño irreparable.

Lo nuestro es sólido, pero nada lo es tanto como para aguantar cosas como esa.

Rafa extendió la mano y me rozó los dedos por encima de la sábana. No intentó ir más allá. Solo ese contacto ligero.

—No tenemos que decidir nada esta noche —dijo—. Solo necesitaba que hablaras en serio. Que dejaras de tratarlo como un juego porque yo, esta vez, no estoy jugando.

Asentí despacio.

—Está bien. Hemos hablado en serio. Y ahora los dos sabemos que el terreno es pantanoso. Que ya no es solo una fantasía.

Él apretó suavemente mis dedos. —Pero pese a todo, sigues sin contestarme. ¿Lo harías?

Resoplé con cansancio. Le miré y haciendo acopio de todo mi valor le contesté:

—Sí, me lo tiraría —asentí con la cabeza—. ¿Contento? Pero no creo que sea tan fácil. Ni siquiera sé si conservo su teléfono.

—No tiene por qué ser con Lucas.

—¿Entonces qué propones? ¿Que salga de caza y me ligue a un desconocido?

—Podría ser una opción…

—¿Por quién me tomas, Rafa? No soy una putilla que se lía con un tío en una discoteca para follárselo.

—Ya lo has hecho antes. Y eso no es ser una putilla.

Me quedé mirándolo. La frase me había removido algo. No había sonado a reproche ni como un insulto. Era un recordatorio. Y, en cierto modo, tenía razón. Pero oírlo dicho por mi marido en voz alta, en nuestra cama, me generaba una resistencia visceral.

—No es lo mismo —contesté airada—. Entonces era otra época.

Estaba soltera. Estaba enfadada contigo.

Estaba explorando mi libertad y mi sexualidad.

Ahora estoy casada. ¡Estamos casados, Rafa!

Y lo que me estás pidiendo no es un polvo de una noche que se olvida.

Es traer a alguien a nuestra vida, aunque sea solo una vez.

Rafa se incorporó un poco más. Su expresión seguía siendo seria, pero no agresiva.

—No tiene que ser un desconocido de discoteca —dijo—. Puede ser alguien que ya conozcas. Alguien de confianza. Un amigo. Un compañero de trabajo. Alguien con quien ya haya una química previa.

Negué con la cabeza casi de inmediato.

—Ni hablar. No voy a liarme con nadie del hospital.

Es una clínica pequeña y los rumores vuelan.

Y no estoy dispuesta a que mi vida profesional se contamine con esto.

Además… ¿te imaginas las complicaciones después?

¿Las miradas en los pasillos? ¿Las guardias juntos?

No. Por no hablar de que no hay nadie que me atraiga lo más mínimo.

—Entonces un amigo —insistió—. Alguien de fuera del trabajo. Alguien que sepa guardar silencio.

Me reí sin humor.

—¿Qué amigo exactamente? ¿Le pido a alguno de los nuestros que se folle a tu mujer mientras tú miras?

¿Te das cuenta de lo absurdo que suena? La mayoría están casados o emparejados.

Y los que no, son amigos. No quiero convertir una amistad en un experimento sexual nuestro. Sería una locura. Para todos.

—Podríamos buscar en alguna app. Hay aplicaciones específicas para esto. Parejas que buscan un tercero. Hombres que buscan parejas. Todo el mundo sabe a lo que va. No hay malentendidos.

Me incorporé del todo, cruzándome de brazos por encima de la sábana.

—¿Una app? ¿De verdad? Me genera rechazo. Seleccionar a alguien como si fuera un producto. Mirar fotos de pollas y perfiles escritos con faltas de ortografía. No. No quiero eso.

—Entonces ¿qué quieres? —preguntó él, y por primera vez se le notó un tono de frustración contenida—. Porque me estás diciendo que sí en abstracto, pero a todo lo concreto le pones un muro.

Le miré a los ojos. No estaba enfadado. Estaba… perdido en su propia propuesta. Como si hubiera abierto una puerta sin tener del todo claro cómo atravesarla.

—Quiero que entiendas que no es fácil —contesté con calma—.

Una cosa es fantasear. Otra es ejecutar.

En la fantasía no hay logística, no hay vergüenza al día siguiente.

No hay riesgo de que el tío se obsesione, o de que yo me obsesione, o de que tú, después de verlo, sientas algo que no esperabas. En la vida real todo eso existe.

Él asentía mientras hablaba, pero no cedía del todo.

—Podríamos ir a algún local. Hay sitios swinger. Sitios donde la gente va precisamente a eso. Tú eliges. Yo miro. O no miro, si prefieres. Pero el marco está claro para todos.

Volví a negar.

—No. Los locales swinger me dan una pereza enorme.

La estética, el ambiente, la sensación de estar en un escaparate.

No me veo desnudándome delante de desconocidos en una sala con sofás de polipiel y música de los noventa.

No es lo mío. Y no creo que sea lo tuyo tampoco.

Tú quieres algo más… íntimo. Más cargado.

No un intercambio anónimo en un local oscuro.

Rafa se quedó callado un momento. Se notaba que estaba repasando mentalmente las opciones y que yo se las estaba cerrando una a una.

—Entonces Lucas —dijo al fin—. Si todavía tienes su número. O si puedes conseguirlo. Al menos ya lo conoces. Ya has estado con él. Sabes cómo es en la cama.

Me pasé los dedos por el pelo, cansada.

—Lucas… —repetí—. Hace años de aquello. No sé ni si sigue en la misma ciudad.

No sé si tiene pareja. No sé cómo reaccionaría si de pronto le escribo después de tanto tiempo para proponérselo.

¿Y si dice que no? ¿Y si dice que sí y luego es un desastre?

¿Y si después quiere repetir y nosotros no?

Es un hilo demasiado fino para tirar de él así, a ciegas.

Me acerqué un poco más a él, todavía sin tocarle del todo.

—No te estoy diciendo que no para siempre —aclaré—.

Te estoy diciendo que no es tan sencillo como “elige a uno y lo hacemos”.

Si de verdad quieres explorar esto, tiene que surgir de una forma que no me sienta forzada.

Que no parezca una operación calculada. Porque si lo planificamos demasiado, va a ser una cosa artificial.

Y si yo la siento como artificial, el morbo se va a evaporar y solo va a quedar el vicio y la sombra de lo que hemos hecho.

Rafa abrió los ojos y me miró.

—Entonces ¿qué propones tú?

Me encogí de hombros con sinceridad.

—Nada concreto. Que lo dejemos estar. Que sigamos hablando, fantaseando, follando como hasta ahora. Y que si en algún momento, de forma natural, aparece alguien… o una situación… o una posibilidad que no nos genere tanto rechazo, entonces lo hablamos. Sin prisas. Sin forzar.

Él me estudió en silencio durante un rato largo. Luego asintió despacio.

—Cuando tenga que surgir, surgirá —dijo al fin.

—Exacto. Cuando tenga que surgir, surgirá. Y si no surge nunca, tampoco pasa nada. Porque lo que tenemos ahora ya es bastante intenso. Y bastante frágil. No hace falta empujarlo por un precipicio solo porque la fantasía te esté pudiendo.

Rafa extendió el brazo y me atrajo hacia él. Me acurruqué contra su pecho. Su piel estaba caliente y el corazón le latía con fuerza bajo mi oreja. Continuaba con la polla dura como una piedra.

—A veces creo que me estoy comportando como un estúpido.

—Muy estúpido —confirmé.